SEÑALES PENTECOSTALES

Por Daniel R. Hyde

Reforma Siglo XXI, Vol. 7, No. 1

Sermón

Hechos 2:1-13

¿Cómo sería posible que tanto el individuo como la iglesia llegaran a tener un interés arduo por la adoración como un celo por el evangelismo todo «lleno del Espíritu»? Esta es una pregunta que se nos presenta hoy en día. Según la Santa Escritura es claro que hay dos maneras de buscar ser «lleno del Espíritu».

La primera es por el camino humano, el camino de la Ley. Recordemos las palabras del apóstol Pablo en Gálatas 3:2. «Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?» Como una iglesia joven en crecimiento, ¿vamos a «estar en el Espíritu» por confiar en las leyes de métodos, programas, investigaciones sicológicas, y las cosas que hacemos? Esta es la manera humana.

La segunda manera es el camino de Dios, el camino del evangelio. Nuestro texto esta mañana no es un texto de «instrucciones» de la ley, sino un texto «ya completo» del evangelio. Y nos declara que como la iglesia ya somos llenos del Espíritu. ¡Esta es una noticia maravillosa y gozosa para nosotros hoy en día! No necesitamos, ni podemos, hacer algo para «estar en el Espíritu»; sino que debemos simplemente recibirlo a él y su mensaje por medio de la fe, ordenada por Dios.

El día de Pentecostés había llegado

Comencemos con nuestro texto que dice, «Cuando llegó el día de Pentecostés.» ¿Qué era Pentecostés? Era una de las tres fiestas observadas por todos los varones hebreos (Éxod. 23:17), que se celebraba en el decimoquinto día después de la Pascua. Se llamaba «la fiesta de la siega» (Éxod. 23:16) porque se celebraba el final de la cosecha de la cebada que el Señor había proveído abundantemente. Nuestro texto dice que el día de Pentecostés «llegó» (2:1). 

¿Qué significa la frase «cuando llegó»? Lucas usa una palabra con un significado especial y profético. La palabra traducida «ha llegado» es usada en la versión griega de Jeremías 25:12 para decir que los setenta años del exilio babilónico fueron «cumplidos». Lucas también la utiliza para decir que «se cumplió el tiempo» para la ascensión del Señor al cielo (Lucas 9:51). Como nosotros decimos que «se acabó el tiempo» cuando los granos de arena llenan la hora de arena, en la misma manera vemos el cumplimiento de esta fiesta en Hechos 2. Lo que los discípulos celebraron no era el final de esta fiesta tipológica del Antiguo Pacto, sino el comienzo de la realidad del Nuevo Pacto. Este es el amanecer de la nueva era, el principio de la cosecha de las naciones que vienen al Monte de Sion para ser enseñadas por el Señor mismo (Isa. 2:2-4).

Pentecostés fue cumplido; nunca se repetirá. Pero los beneficios y bendiciones de ese día continúan. El tiempo había llegado para el Señor Jesucristo – nuestro Segundo Adán, el Verdadero Israel – para recibir el premio de su mérito, el Espíritu Santo. Pero ahora él ha derramado sobre nosotros este Espíritu (2:33), para recoger la iglesia de los cuatro puntos cardenales de la tierra.

La señal del Nuevo Pacto (2:2)

En una habitación insignificante, llena con 120 hombres y mujeres insignificantes, el significado de aquel día sería conocido por una señal poderosa. No era una brisa fresca ni suave que los refrescó, sino «un viento recio que soplaba», llenando toda la habitación y significando que la iglesia es una nueva creación.

Piense en eso por un momento. Damos por hecho que en la Escritura este viento con frecuencia significa el Espíritu Santo. Pero, ¿por qué es así? Porque como Jesús dice, «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8). El viento es soberano, poderoso, y controlado por sí mismo. Y también así es el Espíritu Santo.

Aprendemos en Génesis 1:2 que el Espíritu es la presencia soberana y creativa de Dios. «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas» (Gén 1:1-2). En el principio Dios creó todas las cosas de la nada, por su soberana voluntad. Pero la tierra todavía estaba desordenada. Entonces el Espíritu de Dios viene y se mueve sobre esta masa de caos para crear de nuevo, para labrar, para formar del caos un templo bonito para el Señor. Desde el verdadero principio el Espíritu es la presencia recreativa de Dios.

Miremos también Génesis 2:7: «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.» Adán era «del polvo,» significando que fue hecho de la misma cosa sobre que usted camina cada día. Adán era polvo, un terrón de barro sin vida. Es el poder creativo y dador de vida del Espíritu, el «aliento de vida» – el aliento que da vida – que lo hizo un ser viviente.

Tanto en la Creación, como en la Redención. Ezequiel ve al valle lleno de los huesos de los muertos (Eze. 37:1), y el Señor le manda que los vivifique por predicar a ellos. La predicación del evangelio – el anuncio de lo que Dios va a hacer – resulta que el respiro entre en los huesos, que tengan carne y vida. El versículo 11 dice, «todos estos huesos son la casa de Israel.» Una vez más el Espíritu re-crea, pero esta vez es su pueblo, el pueblo del pacto, quienes son formados de prácticamente nada – ¡huesos sin vida y podridos!

Recordemos, amados, que antes de la obra del Espíritu Santo en darnos vida, nuestras almas eran oscuras y vacías, sin forma e inútiles. Nosotros estábamos, y todavía estamos, llenos de pensamientos depravados, llenos de oscuridad. Nosotros éramos esa vasija de barro, muerto en nuestras transgresiones y pecados. La ley nos mandó a «amar al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo,» pero no teníamos poder para obedecer. Ni tampoco la ley nos da este poder. Estábamos en un valle de los muertos, huesos secos, un desierto de muerte espiritual y eterna.

Pero, ¡he aquí lo que Dios ha hecho por nosotros! Nos ha hecho una nueva creación — ¡su iglesia! ¡Ha dado luz a la oscuridad, carne a los huesos! Como dicen los Cánones de Dort, «Lo que, entonces, ni la luz de la naturaleza ni la ley podía hacer, Dios lo hace por la obra del Espíritu Santo a través de la palabra o ministerio de reconciliación, que es el evangelio.» No solamente como individuos, sino también como la iglesia de Jesucristo somos una nueva creación. Como cantamos, «La fundación única de la iglesia es Jesucristo su Señor; ella es su nueva creación por agua y palabra.»

Corporativamente como iglesia hemos recibido nueva vida, resucitada de entre los muertos. Hemos sido hecha una vasija de honor para glorificar a Dos, a través de la proclamación a otros la nueva vida maravillosa que Dios nos ha dado. No somos los ‘escogidos congelados’, sino una comunidad de fe llena del Espíritu, habilitada por el Espíritu, y ungida por el Espíritu, yendo al mundo para compartir la gloriosa noticia de Cristo crucificado, muerto, y resucitado.

La Señal de un Nuevo Templo (2:3-4)

La segunda señal, «lenguas repartidas, como de fuego,» significa que la iglesia es un nuevo templo.

La imagen de fuego en la Biblia significa a la vez limpieza y juicio. Todos los que estaban presentes en aquel último Pentecostés de cierto conocían la historia de la zarza ardiente en Éxodo 3. El sitio donde estuvo Moisés era «tierra santa» porque estaba allí Yahweh, señalado por la zarza ardiendo. La imagen de fuego ilustra el aspecto de limpieza de la santidad y pureza de Dios. Pero el fuego de la santidad de Dios también trae justicia, forzando a Moisés a inclinarse para reconocer su falta de santidad.

La presencia de Dios con su pueblo en el desierto fue señalada por la columna de fuego cada noche. Este fuego animó a Israel con protección y dirección, pero advirtió a los egipcios de juicio si cruzaban su límite.

Lo más importante para nuestro texto es la historia de la construcción del tabernáculo en Éxodo 40:34-38 y luego lleno de la nube de gloria, una de las imágenes del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento. Nos dice que cuando el tabernáculo fue cumplido, el Espíritu descendió para dar su aprobación en consumir las ofrendas y llenar el Lugar Santísimo con gloria. Este es el mismo Espíritu que descendió para dar sus bendiciones al primer «templo,» la tierra «buena en gran manera» (Gén. 1:31). Entonces, todos que llevaron ofrendas al tabernáculo sabían que iban a ser limpiados, como con la plena confianza de que sus ofrendas eran juzgadas en fuego, por sus pecados.

Pero sabemos que el pueblo fracasó, con el resultado de que el templo y su sacerdocio eran corrompidos. Sin embargo, el Señor profetizó en el evangelio acerca de un día venidero, cuando se manifestaría en su templo y purificaría a los sacerdotes de Leví como «fuego purificador» (Mal. 3:2-5). En Pentecostés, el tabernáculo terrenal y tipológico es cumplido por la realidad celestial, aun por el Señor Jesucristo mismo (Juan 2:21; Heb. 10:20). Los profetas anticiparon este templo más glorioso en la persona de nuestro Señor, y en su cuerpo la iglesia (Hag. 2:9).

Y entonces Lucas anota para nosotros en versículo 4 que «fueron todos llenos del Espíritu Santo.» La iglesia, este nuevo templo, con su nuevo sacerdocio de todos los creyentes, fue purificada cuando fue «lleno» por este mismo Espíritu Santo.

La Señal de una Nueva Humanidad (2:4-13)

No hay solamente una nueva creación y un nuevo templo en esta nueva creación, sino también una nueva humanidad para adorar como este templo. Y aprendemos que la iglesia es una nueva humanidad en la señal de los idiomas de las naciones.

Pentecostés invirtió la maldición de la torre de Babel (Gén 11:1-9). En Babel «tenía toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras,» y comenzaron a elevar su propia justicia en la forma de una ciudad que ascendió al cielo. Pero Dios lo vio y descendió sobre ellos en justicia para «confundir allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero.» Entonces «los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra.» La diversidad de idiomas y grupos étnicos de la tierra es un juicio de Dios.

Pero la iglesia es una nueva humanidad, en la que la gracia de Dios corrige la maldición de división. Por esta gracia los diversos pueblos son unidos en un solo pueblo, el pueblo del Señor, y por su gracia son unidos en un solo cuerpo, el Cuerpo de Cristo. Los profetas anticiparon que en la nueva era del Espíritu «habrá cinco ciudades en la tierra de Egipto que hablen la lengua de Canaán, y que juren por Jehová de los ejércitos» (Isaías 19:18). ¡Los que antes odiaron Dios y su pueblo lo conocerán como Salvador! Y entonces, aun ahora los que estaban «lejos» (Efe. 2:13) han llegado a ser hijos de Abraham, en quien «serán benditas todas las familias de la tierra» (Gén. 12:3).

Qué mensaje de unidad y bendición; qué mensaje tenemos para el mundo. En toda nuestra diversidad de veras hemos llegado en unidad esta mañana. Somos unidos alrededor la mesa, sobre que Cristo nos da a él mismo a través del poder del Espíritu Santo. A pesar del color de nuestra piel, el origen de nuestro nacimiento, o la ideología de nuestro pensamiento, somos unidos ante el mundo como testigos de la gracia salvadora de Dios, en la que «no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál. 3:28).

¡Que vivamos como esta nueva creación, asi como este pan y vino levantan nuestro corazón a los nuevos cielos y la nueva tierra! ¡Que traigamos el sacrificio de alabanza así como este pan y vino nos recuerdan del templo en esta nueva Jerusalén, o sea Jesús! Y ¡que tengamos amor más ferviente de unos para con otros como una nueva humanidad, aun como venimos a esta mesa y recibimos de un solo pan!

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