¿QUÉ DE LA PROFECÍA Y LAS LENGUAS HOY EN DÍA?

Por Richard B. Gaffin, Jr.

Reforma Siglo XXI, Vol. 11, No. 1

La Confesión de fe de Westminster (CFW), insistiendo en que la Escritura es suficiente en nuestros días, sostiene que «ahora han cesado ya aquellas maneras anteriores por las cuales Dios reveló su voluntad a su pueblo» (1:1). Aquellos que nos adherimos a esa doctrina somos comúnmente llamados «cesacionistas». Ese término porta mucho bagaje. Por sí mismo, es negativo. En debates actuales sobre los dones del Espíritu Santo, sugiere que uno siempre esté en contra de dones espirituales. Entonces, al empezar, necesitamos corregir ciertos malentendidos acerca del «cesacionismo».

No afirmamos que el Espíritu de Dios ya no esté trabajando activamente en forma dinámica y dramática. Creemos seriamente que sí lo está. ¿Qué podría ser más poderoso e impresionante —hasta milagroso— que el giro de 180 grados que ocurre cuando el Espíritu transforma aquellos muertos en sus pecados en vivos para buenas obras? Esto implica nada menos que una obra de resurrección, o (re) creación (Ef. 2:1-10). ¡Es realmente impresionante!

Tampoco creemos que todos los dones espirituales han cesado y ya no están presentes en la iglesia. En cuestión es la cesación de un número específico de tales dones. La continuación de los demás dones no se disputa. 

Las personas a veces me dicen: «Están encerrando al Espíritu Santo en una caja». Al menos dos respuestas vienen a la mente. Primero, de verdad me tomo a pecho esta acusación. De ninguna manera es un peligro imaginario que podamos injustamente limitar nuestras expectativas de la obra del Espíritu por nuestra teologización. Debemos siempre recordar el factor incalculable que Jesús nota en Juan 3:8 (el Espíritu es como un viento impredecible). Cualquier doctrina sana de la obra del Espíritu se contentará con lo que no se sabe —un área de misterio—.

Sin embargo, en segundo lugar, como trataré de demostrar, el Espíritu Santo mismo, «que habla en la Biblia» (CFW 1:10), encuadra su actividad «en una caja», si así lo preferimos, una caja creada por su propia soberanía. La Biblia no habla para nada de una actividad caprichosa del Espíritu. El Espíritu es en verdad el Espíritu de fervor, pero también es, y no menos, el Espíritu de orden (1 Co. 14:33, 40). ¡Es sorprendente que la Escritura enfatice particularmente el orden en una discusión acerca de los dones espirituales! Es un reto perenne para la iglesia buscar este fervor ordenado, o si así lo preferimos, un orden repleto de fervor del Espíritu.

Primero el fundamento, luego la estructura superior 

De acuerdo al Credo Niceno, la iglesia «que es una, santa, universal» es también «apostólica». ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué constituye la apostolicidad de la iglesia? Obtener una respuesta bíblica a esta pregunta es el primer paso importante para ver que la Palabra de Dios enseña que ciertos dones del Espíritu ya han cumplido su propósito y han cesado.

Efesios 2:11-22 provee una perspectiva sobre la iglesia del Nuevo Testamento tan comprensiva como cualquier pasaje de los escritos de Pablo, o igualmente del resto de la Escritura. Usando una metáfora bíblica favorita (c.f. 1 P. 3:4-8), Pablo dice que la iglesia —compuesta ahora tanto de gentiles como de Judíos— es el gran proyecto de construcción que Dios, el arquitecto y constructor maestro, está edificándola en este periodo entre la exaltación de Cristo y su regreso. La iglesia es «[edificada] sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Ef. 2:19-20).

Dos consideraciones relacionadas son dignas de notar en esta descripción. Primero, nótese que el fundamento se ve como terminado. Es una entidad históricamente completa. Cuando un constructor sabe lo que hace (¡y podemos asumir que Dios lo sabe!), pone el fundamento una vez al principio del proyecto. El fundamento no necesita ser puesto varias veces. Después de poner el fundamento, construye la estructura superior sobre ello. Desde nuestra posición de ventaja hoy, estamos en el período de construcción de la estructura superior. Cristo ha puesto el fundamento de su iglesia. Ahora está construyendo sobre él. 

En segundo lugar, esta conclusión es reforzada cuando consideramos exactamente la manera en que los apóstoles y profetas, junto con Cristo, son el fundamento de la iglesia. En Cristo, esto consiste llanamente en su obra salvífica, en su crucifixión y resurrección: «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo» (1 Co. 3:11; c.f. 15:3-4). Pero los apóstoles también son parte del fundamento. Esto no debe a que la obra de Cristo estuviese de alguna manera incompleta. En cambio, es por causa del testimonio de ellos, un testimonio —autorizado por el mismo Cristo exaltado— completamente revelador (c.f. Hch. 1:22; Gl. 1:1; 1 Ts. 2:13).

Este papel único de los apóstoles en la revelación histórica de Dios de su plan de salvación viene a la luz en Efesios 2:20. Encontramos una correlación a través de toda la historia de la salvación hasta su consumación en Cristo (He. 1:1-2): la Palabra de Dios se enfoca en los hechos de Dios. De esta forma la situación es esta: A la obra completa y definitiva de Cristo Dios unió el testimonio completo y definitivo de los apóstoles acerca de esa obra. La palabra de Dios se enfoca en los hechos de Dios. Esta fue el matriz para del surgimiento eventual de los libros del Nuevo Testamento.

Efesios 2:20, entonces, indica que los apóstoles tenían un papel temporal y no continuo en la vida de la iglesia. Desempeñaron su papel durante la importante fase de la historia de la iglesia en que el fundamento fue colocado. Funcionaron para proveer testimonio revelador, infaliblemente autoritativo y canónico de la consumación de la historia de salvación en la obra completa de Cristo. Finalizaron su función y no pertenece al siguiente período de construcción de la estructura superior. Más bien provee el fundamento completo sobre el cual Cristo continúa construyendo la estructura superior de la iglesia.

Otras tantas líneas de enseñanza del Nuevo Testamento confirman que el oficio de apóstol fue temporal. Para que alguien fuese llamado apóstol, un requisito era que había sido testigo visual y auditivo de Cristo antes de su ascensión (Hch. 1:21-26). Pablo —en 1 Corintios 15:7-9 (c.f. 9:1)— se vio a sí mismo como si cumpliera este requisito como por excepción. Además, él parece decir claramente aquí que él fue el último de los apóstoles. 

Las Epístolas Pastorales estaban en gran manera preocupadas por hacer preparaciones apostólicas para el futuro de la iglesia después del tiempo de los apóstoles. Dos de estas cartas fueron dirigidas a Timoteo, a quien Pablo vio, más que a nadie en el Nuevo Testamento, como su sucesor personal. Aún así Pablo nunca le llama apóstol. A la luz del razonamiento histórico-redentor que antes observamos, «sucesión apostólica» a un nivel personal es un contrasentido. La apostolicidad de la iglesia no se asegura por una sucesión continua y visible de oficiales que pudiera ser trazada hasta el tiempo de los apóstoles. En cambio, consiste en una firme fidelidad a las enseñanzas —o la tradición— de los apóstoles (2 Ts.. 2:15) tales y como fueron registrados en el Nuevo Testamento.

Muchos dentro de los movimientos carismáticos concuerdan en que los apóstoles —en el sentido de aquellos que son los «primeros» entre los dones dados a la iglesia (1 Co. 12:28; Ef. 4:11), como los doce y Pablo— no están presentes en la iglesia de hoy. Por lo menos en ese sentido —aunque no se den cuenta— la gran mayoría de los carismáticos de hoy son de hecho «cesacionistas». Cualquiera que reconozca la naturaleza temporal de los apóstoles, entonces, necesita analizar —a la luz de otras enseñanzas del Nuevo Testamento— qué otras implicaciones puede traer esta básica posición cesacionista.

¿Y qué de las profecías? 

El mismo Efesios 2:20 declara una de estas importantes implicaciones. Afirma que los profetas, junto con los apóstoles, cumplen un rol fundacional. ¿Quiénes son estos profetas? Claramente, no son los del Antiguo Testamento. Primero que todo, notemos el orden de las palabras: «apóstoles y profetas,» no «profetas y apóstoles.» Más importante, unos cuantos versículos más adelante y casi con las mismas palabras, dice que los profetas en cuestión pertenecen al «ahora» del pacto, en contraste con las «otras generaciones» de la historia del pacto anterior (Ef. 3:5). Algunos han argumentado recientemente que estos profetas y apóstoles son idénticos («apóstoles que son también profetas»). Este punto de vista es difícilmente creíble al ver la siguiente referencia de Pablo a los apóstoles y profetas más allá de este contexto (Ef. 4:11: «a unos, apóstoles; a otros, profetas»). Efesios 2:20 claramente implica que la profecía era un don temporal, dado para el período de colocación del fundamento de la iglesia. Por lo tanto, junto con los apóstoles, los profetas del Nuevo Testamento ya no son parte de la vida de la iglesia.

¿Y qué de las lenguas? 

1 Corintios 14 habla acerca de la profecía y las lenguas con mucho más detalle que ningún otro pasaje del Nuevo Testamento. Una rápida hojeada de este pasaje mostrará que, como una columna vertebral, el contraste entre la profecía y las lenguas estructura todo el capítulo (empezando en los versos 2-3, continuando a través del capítulo, y culminando en el verso 39). La preocupación general del argumento del apóstol es mostrar la superioridad relativa o la preeminencia de la profecía en relación a las lenguas. La profecía es «mayor» porque (como una lengua inteligible a otros) edifica la iglesia, mientras que las lenguas (ininteligibles a otros) no lo hacen. Sin embargo, la condición inmediata es que cuando las lenguas son interpretadas, están a la par de la profecía para edificar a otros (vv. 4-5). Las lenguas, cuando no son interpretadas, son eclipsadas por la profecía. Pero las lenguas interpretadas son funcionalmente equivalentes a la profecía. Y así, la Palabra de Dios traza un empate entre la profecía y las lenguas. Aun podríamos decir justamente que las lenguas, como interpretables y para ser interpretadas (vv. 13, 27), son un modo de profecía.

Lo que estos dos dones tienen en común, y la razón por la que ellos pueden ser contrastados de esta manera, es que ambos son dones de la palabra. Específicamente, ambos son revelatorios. Ambos traen la palabra de Dios a la iglesia en el sentido primario, original, y no derivativo. 

El verso 30 declara explícitamente que la profecía es revelación. También queda claro, entre otras consideraciones, desde las únicas instancias de la profecía en el Nuevo Testamento, las de Agabo (Hch. 11:27-28; 21:10-11) y el libro de Apocalipsis (véase Apocalipsis 1:1-3). 

Que las lenguas son revelación está claro en los versos 14-19. Son discurso inspirado del tipo más inmediato —de hecho, virtualmente sin mediador—. En su ejercicio, el don de lenguas ignora completamente la «mente», en el sentido de que el intelecto del hablante no produce lo que se dice. El Espíritu Santo toma tal control de la capacidad y los órganos del que habla que las palabras habladas no son propias del hablante en ningún sentido. También, al referirse a su contenido como «misterios» (v. 2), Pablo confirma el carácter completamente revelador de las lenguas (al igual que su vínculo con la profecía, ver 13:2). En alguna otra lugar del Nuevo Testamento, por lo menos sin excepción clara alguna, esta palabra siempre se refiere a la revelación; más específicamente, se refiere al contenido histórico-redentor de la revelación (c.f. Mt. 13:11; Ro. 16:25-26; 1 Ti. 3:16). 

De esos pasajes que son pertinentes y decisivos emerge, entonces, una explicación básica para la cesación de la profecía y las lenguas. Por el diseño sabio y benévolo del Dios, los apóstoles y profetas desempeñaron un papel temporal en la historia de la iglesia. Ellos no continuaron después de que el fundamento fue puesto. La descripción histórico-redentora de la iglesia de Dios es tal que los apóstoles y profetas no son elementos fijos (Ef. 2:20). Tampoco lo son las lenguas, ya que están unidas, como hemos visto, a la profecía (1 Co. 14). Ellas también se desvanecieron de la vida de la iglesia, junto con los apóstoles y profetas (y otros medios por los cuales Dios daba su palabra). 

¿Y qué de 1 Corintios 13:8-13?

Sin embargo, muchos consideran que 1 Corintios 13:8-13 claramente enseña que la profecía y las lenguas no cesarán hasta la segunda venida de Cristo. Para ellos, este es un pasaje clave que por sí mismo soluciona el problema. ¿Pero, implica realmente este pasaje tal conclusión? 

Mira con cuidado 1 Corintios 13:8-13. Nota que su idea primordial es comparar el conocimiento presente y futuro del creyente. El conocimiento presente es parcial y obscuro (vv. 8-9), en contraste al conocimiento completo, «cara a cara», que será nuestro (v. 12) con la llegada de lo perfecto o del conocimiento perfecto (v.. 10). Esta «perfección» llegará casi seguramente cuando Cristo regrese en poder y gloria. ¿Significa esto que los dones no cesarán hasta la Segunda Venida? 

Esa conclusión va más allá de la intención del texto. El énfasis de este texto está en el carácter de nuestro conocimiento presente, en particular, por su calidad parcial. Los medios particulares para ese conocimiento no son el punto. Pablo claramente tenía una preocupación pastoral respecto al correcto ejercicio de la profecía y las lenguas en la iglesia de Corinto (capítulos 12-14). Por lo tanto, es entendible porque los menciona en este contexto. Sin embargo, él no trataba el asunto de cuándo cesarían. Más bien, estaba enfatizando el carácter parcial y opaco de todo nuestro conocimiento hasta que Cristo regrese. Esto es cierto sin importar por cuáles medios reveladores venga ese conocimiento (incluyendo, por implicación, hasta la escritura). Esto también es cierto sin importar cuándo puedan cesar esos medios. 

Efesios 4:11-13 refuerza esta interpretación. El Cristo exaltado «constituyó a unos apóstoles; a otros, profetas; …hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe, a un varón perfecto (o maduro), a la medida de estatura de la plenitud de Cristo». Casi seguramente la «unidad» y «plenitud» del verso 13 es el mismo estado que la «perfección» en 1 Corintios 13:10. Efesios 4:13 quizá hace eco de 1 Corintios 13:10 también por su uso de la palabra «perfecto» o «maduro». Esta es la situación que Cristo trae con su regreso. Siendo así, si leemos Efesios 4 de la misma manera en que los no cesacionistas insisten que debamos leer 1 Corintios 13, nos queda la inevitable conclusión de que habrá apóstoles, igual que profecía y lenguas, hasta la segunda venida de Cristo. Sin embargo, aun muchos no cesacionistas rechazan con razón esta conclusión. 

¿Pero cómo pueden hacer esto consistentemente? Hablando de dones, en relación con la meta más importante en mente, ¿cómo se diferencia este pasaje de 1 Corintios 13:8-13? Los no cesacionistas —los que correctamente reconocen que no hay apóstoles en el sentido de Efesios 2:20 y 4:11 hoy en día— no pueden pensar ambas cosas. Si estos pasajes enseñan que la profecía y los profetas y las lenguas continúan hasta la Segunda Venida, entonces también enseñan que los apóstoles continúan igualmente. Pero un entendimiento más sano es reconocer simplemente que estos pasajes ni siquiera tratan la pregunta de si cesarán o no las profecías y las lenguas (o cualquier otro don) antes de la Segunda Venida. Lo dejan sin respuesta, para ser solucionado por otros pasajes. 

Un dilema confronta a los no cesacionistas. Si la profecía y las lenguas (tal y como funcionan en el Nuevo Testamento) siguen vigentes hoy en día, entonces los no cesacionistas se encuentran cara a cara con la implicación bastante clara y problemática de que la Escritura sola no es una revelación verbal suficiente de parte de Dios. En el mejor de los casos, el canon está relativamente cerrado. Alternativamente, si —como insisten la mayoría de los no cesacionistas— la «profecía» y las «lenguas» hoy en día no son reveladoras o son menos que completamente reveladoras, entonces estos fenómenos contemporáneos están mal identificados. Son algo diferente a los dones de profecía y lenguas que encontramos en el Nuevo Testamento. Los no cesacionistas se ven atrapados en el anacronismo redentor-histórico. Están buscando dentro de la fase de la construcción de la estructura superior del edificio aquello que pertenece a la fase de la colocación del fundamento. Se encuentran envueltos en el esfuerzo contradictorio de intentar sostener que el canon del Nuevo Testamento está completo y cerrado y aún así, al mismo tiempo, que los dones reveladores para el período del canon abierto —dones para cuando los documentos del Nuevo Testamento estaban en proceso de escritura— continúan. 

Pero la Palabra de Dios nos saca de este dilema. Nos enseña que por el diseño de gracia y sabiduría de Dios, la profecía y las lenguas han completado su tarea y han cesado. Lo que queda, sumamente suficiente por sí misma y autoritativa hasta que Jesús venga, es «el Espíritu Santo, que habla en la Biblia» (CFW 1:10).

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