ESTUDIOS TEOLÓGICOS E HISTÓRICOS, CUIDANDO DE LA GREY: UN ESTUDIO DE LOS PRINCIPIOS Y LA PRÁCTICA DE VISITACIÓN FAMILIAR

Por Peter Y. de Jong

Reforma Siglo XXI, Vol. 12, No. 1

Hace muchos años, un visitante cansado del  camino  llegó lentamente a la ciudad de Ginebra, que yacía como un brillante diamante junto a las aguas azules profundas de Lac Leman. Sin embargo, no tuvo reparo en la belleza natural que le recibía a cada lado. Le habían dicho del atractivo espiritual de aquel pueblo que había logrado tan envidiable reputación en toda Europa.

John Valentin Andrea, predicador y maestro del santo evangelio en Alemania, había venido a ver con sus propios ojos la belleza de la república de Ginebra. No había sido obligado a buscar refugio allí debido a la sangrienta persecución religiosa. Más bien, estaba profundamente interesado en el secreto de la prosperidad espiritual de la Iglesia de Cristo en esas partes. Como muchos que habían ido antes de él, alabó el alto estándar o moral que caracterizaban su ciudadanía  en medio de una era amante de las riquezas y permisiva. Y al buscar alguna explicación para ello, se vio satisfecho al concluir que aquello había resultado mayormente de la regularidad y minuciosidad que habían caracterizado la visitación familiar por parte de los ministros y ancianos desde los días de Calvino.

Hasta el día de hoy, uno de los rasgos sobresalientes de  la iglesia reformada es el tipo de cuidado espiritual y supervisión que los oficiales de la iglesia ejercen en las vidas de sus miembros. Nosotros, quienes aún podemos disfrutar los ricos frutos de los dos grandes avivamientos en las Tierras Bajas durante el siglo anterior, la de 1834 y la de 1886, hemos llegado a considerar la visitación familiar anual como parte de nuestra herencia religiosa. Y aquellos que le tienen una consideración más que pasajera deben reconocer que su papel ha sido grande en mantener la iglesia fuerte y pura.

Esto, sin embargo, no excluye la posibilidad de peligro. Siempre que una práctica ha continuado por largo tiempo en las iglesias, las señas de degeneración se visten de sutilidad. La gente gradualmente pierde de vista la carne, y se contenta con la cáscara.

Señas inconfundibles de tal actitud espiritual de nuestra parte hacia la venerable institución de la visitación familiar alarman a aquellos que conocen y aman nuestra iglesia. Comentarios despectivos se hacen libremente y no se cuestionan. Algunos ni siquiera vacilan al ir tan lejos como para denunciarla como el lugar fértil de cultivo de hipocresía en las iglesias.

Como resultado este trabajo no es llevado a cabo con la misma regularidad que caracterizaba su ejercicio hace algunas décadas. A menos que haya un avivamiento del conocimiento de, e interés en, la visitación familiar, pronto se verá perdida en el olvido. Naturalmente, si la práctica ha perdido su utilidad para una generación moderna, haremos bien al dispensar de ella de inmediato. Sin embargo, sería necio seguir un curso de acción tan radical sin considerar cuidadosamente el lugar que debería ocupar en la vida de la iglesia. Este es el objetivo del autor de estas páginas.

Hasta donde sabemos, no se ha escrito monografía alguna en lengua castellana acerca de este aspecto del trabajo oficial de las iglesias. Por lo tanto, nuestros ancianos llevan las de perder cuando deben desempeñar esta labor que pertenece específicamente a su oficio. Nuestro pueblo debe estar mejor informado sobre la naturaleza,  necesidad y propósito  de la visitación familiar, no sea que perdamos algo distintiva- mente reformado y que ha contribuido inmensurablemente a la fuerza espiritual de nuestras iglesias. Estas páginas han sido escritas para llenar esta necesidad aunque sea un poco.

Que lo que se ha escrito aquí contribuya en alguna medida a un mejor entendimiento y una más profunda apreciación de esta valiosa práctica en nuestras iglesias.

Que ayude en la fiel y fructífera ejecución de esta tarea.

  1. El nombre y la naturaleza de la visitación familiar

«El pastor no ha hecho un trabajo imperfecto cuando ha procurado y administrado a su rebaño, un alimento saludable. Debe vigilarlas; no debe permitir que los lobos y las cabras se mezclen con ellas, y de hallarse uno de estos entre ellas, debe usar los medios apropiados para deshacerse de ellas; debe procurar prevenir que las ovejas se desvíen, y cuando ellas se extravían, debe emplear todo método adecuado para traerlas de vuelta; debe procurar preservarlas de los ataques de enfermedades, y administrarles preventivas y medicinas adecuadas contra los males predominantes; y aún con su vida en peligro debe él protegerlas de esas bestias cazadoras que andan buscando devorarlas.» — John Brown: Discursos Expositivos de Primera de Pedro

Una de las doctrinas más confortantes e instructivas de las Sagradas Escrituras para el pueblo de Dios es sin duda alguna la de la unión indivisible de Cristo con su iglesia. No podemos pensar en Cristo sin pensar en la iglesia, como tampoco podemos imaginar la iglesia sin Cristo.

Especialmente entre cristianos reformados ha sido influyente la convicción del Señorío de Cristo sobre su cuerpo espiritual en moldear el gobierno de la congregación organizada y la vida espiritual de sus miembros. Desde tiempos antiguos, por lo tanto, en nuestras iglesias se confesaba solemnemente que el que creía estaba bajo la obligación no sólo de unirse con la iglesia sino también de colocarse a sí mismo    y a su familia bajo el cuidado espiritual de los subpastores designados por el Salvador Exaltado. Porque aunque Cristo había ascendido al cielo a ocupar su lugar de máxima gloria y a ejercer dominio sobre el mundo como recompensa por su obediencia a la voluntad del Padre, Él en su infinita sabiduría y amor se complació, por el bien del buen orden de su iglesia y el bienestar de aquellos por quienes dio su vida, en instituir y mantener los santos oficios hasta el día de hoy.

Uno de estos oficios, el de los ancianos, está particularmente preocupado por el gobierno de la iglesia. Aquellos a quienes esta labor ha sido encomendada pueden encontrar el Nuevo Testamento repleto de consejo y amonestación relevante al fiel desempeño de su tarea. Así Pablo encargó a los ancianos de Mileto cuando se despedía cariñosamente, «Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hechos 20:28). Con el mismo sentir Pedro aconseja a los ancianos de las iglesias a quienes escribió, «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.» (1 Pedro 5:2,3).

Es para la gloria de las iglesias reformadas que sólo ellas a través de los siglos han mantenido este oficio consistente- mente. Mientras que en tantas otras iglesias sólo los ministros de la Palabra y los diáconos funcionan como líderes de la gente, la progenie de la reforma calvinista imitando a su más grande maestro y líder ha insistido en los tres oficios, cada uno representando de forma única algún aspecto del oficio triple del Salvador.

El deber de estos ancianos es mantener el buen orden y la disciplina en la iglesia de Cristo.

La esfera de sus labores abraza a toda la iglesia visible de Jesucristo viejos y jóvenes por igual. Y por motivo de que las iglesias reformadas siempre han tenido una profunda apreciación por la manera en que Cristo a través de su Santo Espíritu emplea las relaciones orgánicas de la vida humana para la venida de su reino, siempre han conducido, desde el principio de su historia, la visitación familiar. Por estos medios, las iglesias han podido detentar una influencia en las vidas de sus miembros así como en la vida de la comunidad y la nación mucho más allá de su fuerza numérica. Al iniciar nuestro estudio de este aspecto tan importante en la vida de la iglesia organizada, deberíamos primero considerar cuidadosamente el nombre con el cual es designado y también entender clara- mente lo que significa la práctica misma.

  1. El problema del nombre

Aquellos que están familiarizados con la vida en las iglesias reformadas [en Holanda] se habrán encontrado en algún momento con el término «huisbezoek». Este término, y sus equivalentes en español, «visitación a los hogares» o «visitación a las casas», eran lo suficientemente lúcidos para ganar una aceptación bastante general. Inmediatamente llaman nuestra atención al hecho de que la iglesia está profunda- mente interesada en las vidas que sus miembros viven día a día, particularmente en el santuario de sus hogares. No sólo son miembros vivientes para hacer uso diligente de los medios de la gracia durante la adoración conjunta, sino que la iglesia por medio de sus oficiales debe mantener un contacto directo y cercano con aquellos cuyo cuidado espiritual le ha sido encomendado por el mismo Señor de la iglesia.

En un intento por encontrar un equivalente apropiado en español para el término holandés, nuestros padres encontraron varias dificultades. El idioma está vivo; tiene un sabor propio. Es por lo tanto siempre arriesgado satisfacerse con una traducción literal de cualquier término. Así, el hablar de «visitación a los hogares» o «visitación a las casas» recibió objeciones.

Michos sienten, y con razón, que la iglesia con sus oficiales no está tan interesada en la casa como un  lugar de habitación como en la familia que reside en lugar en particular. Es propio de la esencia de la religión reformada enfatizar al individuo no como una persona aislada sino más bien al individuo en su relación orgánica con la sociedad humana. Como la casa es el fundamento sobre el cual se construye toda la estructura de la sociedad, el contacto espiritual correcto entre la iglesia y sus miembros debería hacerse primeramente en los hogares. Sin ignorar ni mucho menos negar el hecho de que surgirán ciertos problemas y dificultades en las vidas de los miembros individuales que no pueden ser discutidos apropiadamente en presencia de otros, las iglesias reformadas han mantenido su convicción que bajo circunstancias normales el contacto debe ser buscado en y a través del círculo familiar. La familia consiste de esas personas que forman una casa bajo una cabeza, general- mente el padre. Consiste de padres, hijos, sirvientes (si los hay), e incluso otros tales que pueden vivir por un tiempo con ellos como huéspedes o amigos.

  1. El término «Visitación»

Algunos han levantado objeciones contra la segunda parte del término. Han preferido incluso utilizar el término visita antes que visitación, objetando que este último se refiere a una experiencia desagradable y calamitosa causada por la ira de Dios.

Una cuidadosa consideración de esa palabra, sin embargo, ha de disipar tal noción de inmediato. El Diccionario del Nuevo Siglo (New Century Dictionary) lista cinco usos distintos del término:

  • El arte de visitación; una visita; especialmente hacer una visita o visitar con el propósito de hacer una inspección oficial o examen.
  • La visita de la Virgen María a su prima Elisabet; un festival de la iglesia celebrado el 2 de Julio para conmemorar esta visita.
  • Una visita de consuelo y ayuda, o de aflicción y castigo, por parte de Dios.
  • Una dispensación especial del cielo, ya sea de favor o de aflicción.
  • Cualquier experiencia o evento, especialmente uno desagradable, considerado como ocurrido por dispensación divina; una aflicción o castigo de Dios; un juicio.

De esta lista resulta aparente que nadie debe objetar del todo el uso del término visitación. El primer significado dado sirve a nuestro propósito de forma admirable, al buscar una frase adecuada para describir el trabajo en cuestión. Ya que, después de todo, este trabajo es parte del programa oficial  de cualquier iglesia reformada bien ordenada. Todo ministro y anciano instalado en la iglesia asume parte de la responsabilidad que descansa sobre el consistorio de contactar las familias a él encomendadas, de manera oficial. Tal llamado es definitivamente oficial, y por eso no depende de los caprichos o deseos ni del consistorio ni de la congregación. Y su meta es hacer una inspección o intervención oficial en las vidas de los miembros con afán de cerciorarse si ellos están al tanto o no de sus privilegios y obligaciones espirituales.

4. El nombre «llamado consistorial»

Algunos de los que objetan al término arriba discutido han preferido hablar de un llamado consistorial. Tal designación tiene algunas ventajas tajantes. Nos dice de una vez quién está a cargo de la responsabilidad de llevar a cabo este importante trabajo. El consistorio está constituido de ancianos gobernantes. Debe notarse que este cuerpo siempre incluye al ministro de la Palabra, ya que él funciona en doble capacidad, sirviendo a la congregación como anciano tanto gobernante como maestro. Debe, por lo tanto, darse no sólo a enseñar y predicar sino también a pastorear y gobernar el pueblo de Dios. A grandes rasgos, el consistorio es la corte en la iglesia reformada. Aquí las reglas que han de regir a los miembros de la congregación son hechas y probadas, aplicadas y confirmadas. Así, tal llamado consistorial es la visita oficial de los miembros de la iglesia por un comité designado por el consistorio bajo cuya jurisdicción espiritual se han colocado. Así, hablando estrictamente, los ancianos pueden llevar a cabo este trabajo sólo con referencia de aquellos que están directa- mente bajo su supervisión oficial, esto es, los miembros de la iglesia so bautismo y profesión de fe. Otros pueden ser aconsejados por ellos, ya que la iglesia debe ser testigo a todos los hombres, pero los oficiales de la iglesia no tienen autoridad espiritual directa sobre ellos.

Muchos argumentos pueden ser citados a favor de esta última designación. Sin embargo, también hay restricciones en dicho nombre. Como hay llamados hechos por comités del consistorio por otras razones y con otros propósitos en mente, se puede fácilmente llegar a la confusión. El término visitación familiar merece preferencia indudablemente, ya que este enfatiza la naturaleza oficial del trabajo, habla de la familia cristiana como el objeto del trabajo, y como designación general ha sido utilizada ampliamente y generalmente aceptada en nuestras iglesias.

5. Comprendiendo la naturaleza del trabajo

Aunque la frase visitación familiar ya describe en general el trabajo del consistorio que estamos discutiendo, es necesario considerar esto más a profundidad.

Durante el transcurso de los años nos hemos inclinado, particularmente en un contexto democrático, a minimizar el lugar y la necesidad de una autoridad espiritual en la iglesia de Cristo. Como resultado, demasiadas personas aprecian la concepción errónea referente al derecho de juicio privado en temas de vida y fe.

Para que el buen orden sea promovido en la iglesia y para que el reino de Dios pueda ser establecido en los corazones  y las vidas de los hombres, Cristo se ha complacido en enco- mendar el poder de las llaves del cielo a los oficiales de la iglesia. Por su uso aquellos que oyen la Palabra de Dios pueden juzgar si tienen o no parte en la iglesia viva.

La Confesión Belga, aunque usa una  terminología un tanto diferente, menciona estas llaves en el Artículo 29, cuando habla de «Los signos de la iglesia verdadera, en que se diferencia de la falsa iglesia».

Los signos para conocer la Iglesia verdadera son estos: la predicación pura del Evangelio; la administración recta de los sacramentos, tal como fueron instituidos por Cristo; la aplicación de la disciplina cristiana, para castigar los pecados. Resumiendo: si se observa una conducta de acuerdo a la Palabra pura de Dios, desechando todo lo que se opone a ella, teniendo a Jesucristo por la única Cabeza. Mediante esto se puede conocer con seguridad a la Iglesia verdadera, y a nadie le es lícito separarse de ella.

Los siguientes tres artículos detallan este tema de tal forma que cualquiera que los lee ha de concluir que las primeras iglesias reformadas colocaron en alta estima las reglas de disciplina de acuerdo a las cuales habrían de ordenar sus vidas.

En el Catecismo de Heidelberg una descripción aún más elaborada se da de estas llaves, las cuales allí se consideran son la predicación del santo evangelio y la disciplina o excomulgación de la iglesia cristiana. A esta definición se agrega la explicación de su uso. Por medio de estas dos, el reino de los cielos se abre a los creyentes y se cierra a los incrédulos. Con estas definiciones queda evidente que nuestros padres reformados creyeron que los oficiales de la iglesia habían sido encomendados con una gran medida de responsabilidad espiritual y revestidos con gran autoridad espiritual. En la iglesia católicorromana, la idea de las llaves del reino había siempre disfrutado de un lugar prominente. Confesaba que la iglesia visible por medio de la jerarquía podía abrir y cerrar el cielo a los individuos. De hecho, todo el sistema papal de gobierno de la iglesia se basa en ese supuesto.

Sin embargo, a través de los siglos el uso de las llaves del reino en la iglesia católica había cambiado de la predicación del evangelio a la confesión. Era ahí y sólo ahí que se ejercía una supervisión sobre la fe y conducta del creyente. En tales ocasiones el sacerdote, vestido de toda autoridad en virtud de su consagración por mano del obispo, podía interrogar a los miembros, evaluar su condición espiritual e imponer los castigos requeridos sobre todo aquel que erraba. Las iglesias reformadas, al iniciar su existencia independiente, volvieron a colocar la predicación del evangelio en su legítimo lugar. Sin embargo, afirmaron que como la iglesia no podía conocer el corazón del individuo a menos que este hablara con libertad y honestidad, el juicio de la iglesia sería necesariamente condicional. En el último análisis, el creyente debe juzgar si está o no bien con Dios así cumpliendo las condiciones que demanda la Palabra de Dios de todos aquellos que dicen estar en la fe. Pero para que el individuo que escuchó el evangelio pueda ser capaz de examinar su corazón y su vida apropiadamente a la luz de la Palabra, las iglesias reformadas instituyeron desde temprano la práctica de la visitación familiar.

6. Haciendo distinciones necesarias

De aquí se hace evidente que la visitación familiar es un tipo de trabajo pastoral único llevado a cabo en la iglesia  de Cristo.

No puede degenerarse para convertirse en una visita mera- mente social con el propósito de mostrar respeto a los que tienen membresía en la iglesia visible. Este parece ser el énfasis en muchas denominaciones a nuestro alrededor. Se declara muy a menudo que el celo del pastor por responder a tal llamado social es alabado como la causa de su éxito en el ministerio.

Si la visitación familiar empezara a tener este carácter, podríamos asegurar que los oficiales han olvidado hace mucho su deber impuesto por el Salvador mismo así como la autoridad con la que los ha revestido para llevarlo a cabo con fidelidad. La historia demuestra que donde quiera que las demandas sociales opaquen lo espiritual en la iglesia, la vida espiritual sufre lamentablemente y la iglesia de Cristo languidece.

Hemos de distinguir cuidadosamente entre la visitación familiar y la edificación mutua. La última ha de asumir definitivamente un puesto importante en nuestra vida cristiana. Se conduce oficialmente. Aunque hemos de reprendernos regularmente los unos a los otros en el espíritu y siguiendo el ejemplo de Cristo, no ha placido a la Cabeza de la iglesia otorgar autoridad espiritual a todos. Esto lo ha reservado sola- mente para los oficiales. De hecho, como hombres y hermanos de la congregación no son más importantes y necesarios que cualquiera de los otros miembros. Mas en virtud de su llamado ellos ocupan un puesto único y son llamados a una labor única. Han de atender el redil de Dios, y para que puedan cumplir con su deber para la gloria de Dios y el bienestar de la iglesia ellos han recibido autoridad espiritual.

En nuestros días de revolución no está mal enfatizar a menudo el lugar y propósito de tal autoridad en la congregación.

Una iglesia reformada bien ordenada no puede existir sin el conocimiento y la aceptación del poder espiritual que Cristo ha conferido a los ancianos. Cuando ellos llevan a cabo la visitación familiar no entran al hogar meramente como hermanos en la fe con el propósito de dar buen consejo y traer consolación. Más bien, son enviados por Cristo como el Gran Pastor de sus ovejas a llevar a los miembros de su redil un mensaje oficial de su parte. Tal labor pone una gran responsabilidad sobre aquellos llamados a realizar esta tarea.

Todos los temas que hayan de tratar son estrictamente confidenciales. Nunca será suyo el deber de entrometerse en los secretos del corazón. Sin embargo deben ser capaces de formarse alguna concepción adecuada del nivel espiritual de entre los miembros de la iglesia. En el verdadero sentido de la palabra su trabajo es pastorear el rebaño. Deben dirigir y guiar, instruir y exhortar, advertir y consolar a todos aquellos que Dios por su providencia ha encomendado a su cuidado espiritual.

«Cuando Calvino vino a Ginebra, nos dice él mismo, encontró el evangelio siendo predicado ahí, pero no encontró iglesia alguna establecida. ‘Cuando vine por primera vez a esta iglesia’, dice él, ‘no había nada aquí… Había predicación, y eso era todo.’ Habría encontrado mucho de lo mismo en todo lugar dentro del mundo protestante. La ‘Iglesia’ según la temprana concepción protestante estaba constituida por la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos: la corrección de la moralidad era la preocupación no de la iglesia sino del poder civil…Calvino no podía aceptar este punto de vista. ‘Sin importar lo que otros opinen’, observó, ‘no podemos ver nuestro oficio de forma tan estrecha que cuando predicamos ya hemos cumplido nuestra tarea, y podemos descansar.’ Desde su punto de vista, el signo de una verdadera iglesia no es meramente que se predique el evangelio, sino que también se ‘siga’. Para él, la iglesia es la ‘comunión de los santos’, y le es obligatorio velar porque sea lo que profesa ser. Desde el principio, por lo tanto, se enfocó tajantemente en alcanzar este fin, y el instrumento que buscó emplear para lograrlo fue brevemente – la disciplina eclesiástica. Nos sorprende y nos impresiona saber que le debemos a Calvino todo lo que tiene que ver con el ejercicio de la disciplina eclesiástica para la pureza y bienestar de la iglesia. Pero esa es la simple verdad, y tan agudo fue el conflicto por el cual dicha innovación se ganó un lugar, y tan importante parecía el principio, que se convirtió en signo de las iglesias reformadas hacer de la disciplina uno de los criterios fundamentales de la verdadera iglesia.»

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