UN LLAMADO A LA VALENTÍA: HOMBRE Y MUJER EN PERSPECTIVA BÍBLICA

Por R. Albert Mohler

Reforma Siglo XXI, Vol. 6, No. 1

Las líneas de batalla en el cristianismo moderno cruzan muchos temas, pero ninguno tan volátil como el asunto de género. Mientras los cristianos han estado reflexionando sobre este tema en años recientes, un patrón claro de divergencia ha aparecido. Algo más importante que la cuestión de género está en juego, ya que las implicaciones de la controversia llegan hasta la esencia más profunda del cristianismo y la autoridad bíblica. 

Por demasiado tiempo las personas que sostienen una perspectiva tradicional de los papeles del hombre y la mujer han permitido que otros los acorralen en una postura defensiva. Dado el espíritu de los tiempos y la presión enorme cultural a que todos se conforman, los tradicionalistas son acusados hoy de ser terriblemente anticuados. Hoy es un buen momento de reconsiderar los asuntos básicos de este debate, y de reafirmar los argumentos a favor de la perspectiva bíblica del hombre y de la mujer.

El meollo

La pregunta más básica de esta controversia se resume en esto: ¿Ha creado Dios a los seres humanos como hombre y mujer con un propósito revelado en las escrituras en cuanto a cómo debemos relacionarnos unos con otros? El mundo secular hoy está comprometido profundamente con una confusión sobre esto. Negando al Creador, la cosmovisión secular considera que el género es nada más que un derivado accidental del proceso evolutivo ciego. Por tanto, el género es reducible a un hecho simplemente biológico, como argumentaban las feministas: «la biología no constituye el destino».

Esta rebeldía radical en contra del concepto de un patrón divino de género ha llegado hoy a extremos antes inimaginables. Si el género es nada más que un accidente biológico, y si los seres humanos no tienen ningún deber moral de darle importancia a su género, entonces los teóricos radicales y los promotores del homosexualismo tienen razón. Si nuestro género es un factor secundario en cuanto a la esencia de nuestra humanidad, entonces podemos realizar cualquier ajuste, alteración o transformación en las relaciones entre los géneros que nuestra generación considere deseosa o necesaria.

La cosmovisión pos-moderna abraza la noción de género como ‘un invento social.’ Los pos-modernistas argumentan que nuestras ideas de lo que es ser ‘hombre’ y ‘mujer’ son formadas totalmente por la sociedad en que vivimos. Por supuesto, el pos-modernismo cree que toda verdad es una ‘construcción social’, pero cuando el tema es género, los argumentos se tornan más volátiles. El argumento feminista se reduce a la declaración que las fuerzas patriarcales en las sociedades han definido lo que es ser hombre y mujer de tal manera que todas las diferencias atribuidas a las mujeres representan el esfuerzo por los hombres de proteger su posición de privilegio.

Este argumento universalizado del feminismo radical explica el porqué tiene que ser ligado al esfuerzo de los homosexuales. Si el género es una construcción social, y las diferencias entre hombres y mujeres es nada más que un invento social, entonces lo normativo de las relaciones heterosexuales cae también como nada más que una preferencia sexual de los privilegiados de la cultura.

La utopía promovida por las feministas ideológicas sería un mundo libre de toda preocupación con respecto al género – un mundo en que los términos masculino y femenino serían borrados como nociones anticuadas, y llegaría una edad en que las categorías de hombre y mujer serían cambiables y negociables. En la perspectiva pos-moderna, todas las estructuras son plásticas y todos los principios líquidos. El pos-modernismo dice que los siglos anteriores nos han influenciado de tal manera que creemos que los hombres y las mujeres son distintos en formas significativas, pero la nueva era no promete liberarnos de tales errores, y nos llevará hacia un nuevo mundo de una consciencia transformada con respecto a género.

Elizabeth Elliot dijo una vez, «Durante los milenios de la historia humana, hasta hace unas dos décadas, todos daban por sentado que las diferencias entre los hombres y las mujeres eran tan obvios que no podría haber discusión. Aceptaban las cosas como eran. Pero nuestros presupuestos han sido asaltados y confundidos, nos hemos perdido en una neblina del discurso sobre algo que llaman ‘la igualdad’, de tal forma que me encuentro con la tarea incómoda de machacar ante gente preparada lo que antes era patente para la persona más humilde».

En respuesta al feminismo, los tradicionalistas seculares argumentan que la experiencia histórica de la raza humana afirma las distinciones importantes entre los hombres y las mujeres, y los diferentes papeles en la familia y la sociedad en general. Los tradicionalistas seculares tienen a su favor el peso de la historia y reclaman autoridad con base en la sabiduría acumulada de las edades. Como evidencia, estos tradicionalistas señalan el patrón consistente de matrimonio heterosexual en todas las culturas, y la realidad no-negable histórica que los hombres han predominado en las posiciones de liderazgo y que el papel de las mujeres ha sido principalmente orientadas al hogar, los hijos y la familia. Por tanto, advierten estos tradicionalistas, el feminismo representa una amenaza al orden social, y que la consciencia transformada de género que demandan las feministas llevaría al caos social.

Sin duda, los tradicionalistas llegan al debate con un argumento fuerte. Realmente tiene la historia a su favor, y debemos reconocer que la experiencia histórica de la raza humana es significativa. Algunas de las feministas más honestas dicen que su propósito es volcar este patrón histórico, y muchos de sus estudios son dirigidos en identificar y borrar el patrón patriarcal en el futuro. El problema con los tradicionalistas seculares es que su argumento, al fin y al cabo, es esencialmente secular. Se puede reducir su argumento a la declaración que la sabiduría heredada de la experiencia humana debe formar un imperativo moral que nos debe guiar en el presente y en el futuro. Este argumento, sin embargo, aunque poderoso y aparentemente correcto, tampoco convence. Las personas modernas han sido enseñadas desde la cuna a creer que toda generación debe formarse de nuevo y que el pasado no cuenta.

La ética moderna de ‘liberación’, ahora arraigada profundamente en la mente de la persona moderna, indica que las tradiciones del pasado perfectamente pueden ser una prisión de la cual la generación presente debe demandar su libertad. Es aquí donde los tradicionalistas bíblicos deben entrar al debate con vigor. Compartimos terreno común con el argumento de los tradicionalistas seculares. Los tradicionalistas bíblicos afirmamos que la experiencia histórica del hombre debe informar el presente. También afirmamos que el patrón perdurable de papeles distintos de hombres y mujeres, y la importancia central de la familia natural, presentan un argumento que debe ser tomado como descriptivo y prescriptivo. Sin embargo, el argumento más fundamental de los tradicionalistas bíblicos llega más allá que la historia.

En esta era de confusión desbordada, debemos volver a abrazar el concepto bíblico del hombre y de la mujer. Nuestra autoridad debe ser nada menos que la Palabra revelada de Dios. Entonces, a la luz de la biblia, la historia afirma lo que la biblia revela claramente – que Dios hizo al hombre a su imagen, tanto hombre como mujer, y que el Creador ha revelado su gloria tanto en las semejanzas como en las diferencias con que él dotó a los seres humanos cuando los hizo hombre y mujer.

Cuando estamos confrontados con la evidencia bíblica, estamos obligados a tomar una decisión interpretativa vital. Debemos escoger entre dos opciones y no hay tercera: (1) Afirmamos que la biblia es la Palabra infalible de Dios, y como tal presenta una visión completa de la verdadera naturaleza humana en su unidad como en su diversidad, o (2) La biblia es, en una medida u otra, distorsionada por una visión patriarcal y machista que debe superarse en favor de la raza humana.

Para los tradicionalistas bíblicos la opción es clara. Entendemos que la biblia es una presentación hermosa de la complementariedad de los sexos, y que tanto los hombres como las mujeres están encargados de reflejar la gloria de Dios en diferentes formas. Por tanto, existen distinciones reales que enmarcan las diferencias entre la masculinidad y la feminidad, hombre y mujer. Con base en la autoridad bíblica, debemos criticar tanto el presente como el pasado cuando el patrón bíblico ha sido distorsionado o negado. De igual manera, debemos mirar hacia el futuro, con nuestras iglesias y nuestros hijos, reconociendo que la gloria de Dios está en juego con respecto a nuestra obediencia o desobediencia a sus designios.

Durante mucho tiempo los que sostienen el patrón bíblico de las distinciones de género se han dejado callar, marginar, y avergonzarse cuando los nuevos teoristas de género los confrontan. Ahora es el tiempo de tomar de nuevo impulso, hacer nosotros las preguntas difíciles, y mostrarle a esta generación el designio de Dios para el hombre y la mujer. La gloria de Dios se manifiesta al mundo en la complementariedad de los hombres y las mujeres. El reto para hoy es ¡a la valentía cristiana!

El Dr. Albert Mohler sirve como presidente de Southern Baptist Theological Seminary, uno de los seminarios más grandes del mundo. Mohler es teólogo, pastor, autor y conferencista. Tiene además su propio programa radial. Este artículo fue publicado en la página web de Council for Biblical Manhood and Womanhood, y ha sido traducido con permiso. Puede visitar este sitio en inglés: www.cbmw.org

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