UNA VISIÓN BÍBLICA DEL MATRIMONIO Y LA SEXUALIDAD

Por Joe Boot

Reforma Siglo XXI, Vol. 20, No. 2

Para la mayoría de los jóvenes de hoy en nuestro contexto cultural, entender realmente lo que significa una sexualidad humana sana y satisfactoria es como trabajar como barrendero en el Atlántico durante la Segunda Guerra Mundial: muy problemático y altamente peligroso. Los agentes de un paganismo renovado tienen sus bombas incendiarias listas dentro del plan de estudios de las escuelas públicas, los medios de comunicación, la industria del entretenimiento y todos los corredores del poder político y toda la vida cultural. Esta conspiración abierta está provocando caos social, confusión y, en muchos casos, la ruina total, mientras las generaciones bíblicamente analfabetas descubren las consecuencias de la cosmovisión pagana y sus implicaciones para la sexualidad. En lugar de un saludable reconocimiento de la belleza y la alegría de la intimidad sexual dentro del matrimonio entre un hombre y una mujer, —unidad en la diversidad—, la norma ahora es adulterio (con la conveniencia adicional del divorcio sin culpa), fornicación, cohabitación, homosexualidad, bisexualidad, diversas expresiones de androginia pansexual y una lista creciente de perversiones. Las víctimas humanas no son solo los que practican la inmoralidad sexual, sino los niños abortados que ahora se ofrecen como “sacrificios” políticos a la sagrada fémina, la diosa de la tierra que exige emancipación total y autorrealización. Su sacerdocio feminista en la clase política cree que estos sacrificios son necesarios para el “amor”, la “libertad” y la “justicia social”. Cuando pasamos a nuestros hijos a través de los fuegos a Moloc, lo vulgar, obsceno y libertino se cuenta como entretenimiento a medida que el baalismo también recupera fuerza. Por lo tanto, en todas partes se comercializa ‘50 Sombras’ de lo pornográfico, capturando a algunos tan jóvenes como de trece años en esta adicción debilitante, lobotomizando la mente y volviendo impotente al cuerpo. El culto pornográfico alimenta el “derecho humano” de la prostitución que a su vez beneficia a la “industria” de la esclavitud sexual, ya que las jóvenes son maltratadas cruelmente como objetos de consumo. Las identidades de género se multiplican de acuerdo con cualquier predilección sexual o fantasía interna de identidad, adoptando las teorías psicológicas ocultas y transpersonales de Karl Jung que todavía pasan por ciencia. La inmoralidad se celebra públicamente, con bombos y platillos, mientras lo que durante siglos se consideró desviación es legalizado, celebrado y otorgado la etiqueta de “matrimonio” como parte de la redefinición de la familia, la sexualidad y la personalidad. Así como el matrimonio bíblico es un símbolo y signo del evangelio, la relación de Cristo con su Iglesia, el ‘matrimonio’ homosexual funciona ahora como el nuevo ‘sacramento’ sexual de la nueva visión pagana de dios y la identidad humana. Este “progreso” continúa sin cesar, mientras que lo sagrado es objeto de burla y escupido, y los creyentes bíblicos fieles son victimizados como ignorantes e intolerantes, o enfermos mentales que se resisten a la nueva liberación del hombre de las restricciones malvadas de la moral cristiana, a la libertad de actuar de acuerdo con ‘lo natural’. Estos “escépticos” están fuera de la nueva comunidad y deben ser silenciados. Por lo tanto, aquellos que son lo suficientemente audaces como para hablar en contra de la utopía sexual que se avecina corren el riesgo de sufrir la ira de la élite cultural y el juicio de herejía por crímenes contra la nueva humanidad y los derechos divinos del colectivo.

Sin embargo, aun con toda esta hostilidad hacia la belleza del evangelio, representada por nosotros en la relación matrimonial, el cristiano no tiene derecho a desesperar. No hay nada esencialmente nuevo en ninguna de las prácticas sexuales antes descritas; incluso la multiplicación de géneros se puede encontrar en la espiritualidad pagana de los nativos americanos, de donde los progresistas derivan su término “dos espíritus”. La velocidad de cambio cultural es nueva, provocada por los cambios en la tecnología y las comunicaciones, pero no queda nada nuevo bajo el sol. El hombre, en rebelión contra Dios, conspira y planea contra el Señor, pero su torre de Babel siempre queda reducida a nada (Salmo 2). La fe cristiana ha estado aquí antes. Derrotó al paganismo en el mundo antiguo, y desde entonces lo ha arrojado dondequiera que es proclamada y vivida con integridad. El paganismo nuevamente será derrotado en Occidente si la Iglesia permanece fiel. Para hacerlo, se requiere obediencia paciente y la reconstrucción del orden de Dios establecido en su Palabra. ¿Cómo podemos reconstruir un entendimiento cristiano saludable para nuestro tiempo? Debemos comenzar con nuestra propia comprensión de la doctrina de Dios en lo que se refiere al matrimonio. Peter Jones escribe:

Cuando Dios creó el mundo y lo santificó estableciendo distinciones, imprimió su propia personalidad en la forma en que lo creó todo. La persona misteriosa de Dios mismo expresa de forma definitiva la idea de la comunión exclusiva y fiel entre seres separados. Pues el Dios del teísmo es una Trinidad. Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo son tres personas distintas unidas en comunión eterna. Juntos colaboran para crear el universo material y el universo refleja justamente esa imagen divina. Los cristianos conocen a Dios en una unión similar al matrimonio. Al igual que en el matrimonio —relación en que ninguno de los dos compañeros abandona su identidad pero ambos se unen en una intimidad profunda— así también, los seres humanos podemos mantener nuestras diferencias con Dios y aun así tener una unión verdadera y viva con el Creador.2

La comunión tripersonal de Dios en la Trinidad, donde se mantienen las distinciones sin pérdida de unidad, es básica para definir el patrón normativo del bien creado de la intimidad heterosexual en la fidelidad del pacto. Esta base teológica para las relaciones sexuales humanas que glorifican a Dios, satisfacen relacionalmente y no destruyen es la base de la comprensión cristiana del matrimonio y la sexualidad humana. Sin embargo, es justo decir que esto no siempre se ha reflejado adecuadamente en la historia de la enseñanza y el ejemplo de la Iglesia.

EL SEXO Y LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO

Como resultado de la inconsistencia de la Iglesia, los malentendidos del punto de vista cristiano han llevado a que personas que desconocen el material bíblico acepten caricaturas ignorantes o caracterizaciones completamente erróneas. Contrario a la opinión popular, las Escrituras en todas partes fomentan la intimidad sexual en el matrimonio como un bien dado por Dios y una verdadera bendición. Los textos bíblicos dejan en claro que dentro del pacto matrimonial, el sexo está aprobado. Por ejemplo, el escritor(es) de Hebreos declara, “Sea el matrimonio honroso en todos, y el lecho matrimonial sin mancilla, porque a los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios” (Hebreos 13:4 LBLA).

En 1 Corintios 7:3-5, Pablo instruye a las parejas casadas que se muestren afecto romántico el uno al otro participando regularmente de relaciones sexuales y a no privarse mutua- mente, ya que cada uno tiene autoridad sobre el cuerpo del otro en el pacto matrimonial. Del mismo modo, no hay duda de la naturaleza romántica y sexualmente erótica del Cantar de los Cantares que explora el amor joven en el matrimonio (cp. Proverbios 22:7). Claramente, desde Génesis 2, el plan original de Dios para la humanidad era el cumplimiento matrimonial y sexual en “una sola carne” que resultaría en la propagación de la raza humana. Entonces es sorprendente que la historia de la Iglesia muestre que los cristianos no siempre han sido fieles representantes del punto de vista bíblico.

En la era patrística, por ejemplo, el impacto de las filosofías dualistas —gnosticismo, maniqueísmo y neo- platonismo—, ejerció cierta influencia en los Padres de la Iglesia (que generalmente no eran padres naturales), lo que llevó a algunos de ellos a abrazar una especie de ascetismo sexual que despojaba al matrimonio, al sexo o a ambos, de su gloria bíblica, tolerándolos como aceptables solo para los creyentes menos “espirituales”. La mayoría de los Padres de la Iglesia reconocían que el matrimonio era una institución honorable, ordenada por Dios. Sin embargo, el tono general era en gran parte de ‘concesión’ a la debilidad humana para aquellos que no pueden abrazar el celibato o un matrimonio ‘continente’ (célibe), en lugar de un respaldo y celebración positiva del orden y propósito creados por Dios para la satis- facción sexual en el matrimonio. Orígenes (185-254), no siempre el más bíblico de los Padres, fue mucho más allá de las Escrituras y tontamente pensó que la serpiente había seducido sexualmente a Eva y concluyó que la actividad sexual debía ser errónea, ya que entonces era la base de los pecados actuales; es una narración fantástica y no bíblica, claramente derivada de influencias paganas. Era un tema común en la antigüedad pagana darle un origen sexual al pecado. Lo vemos en el pensamiento griego en el mito de Platón del hombre original ‘andrógino’, ¡que ahora suena sorprendentemente contemporáneo! Incluso Ambrosio, mentor de Agustín, pensaba que el matrimonio era una carga irritante. Abstenerse del matrimonio era visto por muchos como una muestra de mayor santidad y piedad, y el mismo Agustín pensaba que si las parejas podían abstenerse de tener sexo estando casadas, ese era un mejor estado. No es de extrañar que esta noción de “matrimonios espirituales” se extinguiera gradualmente durante el siglo iv, pero sentó las bases intelectuales para el desarrollo posterior de la enseñanza católica que exigía el celibato como algo obligatorio para el clero. Si bien siempre es posible sobregeneralizar, es difícil ver una gran mejora en el pensamiento medieval. Intentando frenar la “lujuria”, la Iglesia Católica Romana desarrolló poco a poco varias prescripciones que llevaron a restricciones sobre el sexo conyugal. Teniendo en cuenta la mala conducta sexual en ocasiones generalizada de monjes y frailes, tal hipocresía no iba bien con la gente. Se requería abstinencia en memoria de los santos difuntos, de la Virgen María o durante los eventos de Semana Santa. ¡Sin duda, los devotos esperaban con ansias que terminaran las celebraciones! Independientemente, aquel tiempo fue notablemente promiscuo.

Afortunadamente, la reorientación de la Reforma sobre las Escrituras trajo un gran cambio para el cristianismo en la actitud hacia el matrimonio y el sexo. Los reformadores enfatizaron el matrimonio como el ideal cristiano más elevado que, combinado con su rechazo enérgico del celibato clerical, elevó significativamente el estado de la intimidad sexual y el matrimonio. Juan Calvino, en particular, enseñó que el propósito principal del matrimonio y el sexo no es simple- mente la propagación de la familia humana, sino la intimidad social. Afirmó que el matrimonio y el coito son “inmaculados, honorables y santos, ya que son una institución pura de Dios”. Y que “Dios se declara el guardián y vengador de la fidelidad conyugal”. Consideraba que el celibato de por vida es una temeridad que tienta a Dios a menos que sea un don de la gracia, y consideraba que el celibato obligatorio era tiránico y diabólico.3 Aunque pueda sonar extraño para algunos, fueron los herederos primarios de Juan Calvino, los puritanos, los verdaderos responsables de la elevación del significado del sexo y el romance dentro del matrimonio en la cultura occidental. Ellos también reconocieron que el sexo en el matrimonio no era solo para propagar la raza, sino también para la alegría y el placer conyugal. Esto no debería sorprendernos, ya que consideraban las Escrituras como la autoridad final para la fe y la práctica. Ciertamente, también eran reconocidos por tomarse en serio las sanciones penales contra el pecado sexual en las Escrituras, pero no porque tuvieran una actitud negativa hacia el sexo. Por el contrario, fue porque valoraban tanto el don del matrimonio como la ordenación de Dios con respecto a la naturaleza sagrada de las relaciones sexuales, que lo protegían por ley. Para ellos, el sexo no era simplemente necesario, era una bendición dada por Dios. De hecho, lejos de un pietismo mojigato, los puritanos expresaban una ardiente pasión con respecto al amor conyugal y consideraban los intentos de abstinencia sexual para las parejas casadas como un celo ciego y una locura. Eran francos, fuertemente sexuados y no carecían de romance.4

Entonces, ¿de dónde viene el mito del puritanismo mojigato? La era victoriana es responsable de la falsa caricatura del puritanismo, que los retrata como fríos, desapasiona- dos y poco románticos. Este neopuritanismo del siglo xix, marcado por el pudor y la frigidez, fue en realidad un producto de la “Ilustración” anticristiana. El surgimiento del racionalismo humanista exaltó el razonamiento y denigró otros aspectos de la persona humana; los sentimientos y las emociones fueron reprimidos bajo una fachada de modales estilizados y racionalidad. Para la élite racionalista, cual- quier cosa era permitida mientras estuviese debidamente oculta. La prepotencia y la pornografía proliferaron en la Inglaterra victoriana; la aristocracia, en particular, era conocida por su libertinaje y lujuria. En general, se pensaba que las mujeres carecían de deseo sexual, excepto las prostitutas, y las esposas debían soportar, no disfrutar, el sexo. La falsa modestia reinaba, ya que se esperaba que las mujeres embarazadas permanecieran en sus casas para evitar exhibir los resultados de las relaciones sexuales y se les negaba a las mujeres el acceso a la lectura que pudiese ser sexualmente esclarecedora, ¡incluido Shakespeare! Ciertamente no podía hablarse de sexo en compañía educada. Los resultados de esta falsa piedad no fueron buenos para el matrimonio y  no hicieron nada para fortalecer el vínculo conyugal, sino todo lo contrario. Al tratar de eliminar la alegría del sexo del matrimonio, el código victoriano degradó el impulso sexual y debilitó la unión matrimonial. En contravención directa de las Escrituras, el hombre ilustrado, viéndose a sí mismo como la “razón encarnada”, y a las mujeres como erráticas emocionales, condescendió, degradó y subyugó a las mujeres como personas irracionales e inferiores. Como tales, entre las clases medias y altas, eran tratadas como meros adornos, sin trabajar y sin derechos legales, totalmente dependientes de lograr un buen matrimonio que a menudo era una cuestión de conveniencia familiar y no de amor. Al matrimonio se le negaba la pasión, y a la pasión se le negaba legitimidad. Esto estaba lejos de la visión bíblica y puritana del sexo, el matrimonio y la mujer. En la época puritana (hasta el siglo xviii), en Inglaterra y en los Estados Unidos, las mujeres disfrutaban de protección legal, manejaban el hogar y, a menudo, el negocio junto con sus maridos o solas cuando sus esposos debían ausentarse, a veces durante años. Eran madres, pero también administradoras, corredoras de seguros y supervisoras de negocios de manufacturación y transporte. El racionalismo y la falsa moral victorianos dieron como resultado que varias generaciones de teólogos protestantes distorsionaran la visión de la Reforma sobre el sexo y solo discutieran indirectamente las cuestiones del matrimonio sin ninguna referencia clara al mismo. El sutil desprecio de la Ilustración por las mujeres también condujo al movimiento por los derechos de las mujeres, que corrigió como era justo una serie de errores, para luego transformarse en feminismo radical, el cual coloca a las mujeres no junto a los hombres, sino en competencia con ellos. Desde entonces, el feminismo ha buscado revertir el patrón ordenado por Dios mediante la masculinización de las mujeres y la feminización de los hombres hasta alcanzar la infelicidad final de ambos, fermentando la confusión contemporánea de la identidad de género. Por lo tanto, cuando las personas ven la fe bíblica como responsable de la subvaloración de las mujeres, no están viendo con claridad. La doctrina bíblica pinta a la esposa no solo como madre, maestra y consejera, sino también como la administradora competente que se encarga de los negocios si es necesario, para que su esposo, en las palabras de Proverbios 31:23, pueda sentarse “en las puertas”, es decir, presidir como gobernante o juez. Claramente, la mujer de Proverbios 31 es muy diferente de la bonita muñeca de la Era de la Razón, así como la competitiva feminista masculinizada del siglo xxi que quiere demostrar que puede portar armas y asumir el papel de un hombre, como si no existieran diferencias. El siglo xx, en reacción al Victoriantismo, vio una revolución pagana radical en la sexualidad que abandonó todas las costumbres anteriores de restricción, incluida la fidelidad en el matrimonio, derivando hacia el libertarismo extremo que aprueba casi cualquier práctica sexual, siempre que sea consensual.

LA VISIÓN BÍBLICA DEL SEXO Y EL MATRIMONIO

Un lugar útil para considerar el punto de vista bíblico sobre el matrimonio y el sexo es la ley de Dios. El propósito del séptimo mandamiento: “No cometerás adulterio”, es proteger el matrimonio y la santidad del sexo. Como en cualquier otra área, los seres humanos o viviremos bajo la ley y orden divinos para hallar nuestro más grande gozo y humanidad, o viviremos en rebelión a su Palabra, lo cual siempre conduce a juicio y miseria. El intento del hombre de ser como Dios se manifiesta claramente en su rechazo del modelo divino de expresión sexual. Cuando a Dios y su pacto matrimonial se le niegan autoridad y sumisión, todos se sirven a sí mismos y se explotan unos a otros: la esposa que envejece es abandonada; el esposo cuyos ingresos disminuyen o que ya no es sexualmente ‘emocionante’ es abandonado por una mejor oportunidad. La sumisión mutua del cuerpo en el matrimonio es parte de la estructura de Dios para bendición, comunidad y unidad. Solo a medida que entendemos la imagen bíblica del matrimonio como intimidad relacional dentro de la diversidad, podemos comenzar a comprender la belleza, la santidad y la alegría de la sexualidad como un reflejo de la comunidad de amor en la Deidad. Como resultado, la religión bíblica llevará a una visión del sexo adecuada, plena y centrada en el “otro”; la religión falsa producirá una perversión egocéntrica y autogratificante. El apóstol Pablo aclara esta conexión en Romanos 1:22-25. La Escritura aquí deja en claro que existe una estrecha relación entre la religión y el sexo. Cuando las personas se alejan de Dios para adorarse a sí mismas, terminan en idolatría expresada mediante la adoración de sus propios vicios sexuales. Habiendo rechazado al Señor de la gloria, la gente queda inquieta y alienada de Dios, de los demás e incluso de sí mismos (desintegración personal), con una profunda hambre religiosa. Luego tratan de llenar este vacío con experiencias sexuales a menudo perversas como un dios sustituto. A medida que los hombres y las mujeres buscan exaltarse a sí mismos, debido al juicio de Dios al permitir que su pasiones rebeldes sigan su rumbo, terminan deshonrando y degradando cada vez más sus propios cuerpos. Nuestra cultura pornográfica busca glorificar el cuerpo y supuestamente honrarlo, pero termina deshonrándolo abiertamente. El vicio sexual se convierte en un objeto de adoración, mientras que la vergüenza y la humillación se elevan a una forma de vida valiente.

Por el contrario, la fe cristiana nos brinda un contexto puro, satisfactorio y demostrablemente estable y gratificante para la expresión sexual. Génesis afirma la igualdad de los sexos, hechos a la imagen de Dios (cap. 1) y la complementariedad de los sexos (cap. 2). Ambas verdades forman la base del matrimonio. Nos dice que existe una necesidad humana de compañía: “no es bueno que el hombre esté solo”. Somos seres sociales hechos a la imagen de Dios, con la capacidad de amar y ser amados. También nos dice que Dios hizo una ayuda y compañera adecuada para el hombre que también sería su compañera sexual: los dos llegarían a ser “una sola carne” y su amor consumado daría como resultado la pro- creación de hijos. El relato de Génesis es notable e histórico. El primer hombre, Adán, se ve sumido en un profundo sueño y, tomando de su costado, se produce una obra especial de creación cuando los sexos son para siempre diferenciados mediante la creación de la mujer, Eva. Adán, al despertar, se encuentra con un reflejo de sí mismo, parte de sí mismo, que lo completa. Dios le entrega la mujer a Adán; “Esta es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne; ella será llamada mujer, porque del hombre fue tomada”. Ella no fue creada de la nada ni del polvo de la tierra, sino que fue sacada del hombre, otro ser humano —diversidad en la unidad—. Jesús y Pablo afirman este orden creacional en sus enseñanzas sobre el matrimonio y el divorcio, la familia y el gobierno de la Iglesia.

En el matrimonio, el hombre parte para unirse a su mujer en un compromiso de pacto y convertirse en una sola carne, consumado en la unión sexual. La unidad es por lo tanto posible gracias a la diversidad. El relato de la creación protege así en contra de las distorsiones de la zoofilia, la homosexualidad, el lesbianismo, así como la confusión travesti y andrógina. Jesús respalda plenamente el relato del matrimonio del Génesis, presentando su enseñanza con una cita de Génesis 1:27 y concluyendo con la declaración enfática: “lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe” (Mateo 19:4- 6). Nuestra cultura de hoy busca separar, tanto social como ontológicamente, lo que Dios se ha unido. Por lo tanto, no cabe duda de que el género masculino y femenino y el sexo heterosexual es una creación divina y que el matrimonio heterosexual es una institución divina que expresa fidelidad al diseño divino. Cualquier otra forma de expresión sexual es una violación total de los propósitos de Dios. Las Escrituras no prevén otro tipo de matrimonio o relación sexual ya que Dios no ofrece otra alternativa. El hombre partirá para unirse a su esposa. Cualquier otro tipo de actividad sexual queda enfáticamente bajo su justo juicio. El matrimonio es, por lo tanto, santo y sagrado. El sexo debe ser disfrutado y celebrado como la unión de dos personas del sexo opuesto en el misterio de una comunidad única: el fundamento básico de toda la comunidad humana y sociedad, de la cual nacen los niños, cumpliendo el mandato creacional de Dios de ser fructíferos, multiplicarnos y llenar la tierra. La unión es física, emocional y espiritual, reflejando la relación de Cristo con su Iglesia.

DARWIN, DE SADE Y LAS RAÍCES DE LA ACTUAL REVOLUCIÓN SEXUAL

La desviación de la visión bíblica y puritana del matrimonio y el sexo tiene sus raíces en la falsamente etiquetada Ilustración (un renacimiento pagano de la adoración de la naturaleza), cuando se hizo un esfuerzo por definirlo todo en términos del hombre y su razón como la medida de todas las cosas. Este proyecto, que hasta ahora manifiesta plena- mente sus frutos, fue acelerado en gran medida por dos personajes influyentes. El primero fue Charles Darwin, a través de quien el resurgimiento de la evolución como la forma de definir al hombre y el universo se convirtió en la posición de la mayoría. Muchos de los antiguos griegos habían sido evolucionistas y varias formas de la idea siempre habían estado presentes en el pensamiento occidental. Esta vez, la fe evolutiva se manifiesta como darwinismo, ofreciendo especulación naturalista e hipótesis biológicas para el origen del hombre desde el caldo primigenio en un proceso no dirigido hasta su estado actual.

La reproducción era fundamental para la visión darwiniana de la naturaleza y la humanidad. Por lo tanto, el instinto sexual y la selección desempeñaban un papel crucial en la explicación de Darwin de la evolución humana. Probablemente Freud fue guiado por el darwinismo en su teoría de los impulsos gemelos de la libido y el tánatos. Hoy los sociobiólogos y los psicólogos evolucionistas apelan al darwinismo para hacer del sexo y la reproducción la explicación más importante del comportamiento humano. Como organismos humanos somos portadores de ADN, y nuestro comportamiento es el impulso inconsciente de los genes para producir más ADN. Sin embargo, llevar la reproducción sexual al centro del escenario para explicar el comporta- miento humano no es una idea nueva. El historiador europeo moderno Richard Weikart de la Universidad Estatal de California, en su libro From Darwin to Hitler escribe:

Al hacer de la reproducción el centro de atención, el darwinismo ayudó a engendrar nuevas formas de pensar sobre la sexualidad y la moralidad sexual… El darwinismo engendró el movimiento eugenésico, cuyo objetivo principal era aumentar la calidad biológica de la población humana mediante el control de la reproducción. Dado que muchos darwinistas querían revisar todas las instituciones humanas para acelerar la evolución… esta se convirtió en el nuevo árbitro de la moralidad sexual […] En 1911, Eduard David dijo en una conferencia de reformadores sexuales, “en el ámbito de la sexualidad, es moral todo lo que sirve a la evolución ascendente de la especie”.5

En ese momento, los “reformadores” acordaron que la moral sexual cristiana era perjudicial para la salud de la especie humana. Aunque las teorías eugenésicas del siglo xx han sido desacreditadas y abandonadas en gran medida en sus formas antiguas, la determinación de liberar al hombre de todas las restricciones morales para actuar en términos de “naturaleza” sigue siendo la misma. Weikart observa:

Sus propuestas de reforma sexual eran, de hecho, muy divergentes, desde el sexo libre hasta la monogamia (con portillos) hasta la poligamia. Algunos incluso recurrieron a la ética evolutiva para justificar la homosexualidad. Por lo tanto, la ética evolutiva parecía ofrecer a los proponentes cualquier moral sexual que prefiriesen.6

Helene Stocker, otra prominente pensadora darwiniana, formó la ‘Liga para la Protección de las Madres’ y propuso la liberación sexual como un programa de reforma sexual. Los principales darwinistas apoyaron su Liga, la cual construyó una cosmovisión que sintetiza el monismo darwinista y el nezscheanismo. Explicó a otros monistas que su organización intentaba abordar la reforma sexual y matrimonial “en el espíritu de la moderna teoría de la evolución”.7

Otros afirmaban que la naturaleza demostraba que el “animal” humano no puede ser monógamo por naturaleza, dado que la mayoría de los organismos solo se emparejan durante una temporada de cría o hasta que nacen los descendientes. Así, consideraban que el matrimonio era una construcción social, una institución vacía que podía abandonarse después de la luna de miel o el nacimiento del primer hijo. Otro reformador sexual darwinista, Max Nordau, abogó porque la gente comenzara a comportarse mucho más como animales en su vida sexual, lo cual sigue siendo el argumento dominante de los éticos evolucionistas actuales.

Este argumento es una panacea que puede justificar cual- quier cosa. La homosexualidad podría justificarse aquí sobre la base de que ‘aparece en la naturaleza’ y es útil para reducir la población humana y las emisiones de carbono, etc. El punto es que las ideas tienen consecuencias. Con una conducta sexual ciega e inconsciente como la explicación de la conducta humana (incluida la violación), el determinismo biológico, que ve a los humanos como organismos simple- mente tratando de transmitir su ADN, conduce al relativismo radical en la esfera moral y el colapso de las ideas de justicia, criminalidad, responsabilidad humana y conducta sexual normativa.

El segundo personaje que ha influido mucho en la revolución sexual y el espíritu de la época es el Marqués de Sade, el aristócrata y pervertido francés de cuyo nombre obtenemos el término sadismo. El humanismo siempre comienza con una negación de la caída del hombre y una afirmación de la bondad inherente de la humanidad en contradicción directa con Cristo. Afirma que la belleza y la bondad son preeminentes entre las personas, y luego termina rápidamente despreciando la verdad, la bondad y la belleza en favor de lo opuesto. En lugar de disfrutar el buen regalo del sexo en su contexto dado por Dios, obtener licencia se convierte en el objetivo, y lo bello se contamina en la medida de lo posible.

El desprecio por la verdadera bondad y belleza estaba poniendo la moralidad de cabeza entre la aristocracia y en las cortes de Europa desde 1660 hasta 1800; incluso estaba contaminando la Iglesia donde regularmente se celebraban orgías en abadías y conventos. Fue en este entorno, en 1740, que nació el infame Marqués de Sade. Muchas de las cosas que hizo eran ampliamente practicadas, pero pasó treinta y dos años de su vida en prisión y en manicomios por su criminalidad licenciosa que era abiertamente blasfema, sacrílega y homosexual. El deleite en el pecado abierto era una predilección de aquel tiempo, y para de Sade, una obsesión. Era lógica y simultáneamente anti-Dios y anti-hombre. Él escribió: “La idea de Dios es el único error por el cual no puedo  perdonar  a  la  humanidad”.  Identificado  como un precursor del existencialismo, el nihilismo y el psicoanálisis freudiano (que identifica el sexo como fuerza motriz), eligió la corrupción y el mal como Camus después de él, porque Dios es bueno.

De Sade tenía un deseo de muerte para la humanidad. Sentía que Francia estaba superpoblada y se opuso a todas las leyes que pudieran restringir la libertad de hacer el mal. Las mujeres, pensaba, pertenecían a todos los que las reclamasen. Siendo él mismo homosexual, favorecía el aborto y el infanticidio, y consideraba que la crueldad era un verdadero placer. Abogó por la eliminación del cristianismo, y la tole- rancia del robo, el incesto y la sodomía. Se opuso a la pena capital y a las leyes incluso contra el asesinato, mientras que quería que el incesto y la sodomía se convirtieran en ley. Aun así, la mayoría de las cosas practicadas y celebradas por de Sade se practican y defienden públicamente en la actualidad. Una crítica social resume su influencia de manera efectiva:

‘El mundo de Sade está a nuestro alrededor. Da color a nuestros medios, televisión y películas. Es una corriente subterránea en la vida moderna… aparece en todas partes en lo que Gallagher ha denominado nuestra cultura pornográfica, en la que el sexo se separa de la familia y la procreación y se reduce a un placer irresponsable. La expresión sexual moderna prohíbe los tratamientos honestos de la sexualidad y ha hecho de la androginia sexual “el mensaje cultural dominante”… Su premisa es también la del Marqués de Sade: si abolimos a Dios y la ley y reducimos todas las cosas a la igualdad, el hombre será libre para disfrutar”.8

CONCLUSIÓN: EL CAMINO A SEGUIR

Contra esta embestida, una Iglesia sin ley que profese creer en la Biblia al tiempo que abandona al Dios soberano y su palabra en pro del humanismo, es totalmente impotente. Los “evangélicos” modernos que recientemente han bendecido las uniones del mismo sexo, están bendiciendo blasfemamente el mundo de de Sade. Aunque la homosexualidad promovida por de Sade es solo un pecado sexual entre muchos, el poder e influencia de los activistas en la cultura actual la ha convertido en uno de los asuntos más críticos de nuestro tiempo y en el frente de batalla para la preservación no solo de la libertad de expresión, sino también de las ideas mismas de identidad, sexualidad, género y familia humanas normativas. El implacable ataque contra la familia en una cultura de licencia sexual y propaganda homoerótica está produciendo una generación de niños que crecen sin tener idea de cómo es una familia. Claramente, entonces, esto no es solo una cuestión filosófica o teológica que puede quedarse en un mundo abstracto de ideas. Lo que creemos sobre el sexo importa:

Más de la mitad de los niños en Europa nacen de madres solteras. En Suecia, el 54 por ciento de los niños nacen fuera del matrimonio. En Noruega, la cifra es del 49 por ciento, en Dinamarca, del 46 por ciento, y en Islandia, es más del 65 por ciento. Y en Estados Unidos, el 27.6 por ciento de los niños nacen de madres blancas y el 68.8 por ciento de los niños nacidos de madres negras están fuera del matrimonio. Más del 43 por ciento de todos los niños nacidos en Estados Unidos vivirán en un hogar de padres solteros en algún momento de su infancia.9

En esta cultura, plagada de señales de muerte y decadencia, Dios nos recuerda que nos hizo hombres y mujeres: “Por esta razón el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”… “Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe”.10 Vivimos en una cultura que está muriendo y merece morir. Nuestro llamado, en medio de este impulso autodestructivo y deseo de morir, es declarar el justo juicio de Dios sobre el pecado y proclamar la palabra de vida, salud, fuerza, verdad y rectitud a través del evangelio, por medio del cual todas las cosas son hechas nuevas. Pues las Escrituras declaran que si alguno está en Cristo, es nueva criatura: ¡lo viejo ha pasado, lo nuevo ha llegado! Además, debemos manifestarlo en nuestro vida constantemente para que nuestro mundo vea claramente que hay una mejor manera, una forma que conduce a la vida, a la salud y a la paz, no a la muerte y al juicio. Mientras vivimos y actuamos en términos de la Palabra de Dios, por el poder del Espíritu en nuestros hogares, escuelas, universidades, comunidades y lugares de trabajo, podemos ver el poder renovador de Dios en acción, su gracia regeneradora restaurando vidas y comunidades. Mientras lo hacemos, debemos orar: ‘venga tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’.

NOTAS:

  • Peter Jones, El Dios del sexo: Cómo la espiritualidad define tu sexualidad (San José, Costa Rica: Editorial CLIR, 2014), 184.
  • Graham Miller, Calvin’s Wisdom: An Anthology Arranged Alphabetically (Bath: Banner of Truth, 1992), pp. 205-206
  • Ver, Leland Ryken, Worldly Saints: The Puritans as they really were, (Grand Rapids: Zondervan,1986) pp. 39 sigs.
  • Richard Weikart, From Darwin to Hitler: Evolutionary Ethics, Eugenics, and Racism in Germany (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2004), p. 130
  • Ibíd, p. 130
  • Ibíd, p. 132
  • Para un estudio del pensamiento de De Sade y su efecto en nuestra cultura, véase de R. J. Rushdoony, Noble Savages: Exposing the worldview of the pornographers and their war against Christian civilization (Vallecito, CA: Ross House Books, 2005).
  • Alan Sears y Craig Osten, The Homosexual Agenda: Exposing the principle threat to religious freedom today (Nashville: Broadman and Holman, 2003), p. 90 10. Mateo 19:5-6

Joseph Boot es un teólogo cultural, prominente apologista cristiano, pastor fundador del Westminster Chapel en Toronto y fundador del Ezra Institute for Contemporary Christianity (EICC). Originario de Gran Bretaña, ha servido con Ravi Zacharias International Ministries por siete años como apologista radicado en Óxford, Inglaterra, y en Toronto, Canadá.

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