RENÉE DE FRANCIA: UNA CAÑA CASCADA BAJO EL CUIDADO PASTORAL DE CALVINO

Por Simonetta Carr

Reforma Siglo XXI, Vol. 19, No. 1

La caña cascada no quebrará, ni apagará el pábilo que humeare (Isaías 42:3).

Algunas biografías nos dejan con una mezcla de emociones. La oleada de inspiración que obtenemos al leer acerca de la fe inquebrantable de los mártires cristianos o la dedicación absoluta de algunos predicadores o misioneros a veces se ve apagada por la sensación de que no nos podemos ajustar. Es entonces cuando las historias  de personas como Renée de Francia consuelan nuestros corazones, recordándonos que nuestra fe, pequeña o grande, es siempre un don de Dios, que Él ha prometido conservar hasta el final.

Cuando Juan Calvino conoció por primera vez a Renée en 1536, ella era la Duquesa de Ferrara, Italia, en virtud de su matrimonio con el duque Ercole d’Este. En su corazón, sin embargo, como hija del rey Luis XII y Ana de Bretaña, todavía era principalmente una princesa francesa. De hecho, de no haber sido por la ley sálica francesa que prohibía a las hijas heredar el reino, debía haber estado en el trono de Francia, y ella lo sabía bien. Casada con un hombre con intereses muy contrastantes, intolerante de sus hábitos y poco impresionado con su apariencia simple, ella había construido una corte protestante francesa distintiva a su alrededor en donde todos hablaban francés, vestían de acuerdo con la moda francesa, y tenían acceso a los libros y predicadores protestantes.

Juan Calvino era en ese momento uno de los muchos refugiados protestantes que habían abandonado Francia para es- capar de la persecución. A pesar de que acababa de publicar la Institución de la Religión Cristiana, él era todavía bastante desconocido. Por seguridad; sin embargo, usó el seudónimo: Charles d’Eperville.

No sabemos por qué Calvino visitó Ferrara. Él, sin duda, había oído hablar de la fe de Renée. Tal vez tenía la esperanza de encontrar una ferviente protestante como Margarita de Navarra, hermana del Rey Luis, que podría ser fundamental para ayudar a los refugiados franceses y quizás influir en el rey. Lo que encontró fue una mujer fuerte y solitaria, tratan- do de vivir su fe en una situación difícil, atada como estaba por los intentos de su marido para tranquilizar al Papa por razones políticas.

La corta estancia de Calvino en Ferrara tuvo un gran impacto en la corte de Renée, y poco después de su partida algunos se rebelaron abiertamente contra la misa con consecuencias graves. En cuanto a Renée, ella desarrolló un profundo res- peto por el reformador, confiando en él, como atestiguan sus cartas, para ser su mentor espiritual, un papel que Calvino abrazó de todo corazón. Mantuvo correspondencia con ella hasta su muerte, en todas las crisis de su vida.

Doctrinas peligrosas

Los motivos de Calvino para mantener correspondencia con Renée se enumeran en el inicio de su primera carta registrada a ella, su preocupación por su bienestar, su deber como ministro de la palabra de hacer todo lo posible para ayudar a los que están en una posición de poder, y sobre todo la visualización la de la gracia de Dios que había visto en ella durante su visita, tanto que dijo: “me sentiría anatema si no aprovecho cada oportunidad para servirle”.

Esta carta pastoral abordaba un problema que alguien en su corte había traído a su atención: uno de los predicadores de Renée la había convencido de que la asistencia a la misa no estaba mal, sino que en realidad era conveniente, con el fin de no ofender a los hermanos más débiles. Después de recordar a la duquesa que la misa era en realidad un abominable acto de idolatría y blasfemia, Calvino le advirtió:

“Si asistimos para complacer a los ignorantes, al vernos ahí concluirán que la aprobamos y seguirán nuestro ejemplo… Si deseamos evitar ofender a otros, tendríamos que prohibir a Jesucristo, porque él es la piedra de escándalo en que la mayoría de la gente tropieza”.

No sabemos cuánto siguió Renée el consejo de Calvino. Sabemos que ella no rechazó el predicador de inmediato y que asistió a misa al menos en algunas ocasiones, como durante la visita del papa Pablo en 1544. El regalo del duque para ella, en 1540, de la villa en Consandolo, una pequeña ciudad a unas cincuenta millas al sur de Ferrara, le permitió una mayor libertad de culto. Después de 1550, cuando la muerte de algunos protestantes italianos en su región dejó claro que era imposible sentarse en la cerca, tenemos más ejemplos de su abierta negativa a asistir a misa, junto con sus hijas.

La Inquisición y la Caída

En 1553, la Iglesia de Roma puso una presión creciente sobre el duque. Las tendencias religiosas de Renée eran de conocimiento común, y el Papa ya no las podía ignorar. En 1554, un sacerdote jesuita, llamado Jean Pelletier, fue enviado a Ferrara a investigar. Después de evaluar la situación, convenció al duque de adoptar medidas rígidas para traer a su esposa de vuelta al redil católico.

Conociendo la parcialidad de su esposa a Francia, y dándose cuenta de su antipatía y desprecio por Pelletier y sus métodos, Ercole pidió el rey Enrique II, quién era el sucesor de Francisco I, que enviase un teólogo católico francés. El rey Enrique envió Matthieu Ory, del Convento Dominicano en París.

En este punto, Calvino estaba informado del plan. Revelan- do su profunda e inquietante angustia sobre la difícil situación de Renée y expresando la urgencia del asunto, lamentaba su incapacidad para visitarla en persona, enredado como estaba con la administración de la iglesia en Ginebra. A pesar de la escasez de ministros, envió a otro predicador, François de Morel, para consolarla y fortalecerla en ese tiempo difícil.

A pesar de los esfuerzos de De Morel, la situación de Renée empeoró rápidamente. De hecho, de Morel fue descubierto, y el duque, ahora más irritado que nunca, confinó a su esposa a una habitación en su castillo, envió a sus hijas a un convento en las cercanías de Modena y despidió a todo el personal de Renée. Ahora sola, Renée fue sometida a rigurosas clases diarias e ideologías de los dos clérigos en una lucha feroz por su alma.

Ella resistió durante muchos días. Por último, se retractó, primero con Ory, en su interés, tal vez, por mantener buenas relaciones con el rey de Francia, y por último, presionada por las amenazas de no volver a ver a sus hijas otra vez, con Pelletier. No sabemos la sinceridad de su retractación. Por un lado, ella escribió palabras de perfecta sumisión a Francia y a su marido. Por otra parte, Ercole en realidad nunca le creyó y la mantuvo bajo vigilancia cuidadosa hasta su muerte.

Cuando la noticia de su abjuración llegó a Calvino, este comentó con pesar a su amigo Guillermo Farel” “¿Qué puedo decir sino que un ejemplo de constancia es una cosa extraña entre los príncipes?” Escribiendo a Renée; sin embargo, la exhortó en amor, hablando de su negación de la fe como un rumor aún no confirmado.

“Nuestro buen Dios siempre está dispuesto a recibir- nos en su gracia —escribió—, y, cuando caemos, nos tiende la mano para que nuestras caídas no sean fatales …Si, a través de tu debilidad, el enemigo ha conseguido la mejor mano sobre ti, puede no tener la victoria final, pero que sepa que aquellos a los que Dios ha levantado se fortalecen por partida doble contra cualquier lucha”.

Lenta recuperación

Después de su retractación, Renée aparentemente logró vivir relativamente sin alteración en su villa en Consandolo. Podemos deducir esto de algunas señales en las cartas de Calvino:

“Es mala señal cuando aquellos que han emprendido tan implacable guerra para alejarte del servicio de Dios ahora te dejan en paz”.

En otra carta, él la describe como dormida en una condición de esclavitud espiritual.

Sin embargo, sus cartas revelan un fuerte anhelo y apego por el servicio a Dios, que Calvino reconocía como una buena señal. Él envió al menos un ministro más para ayudarla, aunque fuera por un corto tiempo, y continuó exhortándola a buscar un maestro:

“No necesitamos insistirte, ya que sabes bien cuánto lo necesitas”.

En 1559 en su lecho de muerte, Ercole le pidió a Renée prometer de nuevo vivir como católica y dejar la correspondencia con Calvino. Él la había incluido en su testamento con la condición de que ella viviese “de manera católica, como verdadera cristiana”. Movida por las súplicas de su marido moribundo, Renée se derrumbó de nuevo y lo prometió. Más tarde, Calvino le aseguró que, al ser un error con el que había ofendido a Dios, su promesa no era vinculante.

Ahora libre de sus obligaciones matrimoniales, Renée pidió el consejo de Calvino sobre sus planes de volver a Francia. Calvino no ocultó sus dudas. Francia había cambiado mucho desde 1528, y las guerras políticas y religiosas ardían. Además, él no estaba seguro de si Renée se había fortalecido en la fe. Si no era así, se sentía obligado a advertirle que la mudanza muy bien podía llevarla de la sartén al fuego. Él concluyó con una nota positiva, exhortándola a recordar que su “herencia y el descanso eterno no están aquí”, como la Palabra de Dios y su experiencia le habían enseñado.

A pesar de sus advertencias, Renée llegó a Orleans, Francia, el 7 de noviembre de 1560. Pronto se dio cuenta de que Calvino tenía razón. La situación política en Francia era compleja, y se encontraba en una situación difícil, sobre todo desde que su hija mayor, Anne, era la esposa de Francisco de Guisa, uno de los principales protagonistas de la guerra religiosa.

Se trasladó a su castillo en Montargis, con la esperanza de distanciarse de las luchas políticas, pero la guerra la siguió con un aluvión de nuevos retos. La violencia sin sentido de ambas partes la sorprendió hasta tal punto que decidió hacer de su castillo un refugio para todos los heridos, independientemente de su religión. Ella también estaba consternada por las solicitudes de los hugonotes de que ella permitiese  el saqueo de las tiendas propiedad de los católicos en Montargis, y ella se sintió profundamente ofendida por las declaraciones que condenaban a su yerno católico al infierno. Además, hubo cierta fricción entre ella y su ministro y fundador de iglesias, De Morel, en su mayoría pertinentes a su papel en la administración de su personal y su negación de su solicitud para asistir a las reuniones sínodo celebradas en su castillo. Ella envió sus quejas a Calvino, quien había estado en correspondencia con ella todo este tiempo.

Una vez más, Calvino escribió una respuesta larga y detallada, advirtiéndole contra el poder de los afectos personales y resaltando la diferencia entre el deseo de tomar venganza contra los que nos han ofendido directamente y celo por conservar la iglesia de Dios en contra de sus enemigos. Al mismo tiempo, él alabó su negativa a acceder a las peticiones injustas de los hugonotes y convino en que nadie debe declarar otra persona condenada. En cuanto al sínodo, no le prohibió asistir, la amonestó a no interferir en sus decisiones. Principalmente, la ayudó a comprender la importancia de presentar al gobierno de la iglesia:

“Señora, para tener una iglesia debidamente reformada, es más que necesario nombrar a alguien para vigilar la vida de cada persona. Y, de modo que nadie puede sentirse perjudicado por tener que dar cuenta de sus actos a los ancianos, que sean elegidos por la congregación”.

La preocupación cuidadosa de Calvino con los asuntos de la iglesia reformada en Francia, y su minuciosa investigación de cada asunto que le era referido, es sorprendente si tenemos en cuenta su participación concurrente con la reestructuración de la iglesia en Ginebra y el desarrollo de apremiantes doctrinas teológicas. Renée aún sentía; sin embargo, que había muchos problemas graves de los que no era consciente:

“Le ruego, señor Calvino, que pida a Dios que le muestre la verdad de todas estas cosas, ya que oro para que, a través de usted, Dios exponga las obras ocultas de maldad que prevalecen en este mundo y en este tiempo”.

Ella no sabía que Calvino estaba muy enfermo en ese momento. Su respuesta fue corta. Después de una explicación poco característica de sus terribles dolencias, se dirigió a sus problemas brevemente. La exhortó a no irritarse demasiado por cosas a su alrededor, la alabó por una vida vivida en la fe, y la animó a seguir adelante.

Menos de ocho semanas más tarde, el 27 de mayo de 1564, Calvino murió, y Teodoro de Beza, su sucesor en Ginebra, continuó la correspondencia con Renée. La duquesa vivió durante diez años más, apoyando aún la difusión de la fe protestante, sin intervenir en la arena política. Poco a poco, la comunidad de refugiados protestantes en Montargis se convirtió en lo suficientemente grande como para conceder la construcción de un colegio protestante.

Antes de su muerte el 15 de junio, 1575, Renée incluyó un prólogo en su testamento con una declaración escrita en ter- cera persona, confesando su desobediencia grave “a pesar de haber sido instruida en la Palabra pura de Dios y de la verdad, una bendición que no tiene igual en este mundo”, dando a Dios toda la gloria para la preservación de su fe. Ella terminó el preámbulo con una resolución de confesar la verdad de Dios “con el corazón y los labios hasta su último aliento, de modo que, en la vida y en la muerte, pudiese vivir y morir por el Señor Dios”.

Simonetta Carr nació en Italia y ha vivido y trabajado en diferentes culturas. Una exmaestra de escuela primaria, ella ha educado en casa a sus ocho hijos por muchos años. Ella es la autora de la serie de Biografías cristiana para jóvenes lectores (Reformation Heritage Books) y actualmente está trabajando en una breve biografía de Renée de Francia por Evangelical Press. Vive en Santee, California, con su familia y es miembro y maestra de escuela dominical en Iglesia de Cristo Unida Reformada.

Tomado de Revista Modern Reformation, Volumen 20, Número 2. Usado con permiso.

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