PASTOR, ¡POR FAVOR PREDICA A CRISTO!

Por Guillermo Green

Reforma Siglo XXI, Vol. 11, No. 1

Una vez escuché decir que en un púlpito en algún lugar hay una placa justo donde el predicador pone sus notas, y dice: «Hermano predicador, quisiéramos ver a Jesús». Estas palabras, habladas primeramente por unos griegos que pidieron a los discípulos que los llevaran a Jesús (Jn. 12:21), siguen resonando a lo largo de la historia, y en los mismos corredores de las instituciones religiosas. Los que saben medianamente algo de la historia de la iglesia saben que el nombre de la denominación no garantiza que se verá a Jesús, o que se oirá su Palabra. Toda corriente Cristiana ha llegado a ocultar a Cristo de algún modo u otro —siempre con consecuencias tristes y peligrosas.

Recordemos que la Biblia enseña claramente que los maestros y líderes en la Iglesia tienen mucho mayor responsabilidad, ya que se les ha encomendado una tarea que afecta el destino eterno de los hombres. Las palabras más fuertes de Jesús fueron pronunciadas contra los falsos maestros de su día (ver p.ej. Mt. 23:13-36), lo mismo Pablo y los otros apóstoles (ver Gl. 5:7-12; 2 Ti. 3:1-9; 2 P. 2:1-3; Jud. 8-16). Es por esto que Santiago aconseja que no muchos se hagan maestros, sabiendo que seremos reos de mayor condenación si fallamos (Stg. 3:1). El que ha sido colocado en lugar de líder religioso debe vivir su vida entera con un temor santo ante el Dios del cielo que lo llamará a cuentas —no sólo para su propia alma, sino con relación a las otras almas que Dios le encomendó. Alguno podría alegar que me estoy haciendo viejo y amargado, que no debemos ver la vida con tanta seriedad. ¡Debemos disfrutar el ministerio! ¡Debemos vivir la vida con gozo y alegría! Estoy de acuerdo, y puedo decir que Dios me ha dado mucho gozo —¡y placer!— en el trabajo a que me ha llamado. Sin embargo, el líder Cristiano nunca puede perder el equilibrio —caminamos en un filo entre un presente lleno de muchas felicidades, y una eternidad llena de felicidad o tormenta eternas. Y creo que la futura eternidad «pesa» más que un presente pasajero. 

Hace unos meses murió mi padre. Había tenido un derrame masivo hace 28 años, y fue paralizado parcialmente de modo que tenía que dejar el pastoreo a los 49 años de edad. Un hombre —quien había sido miembro joven de la iglesia de papá cuando le dio el derrame— me dijo que mi padre fue el pastor que más influencia tuvo sobre su vida en sentido espiritual. Otros afirmaron cosas parecidas. Cuando tuvo el derrame, nadie podía entender lo que Dios estaba haciendo, y el por qué de su enfermedad. Mientras tanto, papá nunca renegó contra Dios, nunca cuestionó la voluntad del Señor. Llegando al final de su jornada aquí, papá le dijo a varias personas que le visitaron: «Dios no se equivoca». Se estaba refiriendo a su propia suerte —tantos años en condición de minusválido. Mi padre estaba tan convencido de que la voluntad de Dios era justa y buena 28 años después de su enfermedad, que cuando estaba con plena salud antes del derrame. La eternidad futura con Dios «pesaba» más para papá que cualquier circunstancia de este mundo. Y es por esto que papá era conocido como predicador de la Palabra «a tiempo y fuera de tiempo» —no predicaba para el oído del hombre, sino todo el consejo de Dios. Mi padre sabía que daría cuentas a Jesucristo —y sólo a Jesucristo— por su labor como predicador en la Iglesia. 

Hay muchas tentaciones y muchas presiones que caen sobre el predicador para que deje de predicar a Jesucristo. Quisiera mencionar algunas de estas trampas. 

1. El legalismo o moralismo: Aún los que conocemos intelectualmente el calvinismo, dentro de nuestro ser existe un pelagiano. Es difícil vivir conforme a la gracia de Dios, con humildad y arrepentimiento, descansando únicamente en la justicia imputada y gratuita de nuestro Salvador. Pero predicar conforme a la gracia de Dios es más difícil aún. Constantemente nos encontramos cayendo en los moralismos, predicando como si nuestros oyentes pudieran cumplir por sí sólo todas las cargas que les estamos imponiendo. Cuando nuestros mensajes se deterioran tanto que el sermón se compone de lo que los hermanos deben o no deben hacer, hemos dejado de predicar a Cristo, y estamos predicando «otro evangelio».

El legalismo en la Iglesia ha crecido de tal manera que hoy en día muchos pastores no saben predicar a Cristo. No pueden ver al Mesías en el Antiguo Testamento, ni en el Nuevo Testamento, excepto como un apéndice para el mensaje. Para los legalistas, Jesús se vuelve meramente el «ejemplo perfecto», la medida de lo que nuestra vida debe alcanzar, y una herramienta con que manipular a las almas. 

El legalismo no siempre se presenta como algo negativo. Los predicadores que reúnen más gente hoy hacen que se sientan bien y predican con una sonrisa. En América Central podemos pensar en las grandes campañas de Cash Luna, y en Estados Unidos Joel Osteen predica semanalmente a millares. Estos predicadores hábilmente conducen a sus oyentes a creer en su propio potencial, y que siguiendo sus indicaciones podrán gozar de todas las «bendiciones» de Dios. En su fondo, sin embargo, su mensaje es un legalismo puro: no hace falta un Jesucristo que muere como sustituto de pecadores incapaces. No hace falta la gracia de Dios para pecadores inútiles. Los predicadores de «éxito» hoy entretienen y motivan, pero su mensaje no necesita en lo más mínimo al Jesús de la Biblia. Es un mensaje puramente humano y legalista—los seres humanos tienen todo el potencial de conseguir lo que quieren. 

En la medida que nosotros estamos tentados a buscar el «éxito» en los mismos términos, traicionamos la predicación de Cristo, y sustituimos el Evangelio por otro mensaje engañoso. 

2. El mensaje de la cultura: Existe una fuerte tentación de afirmar la cultura alrededor de nosotros, en lugar de combatirla. Como todas las personas en nuestras iglesias son productos de la cultura, el proceso de santificación muchas veces violenta sus anhelos y gustos. Los profetas falsos del Antiguo Testamento tomaron la decisión de «caerle bien» al pueblo, de no complicarse la vida, y todos podían vivir felizmente. 

El profeta Ezequiel recibió palabra de Dios contra las falsas profetizas de su tiempo que contentaban a su gente con prácticas «culturales» de brujería y superstición: «Así ha dicho Jehová, el Señor: ¡Ay de aquellas que cosen vendas mágicas para todas las manos, y hacen velos mágicos para la cabeza de toda edad, para cazar las almas!… por tanto, no veréis más visión vana, ni practicaréis más adivinación; y libraré mi pueblo de vuestra mano, y sabréis que yo soy Jehová» (Ez. 13:18, 23). Estas «pastoras» falsas les daba a su gente lo que pedían, lo que era común en las culturas de su tiempo. Y recibían buen pago por sus esfuerzos (v. 19). Como siempre, el paganismo busca su tesoro aquí en esta tierra. 

Los tiempos no han cambiado. El chamanismo pagano de nuestros países fue absorbido por el Catolicismo Romano, tanto en sus formas oficiales como en sus formas populares. Vírgenes, santos, ritos, velas, peregrinajes, y procesiones mantienen vivo el chamanismo antiguo. Y ahora el neopentecostales simplemente ha modernizado el chamanismo católico/pagano, dejando intacto su esencia pero dándole un rostro más moderno. Su esencia chamanística sigue intacto, evidenciado por sus chamanes (apóstoles y profetas), sus ritos (los «encuentros», las «unciones», etc.), sus objetos santos (aceite ungido, pañuelos, etc.), y sus peregrinajes («cumbres» proféticos, campañas, etc.). Y siempre con un énfasis en «prosperidad y bendición» terrenales—como buen paganismo que es. 

Ante la presión creciente de una cultura apegada a este mundo, deseosa de una «garantía» concreta de prosperidad, muchos pastores están sucumbiendo a la presión. Entre las iglesias Reformadas es difícil que se vaya a encontrar las manifestaciones radicales como las que se ven en los grupos neopentecostales. Sin embargo, hay formas de ceder de manera sutil, aparentando ser «Reformados», pero en realidad traicionando nuestra herencia. Considere lo siguiente: 

14. Jesús hizo el llamado a «negarse a sí mismo, tomar nuestra cruz, y seguirle» (Mr. 8:34). Este es un llamado «contra-mundum», contra la corriente. Negarnos a nosotros mismos significa negar aquello que nuestra cultura dice que debemos demandar como derecho personal. Cuando la Iglesia deja de predicar la necesidad del abandono de los deseos egoístas como parte del arrepentimiento verdadero, está negando la fe. 

15. Muchas de la «guerras» entre nosotros (guerras de música, liturgia, tradiciones, etc.) tienen más que ver con complacer a un grupo de personas que seguir a Jesucristo. Se quiere complacer a los viejos, o a los jóvenes. Como los falsos profetas de antaño, quienes se preocupaban por complacer a sus oyentes más que a Dios, algunas iglesias caen en lo mismo.

16. Al ignorar las doctrinas «difíciles» de las Escrituras, nos acomodamos a los gustos de la gente. Una iglesia puede enseñar muchas doctrinas bíblicas, pero si no enseña todo el consejo de Dios, es un mensaje distorsionado. Dios nos dio el Evangelio tal como él quiere que se comunique, no como nosotros queremos comunicarlo. Cuando las demandas de la ley de Dios se obvian, cuando no se habla de la soberanía de Dios, o cuando nos se exige un verdadero arrepentimiento, entonces nos acomodamos al estilo de vida de los hombres. Peor aún—este mensaje acomodado a la era actual no promueve un Evangelio Cristocéntrico, basado en el Salvador quien cumplió la ley de Dios por nosotros, y por su Espíritu Santo perfecciona su ley en nosotros. 

3. La predicación superficial: especialmente del Antiguo Testamento. Sinceramente, pienso que hay mucha pereza que impera en un buen número de predicadores hoy. Cuando leemos los apóstoles y autores del Nuevo Testamento, nos damos cuenta de qué tan empapados estaban del Antiguo Testamento, capaces de ver cómo Dios preparaba su salvación en Cristo. Los tres años que los discípulos pasaron con Cristo fue su conversión para poder ver el Antiguo Testamento con nuevos lentes —lentes Cristocéntricos. Ahora, al leer el Antiguo Testamento, podían entenderlo tal como Jesús lo compartía en el camino a Emaús. Esto es lo que nos toca a los predicadores. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo nos enseña de nuestra incapacidad espiritual, y la salvación de Dios en Cristo. 

Obviamente no todo pasaje nos muestra a Cristo de la misma manera y con la misma claridad. Hay grandes pasajes en el Antiguo Testamento que sirve «de apoyo» al plan de redención. No se debe caer en la otra trampa de la alegorización de todo pasaje, distorsionándolo para que enseñe lo que no enseña. 

En este sentido, el concepto de «pacto» es útil, ya que Dios mismo toma esta categoría para organizar su salvación. Los diferentes pactos sirven para mostrarnos cómo Dios se relaciona con su pueblo—los pactos implican una relación formal, con votos solemnes, con una cabeza o mediador. De esta manera Jesucristo se hace manifiesto en sombra, o por tipos, intercediendo por su pueblo mediante otros personajes que fungían en su lugar. Cuando Jesús se manifiesta en la tierra, ya no se ocupan más las sombras. CLIR tiene como proyecto publicar en el cercan futuro algunos libros que nos pueden ayudar en esta área. Uno de ellos es por Edmundo Clowney, La predicación y la teología bíblica. También CLIR tiene como proyecto re-publicar los dos tomos de Ridderbos, La venida del reino. El predicador debe buscar recursos como apoyo para esta importante tarea de exaltar a Cristo en todas las Escrituras. 

4. La columna de la Iglesia: «justificación por la fe». Creo que fue J.I. Packer quien dijo que la doctrina de la justificación era la columna por la cual la Iglesia se mantenía en pie, o caía al suelo. Yo lo creo. Cualquier enseñanza sobre la salvación que no tiene como elemento central la justificación por la fe o es un legalismo, o es libertinaje. La enseñanza de la justificación por la fe es nada menos que colocar a Jesucristo y su obra (su vida de justicia, al igual que su muerte expiatoria) en el centro. Casi todo Cristiano ha oído de la «justificación por la fe»—después de todo, es una frase muy bíblica. Pero en mis visitas a muchos lugares, para mi gran sorpresa, muchos Cristianos no pueden explicar esta doctrina. Peor aún —muchos líderes no tienen un concepto claro de ella. Podríamos decir sin miedo a equivocarnos: sí alguien no está predicando la justificación por la fe, que somos reconciliados con Dios por medio de la justicia imputada de Jesucristo— no está predicando a Cristo. Podría mencionar el nombre de «Jesús», pero eso no consiste en «predicar a Cristo». 

Pablo tenía palabras fuertes para los innovadores en Galacia. Dijo que si enseñaban otra cosa que la justificación por la sola fe, habían traicionado el Evangelio, y que fueran malditos (ver Gl. 1:8-9; 3:13-14). ¿Por qué estas palabras de Pablo nunca se escriben en la pared al frente de la iglesia? Personalmente creo que sería un buen recordatorio para todo predicador mientras camina hacia el púlpito —porque a muchos se les ha olvidado.

Pastor, ¡Por favor, predica a Cristo!

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