¡SÓLO DOY GRACIAS A DIOS!: EL PENSAMIENTO DEL EVANGÉLICO TÍPICO DE NUESTROS DÍAS

Por Augustus Nicodemus Lopes

Reforma Siglo XXI, Vol. 10, No. 2

Hace poco alguien me preguntó sobre la mayor necesidad de la iglesia evangélica en Brasil. No tuve ninguna duda en responder: El ejercicio de disciplina bíblica. Sé que existen iglesias que disciplinan a sus miembros y líderes, y hasta cometer abusos en eso. Pero creo que estas iglesias ya se volvieron la minoría. En mi evaluación, la gran mayoría de las iglesias de todas las denominaciones no ejercen la disciplina eclesiástica sobre sus miembros y líderes, o cuando lo hacen, lo practican de forma equivocada, arbitraria, y sin tener presente las enseñanzas bíblicas sobre este asunto.

Para mí es un asunto relevante, pues la disciplina en la Iglesia tiene como meta mantener su pureza, y restaurar a los ofensores. La disciplina constituye una de las marcas de una iglesia verdadera de Cristo. Donde el pecado pasa impune, los ofensores no son reprendidos, corregidos ni restaurados; donde los líderes cometen pecados públicos, claros, y no dan cuenta a nadie de sus hechos, ¿podrá estar ahí la verdadera iglesia del Señor, por la cual derramó su preciosa sangre para hacer un pueblo puro y santo?

A mi concepto, todo comienza por la absoluta falta de dar cuentas de sus hechos—y esto caracteriza líderes y miembros de las iglesias. Nadie se siente deudor a nadie—sólo a Dios— olvidando que fue el mismo Dios que instituyó la disciplina eclesiástica como instrumento de mantener la Iglesia pura, y restaurar a los caídos. Esto es especialmente claro en el caso de líderes que construyen su imperio eclesiástico, y que no se encuentran bajo ninguna persona ni grupo que los pueda disciplinar o corregir en caso de una falta. Pecan impunemente en el nombre del perdón y de la tolerancia divina.

Las mismas iglesias no ejercen la vigilancia, el celo, o el cuidado que deberían para con los miembros ofensores. Prefieren ocultar los pecados cometidos o ejercer algún tipo de restricción que ni siquiera se puede reconocer como disciplina. Y los miembros no se sienten obligados a dar cuentas de sus hechos a las iglesias donde se congregan y por tanto, en caso de ser hallados en algún pecado, no se sujetan a ninguna medida correctiva y se pasan para otra iglesia.

En mi opinión, las cosas están en un estado de caos, y esto compromete la imagen de los evangélicos a los ojos del mundo, quienes conocen el comportamiento irregular de los líderes y de los creyentes por varios medios. Junto con la crisis de identidad y de doctrina, la falta de disciplina sólo hace más grave la situación en que la iglesia se encuentran.

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