JUAN CALVINO Y SU ESPOSA IDELETTE DE BURE

Por J.H. Alexander

Reforma Siglo XXI, Vol. 19, No. 1

Qué honroso lugar es dado a las mujeres de Dios en el Nuevo Testamento! Y a lo largo de la historia de la Iglesia de Dios, ha habido una serie de mujeres que han sido ejemplos brillantes en su vida y testimonio. Pensamos en algunas que han sufrido martirio por causa de Jesús, otras que han sido dedicadas esposas y madres cristianas, y aún otras cuyos dones poéticos han sido una gran bendición.

El período de la Reforma se caracterizó por un número de mujeres llenas de gracia a las cuales Dios levantó. La palabra “señoras” (en lugar de “mujeres”) se utiliza de manera especial, ya que muchas de ellas tenían título de Señoras, señoras de sangre real o noble. Recordamos cómo la eminente condesa de Huntingdon solía referirse al texto, “no muchos nobles son llamados” (1 Cor 1:26) y decir: ‘Agradezco a Dios que no dice “ninguno”.

En la década de 1530, Estrasburgo era una ciudad sumamente interesante y animada, seguida solo por Wittenberg, donde Lutero y sus discípulos presidieron. Se había convertido en refugio para muchas personas perseguidas, principalmente de Francia en los últimos diez años. Estos fueron los primeros que tuvieron que escapar de ese país desde el despertar del Evangelio allí. Bucero y Capito eran los pastores protestantes en Estrasburgo, y el peligroso curso de la Reforma, la traducción de la Biblia y los escritos de Lutero y otros, eran los temas cotidianos en la universidad y el mercado. Había debates abiertos y conferencias casi a diario para el público.

Entre los ciudadanos ordinarios atraídos por estas cosas, estaba un John Storder de Lieja, quien con su esposa, Idelette de Bure de Güeldres, había llegado a vivir a Estrasburgo por causa del Evangelio. No sabemos si en realidad eran refugiados o cuáles eran sus circunstancias, pero sí que eran de mente culta, descritos como “personas de piedad iluminada y ardiente”. Ellos estaban relacionados con los anabaptistas, que eran al principio una rama de las Iglesias protestantes, pero más tarde se separaron de la fe según sostienen los reformadores.

Un día llegó noticia de que Juan Calvino había sido invitado a venir y ser pastor de la congregación francesa de Estrasburgo; él, un francés. Todos estaban interesados en esta noticia, porque el nombre de este hombre era conocido en el sector francés, y muchos de ellos tenían copias de su pequeño libro, la Institución de la Religión Cristiana, para entonces con solo seis capítulos. Había escrito este libro para aclarar la confusión en la mente tanto de los protestantes como de los papistas en cuanto a lo que realmente eran las doctrinas reformadas, y por qué habían muerto los mártires.

También sabían que él y Guillermo Farel acababan de ser expulsado de Ginebra, y todos estaban ansiosos de recibir al joven. Bucero y Capito le habían concertado esta cita, aunque la inclinación de Calvino había sido a una vida de estudio en Basilea. El consejo también le había concedido el puesto de profesor de Teología en la universidad.

Llegó en septiembre de 1538 y de inmediato asumió sus cargos. No pasó mucho tiempo antes de que la fama de su elocuencia se oyese en todo lugar, y John Storder y su esposa fueron a escucharlo. Quedaron encantados  con  su  estilo de predicación, modesta y aun así clara en cada punto que tocaba. Mostraba gran dominio en sus exposiciones de las Escrituras, pero por encima de ello su amor por la Palabra divina brillaba en su rostro. Su firme creencia en la inspiración de las Escrituras también los impresionó. Pronto renunciaron a su asistencia con los anabaptistas y asistieron a la Iglesia francesa.

Calvino también tenía el deber  de  dar  una  conferencia diaria sobre las Escrituras y predicar cuatro veces a la semana. Storder e Idelette asistían a tantas como podían, ya que tenían dos niños pequeños, y las profundas doctrinas de la Biblia expuestas por este hombre de Dios entraron en sus corazones. ‘Fueron convencidos por estas y las abrazaron’.

Lo invitaron a su casa y se desarrolló una cálida amistad. Escucharon acerca de los dos años increíbles que él y Guillermo Farel habían pasado en Ginebra luchando con las disputas en la Iglesia y el Estado. Los ministros reformados allí se habían sostenido con lealtad, pero una sección rebelde de la ciudad había provocado contiendas por todas partes. El gran principio de Calvino sobre el gobierno de la Iglesia era que las cosas santas no se debían dar a los impíos, y que una profesión del cristianismo debe llevar consigo un caminar en la vida cristiana. Este principio traería mayor pureza a la Iglesia, al igual que moral y libertad al gobierno estatal. Les dijo que muchos habían estado de acuerdo con él, pero muchos no podían tolerar un reproche a sus vidas o cualquier restricción. Por lo tanto, finalmente, él y Farel habían sido expulsados de esa ciudad malvada, un lugar turbulento, de hecho, muy diferente de Estrasburgo con su creciente número de familias académicas francesas.

Calvino trabajó sin cesar: tomó sus deberes pastorales con mucha seriedad; enseñaba en la Universidad; amplió la Institución de la Religión Cristiana de seis a diecisiete capítulos y la hizo publicar. Como litigante, con su visión clara y sana teología, así como su capacidad de presentar argumentos, fue elegido diputado por Estrasburgo en varias conferencias que luchaban por la unidad; política (llamada por el emperador) y religiosa (patrocinada por los representantes del Papa). En cada caso, el resultado era un estancamiento. Nada podría unir el Papado y la religión reformada. El único placer que obtuvo Calvino de la primera conferencia fue una reunión con Phillip Melanchton, una gran alegría para ambos hombres de Dios. Era muy mal pagado, (¡el Consejo solo le dio una pequeña remuneración al tercer año estar allí!), y sin duda, los refugiados franceses apenas podían darle nada. Él tenía unos pocos intereses de la herencia de su padre, pero  a su pesar tuvo que vender algunos de sus libros para poder vivir. La hospitalidad de los Storders debe haber sido muy bien recibida, aunque nunca hablaba de dinero. A él le gustaba pensar en ellos como ellos mismos se hacían llamar, como sus discípulos, y por su lado admiraba su conocimiento y amor por la verdad y “la simplicidad y santidad de sus vidas”.

No habían pasado más de dos años de esta feliz amistad cuando la tristeza llegó al hogar. ¡La plaga! La temida palabra. Y John Storder fue su víctima. Una enfermedad de tres días fue su curso, y de una semana y la otra, Idelette era viuda y sus hijos, pequeños huérfanos. ¿Estaba Calvino con ellos cuando este golpe cayó? No sabemos. No pudo haber sido una epidemia fuerte, pues no hay registro alguno de que otros en el pequeño círculo la hubiesen contríado. La casa tendría que ser ‘purgada’ y luego la vida continuó como antes. El joven ministro todavía venía donde su amable anfitriona y descansaba en su hogar. Ella le preparaba una comida, escuchaba sus problemas y se le unía en sus devocionales vespertinos.

Con una posición tan segura y honorable, y extranjeros que venían a Estrasburgo especialmente para reunirse y conversar con él, sus amigos pensaron que debía casarse y tener un hogar propio (probablemente habitaba algún lugar modesto). Él mismo reflexionó en la pregunta y le escribió a un amigo diciendo que le gustaría una esposa. ‘El único tipo de belleza que puede ganar mi alma es una mujer que sea casta, no exigente, económica, paciente, y que sea probable que se interese por mi salud.’ También dijo, una vez que de hecho negociaba un matrimonio con una dama a la distancia: “Si actúa de acuerdo a su reputación, traerá en buenas cualidades personales una dote suficientemente grande sin ningún dinero en absoluto”. Esta dama, sin embargo, fracasó en su reputación y las negociaciones de Calvino tuvieron un final rápido. Durante todo este tiempo, todavía venía a casa de Idelette, comía en su mesa, la observaba atender a sus pequeños, y disfrutaba de su compañía. Parecía como si sus amigos se lo hubiesen sugerido cuando ya había entregado a su mente a vivir una vida de soltero, ‘¿Qué tal la amable Idelette?’ y sus ojos se abrieron para ver su valor. Era de su misma edad, atractiva, amable, y muy inteligente. De repente, empezó a cortejarla, y en muy pocos meses se casó con ella. Sus amigos todos se regocijaron con ellos y la ocasión se celebró con toda la alegría y solemnidad, según la costumbre de la época. No hay registro de su establecimiento en un nuevo hogar. Es muy probable que se mudase a la casa Storder. Fue una unión muy feliz.

No tenían más de seis meses de casados, cuando le llegó la primera de tres invitaciones apremiantes para volver a Ginebra. Los cuatro síndicos más poderosos (concejales) que lo habían desterrado a él y a Farel se habían ido: uno a la horca, uno a la muerte y dos a la fuga. La ciudad que había empezado a ver las ventajas morales de un sistema reformado de la religión se encontraba ahora en un estado de gran desorden y perdería su libertad si el partido papal se hacía cargo. Todos se dieron cuenta de que necesitaban una voz autoritaria desde el púlpito y la cámara del consejo, y su Calvino desterrado era lo que necesitaban. “Pero temo —escribió Calvino a Farel—, lanzarme en ese torbellino que encuentro tan peligroso”. Durante varios meses siguieron llegando las cartas de los dos ministros protestantes allí y de muchos ciudadanos particulares rogándole que regresase. Finalmente, Bucero, aunque reacio a verlo salir de Estrasburgo, le dijo que era su deber ir. Calvino cedió. Si Bucero pensaba que era su deber, eso lo decidía. Él consintió, y Ginebra envió inmediatamente un heraldo montado para acompañarlo. Cargado con honores de los magistrados se fue solo, poco a poco, e hizo una pausa un tiempo en Neuchatel para hablar con su querido amigo, Farel. Una o dos semanas después, fueron enviados tres caballos y un carro para Idelette y los muebles y un heraldo para protegerla a ella y a sus hijos.

Les fue proporcionada una casa en la parte superior de la Ruedes Chanoines, una casa con un pequeño jardín atrás   y magníficas vistas del lago Leman (Ginebra), las montañas del Jura de un lado y los Alpes del otro. A Calvino se le dio un sueldo de 500 formas ginebrinas, aproximadamente 120 libras, doce medidas de grano, y dos toneles de vino. Al llegar, le dieron una pieza de ropa como atuendo.

Calvino comenzó su nuevo trabajo inmediatamente. Dice: “Declaré que una Iglesia no puede mantenerse unida a menos que se establezca un gobierno según nos es prescrito en la Palabra de Dios”, un tipo de Iglesia-Estado bíblico. Elaboró un plan mediante el cual un consistorio presbiteriano se entrelazaba con la magistratura, de modo que la moral de las personas no solo debía predicarse, sino también aplicarse y, de ser necesario, castigarse por la Iglesia, y fallando esta, la ley. Este plan fue examinado de cerca por los magistrados, adoptado por los Doscientos, aceptado por el Consejo General, y luego sometido a votación por el pueblo. ¡Todo esto en tres meses!

Algunos historiadores antipáticos han pintado “la Ginebra de Calvino” como un lugar sombrío donde nadie se atrevía a sonreír, y a Calvino mismo como un tirano severo, pero los documentos de la época muestran una imagen diferente, y siempre hay que recordar que el propio pueblo ginebrino votó a favor. ‘Se comprometieron al culto público frecuente, a educar a sus hijos en el temor del Señor, a renunciar a todo libertinaje, todas las diversiones inmorales, mantener la simplicidad en su ropa, la frugalidad y orden en sus viviendas”. Cuando la gran mayoría de los ciudadanos que llenaban la catedral de San Pedro levantaban sus manos en acuerdo conforme cada ordenanza les era leída y explicada, debe haberle recordado a Calvino la maravillosa escena cuando israelitas juraron a Josué que servirían al Señor y obedecerían solo su voz.

Fue uno de los momentos más inspiradores de la historia social de Europa, e incluso del mundo. Otros reformadores habían abordado algunos de estos ideales, pero ninguno había establecido dichas reglas tan claramente como Calvino, ni tenían una mano tan libre para verlas ponerse en práctica.

Calvino, —recordemos, con solo treinta y dos años—, tenía ahora una gran cantidad de obra civil, pues los comités se reunían cada semana, así como la predicación, la enseñanza, la escritura, y la correspondencia. Se levantaba a las 5 a.m., y comenzaba a dictarle a un estudiante. Nuevamente estaba expandiendo su Institución de la Religión Cristiana para su tercera edición y también estaba escribiendo un comentario de libros de la Biblia por separado. Idelette, en su amoroso cuidado de su salud y comodidad, era todo lo que podría desear. Con sus alegres y tranquilizadoras palabras, ella reavivaba su ánimo cuando, en ocasiones, se desalentaba casi hasta la desesperación conforme los grandes problemas del protestantismo europeo se añadían a sus cargas. “Siempre le aconsejaba ser fiel a Dios a cualquier precio; y para que no fuera tentado al considerar la comodidad y tranquilidad de ella a reducir el riguroso desempeño de su deber, ella le aseguraba que estaba dispuesta a compartir con él cualquier peligro que le pudiese sobrevenir”.

En julio de 1542, el primer año del nuevo régimen en Ginebra, les nació un pequeño niño. Idelette estaba gravemente enferma. Calvino le escribió a su amigo Pedro Viret en Lausana, cuya esposa era una amiga cercana de ellos: “Este hermano, el portador, te dirá con cuánta angustia escribo. Mi esposa ha dado a luz antes de tiempo, no sin peligro extremo.

¡Que el Señor nos vea con misericordia!”. Idelette se recuperó y en aquel niño se centraron las más profundas esperanzas de los padres. Ellos lo contemplaban con corazones agradecidos como el don de ese generoso Benefactor de quien los hijos son “herencia”. Siempre que se arrodillaban ante el trono de la gracia, él era el objeto de sus fervientes oraciones. Sin embargo, para su gran pesar, el niño pronto les fue arrebatado. Idelette estaba agobiada. Calvino escribe a Viret: “Saluda a todos los hermanos, y a tu esposa, a quien la mía envía su agradecimiento por el consuelo tan amable y piadoso. Solo podría responder por medio de un amanuense, y sería muy difícil para ella incluso dictar una carta. Ciertamente, el Señor ha infligido una herida grave y amarga con la muerte de nuestro hijo pequeño. No obstante, Él mismo es un Padre y sabe lo que es necesario para sus hijos”.

Dos años más tarde tuvieron una hija, pero el 30 de mayo de ese año Calvino escribe a Farel: “Mi pequeña hija lucha con una fiebre continua”, y la querida niña en breve moriría. Un tercer hijo les fue dado y de igual manera quitado en la infancia. Estas eran profundas penas para Calvino e Idelette en medio de sus apremiantes tareas. Algunos escrito- res papistas, debido a su odio por Calvino, han dicho cosas crueles. “Se casó con Idelette —escribe uno—, con quien no tuvo hijos, aunque ella estaba en la flor de la vida, para que el nombre de este hombre infame no sea propagado”. Algunas de estas declaraciones mentirosas se hicieron incluso en el tiempo de Calvino. Escribe: “Balduino se burla de mí, por mi falta de descendencia. El Señor me dio un hijo, pero enseguida se lo llevó. Balduino reconoce esto entre mis desgracias, que no tengo hijos. Sin embargo, tengo infinidad de hijos en todo el mundo cristiano”.

A medida que la fama de Ginebra creció, también lo hizo su población con la afluencia de extranjeros interesados, estudiantes que deseaban capacitarse con Calvino, y refugiados de Francia, Holanda, Inglaterra e Italia.

Un refugiado bienvenido en Ginebra en ese momento era Clemente Marot, un poeta lírico francés que había publicado un libro de veinticinco salmos en compás, hecho de la traducción francesa del libro de los Salmos. Este libro se había propagado con asombrosa rapidez a través de las Iglesias re- formadas y tan muy popular, cantándose en balada por todo el campo, que la Sorbona había establecido un marca negra contra el nombre de Marot, y él había huido, primero a Navarra, donde Margarita la Reina muy amablemente le había alojado, y de allí a Italia, de nuevo a Francia, y ahora hacia el final de su vida a Ginebra. Calvino e Idelette le dieron ayuda y hospitalidad. Calvino vio inmediatamente el valor de los salmos en verso y lo impulsó a versificar veinticinco salmos más, y este libro de cincuenta salmos se publicó en 1543, con un prólogo escrito por él mismo. Rápidamente se publicaron ediciones en Francia, Bélgica, Holanda y Suiza, y las imprentas apenas podían seguir el ritmo de la demanda. Era nuevo para la congregación poder participar en el servicio del santuario. En el pasado la gente tenía que soportar en silencio mientras los monaguillos cantaban en una lengua muerta.

¡No había ni siquiera respeto entre ellos! Ahora sabían lo que estaba pasando y, mejor aún, podían cantar. ¡Era encantador! ¡Era inspirador!

Calvino también consideró la importancia de melodías adecuadas para que coincidiese con la dignidad y la belleza de las palabras, y apeló a los músicos más destacados de la época. Guillermo Franco de Estrasburgo respondió, y a él se deben algunas hermosas melodías ginebrinas. Ahora el noble ‘Old Hundredth’ sería escuchado en las grandes Iglesias, y en las casas también. Christoffel registra que en Appell am Zell la congregación llegó a ser demasiado grande para la Iglesia y se instaló en los prados. ‘El eco de sus montañas despertó en respuesta a la voz del predicador y los salmos con que terminaron se mezcló con el sonido de los torrentes’.

“Esta sola ordenanza contribuyó poderosamente a la propagación del Evangelio —escribe un historiador—. Se convirtió en una parte especial de la adoración matutina y vespertina en los hogares cristianos”. ¡Cuán encantada debe haber estado Idelette con este divino descanso para su marido! Ella les enseñaba los salmos a sus pequeñas, al igual que los ministros los enseñaban a los niños analfabetos que, a pesar de que no podían leer, los cantaban en sus casas campesinas y así enseñaban de nuevo a sus padres. De este modo, las preciosas palabras de David resonaron de nuevo sobre la tierra.

Clemente Marot, un hombre enfermo a causa de los peligros que vivió, murió en 1544. Pocos años más tarde Calvino pidió a Teodoro de Beza hacer un salterio completo.

En 1545, cientos de valdenses, impulsados por una terrible persecución de sus valles, cruzaron los Alpes hasta Ginebra. Calvino y su esposa hicieron todo lo posible por ellos en el camino de la hospitalidad, buscándoles alojamiento y empleo. Calvino estableció una contribución para ayudarles y logró que el consejo los emplease en la reparación de las fortificaciones. De hecho, tan celosos fueron, que se les acusó de cuidar más de estos extraños que de la población local.

En solo cinco años, la notable Iglesia-Estado de Ginebra floreció antes que comenzasen a aparecer grietas en ella. Aunque los miembros que trabajaban eran elegidos cada año y se podían cambiar si resultaban inadecuados, había un núcleo duro de los Doscientos que al estado le resultó difícil tocar. Este consitía de miembros de algunas de las viejas familias aristocráticas y ricas. Acostumbrados a una vida social inactiva comenzaron a irritarse por las restricciones y poco a poco se desarrolló una facción más agresiva llamada los Libertinos. Con el objetivo de no hacer acepción de personas, el Consejo juzgó las atrocidades de ellos de manera imparcial, provocando gran rabia y, por desgracia, despertando cierta simpatía en muchos de los Doscientos. Una gran crisis surgió en diciembre de 1547 que amenazaba con arruinar la pequeña república. Era a Calvino mismo a quien odiaban. Se convocó una reunión y los miembros Libertinos de los Dos- cientos fueron con espada en mano. Algunos amigos de los ministros les rogaron que no fueran. Idelette estaba en casa con una enfermedad en declive y con temor vio a Calvino  ir solo a la sala del consejo. Cuando entró, surgió un gran clamor. Él miró sin desmayar y hubo silencio. “Yo sé que soy la causa principal de estas divisiones —dijo—. Si es mi vida la que desean, estoy listo para morir. Si desean una vez más salvar a Ginebra sin el Evangelio, pueden probar”. Este reto llevó al Ayuntamiento a recapacitar. Recordaron los viejos desórdenes y la forma en que habían enviado implorando a Estrasburgo por este mismo hombre. Sobrevino paz en la reunión y Calvino le tendió la mano al líder.

Pero fue solo una tregua. “No una semana, pero podría ser la última de Calvino en Ginebra”, leemos. Y ahora su querida Idelette se desvanecía. Fue un tiempo oscuro para el reformador. Era insultado abiertamente en las calles, los perros eran llamados por su nombre, y él vio a ese mismo líder, Perrin, congraciándose de tal modo que llegó a ser elegido Primer Síndico. Podía ver que llegaría el día en que Ginebra se levantaría o caería. Sabemos que se levantó, y que los Libertinos fueron derrotados en una escena memorable seis años más tarde en la Mesa del Señor, pero Calvino no sabía eso,  y sus últimos días con Idelette fueron muy nublados. Tres días antes de su muerte habló con ella sobre sus dos hijos. “Ya los he encomendado al Señor —dijo ella—. “Eso no me va a impedir cuidar de ellos” —dijo él. “Estoy segura de que no vas a descuidar a los niños que tú mismo sabes han sido encomendados al Señor —respondió ella. “Esta grandeza de alma —dijo Calvino después—, va a influir en mí con más fuerza que un centenar de comendaciones”.

“Oh gloriosa resurrección” fueron sus últimas palabras, “¡Oh, Dios de Abraham y de todos nuestros padres! Tu pueblo ha confiado en ti desde el principio y en todas las edades. Ninguno de ellos ha sido avergonzado. También voy a buscar tu salvación”. Calvino estuvo con ella al final y “le habló de la felicidad que habían disfrutado el uno en el otro durante el período de su unión (nueve años solamente), y del paso de ella de su morada terrenal a la casa del Padre en el cielo’.

Ella murió en abril 1549. Calvino solo tenía cuarenta años y tendría que enfrentar quince más (número de Ezequías) sin ella. Durante toda su enfermedad, había sido atendida por el distinguido médico Benedict Textor, a quien, en agradecido recuerdo, Calvino dedicó su Comentario sobre 2 Tesalonicenses.

Calvino sintió su muerte con mayor intensidad, pero debido a que era capaz de desempeñar sus funciones sin interrupción sus enemigos han dicho que no tenía corazón.

“Yo hago lo que puedo, aunque no sea consumido por completo del dolor. He sido privado de la mejor compañía de mi vida; ella era una ayudante fiel de mi ministerio.

Mis amigos no dejan nada sin hacer para aligerar, en cierto grado, el dolor de mi alma. Que el Señor Jesús te confirme con su Espíritu, y a mí también en esta gran aflicción, la cual ciertamente me habría aplastado si Alquel cuyo oficio es levantar a los postrados, fortalecer al débil, y revivir al que ha desmayado, no me hubiese extendido su ayuda desde el cielo”.

El tiempo alivió la amargura de su dolor, pero al pensar  en Idelette después, a menudo se llenaba de pesadez, y en el anhelo de su cansado espíritu por el descanso en el cielo, la idea de estar para siempre con ella hacía del cielo aún más deseable. Por lo que padeció en su corazón en esta ocasión, fue tocado con una simpatía más tierna de la que había sentido previamente hacia sus hermanos cuando eran visitados con el mismo tipo de prueba. “¡Qué herida tan grave —escribió a un amigo que perdió a su esposa—, te ha infligido la muerte de tu más excelente esposa! Lo sé por mi propia experiencia. Recuerdo lo difícil que fue para mí dominar mi dolor Que el Señor de tu viudez disipe tu tristeza por la gracia de su Espíritu, te guíe por su Espíritu, y bendiga tus labores”.

Durante muchos años, los miembros de la familia Alexander fueron reconocidos como escritores cristianos de talento. J.H. Alexander llegó a ser bien conocido a través de su Más que Noción, ¡casi un clásico cristiano! En este artículo actual fue tomado de Mujeres de la Reforma, posiblemente su último trabajo debido a la pérdida de visión.

Tomado de Revista Perspectiva Reformada, Volumen 9, Número 19. Usado con permiso.

Traducido por Melissa Granados Villalobos

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