CARTA ABIERTA: LA VIOLENCIA, LA JUSTICIA Y LA FE REFORMADA

Por  Mario Cely Q.

Reforma Siglo XXI, Vol. 8, No. 2

Estimados amigos y hermanos en la fe de Cristo Jesús: 

La semana antepasada el programa televisivo El Mundo según Pirry del canal RCN, dejó ver sin rodeos que en los próximos cinco años puede quedar en libertad Luis Alfredo Garavito, el más grande asesino confeso y violador en serie de niños en Colombia y el segundo en el mundo entero. No constituye una exageración decir que de forma sui generis, sólo en Colombia se da este tipo de situaciones. Esto, desde luego, es una demostración de la crisis que vive el Órgano Legislativo del Estado Colombiano, a saber el Congreso de la República. Y en efecto, como sabemos, es el Legislativo quien por medio del Congreso hace las leyes. Pero la crisis envolvente también afecta a las otras ramas del poder público. ¿Cómo es que a Garavito, por cada niño que asesinó y violó (a 145, pero la prensa dice que son aproximadamente 200 crímenes de lesa humanidad) no se le dio, siquiera, un año de cárcel? Hasta el momento lleva ocho años preso y con otros ocho o cinco años más, pagaría todos sus crímenes por rebaja de pena. La prensa colombiana nos dice que “de los 172 casos judicializados, 138 tienen fallo condenatorio, 32 están en instrucción, uno en apelación y uno está para sentencia. ¡Las condenas suman 1.853 años y nueve días”!!!!!

De otro lado, falla lamentablemente (y muchos más como ella) la ex Ministra de Defensa, y hoy senadora, la doctora Marta Lucía Ramírez, cuando a los medios de prensa declara que se trata de un caso de “patología mental”. Así de fácil. Lo que hace la doctora en mención es simplemente repetir lo que dicta nuestro Código y lo que el humanismo filosófico ha venido dictando a nuestros más connotados pero equivocados burgomaestres de nuestro país. En efecto, el ARTÍCULO 33 de nuestro Código dice: 

Inimputabilidad. Es inimputable quien en el momento de ejecutar la conducta típica y antijurídica no tuviere la capacidad de comprender su ilicitud o de determinarse de acuerdo con esa comprensión, por inmadurez sicológica, trastorno mental, diversidad sociocultural o estados similares. No será inimputable el agente que hubiere preordenado su trastorno mental.

Y el Artículo 71 en consonancia de tema con lo anterior dice: 

ARTÍCULO 71 – Internación para inimputable por trastorno mental transitorio con base patológica. Al inimputable por trastorno mental transitorio con base patológica, se le impondrá la medida de internación en establecimiento psiquiátrico, clínica o institución adecuada de carácter oficial o privado, en donde se le prestará la atención especializada que requiera.

Esta medida tendrá una duración máxima de diez (10) años y un mínimo que dependerá de las necesidades de tratamiento en cada caso concreto.

La medida cesará cuando se establezca la rehabilitación mental del sentenciado. Habrá lugar a la suspensión condicional de la medida cuando se establezca que la persona se encuentra en condiciones de adaptarse al medio social en donde se desenvolverá su vida. Igualmente procederá la suspensión cuando la persona sea susceptible de ser tratada ambulatoriamente.

En ningún caso el término señalado para el cumplimiento de la medida podrá exceder el máximo fijado para la pena privativa de la libertad del respectivo delito.

En su efecto el Artículo 37 declara: 

La prisión. La pena de prisión se sujetará a las siguientes reglas:

1. La pena de prisión tendrá una duración máxima de cuarenta (40) años.

2. Su cumplimiento, así como los beneficios penitenciarios que supongan la reducción de la condena, se ajustarán a lo dispuesto en las leyes y en el presente código.

El Código de Procedimiento Penal que nos rige es la magistral obra de Senadores y Representantes de la República. Ellos legislan la moral en Colombia y continúan determinando desde hace mucho tiempo un sistema de justicia que ofende a Dios, favorece a delincuentes como Garavito y condena a los inocentes. Este es un tema archiconocido dentro de la anticultura que se ha forjado en Colombia. 

Contrario a lo anterior, la legislación divina declara: “El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominables a Dios” (Prov. 17:15, cf. Dt. 25:1). De todo lo anterior, se desprende el hecho de que cualquier otra persona puede matar en serie a otro sinnúmero de congéneres, y sólo ser condenado a 10 años de prisión o un poco más con tan solo declarar que se trata de una psicopatía mental. Un juez de la República, previo examen psiquiátrico y acatando el Código de Procedimiento Penal se sujeta a esta norma y dicta sentencia de hasta sólo 20 años de cárcel para esta clase de criminales. La realidad es que en Colombia, el anterior artículo 33, de facto viola la verdadera justicia, una justicia que los Jueces

 Magistrados, Senadores y Representantes podrían aprender de las Sagradas Escrituras y de las formulaciones históricas contenidas en la ética y teología protestante según el modelo propuesto por Juan Calvino. 

Si bien, no todo lo que existe en la ley judicial del Antiguo Testamento es aplicable a nuestros modernos sistemas judiciales, por otro lado, es innegable que allí existen algunas enseñanzas sustanciales provenientes del campo ético y moral de la Palabra de Dios que requiere tomarse en cuenta. Los artículos 33, 37 y 71 de nuestro Código siguen favoreciendo el crimen y la impunidad. Pues no existe un verdadero equilibrio entre el delito y la pena o castigos para los delincuentes. Tampoco se compadece de las víctimas del pasado ni de las futuras, así como tampoco del terrible dolor de los familiares que de abyecta forma han perdido a sus seres queridos. Esto, de ningún modo, es justo ni delante de Dios ni del sentido común o conciencia humana. Cuando un juez de la República declara que un asesino sufre de una enfermedad mental, bastará para que continúe sucediendo decenas más de casos Garavito. El Código exculpa directa y blandamente a esta clase de infractores. A mi juicio esto sigue siendo grave y perturbador para la sociedad colombiana, y aún más, es un terrible atentado contra el honor y la gloria de Dios.

Los locos no siempre están locos, la enfermedad mental es un nombre erróneo y ambiguo 

Un gran número de psiquiatras modernos está poniendo en duda y de hecho algunos afirman que la enfermedad mental es un nombre erróneo. En el campo psiquiátrico esta expresión con frecuencia se utiliza ambiguamente. Está demostrado que la verdadera locura o demencia sólo se da en casos de disfunciones orgánicas que afectan el cerebro. Por ejemplo, los daños cerebrales ocasionados por tumores que causan atrofia, lesión o envenenamiento del cerebro. De la misma forma se contempla la herencia genética, desórdenes glandulares o químicos. El grave

problema del diálogo entre juristas y psiquiatras consiste en cierto tipo de estudios o información que no siempre es examinada a la luz de instancias más altas pertenecientes al campo científico, teológico, filosófico y moral. Y a juicio hoy de los mejores investigadores en el campo mental y de la psiquiatría noutética y vitalista de hoy, cada vez más cobra importancia la teoría de que en el fondo la denominada “enfermedad mental” es una figura retórica que deja mucho que desear.2

Gran parte de la psiquiatría moderna que influye sobre el esquema legislativo y judicial del país comete el nefasto error de etiquetear como “enfermedad mental” a una vasta cantidad de problemas humanos que tienen que ver más con actitudes o hábitos pecaminosos que generan infelicidad y destrucción contra la propia vida del afectado, su propia familia y sociedad en general. En realidad, este tipo de examen psiquiátrico no puede demostrar con evidencias la enfermedad mental de muchos asesinos que son declarados dementes. La responsabilidad por estos actos compete al individuo entero, al ser interior y exterior de la persona que actúa criminalmente y por el cual le hace eficiente, formal y moralmente responsable. Estos tipos de crímenes deben ser castigados severamente. Un comportamiento delictivo como el de Luis Alfredo Garavito rara vez está asociado a los móviles mencionados antes. Está demostrado igualmente que la gran mayoría de asesinos en línea prosiguen un esquema premeditado de odio y resentimiento no resueltos que pueden provenir desde la niñez o adolescencia, lo cual tiene como aditivos una formación espiritual-moral nula, la mala crianza o la irresponsabilidad paterna. Y no obstante, lo anterior no quita la directa responsabilidad del implicado. 

Por todo lo antepuesto, la Corte Constitucional y el Congreso de Colombia deben entrar a revisar esta normatividad la cual, en realidad, genera hilaridad o hazmerreír entre las demás naciones del orbe, particularmente dentro del mundo anglosajón.

 Menciono el esquema cultural anglosajón porque, pese a sus imperfecciones, ha logrado configurar un sistema de justicia más acorde con la realidad del crimen y de la maldad humana por provenir del esquema de justicia instaurado en la Reforma y países protestantes que emergieron en el siglo XVI. No dudo que el sistema anglosajón de justicia tal como se da en Inglaterra, los Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia, etc., posee algunos vicios con los cuales no podríamos estar de acuerdo. Sin embargo, nuestro sistema político legislativo, ejecutivo y judicial que se instauró en nuestra madre patria (y toda América Latina) por ser de corte humanista y derivado de la Revolución Francesa y del Contrato Social de Juan Jacobo Rousseau posee peores vicios. Si no es así, leamos la historia criminal de Colombia, la cual ha sobresalido por su laxitud para castigar el delito. Se trata de una configuración que le ha dado la mente de quienes han integrado los poderes legislativo y judicial. Escuchemos y leamos las noticias acerca de lo que en Colombia hacen y les toca hacer a los jueces de la República. Esto será un mal de nunca acabar a menos que exista un cambio de filosofía dentro de la vena de nuestras instituciones sociales. Quien quiera que entienda lo que aquí escribo, se dará cuenta que para que exista un verdadero cambio en la atmósfera de la justicia, habrá de instaurarse una batalla ideológica e intelectual entre el cristianismo de corte bíblico y el más crudo humanismo postmoderno de estos tiempos. 

Influencia conductista y determinista en el texto de nuestro Código Penal y sobre la jurisprudencia colombiana. ¿Por qué ha existido siempre en Colombia esta laxitud moral-penal?

Como he venido diciendo, los asesinatos en serie o atroces parecen estar exculpados de antemano por las propias ideas internas que contiene nuestro Código de Procedimiento Penal. Pero, ¿cuál es realmente el espíritu que subyace dentro del texto de nuestro actual Código de Justicia en Colombia? Quienes lo han formulado, obviamente siguen un enfoque y pensamiento moldeados por concepciones filosóficas y psicológicas que pertenecen a un campo humanista radical que para nada considera la opinión teológica que encontramos en la Palabra de Dios. 

Los tipos de procedimiento jurídico que tratan con el asesinato en serie o atroz, o el mismo secuestro, están basados en conceptos psicológicos y psiquiátricos que hunden sus raíces en los fértiles terrenos del determinismo conductista. En el fondo, son los rampantes análisis de la psicología funcionalista y conductista lo que impide castigar el delito aleve y atroz como se debe. Por lo menos con la cadena perpetua. Como sabemos, el conductismo psicológico se desarrolló a comienzos del siglo XX; su figura más destacada fue el psicólogo estadounidense John B. Watson, siguiéndole en importancia Burrhus F. Skinner. Estos hombres defendieron el empleo de procedimientos estrictamente experimentales para estudiar el comportamiento observable (la conducta), considerando el medio ambiente o entorno como un conjunto de estímulos-respuesta. El enfoque conductista en psicología tiene sus raíces en el asociacionismo de los filósofos ingleses, así como en la escuela de psicología estadounidense conocida como funcionalismo y en la teoría darwiniana de la evolución, ya que ambas corrientes hacían énfasis en una concepción del individuo como un organismo que se adapta al medio (o ambiente).

Desde 1950, los psicólogos conductistas han producido una cantidad ingente de investigaciones básicas dirigidas a comprender cómo se crean y se mantienen las diferentes formas de comportamiento. Estos estudios se han centrado en el papel de (1) las interacciones que preceden al comportamiento, tales como el ciclo de la atención o los procesos perceptuales; (2) los cambios en el comportamiento mismo, tales como la adquisición de habilidades; (3) las interacciones que siguen al comportamiento, como los efectos de los incentivos o las recompensas y los castigos, y (4) las condiciones que prevalecen sobre la conducta, tales como el estrés prolongado o las carencias intensas y persistentes.3

Como cristianos que tenemos la Palabra de Dios como base y referente moral absoluto de la conducta humana, surge un choque frontal con el conductismo cuando estima que en el fondo un individuo que se vuelve asesino o ladrón no lo es como tal en el fondo por haber sido determinado por su medio ambiente. En otras palabras, el grado de responsabilidad que le cabe es poco debido a que su conducta ha sido determinada por factores exógenos o de otros agentes sobre su conducta. Visto con los lentes del conductismo, este tipo de personas criminales no son tan responsables por lo que hacen. –De ahí que las condenas en Colombia para asesinos como Garavito y otros más sean tan cortas, dado que a priori se parte de la premisa del examen de patología mental. Lo que nuestra jurisprudencia toma en cuenta no es la conducta moral responsable del ser libre que por sí mismo determina actuar como actúa (actos con conciencia y responsabilidad moral plena) sino los factores ambientales que le llevaron a ser asesino, drogadicto o ladrón. En otros términos, la sociedad, los padres, los amigos, el medio ambiente o una predisposición genética o congénita vienen a ser los culpables, no propiamente quien actuó eficiente y responsablemente. Aquí tenemos una de las razones por las cuales muchos delincuentes aprendieron a delinquir al hacerse los locos y al declararlos locos. El mismo Estado colombiano los patrocina quiera o no quiera. 

En lo tocante al crimen, la realidad colombiana demuestra entonces un altísimo porcentaje de impunidad que genera entre la sociedad desconfianza hacia los tres poderes públicos que nos gobiernan: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Los actuales trastornos de odios no resueltos, venganzas, riñas, alcoholismo, prostitución, drogadicción, divorcios y destrucción de la vida en general, vienen a anidarse dentro del paramilitarismo y la guerrilla. Y el efecto colateral dentro de la sociedad hace que el costo monetario del crimen se triplique en nuestro país, siendo a la verdad la quinta nación más violenta de la tierra, nación que se hunde en su propio espiral de corrupción e inequidad. (La ONU considera a Sri Lanka como la primera). Con el dinero que genera el costo del crimen, lo cual incluye la permanente construcción y sostenimiento de cárceles, el pago total del aparato judicial, Inpec, Policía, Ejército, Armada Nacional, hospitales militares, etc., cubre casi el 46% del presupuesto nacional. ¿Cuántas cosas podríamos hacer en Colombia con este dinero? Se requieren hombres nuevos con una cosmovisión nueva dentro de la política. Pero esto nunca será posible si no invitamos a Cristo, el Príncipe de Paz a nuestros corazones, dentro de cada hogar colombiano, y estudiamos Su increíble sistema de justicia, salvación para esta vida y la venidera, y Su maravillosa aplicación de verdad moral y espiritual que nos propone en Su Evangelio a fin de sanarnos integralmente del pecado y de nuestra maldad individual y social.

Interpretación bíblica y teológica de los delitos atroces o males sociales como producto del pecado, contra la interpretación conductista y determinista del comportamiento humano

Pretendo fundamentarme a continuación en tres enfoques bíblicos para tratar de explicar lo que el texto sagrado dice acerca del crimen y los delitos atroces.

(1) El crimen de homicidio deliberado es un pecado que Dios condena con el infierno eterno de no haber verdadero pesar o arrepentimiento por los pecados cometidos contra la vida de otras personas. El lenguaje bíblico estima que “…los homicidas no podrán entrar a la ciudad de Dios, sino que estarán fuera de las puertas de ella” (Apocalipsis 22:14,15). El apóstol Pablo sentencia que los “…implacables y sin misericordia, son dignos de muerte” (Romanos 1:31,32). Asimismo en 1 de Timoteo 1:9b declara que “la ley no fue dada para el justo,…sino para los homicidas”.

(2) Las Sagradas Escrituras hablan de forma clara de problemas de comportamiento cuya base puede ser orgánica, pero también deja muy en claro aquellos problemas que se derivan de actitudes y de comportamientos pecaminosos. Aquí hablamos del pecado, como el mal moral que destruye implacablemente a los seres humanos de manera individual y social. Pero también destruirá eternamente al hombre a menos que se vuelva a Dios por medio de la persona de Cristo Jesús. Así, el primer fratricidio o asesinato del propio hermano que la Biblia registra es el de Caín que mató a su hermano Abel (Génesis 4:1-11). Notemos que el problema inicial de Caín fue no tratar adecuadamente su pecado de celos contra su hermano Abel. En el versículo 7 Dios le hizo ver a Caín su pecaminosa actitud y mal comportamiento, dándole el siguiente consejo: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él” (versión RV 1960). Caín no hizo caso de querer andar con la frente en alto haciendo lo bueno. Lo que el Señor quiso decirle es que si hacía lo malo, el pecado lo acecharía como una fiera lista para atraparlo. Todo comenzó en el corazón de Caín. Y al no haber cambio, sucumbió a los celos y al odio. Aquí no hay excusas patológicas para este crimen tal como a menudo lo hacen los abogados para defender a sus clientes. 

(3) En ninguna parte la Biblia enfatiza que exista un tipo de comportamiento criminal o pecaminoso como producto de una enfermedad mental. Cristo y el apóstol Pablo enfatizaron siempre que el comportamiento delictivo y carnal es producto del pecado que brota del corazón del hombre (Mateo 7:21; Gálatas 5:21). En relación con las obras de la carne, las Escrituras no saben nada acerca de una culpabilidad de tercer o cuarto grado como producto de una psicopatía mental. Esto es erróneo y falso. 

El problema central de una persona como Luis Alfredo Gravito que llega a matar en serie (o también para los que no asesinan en serie) es autogénico, es decir que por la violación de la ley de Dios el mal moral o pecado se encarna en la misma persona ocasionando el desarreglo de su personalidad. Además,

 en la Biblia nunca se ve que a esta clase de individuos no se les declare culpables o responsables, para quienes todo el peso de la ley debe caer sobre ellos. 

Gran parte del problema con aquellos criminales que la justicia declara “dementes” consiste en saber engañar a los demás. El Salmo 58:3 declara: “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron”. Por su naturaleza pecaminosa los seres humanos siempre intentarán buscar escondrijos para tratar de escapar a las consecuencias de sus propios actos. Desde el punto de vista de la Teología y la interpretación histórica de la Biblia, desde el huerto del Edén, el ser humano, por naturaleza se autojustifica de alguna forma a fin de evitar el castigo por su pecado (Génesis 3:9-13). En el fondo no existe la enfermedad mental conocida como psicopatía, todo lo que existe es personas con problemas morales y espirituales no resueltos los cuales disfrazan a la perfección mediante una supuesta “enfermedad” a fin de evadir el rigor que debe tener la justicia. No obstante, si en Colombia el Código no cambia a posiciones más drásticas, no habrá esperanza de detener el crimen como se debe.

Desafortunadamente, cuando los expertos son ignorantes del tema bíblico y teológico, por un lado logran acertadamente diagnosticar y observar con claridad la mentira y la manipulación de los homicidas, pero por otro lado, fallan cuando declaran psicópata a Garavito. (A menos que lo estimen como un psicópata responsable el cual debe pagar sus crímenes con la muerte o la cadena perpetua). Cito a continuación el recorte de prensa del Noticiero RCN como una muestra de esta inconsecuencia y grave equivocación: 

“En la entrevista Garavito expresa su deseo de convertirse en pastor y congresista para trabajar en defensa de la niñez. Según expertos del FBI, forenses, investigadores de la Fiscalía, psicólogos, psiquiatras y expertos en leyes; el discurso, las justificaciones y los argumentos empleados por el asesino son una clara estrategia de manipulación y reflejan la típica fachada de un psicópata”. 4

A mi juicio, estos “psicópatas” saben lo que hacen, y sus crímenes lo hacen con gusto y con conciencia plena, sólo para causar dolor a otros seres con los cuales pueden tener un conflicto desde alguna etapa pasada de la vida. No es de ninguna forma una actuación delictiva producto de una “irrealidad”. Aquí está el quid que los expertos del FBI no logran detectar así como los psicólogos e investigadores de turno.

Es por lo tanto urgente que nuestros estadistas y legisladores comprendan esta dinámica teológica y filosófica. Ya que nuestra Constitución Política no contempla la pena de muerte, por lo menos debemos comenzar ya con la cadena perpetua. 

¿Requiere y permite la Biblia la Pena Capital?

En algunos lugares las Sagradas Escrituras parece no solo permitir, sino requerir que este tipo de homicidas sean castigados con la muerte. La ley judicial del Antiguo Testamento afirmaba la pena capital para malhechores tales como brujos, adúlteros, adúlteras, homosexuales e hijos rebeldes. Si bien es cierto que a partir de Cristo la ética judeo-cristiana pocas veces ha creído o enseñado que estos antiguos estatutos civiles sean reglas éticas permanentes o que tengan aplicación judicial directa en el día de hoy, no ha sido así con el asesinato. En varios países del mundo donde imperó la influencia del cristianismo protestante-evangélico y dentro de la propia iglesia, aún se estima que la pena de muerte es un castigo justo para quien hoy mata a sangre fría, alevemente o con premeditación. Vale decir, y mucho más, para los que cometen asesinatos en serie.

Repasando el texto sagrado, después del diluvio y luego de que empezó de nuevo la historia del mundo, el Señor vino a Noé y le instó a que renovara la humanidad con la procreación (Gén. 9:1). En los subsiguientes versículos lo que se prescribe es que la vida es buena, por tanto multiplícala en la tierra y respétala como la vida de la propia imagen de Dios. Es por ello también que el Señor hace un fuerte pronunciamiento: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada” (Génesis 9:6). Las Escrituras nos dan a entender que este es el mandato para la pena capital. La razón de matar a quienes matan, es la misma que prohíbe el asesinato, es decir por el valor fundamental de los seres humanos. ¿Cuál es la razón? “Porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (9:6). Entonces, para muchos teólogos, la pena capital aparece en la Biblia como una idea de Dios. ¿Es correcta esta interpretación, este planteamiento? 

Dos partidos

Hay que resaltar que en el seno mismo de la Iglesia evangélica, así como en la propia Iglesia Católica y demás ramas del cristianismo, no todos los teólogos y expositores están de acuerdo en cuanto a la vigencia de la pena capital para los más perversos asesinos. Así por ejemplo, sobre este tópico existen dos grandes partidos: los pacifistas seguidores de la teoría de la no-resistencia, y los proponentes de la guerra justa que incluye la pena capital. Hay que decir con justicia que la Iglesia primitiva fue pacifista a ultranza. Los primeros cristianos se apegaron al Sermón del Monte del Señor Jesús evitando prestar servicio militar y perdonando moralmente, –si bien no estatalmente–, en todo sentido a los asesinos. Sin embargo, a partir del Emperador Constantino y la legitimación del cristianismo como religión oficial del Estado o Sacro Imperio Romano, los cristianos empezaron a prestar servicio militar y a ver como actos de verdadera justicia la pena capital mencionada e interpretada por el apóstol Pablo en Romanos 1:32 y 13:1-5. Luego, hacia el siglo V, Agustín de Hipona elaboró mucho más a fondo los conceptos de la guerra justa y la pena capital. 

Durante los días de la Reforma del siglo XVI aparecen de nuevo estos dos partidos: (1) el lado pacifista estuvo representado por las diversas ramas anabaptistas entre las cuales se distingue los denominados menonitas seguidores de Menno Simons. Este partido protestante que se separó del lado de los primeros reformadores, optó por lo que denominaron la Reforma Radical, la cual, todavía incluye la no prestación del servicio militar, el alejamiento del Estado político y la anulación de la pena de muerte para los criminales. (2) El otro partido, el de la guerra justa, avalado por Lutero, Melanchton, Juan Calvino, John Knox y demás reformadores, prosiguió en los pasos de san Agustín. La idea de estos es que Dios ha señalado al magistrado o gobierno civil para que lleve a cabo la sentencia de la pena de muerte en contra de los asesinos que premeditan la destrucción de sus semejantes con alevosía y perversa intención (ver Romanos 13:4). Debemos advertir aquí que en cuanto a este tema, las Escrituras y el sentido común de una jurisprudencia sana parecen implicar una gran diferencia entre el homicidio aleve y premeditado del homicidio no premeditado o del homicidio por negligencia. Tocante a esto el reformador Juan Calvino, apelando al apóstol Pablo escribió: 

“Pero aquí se suscita una cuestión muy difícil y espinosa; conviene a saber si se prohíbe a los cristianos en la ley de Dios matar… En cambio, si se entiende que el gobernante, al castigar no hace nada por sí mismo, sino que ejecuta los juicios mismos de Dios, este escrúpulo no nos angustiará. Es verdad que la ley prohíbe matar, y por el contrario, para que los homicidas no queden sin castigo, Dios supremo legislador, pone la espada en las manos de sus ministros, para que la usen contra los homicidas”. 5

En tiempos modernos, el teólogo presbiteriano Robert L. Dabney por ejemplo, cree que Génesis 9:6 es un mandamiento, un precepto universal y no una predicción. Es entonces un mandamiento positivo que debe ser implementado por los sistemas legislativos y judiciales de las democracias modernas.6 A su vez el pacifismo está bien representado por Walter Klaassen, un menonita estadounidense que presenta una interesante argumentación en su obra ¿La Guerra Justa? Un resumen. 7

Ahora bien, regresando a nuestro tema básico sobre si la Biblia requiere o permite la pena capital para los asesinos, ofrezco a continuación algunas sugerencias para que sean meditadas por el amable lector a fin de que extraiga sus propias conclusiones: 

De acuerdo a Génesis 9:6, el valor de la vida de una persona lo es por ser directamente hecha a imagen y semejanza de Dios. Al mismo tiempo, es un don que nadie debería destruir. Y si alguien lo hace de forma criminal y malvada, deberá entonces pagar con su propia vida quien cometa homicidio premeditado y culposo en primer grado. Ahora bien, si esto no es una declaración religiosa circunstancial sino que es un mandamiento para todas las épocas como dice Robert L. Dabney y el partido Teonomista Reformado en Estados Unidos y encabezado por el finado Rousas John Rushdoony, entonces debemos poner atención seria para instruir a nuestros magistrados a fin de que se promueva en el Congreso este tipo de ley. 

En Romanos 1:29-32 el apóstol Pablo estima que los que practican estas clases de maldades “son dignos de muerte”. Y esto, por supuesto implica el homicidio frío y sanguinario. ¿Deben entonces nuestras leyes hacer un viraje para que sin cortapisas se instaure la pena capital por parte del Estado colombiano, reformando no solo el Código Penal sino la Constitución Nacional?

¿Debe el Estado hacerse cargo de la aplicación de la pena capital para los criminales en Colombia, estilo Garavito, a fin de eliminar el mal de la tierra, tal como lo dice el apóstol Pablo en Romanos 13:1-5? ¿Habrá madurez para este tipo de justicia?

La pena de muerte viene a ser la respuesta más justa, el símbolo más equitativo de una sociedad que quiere reivindicar el alto valor que le asigna a la vida.

Un gobierno justo, con magistrados justos, es una extensión de nosotros mismos el cual tiene el deber de defendernos de los futuros asesinos a sangre fría que se levanten en el país. ¿Podemos justificar la pena de muerte sobre esta base?

¿Dónde está el liderazgo de la Iglesia y dónde están los verdaderos teólogos y filósofos cristianos de Colombia? 

¿Crees que es importante la pregunta que aquí se formula? Debido a que un gran porcentaje de la iglesia nacional por ser de índole pentecostal–caristmática, estima que no es necesario estudiar a fondo la Palabra de Dios, tampoco ciencias sociales, filosofía o la teología en sus diversos conceptos. El problema sigue siendo el dualismo creado por esta corriente avivamentista entre el inspiracionismo versus intelectualismo. Si el Espíritu Santo hoy todo lo sigue revelando más allá de los conceptos inspiración-revelación escrita y definitiva de la Palabra de Dios, entonces todo lo anterior está justificado. El divorcio entre mente y corazón siempre ha traído a la iglesia atraso, pobreza y capacidad de análisis para enfrentar lo que hoy vivimos dentro de la sociedad colombiana y latinoamericana.

Ahora bien, no todo lo que he dicho hasta ahora, lo digo en contra de algunas ideas de mis hermanos pentecostales. Creo que una autocrítica más fuerte debemos hacérnosla los que pertenecemos a algunas misiones históricas de corte evangélico. Por un lado los bautistas se quedaron con la gloria del gobierno congregacional pero sin capacidad de hacer pensar a quienes lo integran. De otro lado, los presbiterianos también se quedaron con el recuerdo glorioso de sus doctrinas, pero eclipsadas entre las grandes lagunas de la teología liberal y el entronque carismático. 

Y por último, causa interés ver el entusiasmo de algunos de mis hermanos reformados, y la forma como “devoran” los libros de autores que exponen la doctrina bíblica desde el enfoque calvinista. No obstante, hemos de dar un paso más allá de la simple repetición de memoria de los cinco puntos del calvinismo y la defensa acalorada y a veces irracional de la fe Reformada cuando los demás no creen o piensan “calvinisticamente”. La verdad es que a mi juicio, la falta de una actuación más agresiva en medio del orden social, sumado a la falta de un pensar y reflexión más contextual para influir sobre el orden culturalmente trocado en que vivimos, no hace honor a este maravilloso enfoque teológico si no aprendemos de lo que hicieron en el pasado los grandes exponentes de la fe reformada. 

Por ejemplo, los grandes teólogos holandeses del siglo XIX no solamente batallaron por una doctrina correcta en la iglesia, sino que también, siguiendo en los pasos de Calvino, quisieron que esa doctrina correcta afectara todo el orden civil hasta intentar traerlo todo bajo el señorío de Cristo. Así Abraham Kuyper, Herman Bavinck, Klass Schilder y otros más, no se contentaron con reunirse sólo para hablar de los errores teológicos de los demás. “Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer lo otro”. Ellos en realidad fundaron una nueva Cultura en Holanda, la cual, si bien hoy ya no existe ese cristianismo vigoroso de sus días, por lo menos se demostró que cuando la doctrina reformada es llevada más allá de las cuatro paredes de nuestros templos, el resultado es indiscutiblemente efectivo para la transformación de la vida cultural. Los crímenes, vicios y destrucción que genera una cultura sin Dios y apóstata traen tristeza al corazón de Dios. La iglesia en su multiplicidad denominacional debe esforzarse para tratar de cambiar este orden injusto. Esto trae a cambio, alegría, honor y gloria al corazón de Dios.

Estas serían algunas de las razones por las cuales en nuestro país no existen verdaderas instituciones de enseñanza teológica que promuevan a fondo la ínteractuación y la capacidad reflexiva y aplicativa de la teología a fin de lograr hacer pensar la cultura. Pero no solo pensar, el propósito es darle la vuelta y ubicarla en los conceptos de la cosmovisión bíblica, lo cual implica todas las esferas del orden temporal mientras Cristo viene.

Un hecho inexorable que actualmente se nos plantea es la impotencia de la comunidad cristiana evangélica de nuestro país. Mucho se habla de avivamiento, de Reforma, pero más de la mitad del pueblo cristiano que tiene dieciocho años de edad o que son mayores, confiesan creer en Jesucristo como Dios encarnado y en la Biblia como la Palabra infalible de Dios. Sin embargo, si tan solo una cuarta parte de esta población evangélica estuviera dominando nuestra cultura existiría un nuevo país, pero en realidad todavía es marginal. El no entendimiento de una correcta filosofía bíblica de la historia, así como endebles opiniones sobre la escatología, nos está colocando en las líneas laterales de la historia de Colombia, y algunos hasta se enorgullecen de su impertinencia y de su falta de dejar huella para Dios en este país y en este continente. 

El no uso de la mente para servir a Dios con todas nuestras fuerzas es uno de los pecados más recurrentes de la iglesia evangélica. Esta es una de las razones por las cuales no hemos logrado afectar el orden civil y cultural. Nos hace falta buena y mejor preparación. Tocante a esto, James Orr hace un aporte significativo que estimo nos ayuda a reflexionar: 

“Si hay una religión en el mundo que exalte la función de la enseñanza, se puede afirmar con seguridad que es la religión de Jesucristo. Se ha observado con frecuencia que en las religiones paganas el elemento doctrinal está reducido al mínimo –allí lo principal es la realización de un ritual. Pero en esto es precisamente en lo que se distingue el cristianismo de otras religiones –en que contiene doctrina. Llega a los hombres con una enseñanza definida, positiva; reclama para sí el ser la verdad; basa la religión en el conocimiento, si bien se trata de un conocimiento que sólo es alcanzable bajo condiciones morales. 

… Una religión divorciada del pensamiento diligente y elevado ha tendido siempre, a lo largo de la historia de la Iglesia, a convertirse en una religión débil, estéril y malsana; mientras el intelecto, privado de su satisfacción dentro de la religión, ha buscado su satisfacción fuera, y ha desarrollado un materialismo sin Dios”.8 

Un nuevo énfasis conversionista de la cultura

Hemos de regresar a los énfasis conversionistas de una cultura pagana a una cultura cristiana sobre la base de las Escrituras tal como lo definió un San Agustín de Hipona en los siglos IV y V y un Juan Calvino en el siglo XVI. Pues el propósito es lograr un orden más justo sin tanto crimen como el que hoy vemos por doquier en nuestro país. Hemos de estar preocupado por esto.

El creyente bíblico en Jesucristo puede contemplar en las Sagradas Escrituras que el Señor también se preocupa por la esfera del orden civil de cada nación que Él mismo ha creado. El pasaje de Romanos 13:1-6 es el locus clásicus de toda esta temática. No se puede pasar por alto que el cristiano así como la Iglesia en general vivimos en un orden civil y político que se ocupa de nosotros para mal o para bien. Desde esta perspectiva, el creyente en Jesucristo demuestra un claro signo de madurez cuando percibe que las cosas no andan bien en la esfera pública, y que asimismo tiene el deber de tratar de contribuir a la solución de los graves problemas que envuelven a su cultura social y política. Y para ello, sabe que el Evangelio de Cristo es el arma del pensamiento más poderosa que existe sobre la tierra a fin de traer la esfera pública a los pies de Cristo. El dirigente político en particular es la persona más necesitada de Dios y del evangelio, por no decir, de toda la estructura que encierra la cosmovisión hebreo-cristiana. De ahí que son importantes las palabras que dijera el sociólogo británico Barrington Moore: “Si los hombres del futuro han de romper las cadenas del presente, es preciso que comprendan, cuáles son las cadenas que los han atado desde el pasado”. Y por su parte, Rousas John Rushdoony anotó: “La historia nunca ha sido dominada por las mayorías, sino sólo por dedicadas minorías que lograron incondicionalmente permanecer en su fe”. 

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