LA VICTORIA DE DIOS A TRAVÉS DEL FRACASO HUMANO: JUECES 13:2-25: EL DIOS ADMIRABLE

Por Nicolás G. Lammé

Reforma Siglo XXI, Vol. 12, No. 1

Sin lugar a dudas, el libro de los Jueces es difícil de entender. Pero si bien esto es cierto, es aun más difícil de predicar. Como pastor, siento la carga continua de predicar toda la escritura sin hacer de ella una moraleja. Es más fácil predicar moralejas con los textos difíciles. Por eso, he incluido aquí, como en el artículo anterior,1 algunos de mis pensamientos sobre el texto bíblico a fin de que veamos la gloria de Dios en el evangelio, en las páginas del Antiguo Testamento.

  1. Lo que Dios quiere decir (Hebreos 11:32)

Todos nosotros asistíamos a clases con algún compañero de escuela o de colegio torpecito y embarazoso. Ellos siempre nos parecían fuera de lugar. No podían jugar bola para salvar la vida. Nunca eran «parte del equipo». También había aquel estudiante que nunca estudiaba antes de llegar a clase y cuando el profe lo llamaba, se ponía nervioso y comenzaba a mirar fijamente el piso. A veces me pregunto si el piso no contuviera todos los

misterios del universo. Él no podía hablar por petrificado. Era el muchacho fuera de lugar y todo el mundo lo sabía. Tal vez sea así también cuando leemos Hebreos 11. Este es el famoso capítulo de los hombres de la fe, del justo Abel a Abraham escogido a Moisés maltratado. Estos hombres se denominan los padres de la fe, de la misma somos todos partícipes en Jesucristo. Pero, ¡Qué sorpresa! ¿A quién encontramos? A Sansón (Heb. 11:32).

¿No le parece un poco fuera de lugar?

Si no tuviésemos el capítulo once de la epístola de los Hebreos, ¿Habríamos contado a Sansón entre los grandes fieles de la Biblia? ¿Le habríamos contado entre Abel, Abraham y Moisés? Si somos honestos, respondemos —Jamás—. Pero allí está. Y no sólo está en esta lista, sino aparece sin contar ninguna de sus faltas. Qué tan maravilloso que Dios en su misericordia recomienda la fe de este hombre. Sansón se incluye entre nuestros padres de la fe, del cual «el mundo no era digno» (Heb 11:38). Si Dios lo recuerda como un hombre de fe, ¿por qué le damos cuenta atrás tan rápidamente? Bueno, es fácil, su vida nos parece un desastre. Tal vez no hay otra persona en toda la Biblia que haya hecho de su vida y su llamado tanto una catástrofe.

Nuestro problema con Sansón es que nosotros solemos juzgar las apariencias. Aun a Samuel Dios tenía que recordar que Él no ve como el hombre, sino que examina el corazón.

¿No nos damos cuenta de cómo eran las vidas de los otros siervos de Dios? La Biblia nunca blanquea las vidas de sus «héroes» como hacen los mitos paganos. Sin embargo, nos cuenta sin reservas de Noé que se emborrachó, de Abraham que mintió, de Moisés que asesinó a un egipcio, de Rahab quien era prostituta, de David y su adulterio y el asesinato de

Urías, de Barac y su cobardía y de Samuel y las vidas fracasadas de sus propios hijos incrédulos. La Biblia no ignora o justifica los pecados de los hombres que Dios ha elegido y llamado. Si bien Dios no justifica sus pecados, sí los perdona. En lo que estos hombres se lucieron no eran sus vidas limpísimas, sino su fe en Dios que levanta los muertos (2 Cor. 1:9; Heb. 11:19). Puede ser difícil ver la fe de Sansón a través de todo su pecado tan obvio. Aun al final de su vida, su fe sólo parece una astilla. Pero aquí el dicho aplica en un sentido, de tal árbol, tal astilla. Su fe era una fe en Dios, lo cual hace que fuera una fe genuina que movió montañas. Jesús dio el mismo sobre la fe como un grano de mostaza (Mt. 17:20). ¿Será que estaba pensando en Sansón? A cada cual Dios ha dado una medida de fe. Algunos tienen una fe grande mientras que otros una pequeña. El pecado se nos pega tan estrechamente. Algunos experimentan una mayor victoria sobre ello que otros durante el curso de esta vida. Todos estamos en un estado u otro de lucha contra el pecado. Por eso el autor de Hebreos nos esti- mula a la fe en Cristo y no a la desesperación. Después de enumerar tan grande lista de santos que nos antecedieron, nos dice: «teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos (sí, inclusive a Sansón), despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Heb. 12:1-2).

Tal vez Sansón nos pareció fuera de lugar en esta lista. Pero, cuando lo consideramos bien, no está más fuera de lugar que cualquier otra persona. No está más fuera de lugar de lo que estaríamos nosotros en una lista tan eminente. Las buenas nuevas es que la fe es un don de Dios en Cristo Jesús, y lo que Dios nos da, ha prometido perfeccionar en nosotros (Fil. 1:6).

  1. Dios supera el fracaso de la carne humana (Jueces 13:2-5)

El fracaso espiritual de Israel no es el único fracaso de la carne que encontramos al comienzo de este capítulo. En el versículo dos, leemos que «había un hombre de Zora, de la tribu de Dan, el cual se llamaba Manoa; y su mujer era estéril, y nunca había tenido hijos». El fracaso humano que se nos presenta en este capítulo no es estrictamente espiritual, sino en efecto el fallo de algo tan básico a la naturaleza humana. Cuando el hombre fue creado, Dios lo creó para fructificar y multiplicarse, llenar la tierra y sojuzgarla (Gn. 1:28). Dios no tan sólo creó al hombre con la capacidad de ser fértil, sino le mandó serlo. La esposa de Manoa no puede cumplir con este mandato creacional.

Tan esencial a nuestro ser como criaturas que los antiguos creía que la esterilidad era una señal que Dios había quitado su bendición. Acuérdese que el don de la fecundidad formaba una parte integral de la bendición pactual de Dios: «Y te amará, te bendecirá y te multiplicará, y bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra, tu grano, tu mosto, tu aceite, la cría de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas, en la tierra que juró a tus padres que te daría. Bendito serás más que todos los pueblos; no habrá en ti varón ni hembra estéril, ni en tus ganados» (Dt. 7:13-14). La condición estéril de la esposa de Manoa le era una desgracia. Esta mujer es la personificación de la condición

espiritual de Israel. Eran estériles y no podían producir los frutos del arrepentimiento y justicia. Estaban separados de la vida. La severidad de esta esterilidad espiritual se ve en   la esterilidad de la esposa de Manoa. La incapacidad física es un retrato de la espiritual. Tal como una mujer estéril no puede engendrar un vástago, los pecadores bajo la esclavitud de sus pecados y el juicio de Dios no son capaces de producir la justicia y la obediencia a Dios.

Pero Dios no se limita ni por la incapacidad corporal ni por la espiritual del hombre. Salvará a su pueblo a pesar de todo obstáculo. No es impotente para engendrar hijos espiritualmente vivos. Salvará a su pueblo. Fíjese en tres elementos de la salvación de Dios en este texto:

Primero, la salvación de Dios sucede por una obra milagrosa de él que confunde el fracaso e incapacidad humana. Pese a todo nuestro parloteo sobre el pecado y su horribilidad, no lo tomamos muy en serio. Pero la Biblia retrata claramente al pecado y sus consecuencias funestas. El pecado estrangula al alma. Hace marchitar el alma como una planta sin agua, sin vida bajo el sol infernal de verano. ¿Cree usted que Israel se propuso al principio a abandonar a Jehová? Jamás fue su intención (Jos. 24:16-18; Jue. 2:1-5). Pero eso es lo que sucedió. La deserción de Israel a Dios se debe a su negligencia para guardar sus mandamientos y el descuido de sus advertencias solemnes en la Ley.

¿Creemos que podemos, como Israel, coquetear con el pecado y no nos morderá? Hay una culebra que se llama   la coral. Se distingue por su tamaño pequeño y sus colores brillantes. Pero, su picadura es fatal. Tiene una neurotoxina que ataca el sistema nervioso central y detiene todos sus

procesos. Después de veinte minutos de haberle mordido, su víctima sucumbe a la muerte por asfixia o infarto. Pablo dice que estábamos muertos en nuestras transgresiones y pecados (Ef. 2:4-5). La obra de la redención es una obra sobrenatural en la cual Dios hace vivir lo que estaba muerto. El trae vida de la muerte y vitalidad de la esterilidad. Así que Dios no levanta en Israel cualquier libertador ordinario, sino que abre el vientre de una mujer estéril a fin de traer vida a los muertos. De manera parecida, nos levantaría el Libertador final, haciendo lo más imposible, abriendo el vientre de una virgen. Porque para Dios no habrá nada imposible.

Segundo, fíjese que Dios llamó a Sansón desde el vientre para ser un nazareo. En la Biblia hay dos tipos de nazareos. La ley del nazareo contiene un voto de separación voluntaria, por un período, para consagrarse completamente a Dios (Num. 6:1-21). Pero hay otro tipo de nazareo. Éste es el nazareo de nacimiento, el cual es separado desde el vientre por el Señor por toda su vida. Si bien había muchos Israelitas durante toda la historia de Israel que eran nazareos por algún tiempo (p.ej. Pablo en Hechos 21), sólo había tres que nosotros sepamos que eran nazareos de nacimiento. Los tres son Samuel, Juan el Bautista y Sansón. Hay afinidades notables entre todos ellos, y no sería el menos importante que cada uno nace de una mujer anteriormente estéril. Así que desde su nacimiento, Sansón fue apartado para serle al Señor santo, como el libertador de Jehová. Como uno apartado para el Señor, el Ángel del Señor le dice a la esposa de Manoa que su hijo «comenzará a salvar a Israel de mano de los filisteos» (13:5).

¡Qué libertador escogió Dios para salvar a su pueblo, uno apartado totalmente para ser santo a Dios! Pero ¡qué catástrofe hizo Sansón de su llamado! A cada oportunidad abandonó su separación a Dios. Por supuesto, lo más increíble es que Dios sabía que tipo de hombre habría de ser este libertador, y no obstante lo llamó. Tal vez la conclusión de la vida de Sansón se anticipa con las palabras, «comenzará a salvar a Israel». No es la salvación definitiva. Pero ninguno de los jueces, ni los reyes ni los sacerdotes era. Cada uno de su manera prefiguraba a Aquél, de quién dice la Escritura, que era «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos» (He. 7:26). Lo que Sansón sólo pudo comenzar, Cristo Jesús lo hizo completa y perfectamente. Y así leemos en las Escrituras que «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Heb. 10:14).

  1. El nombre de nuestro Gran Libertador (Jueces 13:6-20)

Estamos familiarizados con los varios nombres de Dios en la Biblia. Se llama Dios, Yahvé y el Altísimo, pero no a menudo consideramos aquel nombre maravilloso por el cual es conocido, a saber, Admirable. Manoa quiere saber el nombre del mensajero celestial para que cuando se cumpla su palabra puedan honrarle. Sabemos que este visitante celestial es más de lo que parece. La deidad de este «Ángel del Señor» queda claro por el contexto, tanto en que obra milagros para Manoa y su esposa como en que asciende al cielo en una llama de fuego, pero sobre todo por como responde al interrogatorio de Manoa. Él dice que su nombre es admirable.

Esta palabra hebrea se usa por primera vez en el Pentateuco en Éxodo 15 en el Cántico de Moisés después de que el Señor los liberta de los egipcios, ahogándolos en el mar. Leemos en Éxodo 15:9-11:

El enemigo dijo: Perseguiré, apresaré, repartiré despojos; mi alma se saciará de ellos; sacaré mi espada, los destruirá mi mano. Soplaste con tu viento; los cubrió el mar; se hundieron como plomo en las impetuosas aguas. ¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?

Después de presenciar las grandes obras de Dios en su liberación de Egipto, ¿qué otra cosa podían hacer sino cantar? Levantaron sus voces en alabanza nacional y reconocieron que todo lo que Dios había hecho a su favor eran prodigios. Esta palabra significa una maravilla o milagros o asombros. La palabra es un cognado de la palabra usada en Jueces 13 para el nombre de Dios, admirable (o se puede traducir asombroso, maravilloso, es decir, lo que queda más allá del entendimiento). Sus obras se llaman maravillas no porque las son en sí, sino porque provienen del Dios que es maravilloso. Todas sus obras son maravillas, y en particular así son sus obras de salvación (Sal. 77:11; 14).

En Isaías 6:9, Dios dice que el niño que habría de nacer sería llamado «Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz». El Dios que hace maravillas es Admirable (es decir, Maravilla o Asombro). No es un adjetivo, sino un sustantivo. El lo es. Y así dice a Manoa. Admirable es el nombre de nuestro Dios. Es el nombre de nuestro Salvador. Dios estaba levantando un libertador, a saber, Sansón, y haría muchas maravillas por medio de él. Pero no era Sansón admirable, sino Dios. Tal como Dios es Amor, y Paz y Luz, es Admirable.

Sansón falló en estar a la altura de su llamado, pero Dios sí cumplió. Aun durante los momentos más tenebrosos de la vida de Sansón, las maravillas de Dios no cambiaron; nunca era menos de lo que es. Por supuesto, sus maravillas se ven con mayor claridad cuando contemplamos el rostro de Cristo.

La palabra admirable tiene todo que ver el poder de Dios para hacer lo imposible. Y por eso Jeremías ora: «¡Oh Señor Jehová! He aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder, y con tu brazo extendido, ni hay nada que sea difícil para ti» (Jer. 32:17). La frase traducida nada es difícil (lo yipale) es la forma verbal de la misma palabra para admirable o maravilloso. Nada es demasiado admirable o maravilloso para Dios. Esto tiene que ver con la manifestación de su poder. Y no sólo manifiesta su poder maravilloso, sino que él mismo es la manifestación de su poder perfecto y maravilloso.

Cuando Dios se declaró maravilloso a Manoa, quería decir que habría de ser entre los filisteos un testimonio de su poder y gloria. De hecho, era Dios que entregó su pueblo en las manos de los filisteos (13:1). Y era Dios que comenzaría a libertarlos de su mano. Pero cualquier obra de Dios que vemos en Sansón, la veremos perfeccionada en Jesús. Isaías anticipa el día cuando Dios habría de enviarnos un niño cuyo nombre sería Admirable. Pablo retrata a Jesucristo con toda su gloria y admiración. Leemos en Colosenses 1:15-17, «El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten». La imagen de la gloria del Dios admirable es la persona de Jesucristo. Y esta gloria y admiración culminan en obra salvífica para redimir a su pueblo del poder del pecado y la muerte. Pablo dice en Colosenses 1:19-20: «por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz». Ésta es una obra admirable. Cristo no sólo libertó a su pueblo de la escla- vitud al pecado y de la maldición, sino que redimió a todas las cosas. Y esto hizo mediante el sacrificio de sí mismo en la cruenta cruz.

Vivimos en un época dorada. Pero la crisis económica reciente nos enseña que lo que este mundo más valora es transitorio y engañoso. Dios ya nos dijo esto en su palabra y no le creímos. Hemos perdido tanto el asombro y maravilla de corazón que pertenece al hijo de Dios que levanta su mirada para contemplar lo incompresible. Me pregunto que si el israe- lita medio de la época de Sansón pensaba mucho en el éxodo con asombro. ¿Le importaba mucho o poco? ¿Afectaba su vida? ¿su negocio? ¿su familia? Si la obra de Cristo sólo nos impresiona los domingos, somos más como ellos de lo que quisiéramos admitir.

Manoa y su esposa tuvieron un encuentro con Dios y lo sabían bien. Cambió sus vidas. Pero el encuentro que tiene todo cristiano con Dios en Jesucristo es mayor que lo que experimentaron los Manoa. Pues, «Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Cor. 4:6). Debemos decir con el salmista: «Me acordaré de las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas. Meditaré en todas tus obras, y hablaré de tus hechos» (Sal. 77:11-12).

  1. Si Jehoá nos quisiera matar … (13:21-25)

Cuando Manoa se dio cuenta que había visto a Dios, tuvo miedo y creyó que ciertamente morirían. Las palabras de Manoa son paralelas casi palabra por palabra a Génesis 2:17 donde Dios dice a Adán que en el día que comieran del árbol, ciertamente morirían (lit. muriendo, morirás). El dicho hebreo no deja lugar a dudas del resultado que cierta acción producirá. Manoa, habiendo visto a Dios cara a cara, ahora siente todo el peso de la santidad inefable. «Ciertamente moriremos» es la confesión del corazón sobrecogido por la realidad de su pecado, culpa e indignidad inherente.

No sabemos mucho de Manoa y su esposa. Hay que hacerse algunas preguntas. ¿Por qué apareció Dios primero a la esposa de Manoa? ¿Eran Manoa y su esposa lo mismo que todos los demás Israelitas? ¿Eran piadosos? No sabemos. La Biblia no nos dice. Lo que sí podemos conjeturar es que ahora Manoa siente el peso total de su insuficiencia y pecaminosidad. Hasta este momento Dios había ocultado su gloria en la forma del Ángel de Dios. Nunca sospechaba que la Persona con que hablaba era el Santo de Israel. El corazón de Manoa es desvestido y expuesto ante Dios y Manoa está muerto de miedo de esta revelación.

Este miedo no es una pasmarota. Es una buena señal que Dios ha hecho algo maravilloso en los corazones de los dos. De hecho, es su esposa que reconoce la mano bondadosa de Dios. Ella reconoce la misericordia evangélica de Dios en todo el asunto. Si Dios nos quisiera matar, le dice, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda, ni nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto. Y es cierto. No hay lugar para esta paranoia. Como un amigo pastor me contó una vez de una sesión de asesoría en la que un hombre le confesó que creía que Dios le estaba persiguiendo. Él le respondió con toda la sabiduría «de lo obvio». No te preocupes hermano, en vano no persigue a nadie. Si Dios va por ti, te alcanza. Dios no tenía a Manoa entre ceja y ceja. De hecho, en todo su trato con él, es condescendiente con él. No lo aplasta ni le abruma con más que puede soportar. Tiene que ocultarles su gloria para que no fueran consumidos.

Fíjese también en la condescendencia de Dios hacia Manoa en que él oye y contesta su petición. Aunque ya había hablado con su esposa. Tal vez fuera necesario para Manoa ver para creer. Pues, el Ángel no le da ninguna noticia nueva que ya no había dado a su esposa. Simplemente le dice, «La mujer se guardará de todas las cosas que yo le dije» (13:13).

¿Puede ser que Manoa sea como Pedro cuando Jesús le dijo que echara sus redes en un lugar en que el veterano pescador sabía que no podía haber peces y cuando lo hizo cogió tan gran cantidad de peces que sus redes se rompían? Y ¿qué hizo?

¿No se cayó a los pies de Jesús y exclamó: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador? (Lc. 5:8). ¿Puede ser que Manoa, como Pedro, lamentaba su incredulidad? ¿Por qué tenemos que ver cuando Dios ha hablado? Para algunas personas no es suficiente que Dios ha hablado. Quieren que Dios se pruebe con espectáculos cuando su Palabra debe ser suficiente. Pero Dios sabe como somos, tercos, tontos y lentos para entender y muchas veces él se digna humildemente a darnos lo que no deberíamos tener. Tal es nuestro Dios.

Ciertamente esta es una muestra de su gracia, no sólo para con Manoa, sino también para con todo su pueblo, al cual comenzará a salvar por la mano de Sansón.

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