CALVINO, TEÓLOGO DEL ESPÍRITU SANTO: EL ESPÍRITU SANTO Y LA PALABRA DE DIOS

Por Augustus Nicodemus Lopes

Reforma Siglo XXI, Vol. 11, No. 2

1. Introducción

Al congregarnos aquí hoy para celebrar los 500 años del cumpleaños de Juan Calvino, quiero recordarnos que entre los numerosos títulos que le han sido conferidos —algunos menos que honorables— existe el título de «El teólogo del Espíritu Santo».

El título no le fue conferido por sus contemporáneos sino por eruditos modernos, en reconocimiento de su importancia como teólogo en esta área de la teología la cual actualmente está tan de vanguardia.

Puede que este título confunda a algunos, ya que podrían concluir que el tema principal sobre el cual Calvino escribía y al que se dedicaba fuera el Espíritu Santo. En realidad, aunque Calvino escribió muchas cosas con respecto al Espíritu Santo, nunca redactó una obra dedicada a este tema, tal como lo hicieron John Owen y Abraham Kuyper, cuyos libros sobre este asunto todavía son fundamentales para la iglesia hoy en día. Aunque habla con frecuencias de la Persona y obra del Espíritu Santo en su Institución de la Religión Cristiana, Juan Calvino no dedicó un capítulo exclusivo al tema. Algunos le han criticado a Calvino por no atender al Espíritu Santo en forma más directa en sus obras, especialmente en la Institución. Esta crítica no es justa. Hay un abasto de razones por las que se puede explicar esta supuesta carencia de atención. 

Para empezar, la doctrina del Espíritu Santo no fue el gran punto central del debate entre Calvino y la Iglesia Católica Romana en aquel entonces, ni de su lucha contra los Reformadores radicales, los anabaptistas y los «entusiastas», conocidos como la izquierda de la Reforma. Calvino habló del Espíritu Santo sólo cuando ese tema afectó asuntos críticos bajo debate, tales como la las doctrinas de la salvación, santificación, las Escrituras y los sacramentos. 

En segundo lugar, Calvino mantenía la opinión del Nuevo Testamento que el Espíritu Santo por lo general obra entre bastidores, como el agente de la Trinidad. A pesar de que las acciones del Espíritu fueron claramente perceptibles, los que siempre debían recibir la preeminencia eran el Padre y el Hijo. Esta convicción se refleja en las obras de Calvino y en la manera en que trataba varios temas teológicos. Prácticamente no hay tema teológico en el que Calvino no se refiera al Espíritu Santo. Su neumatología se desarrolla dentro de las otras loci de la teología sistemática, tales como teología, soteriología y eclesiología.

La misma metodología se refleja en la Confesión de Fe de Westminster. Es verdad que sus autores, los puritanos, no redactaron un capítulo dedicado a la Persona y obra del Espíritu Santo. Benjamín Warfield, el célebre teólogo reformado de los principios del siglo XX, sugiere que la razón se encuentra en que ellos preferían redactar nueve capítulos sobre el Espíritu Santo que solamente uno. El esfuerzo de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos de América por superar esta supuesta deficiencia produjo un capítulo adicional de la Confesión de Fe de Westminster, el cual, según Warfield, no fue otra cosa que un resumen breve de los nueve capítulos originales. 

Por último, uno no puede exigir una metodología sobre este tema de Calvino (ni de los autores de la Confesión de Fe de Westminster), siglos después de su muerte, dirigida específicamente hacia cuestiones pertenecientes al ascenso del movimiento pentecostés. Aun así lo que Calvino tiene que decir sobre el Espíritu está de modo sorprendente al día.

Entonces, ¿Por qué la etiqueta «El teólogo del Espíritu Santo»? En primer lugar, Calvino fue el primero en sistematizar la enseñanza bíblica sobre el Espíritu Santo. Esto no quiere decir que antes de él nadie había escrito sobre el tema. Sin embargo, son muy pocos, antes y después de él, los que han sido tan claros, simples y bíblicos en lo que escribieron. Benjamín Warfield, en su nota introductoria al libro de Abraham Kuyper, La obra del Espíritu Santo, lo reconoce: 

La doctrina de la obra del Espíritu Santo es un regalo de Juan Calvino a la Iglesia de Cristo… En los amplios departamentos del «gracia común», «la regeneración» y el «testimonio del Espíritu Santo» en el tercer libro de su Institución, Calvino fue el primero en desarrollar una doctrina de la obra del Espíritu Santo y brindarle a la doctrina entera del Espíritu Santo una organización sistemática, integrándolo como una posesión indispensable de la Iglesia de Dios. 

En segundo lugar, Calvino integró la doctrina del Espíritu Santo en otros temas y áreas de la teología, tales como la regeneración, santificación, los medios de gracia, el conocimiento de Dios, entre otros. De la misma manera, la neumatología de Calvino abarcó y penetró todos los demás departamentos de la enciclopedia teológica. Su teología es una unidad orgánica, en la que el Espíritu aparece apropiadamente como el Agente soberano. 

En tercer lugar, Calvino rescató algunos aspectos de la doctrina del Espíritu Santo que se habían perdido en la teología medieval de la Iglesia Católica Romana, tal como la relación entre el Espíritu y la Palabra. 

El propósito de este ensayo es analizar en detalle la contribución de Calvino a nuestro conocimiento de la obra del Espíritu Santo, o en otras palabras, la relación vital y orgánica entre el Espíritu y las Escrituras, la Palabra de Dios. 

Las enseñanzas de Calvino influenciaron profundamente los estudios subsecuentes dentro del ámbito reformado. Su énfasis sobre la obra soberana del Espíritu continúa en la tradición reformada entre los puritanos ingleses, en particular John Owen y Richard Sibbes, quienes nos dieron los estudios bíblicos más extensos y profundos que existen en cualquier idioma sobre el ministerio del Espíritu Santo. 

1. El contexto teológico de Calvino

Para comenzar, recordemos que la teología de Calvino nace y se desarrolla en medio de un conflicto doctrinal intenso que marca la Reforma del siglo XVI. Su doctrina del Espíritu Santo fue formada por dos batallas diferentes, la una contra la cautividad de las Escrituras a la Iglesia Católica Romana y la otra contra el abandono de las Escrituras por parte la Reforma Radical. 

1.1 La cautividad católica romana de las Escrituras

Calvino y la Iglesia Católica Romana compartían algunas convicciones con respecto a las Escrituras. Ambos creían que las Escrituras son la Palabra de Dios, inspiradas por el Espíritu Santo, infalibles y autoritativas. Ni los católicos, ni Calvino ni los Reformadores ponían en duda esta idea. El punto de debate entre Calvino y los católicos fue la enseñanza que la autoridad de las Escrituras dependía del testimonio de la Iglesia. La Iglesia Romana afirmaba que el canon de la Escritura, su preservación y su origen y autoridad divinos debían ser aceptados como verdaderos por los fieles porque la Iglesia lo dijo. En otras palabras, la autoridad de la Escritura dependía del testimonio de la Iglesia. Además, la Iglesia tenía la correcta interpretación de las Escrituras; la colección de estas interpretaciones formó la tradición eclesiástica, la cual posee tanta autoridad como las mismas Escrituras. Por tanto, los católicos laicos no podían leer e interpretar las Escrituras para sí mismos. Dependían de la interpretación que la Iglesia les suplía. De esta manera la Palabra y su interpretación eran cautivos de la autoridad eclesiástica de la Iglesia Católica Romana. 

Calvino se opuso a esta situación, la cual prevaleció durante la edad media. Consideraba esta enseñanza un insulto al Espíritu Santo y un abuso de autoridad por parte de la Iglesia Católica Romana. Según Calvino, la iglesia verdadera fue fundada sobre las Escrituras, y no al revés. La autoridad de las Escrituras no dependía del testimonio de la Iglesia, sino muy al contrario: la Iglesia tiene autoridad sólo siempre y cuando se adhiera a la doctrina bíblica. Calvino apeló a Efesios 2:20, dónde Pablo enseña que la Iglesia está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, el cual es enseñanza de las Escrituras. La Iglesia simplemente reconoce —no establece ni determina— la inspiración y la autoridad de los libros que forman el sagrado canon. 

Según Calvino, la mayor prueba de la autoridad e inspiración de las Escrituras es el hecho de que Dios mismo habla en ellas. Calvino lo llamó «el testimonio interno del Espíritu». Para él, el hombre natural no puede ser convencido del origen divino de las Escrituras por medio de argumentos presentados por la Iglesia, por lógicos y razonables que sean. Aquí Calvino apela a las palabras de Pablo en 1 Co. 2:14: 

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. 

Para Calvino, es el Espíritu el que convence al cristiano para que crea que Dios está hablando por medio de las Escrituras, guiando su corazón a fin de que las acepte, dándole la plena convicción de esto, generando fe en su corazón. En su Institución y comentarios, Calvino indica unos cuantos textos a tal efecto: 

1 Juan 5:6 Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad. 

1 Juan 5:6 Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.

Para Juan Calvino, lo que el Espíritu había inspirado en las Escrituras fue suficiente y final. Mahoma, el Papa y los «entusiastas » estaban equivocados cuando alegaron que el Espíritu enseñaría nuevas verdades en el presente. Según Calvino, las palabras del Señor Jesucristo en Juan 14:26 manifestaron claramente qué iba a ser el ministerio del Paracleto: 

Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. 

Es decir, el ministerio del Paracleto no constaría de revelar nuevas verdades que exceden las que el Señor Jesús y los apóstoles enseñaron, sino de iluminar las mentes y los corazones de los creyentes para que entendiesen y creyesen en las verdades que ya habían sido reveladas en las Escrituras. Dice: «El espíritu que introduzca cualquier invención ajena al evangelio es un engañador y no es de Cristo». 

El efecto de la enseñanza de Calvino fue libertador. Por medio de su énfasis en el testimonio interno del Espíritu Santo como la mayor evidencia del origen y autoridad divinos de las Escrituras, aportó una contribución vital a la liberación de las Escrituras y la interpretación de ellas de la cautividad infligida por la iglesia medieval, devolviéndolas adonde verdaderamente pertenecían, en las manos del Espíritu Santo. En este sentido, fue correcta la opinión de algunos católicos que lideraban la Contrarreforma del siglo XVII de que una de las diferencias principales que existían entre Roma y Ginebra se encontró en sus doctrinas con respecto a la persona y obra del Espíritu Santo. 

1.2 El desdén de los Reformadores radicales para la Palabra 

La otra batalla de Calvino fue contra las enseñanzas de la Reforma radical, conocida como la izquierda de la Reforma. Había varios grupos dentro de este segmento del movimiento reformador. Para comenzar, estaban los anabaptistas, los «fanáticos», los «espiritualistas» y los anti-trinitarianos, quienes —aunque diferentes en sus doctrinas y propósitos— tenían en común el deseo de ver una reforma mucho más radical que la que Lutero y Zwinglio realizaron. La controversia entre Calvino y los anabaptistas llegó a girar en torno a temas como el bautismo de infantes, la predestinación, el gobierno eclesiástico, la relación entre la iglesia y el estado y la interpretación de las Escrituras. 

Calvino dirigió algunas de sus obras al tema de nuevas revelaciones contemporáneas del Espíritu a fin de batallar los excesos de los «entusiastas» o «fanáticos» (así fueron conocidos). Redactó un tratado en 1545 llamado Contre la secte phantastique et furieuse des Libertines qui se nomment spirituelz (Contra la fantástica y furiosa secta de los Libertinos quienes se llaman «espiritualistas»). Calvino menciona con frecuencia este movimiento ya sea directamente o por medio de insinuaciones implícitas en su Institución y comentarios. 

Los entusiastas enfatizaban el ministerio didáctico del Espíritu, un punto que había sido rescatado por los Reformadores. No obstante, fueron más allá de ellos, pretendiendo ser instruidos directamente por el Espíritu por medio de nuevas revelaciones, las cuales recibieron por la luz interior. Afirmaban que Espíritu no podía ser limitado a palabras escritas porque esto disminuiría su soberanía. Probar las manifestaciones espirituales deshonraría al Espíritu. Llegaron al punto de poner en ridículo a los que se adherían solamente a las Escrituras, porque consideraban que la Palabra escrita fue una forma de revelación inferior y temporánea y criticaron a Calvino y a los demás Reformadores por asirse a la «letra que mata». 

Por lo tanto, los entusiastas eran una reacción a la esclavitud de las Escrituras a la iglesia, la cual había sido cimera de todo hasta la Reforma, empero fue una reacción demasiado exagerada. Naturalmente, Calvino se compadecía con los entusiastas sobre varios puntos. Ambos creían que las Escrituras, como la Palabra de Dios, no fueron esclavizadas a la interpretación de la Iglesia Católica Romana, sino que debían ser examinadas libremente por todos. Sin embargo, Calvino seriamente disputaba la separación del Espíritu de la Palabra y consideraba que cualquier tendencia en esta dirección fue «demente». También dudaba que estas nuevas revelaciones fueran del Espíritu, y aun sospechaba que los que pretendían recibir nuevas revelaciones que excedieron las Escrituras, fueran guiados por otro espíritu que el Espíritu Santo. Calvino creía en la realidad y acción de espíritus engañadores, y que Satanás constantemente engañaba a la gente, intentando apartarlos de la verdad, transformándose en un «ángel de luz» (2 Co. 11:3, 14). Según él, «nuevas revelaciones» eran la invención de espíritus mentirosos y no venían del Espíritu Santo. Para Calvino, la pretensión a «nuevas revelaciones» cumplía 1 Timoteo 4:1-2 que dice: 

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia… 

2. La enseñanza de Calvino sobre la relación entre el Espíritu y la Palabra de Dios 

Calvino no se limitó a criticar a los entusiastas. Presentó de una forma positiva y constructiva la enseñanza bíblica sobre la conducción divina de la Iglesia en la era pos-apostólica. El primer libro de su Institución, elaborando «el Conocimiento de Dios el Creador», Calvino le pone al capítulo nueve el siguiente título: Algunos espíritus fanáticos pervierten los principios de la religión, no haciendo caso de la Escritura para poder seguir mejor sus sueños, so título de revelaciones del Espíritu Santo. En este capítulo, el Reformador trata las enseñanzas de los fanáticos, así fueron conocidos en esa época, desde la perspectiva de la relación inseparable entre el Espíritu y la Palabra. 

2.1 El Espíritu habla por medio de las Escrituras 

El punto central de Calvino era que el Espíritu habla por medio de las Escrituras. No es que el Espíritu fue limitado a la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos, sino que no pudo ser disociado de cualquiera de ellos. El Espíritu fue dado a la Iglesia no para traer nuevas revelaciones, sino para instruirnos en las Palabras de Cristo y los profetas. Según Calvino, el Espíritu sella nuestras mentes cuando escuchamos y recibimos la palabra de verdad con fe, el evangelio de salvación, como dice Pablo en Efesios 1:13: 

En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa… 

El Espíritu, según Calvino, se limita a guiar a los cristianos e iluminar su entendimiento de lo que Él ha oído del Padre y del Hijo, y no de sí mismo. Ya que las enseñanzas divinas se encuentran en las Escrituras, la obra del Espíritu consta de iluminarlas, dándoselas a conocer a los fieles. 

En contra del desdén por las Escrituras de parte de muchos entusiastas, Calvino mencionó el ejemplo del apóstol Pablo, quien, aunque fue arrebatado hasta el tercer cielo donde recibió revelaciones extraordinarias (2 Co. 12:2), nunca despreció las Escrituras como si fuesen una forma de revelación inferior, sino que las reconoció como suficientes y eficaces, por la gracia del Espíritu, para la edificación de la Iglesia en todo lo concerniente al reino de Dios. Calvino cita 2 Timoteo 3:15-17: 

…y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. 

2.2 El Espíritu se reconoce por su armonía con las Escrituras 

Otro punto importante que Calvino enfatizó en su Institución fue que la obra del Espíritu Santo se podía reconocer mediante su armonía con las Escrituras, las cuales fueron inspiradas por el Espíritu mismo. Calvino desea suplir un criterio por el que la Iglesia pudiera discernir el camino seguro, en el ámbito de la experiencia religiosa, lo que de verdad venía del Espíritu de Dios y lo que provenía de los espíritus falsos. Para él sólo había un criterio seguro e infalible: el Espíritu hablando en las Escrituras. De este modo no habría ninguna disminución del poder y gloria del Espíritu cuando estaba de acuerdo con ellas, ya que él mismo las inspiró. Estaría de acuerdo con sí mismo y ¿qué deshonra hay en eso? El probar las manifestaciones que supuestamente eran del Espíritu usando el filtro de las Escrituras, en realidad al Espíritu le plugo porque él mismo había determinado que así la Iglesia debía proceder con respecto a estas manifestaciones. Para Calvino no podía haber contradicción alguna entre las Escrituras y la obra del Espíritu en la era pos-apostólica; y por esa razón se refiere a menudo a las Escrituras como «la imagen del Espíritu». Varios pasajes bíblicos establecen criterios por los cuales uno puede juzgar tanto profecías como profetas. Entre éstos Calvino menciona: 

1 Corintios 12:1-3 No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. Sabéis que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos. Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo. 

1 Juan 4:1-3 Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. 

2.3 La soberanía del Espíritu

El último punto al cual me quiero referir es la insistencia de Calvino sobre la soberanía del Espíritu en su relación íntima con la Palabra de Dios. Según Calvino, la Palabra es el instrumento por el cual Dios les confiere la iluminación del Espíritu a los creyentes. Por tanto, Cristo hoy día habla por medio del ministerio del evangelio cuando éste fielmente expone la Palabra. El Espíritu hace eficaz la Palabra expuesta en los corazones de los oidores. Al mismo tiempo, la relación entre Palabra y Espíritu no es automática. La Palabra no es un talismán que suelta sus poderes abracadabrantes siempre cuando a merced de su poseedor se le pida. Al contrario, la eficacia de la Palabra depende por completo de la soberanía del Espíritu. Según Calvino, la aseveración de Pablo que nosotros somos ministros de un nuevo pacto, del Espíritu que vivifica (2 Co. 3:6), no es una garantía de que nuestras predicaciones serán siempre acompañadas por el poder vivificante del Espíritu. Los pastores no tienen el poder para dispensar la gracia de Dios a quienes o en cualquier momento que quieran. El Espíritu por medio de un acto soberano convierte la Palabra predicada en la Palabra eficaz.

De esta manera, la elocuencia, aptitud, conocimiento y fervor del predicador son todos vanos si la gracia y el poder del Espíritu no están presentes. Es así para que el honor siempre sea de Cristo y no del predicador.

3. La influencia de Calvino sobre la Confesión de Fe de Westminster 

La influencia de Calvino sobre las confesiones reformadas, las cuales fueron redactadas después de su época, se conoce bien. Por ejemplo: la Confesión de Fe de Westminster. Fue redactada en el siglo XVII, casi cien años después de la muerte de Calvino, por pastores y teólogos puritanos, reunidos por el Parlamento Inglés en la Asamblea de Westminster. El propósito de los eruditos que se reunieron durante varios años fue singular: organizar la doctrina bíblica de forma sistemática, usando los principios de interpretación bíblica que habían recibido de la Reforma. Sus autores fueron profundamente influenciados por Calvino. Esta influencia se detecta en la enseñanza de la Confesión sobre el Espíritu Santo, en especial con respecto a la relación entre el Espíritu y la Palabra. 

CFW 1:4 La autoridad de la Biblia, por la cual debe ser creída y obedecida, no depende del testimonio de ningún ser humano, o iglesia, sino enteramente de Dios (quien es verdad en sí mismo), el autor de la Biblia, por lo tanto debe ser recibida porque es la Palabra de Dios. 

CFW 1:5 El testimonio de la iglesia puede movernos e inducirnos a tener una estimación alta y reverencial por la Santa Biblia. Asimismo, constituyen argumentos por los cuales la Biblia evidencia abundantemente, por sí misma, ser la Palabra de Dios: El carácter celestial de su contenido, la eficacia de su doctrina, la majestad de su estilo, la armonía de todas sus partes, el propósito de todo su conjunto (que es dar toda gloria a Dios), la plena revelación que hace del único camino de la salvación del ser humano, las muchas otras incomparables excelencias, y su total perfección. Sin embargo, nuestra completa persuasión y seguridad de la infalible verdad y de su autoridad divina, proviene del Espíritu Santo que obra en nuestro interior dando testimonio en nuestros corazones mediante la Palabra y con la Palabra. 

CFW 1:6 La totalidad del Consejo de Dios concerniente a todas las cosas necesarias para su propia gloria y para la fe, vida y salvación del ser humano, está expresamente expuesto en la Biblia, o por buena y necesaria consecuencia puede deducirse de la Biblia, a la cual nada debe añadirse en ningún tiempo ya sea por nuevas revelaciones del Espíritu o por las tradiciones humanas. in embargo, reconocemos que la iluminación interna del Espíritu es necesaria para una comprensión salvífica de las cosas reveladas en la Biblia. Reconocemos también que hay algunas circunstancias concernientes a la adoración a Dios y al gobierno de la Iglesia, comunes a todas las acciones y sociedades humanas, que deben ordenarse conforme a la luz de la naturaleza y de la prudencia cristiana, según las reglas generales de la Biblia, las cuales siempre han de ser obedecidas. 

CFW 1:10 El Espíritu Santo, que habla en la Biblia, y de cuya sentencia debemos depender, es el único Juez Supremo por quien deben definirse todas las controversias religiosas, y por quien deben examinarse todos los decretos de los concilios, las opiniones de los antiguos escritores, las doctrinas humanas, y las opiniones individuales.

Por tanto, en su capítulo sobre las Escrituras, la Confesión asevera —en los mejores términos calvinistas— que la autoridad de las Escrituras no depende del testimonio de hombres ni de la Iglesia, sino del de Dios (1:4); que nuestra certeza de su verdad infalible y autoridad divina viene del testimonio del Espíritu Santo en nuestros corazones (1:5); que a las Escrituras nunca se les puede añadir nada, ni siquiera por medio de revelaciones del Espíritu, ni por tradiciones humanas (1:6). La Confesión dice —con Calvino— que la revelación íntima del Espíritu de Dios es necesaria para el conocimiento salvífico de las cosas reveladas en la Palabra (1:6), y que al fin y al cabo el Juez supremo —por el cual toda controversia religiosa debe ser examinada— es el Espíritu Santo hablando por medio de las Escrituras (1:10). 

4. La relevancia de la enseñanza de Calvino para hoy 

La influencia del movimiento neopentecostal (o carismático), apareciendo en los años 1960, ha impactado de manera profunda las denominaciones evangélicas históricas. No podemos tratar aquel movimiento como un grupo monolítico. Dentro de ello hay varios hilos y escuelas de pensamiento las cuales hacen injustas las generalizaciones. No obstante, cuando se manifiesta libremente el neo-pentecostalismo manifiesta una creencia en nuevas revelaciones por medio de las profecías y lenguas, las visiones y sueños y todo se le atribuye al Espíritu Santo. Hay pastores que pretenden ejercer control sobre el Espíritu Santo y otorgarlo por medio de la imposición de manos y derramarlo sobre otros con un simple soplo de aire, etc. Estos súper-pastores aun determinan cuándo el Espíritu sanará o actuará, porque programan reuniones de sanidad y de liberación de antemano, cosas que ni siquiera Jesús o sus apóstoles hicieron. 

Denominaciones evangélicas (inclusive la Reformada) se sorprenden y se estremecen en gran manera ante estas enseñanzas. Muchos de sus pastores locales han adoptado —en varias medidas— las prácticas y doctrinas del neo-pentecostalismo. ¿Podemos sacar provecho de las enseñanzas de Calvino hoy en día?

En primer lugar, La enseñanza de Calvino sobre el testimonio interno del Espíritu recuerda a la Iglesia que en tiempos difíciles necesita pedirle a Dios la iluminación íntima del Espíritu para que pueda entender y aplicar las Escrituras a su vida y misión. Corremos el riesgo de pensar que Calvino —en su lucha contra las demasías de los entusiastas— fuera presa de la escolástica fría y extrema. Balke nos cuenta lo que realmente ocurrió: «Calvino, el teólogo del Espíritu Santo, quería guardarse del fanatismo sin limitar la libertad del Espíritu». Tal como Calvino, debemos guardarnos de todos los excesos de nuestra época, simultáneamente sometiéndonos a la libertad del Espíritu entretanto buscamos Su iluminación. No obstante, para que esto suceda, iglesias locales, concilios y organizaciones eclesiásticas tienen que arrepentirse y sus vidas tienen que ser limpiadas. Tenemos que volver a Dios en oración, rogando la iluminación del Espíritu. 

En segundo lugar, Calvino nos reta a que examinemos toda manifestación del Espíritu por el estándar de la Palabra de Dios —con respecto a su naturaleza, propósito y método. Esta práctica supone correctamente la enseñanza de la Biblia de que el Espíritu Santo jamás se contradice. Él mismo inspiró las Escrituras. Aunque el Espíritu obra en formas diferentes durante diferentes épocas, nunca obra de tal manera que contradice lo que él mismo ha revelado en la Palabra. Debemos estar abiertos al hecho de que el Espíritu ha enfatizado diferentes aspectos de la Palabra en diferentes tiempos —aunque nunca va más allá de ella o en su contra. 

En tercer lugar, la enseñanza de Calvino nos advierte de los que quieren ejercer total control sobre el Espíritu, los cuales pretenden brindar el bautismo del Espíritu Santo por medio de la imposición de manos, y enseñan a cristianos inmaduros y omisos a hablar en lenguas. Nos amonesta que rechacemos toda enseñanza, movimiento, culto y liturgia en el que la Palabra de Dios no reciba su debida atención. Si el Espíritu habla mediante la Palabra, la Palabra deber ser el centro. 

Muchos se consideran calvinistas o reformados hoy día, pero no todos se dan cuenta de las implicaciones de la enseñanza reformada calvinista sobre la obra del Espíritu con respecto a las prácticas neopentecostales que son aceptadas en muchas iglesias. Calvino era sin duda un varón del Espíritu Santo y cuando fue guiado por Él llegó a ser uno de los instrumentos principales en la Reforma del siglo VXI. Todos queremos un avivamiento de esta magnitud. Calvino vivía y ministraba durante esta manifestación grande del poder divino y no tenía miedo de ofender el Espíritu cuando probó la veracidad de los fenómenos que siempre atañen a los grandes movimientos espirituales en la historia. Por un lado, no debemos temer lo que el Espíritu pueda hacer, pero por otro lado debemos temer las obras espurias de espíritus falsos, así como nuestro propio engañoso corazón. 

Por último, vale mencionar que la «era del Espíritu Santo» —así conocida entre muchos grupos neopentecostales— no comenzó en 1906 con la reunión de Azusa Street, Los Ángeles, sino en el día de Pentecostés (Hch. 2:16-21; 1 Co. 7:29; 1 Jn. 2:18). Doy énfasis a este punto porque algunos dirían que estamos viviendo en la «era del Espíritu Santo» y que Calvino vivió antes de esta era. Los que creen esto aseveran que Espíritu está obrando de una forma más intensa y aun diferente que en la época de la Reforma, y por consiguiente lo que Calvino experimentó y lo que nos enseñó es de una perspectiva desfasada. Sin embargo, las Escrituras nos enseñan que la Iglesia ya ha estado viviendo en los últimos días, la dispensación del Espíritu, desde la era apostólica. Calvino vivía y enseñaba en la plena Era del Espíritu, así como nosotros vivimos y luchamos hoy. Ya que la enseñanza de Calvino es bíblica, nos puede servir como un mapa, indicando el sendero estrecho y sensato entre una vida de santidad y una mente puesta en las doctrinas de la gracia.

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