¿DÓNDE BUSCA EL CRISTIANO LA GRACIA DE DIOS? LA MARGINACIÓN DE LA PREDICACIÓN

por  Roberto Spinney

Reforma Siglo XXI, Vol. 3, No. 1

La mayoría de los cristianos hoy en día no comprenden cómo escuchar un sermón de una hora pudiera ser un acto de adoración. Esto es porque generalmente pensamos que la adoración es algo estrictamente emocional. La adoración, según nosotros, es algo que sentimos. Nos gusta ser “elevados al Señor” en adoración, adoración que contiene una dosis fuerte de canciones. La “buena adoración” es aquella que nos mueve, toca el corazón, y nos impulsa a mover el cuerpo un poco. Ya que igualamos la adoración con las emociones, tendemos a dividir nuestros cultos en dos partes: alabanza y adoración (que abarca por lo general cantos y tal vez testimonios), y la enseñanza (que es el sermón). Contemplamos el sermón como un evento totalmente intelectual y didáctico (o sea, no nos mueve emocionalmente), por tanto creemos que la adoración cesa cuando el sermón comienza. Muchos me miran con la mirada en blanco cuando hablo de “adorar mientras escuchamos la Palabra proclamada” o “la predicación como un acto de adoración tanto para el predicador como para el oyente.”

¿Cuál es el problema aquí? Además de poner demasiado énfasis en las emociones, muchos cristianos padecen de una perspectiva deficiente con respecto a la predicación. Pero esto podría ser el resultado – a pesar de todas nuestras afirmaciones ortodoxas – de una perspectiva deficiente de la misma Palabra de Dios.

Podemos decir muchas cosas buenas de la Palabra de Dios: es infalible, es inerrante, es inspirada, es útil, es relevante, es la última autoridad para la fe y vida. Pero debemos añadir una cosa más, algo que añadieron nuestro antepasados Protestantes y que hemos olvidado: la Palabra de Dios es un medio por el cual Dios se nos presenta. En otras palabras, Dios normalmente ya no nos habla a través de sueños, o profetas como Isaías. Nos habla a través de su Palabra. Esto quiere decir que si yo quiero oír la voz de Dios y disfrutar de su presencia, necesito estar bajo su Palabra. Nos encontramos con Dios en su Palabra. Las Sagradas Escrituras no sólo nos enseñan, nos exhortan y nos corrigen, sino son el medio normal por el cual nos encontramos con Dios mismo y le recibimos a él.

Hay que añadir una cosa más cuando calificamos la Biblia…

Esta es una de las muchas formas en que la Biblia es diferente a los demás libros. Basta sólo un ejemplo. Un buen libro de historia me comunicará hechos históricos acerca de Abraham Lincoln. Y un libro de historia muy bueno podría hacerlo de tal modo que yo podría tener algún entendimiento de sus motivaciones, personalidad y forma de conducirse. Pero a fin de cuentas sólo obtengo datos de Abraham Lincoln – no puedo encontrarme con el hombre Lincoln. Esto quiere decir que mi libro de historia es solamente didáctico: me enseña. Pero la Biblia es muy diferente. Ciertamente las Escrituras nos enseñan muchos datos acerca de Dios, su verdad, sus caminos entre nosotros. Una lectura cuidadosa de la Palabra nos ayuda a comprender la naturaleza de Dios, sus atributos, y sus motivaciones. En este sentido, como otros libros, la Biblia es didáctica: me enseña. Pero la biblia es mucho más. Una lectura reverente de sus páginas le permite al lector encontrarse con el mismo Dios vivo. No sólo encontramos datos acerca de Dios – nos encontramos con él mismo.

Esto es lo que queremos decir cuando decimos que la Palabra de Dios es un medio de la presencia de Dios hacia nosotros. ¿Dónde puedo gozar de comunión íntima con Dios? ¿Cuándo puedo esperar que Dios me confiera su gracia y me invita a su presencia? Cuando la Palabra me es predicada de manera cuidadosa y clara. Manifestamos una perspectiva deficiente cuando negamos (sea en teoría o en la práctica) que la Palabra predicada sea un medio de su presencia.

Pocos cristianos hoy creen que la Palabra de Dios es un medio directo de la presencia de Dios. Pregúntale a algún cristiano dónde encuentra comunión íntima con Dios, y probablemente te dirá “En los cantos.” Es por esto que se califica ciertos cultos como “Culto de alabanza y adoración” donde hay sólo cantos. En otras palabras, usamos los cantos para mediar la presencia de Dios. Aunque no lo admitiríamos muchos, en realidad creemos que los himnos, o cantos contemporáneos, o coros de alabanza son más poderosos que la misma Biblia.

Es precisamente por este motivo que muchos no contemplamos el sermón como el punto alto del culto. Ya no sabemos cómo encontrar a Dios en su Palabra. Es más – ni siquiera nos acercamos a la hora del sermón esperando encontrarnos con Dios; sólo esperamos una lección bíblica. En otras palabras, somos racionalistas y vemos la proclamación de la Palabra de Dios solamente como un proceso didáctico e intelectual. Creemos que la verdadera adoración ocurre en las alabanzas y los testimonios, cuando nuestras emociones son excitadas.

Nuestros antepasados Protestantes quedarían asombrados por el emocionalismo, el misticismo y la mentalidad catolicorromana en que hemos caído. Fue la iglesia Catolicorromana medieval que proveía la mejor expresión de una experiencia religiosa sensorial no basada en la Palabra de Dios. Las misas católicas eran regias, misteriosas, y promovían un sentir de lo sagrado. Y por lo general no proveían por la predicación del evangelio en el idioma del pueblo. En la iglesia Catolicorromana medieval se usaron la atmósfera y el ritual para excitar las emociones y para darle al pueblo una experiencia religiosa. Desde los comienzos los Protestantes rechazaron esta interpretación de “alabanza y adoración.” En contraste, los Protestantes afirmaron que las Escrituras mediaban la presencia de Dios – no la misa medieval (que aún los críticos de Roma concedían que era una experiencia profunda religiosa). Los Protestantes pusieron como enfoque principal del culto la proclamación de la Palabra de Dios. Hasta llamaron la predicación un “medio de la gracia”, que junto con los sacramentos formaba un canal objetivo al cual Dios se ligaba para comunicar su gracia. Para nuestros antepasados Protestantes el sermón no fue una “lección bíblica” que le seguía al tiempo de “adoración.” Tampoco fue una mera “enseñanza” que le hablaba a la mente mientras los cantos entraban al corazón. La predicación fue el momento cuando el cristiano tenía la mejor oportunidad de tener comunión con su Dios.

Sermones de moralejas no nos conducen a la adoración verdadera

Yo entiendo que el llamado por un culto centrado en la predicación puede sonar raro justo cuando estamos abandonando este tipo de culto a favor de otros estilos más “emocionantes.” Pero el culto centrado en la Palabra era común entre nuestros antepasados. Los Protestantes de todo tipo comprendían que la regla para un culto provechoso podía ser resumida en una sola frase: La Palabra y los Sacramentos. Durante siglos los Cristianos han encontrado a su Dios mediante la Palabra escrita, predicada en forma de sermón, y en la Palabra viva, celebrada en el sacramento de la Santa Cena. Es posible que nosotros somos la primera generación de cristianos a creer que podemos realizar un culto de “alabanza y adoración” sin la presencia ni de la Palabra predicada ni los sacramentos.

¿Por qué los cristianos no creen que la predicación sea el medio principal para alabar y adorar a Dios? Hay dos razones:

En primer lugar, porque muchos predicadores predican mal. En particular, tantos sermones han enfatizado la ética y la moralidad sin situar estos temas dentro de un contexto de redención bíblica. Por tanto ha llegado a ser casi imposible que el oyente adore a Dios cuando escucha estos mensajes. Se enfatiza tanto el comportamiento del cristiano a expensas de la persona de Cristo. Y cuando no oímos del Dios Trino declarado en el sermón de forma clara, es sumamente difícil adorarle. ¿Cómo podemos alzar nuestros ojos al cielo en adoración a Dios por su salvación cuando el bosquejo del sermón es así:

I. La falla principal de Acab

II. ¿Eres tu como Acab?

III. No seas como Acab

En otras palabras, sermones de moraleja y de meros ejemplos – que sólo nos conducen a mirar a nosotros mismos y preguntar “¿cómo me va?” – no nos conducen a la adoración verdadera. Después de años de oír sermones no-redentivos nuestros miembros están acostumbrados a pensar en el sermón sólo como una lección en moralidad. Piensan que el sermón sólo debe exhortar a la buena conducta y proveer ánimo. Muchos que asisten a culto nunca han sido desafiados a ver a Cristo en un sermón, por tanto no esperan verlo, y no saben cómo lo verían.

Por otro lado, sermones Cristocéntricos, teocéntricos y redentivos sí conducen a la verdadera adoración. Estos sermones nos llevan a mirar hacia el cielo y ver al Dios que nos ha redimido. Al exponer estos temas, este tipo de sermón sí es un medio de la presencia de Dios hacia nosotros. Vemos a Cristo por fe cuando nos es predicado (“la fe viene por el oír…”). Contemplamos y nos gozamos en nuestro Dios mientras nos es declarado en el sermón.

Hay una segunda razón porqué muchos cristianos hoy desconocen la adoración centrada en la Palabra. Y es porque los oyentes no escuchan bien. Nuestra capacidad intelectual ha sido reducida por sistemas educativos inferiores, campañas políticas sin sustancia, programas de la televisión que no requieren pensar, juegos de videos y nuestra adicción al entretenimiento de tal modo que encontramos difícil escuchar un sermón de sesenta minutos. Peor aún, somos tan ignorantes de la historia que no nos damos cuenta de ¡qué tan inmaduros somos! La mayoría de los cristianos hoy creen que un sermón de sesenta minutos sería criminal, pero según estos criterios Spurgeon, Whitefield, Calvino, Edwards y la mayoría de los Purtianos hubieran sido fracasos. El punto es que muchos de nosotros ya no podemos escuchar de manera provechoso. Sospecho que a muchos no nos gusta escuchar. Escuchar bien requiere esfuerzo mental, y esto es un trabajo.

Pero el problema más grande, pienso, es que no venimos al sermón esperando encontrarnos con Dios. No escuchamos esperando oír verdades redentoras. No llegamos a la hora del sermón esperando que la Palabra nos sea medio de la presencia de Dios. Ciertamente la esperanza de experimentar la presencia de Dios es lo último que esperamos, y cuando nos ponemos cómodos en la banca lo único que esperamos es una lección moral sobre algún deber cristiano. Es por esto que gemimos con impaciencia (¡inaudiblemente, por supuesto!) cuando el pastor, después de haber hablado por cincuenta minutos, dice, “Y ahora consideremos el último punto.” Nuestro gemido es prueba que no esperamos que el último punto nos muestre el Salvador, ni que nos abra la gloria de Dios delante de nuestros ojos. ¿Quién se quejaría si esperaba ver a Dios más claramente?

No puedo concluir sin antes aclarar que estoy a favor de los cantos en el culto. Es bíblico, y por supuesto se debe incluir las canciones en los cultos de adoración. Pero los himnos y los cantos sólo son efectivos cuando proclaman la Palabra de Dios, y un himno o un canto a penas toca la superficie de la verdad bíblica. Negamos la eficacia poderosa de la Palabra de Dios cuando creemos que los cantos son el mejor medio de la adoración genuina.

También creo en las emociones. ¡Estar en la presencia del Santo de Israel es emocionante! Ver a Cristo y exaltarlo llega hasta lo más profundo de las emociones. Pero no perseguimos las emociones por sí mismas, ni porque nos guste “ser elevados.” Perseguimos a Dios en espíritu y en verdad; perseguimos a Dios mientras nos habla en su Palabra.

¿Quieres un culto de verdadera alabanza y adoración? ¿Quieres tener comunión íntima con Dios? ¿Quieres tocar realidades espirituales y saborear comida celestial? Pues, busca a un predicador que enfoca sus mensajes en Cristo, díle que te traiga sermones de carne que comunican verdades redentoras, prepárate para escuchar, y ¡espera una fiesta! La buena exposición bíblica no es meramente unas palabras acerca de Dios; es Dios hablándonos. La buena predicación no es solamente la correcta proclamación de la verdad; es Dios proclamando su verdad en sus mismas palabras. Si escuchar a Dios mismo en su Palabra no nos lleva a la verdadera alabanza y adoración, tenemos un problema que requiere una solución mucho mayor que agregar unos cantos al culto.

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