REFORMADORES POCO PROBABLES: GIROLAMO SAVONAROLA – Parte 1

Por Gerry Wisz

Reforma Siglo XXI, Vol. 10, No. 2

¿De Quién Es El Futuro?

Parece cuestionable si Savonarola, un fraile dominico de finales del siglo quince, puede ser llamado con justicia un “reformador”. Ciertamente Savonarola no fue un reformador en el sentido clásico: Mientras Wyclif y Hus dejaban su marca en el Continente y en Inglaterra mucho antes que Savonarola naciera—Wyclif por dos generaciones—es poco probable que el predicador florentino supiera algo acerca de ellos. Savonarola jamás viajó más allá del norte del Ducado de Milán, y si hubo alguna noticia que le interesara y que proviniera del norte— como era lo cierto de todas las ciudades-estado del norte de Italia en esa época—tenía que ver con las ambiciones de Francia, que eventualmente invadió Florencia.

Savonarola tampoco fue un exegeta a nivel de Wyclif y Hus, sin embargo amaba la Palabra de Dios y debido a su inteligencia (algunos opinan que pudo haber tenido una memoria fotográfica) probablemente memorizó la mayor parte de ella. Abandonar la Iglesia Católica Romana en la Italia de los años 1470s—cuando Savonarola alcanzó una edad mayor—equivalía a abandonar el Cristianismo. Nació y murió en ella (y fue martirizado por ella.)

Savonarola era, en el fondo, un pactista: La Palabra de Dios era verdadera o no lo era, y si era verdadera, se aplicaba de una manera clara, diáfana y abierta a todos los miembros bautizados de la Iglesia y de este modo debía ser obedecida, independientemente si a ellos les agradaban o no aquellas aplicaciones. También era visto a veces como un santo simple y profundo, tremendamente perspicaz y sumamente ingenuo, y aunque no daba apariencia ninguna de maldad también se le tildaba de hipócrita; y hasta el día de hoy los estudiosos debaten sobre los motivos que hubo detrás de su estridente ministerio (como sin duda hicieron los Fariseos con respecto al ministerio de Juan el Bautista, y más tarde, el del mismo Señor).

Aquellas aplicaciones expuestas en el púlpito no solamente tenían que ver con la reforma del corazón—por supuesto que también incluía este tipo de aplicaciones—pero así como había de este tipo, también, por necesidad, estaban aquellas que tenían que ver con toda la sociedad florentina, su conducta inmoral, el ámbito político, las hegemonías económicas y eventualmente, como él mismo insistió, la misma Roma. Savonarola es recordado aún hoy gracias a esta insistencia audaz y sin barreras desde el púlpito—y por la manera tan novedosa en que fue llevada a cabo. Es lo que le convirtió en el hombre más temido y admirado en Florencia por una temporada, y también— mientras permanecía en la horca de la plaza central de la ciudad soportando al gentío que se burlaba de él pocos años más tarde—en el más despreciado y odiado de sus ciudadanos.

Los Primeros Años

Girolamo nació en 1452, siendo el tercer hijo de Niccolo y Elena (Bonacolsi era su apellido de soltera) de Savonarola. Tenía dos hermanos mayores y tendría otros cuatro hermanos. Más tarde uno de sus hermanos llegó a ser soldado profesional, otro siguió a Girolamo a la Orden Dominica como predicador, y un tercero—siguiendo a su abuelo Michele—llegó a ser médico. Los Savonarola y los Bonacolsi eran familias nobles, y en un período particular los Bonacolsi gobernaron Mantua.

Los Savonarola llegaron a Ferrara desde Padua, donde el abuelo Michele había renunciado a un puesto de enseñanza en la universidad para tomar el empleo de médico del Duque de Ferrara. Michele, quien ejercía una influencia mayor sobre Girolamo de la que ejercía su padre, Niccolo, fue una especie de Daniel en los salones del rey pagano—exitoso y aparentemente no era algo que le gustara mucho. Era erudito y piadoso, y leía la Biblia y a Tomás de Aquino tanto como a Galeno. Sus escritos existentes están llenos de enseñanzas moralizadoras, sutilezas doctrinales y advertencias en las que amonestaba que aquellos “quienes deseaban servir a Dios debían huir” de la corte.

La inmoralidad de la Corte de Ferrara era algo que atormentaba al anciano, quien se entristecía por su maldad y su hipocresía religiosa. La inmoralidad era algo común entre el clero de alto rango lo mismo que entre los nobles, quienes se encubrían los unos a los otros. La homosexualidad no era inusual. A los hijos ilegítimos del clero y de los nobles de más alto rango, aunque no eran herederos, se les concedían preferencias sobre otros provenientes de familias nobles e independientemente de la habilidad. La corte vivía rodeada de lujos, decadencia y corrupción.

Aunque Niccolo—quien oscilaba entre los éxitos ocasionales y los fracasos en el campo de los negocios—quería ver al joven Girolamo seguir sus pasos en el campo del cambio de moneda (hoy llamamos a este negocio intercambio de moneda), el abuelo, quien sirvió como tutor de Girolamo desde que tenía cinco años, evidentemente tuvo un impacto mayor y más duradero. Instruido en casa en las áreas de matemáticas, física, literatura y retórica, filosofía y Latín o “gramática,” y posteriormente en la Biblia y en la teología mayormente por su abuelo, Girolamo comenzó a desarrollar la actitud del abuelo Michele con respecto a la vida y los asuntos de la Corte de Ferrara. A medida que crecía hasta llegar a la adolescencia, sus padres se pusieron nerviosos y temían por el futuro “político” del joven Girolamo.

Avanzando Más Allá de la Línea

Después que un breve período de cortejo terminara mal y que muriera el abuelo Michele, Girolamo, ahora a inicios de sus veinte años, atravesó una crisis de identidad y vocación. Trataría de estudiar medicina, pero la abandonó de manera abrupta, luego filosofía—avanzando de forma completa iniciando con Platón, de allí a Aristóteles y luego a Tomás de Aquino cuya Summa Teológica ingirió de forma completa, aunque de alguna manera jamás le satisfizo tanto como la Biblia en sí. Más tarde en vida, diría de Aquino, “Siempre le amé y le reverencié hasta que dejé las cosas mundanas”. Girolamo no fue exactamente un joven bien parecido. Era baja estatura, tenía labios gruesos, una gran nariz y caminaba de manera desgarbada. Así que, no es de sorprenderse que tuviera un éxito menos que estelar en la corte, de modo que se volvió a sus libros. Las cosas iban a resultar; sólo había que darles algo de tiempo. Pero, lo que para sus padres y para otros que le conocían parecían ser uvas agrias era algo más que tan sólo un “espíritu crítico” nacido de la envidia y la frustración. Las pasiones de Girolamo eran tan intensas como las de cualquiera, pero yacían en alguna parte. Y si se hallaba apasionado y frustrado, no sería por su posición en la corte o por la perspectiva de su vida amorosa, sino por una condición espiritual disoluta que aquellos cercanos a él simplemente aceptaban como el stato quo.

El joven Girolamo escribió poesía siguiendo los pasos de Petrarca, un ejercicio común entre los jóvenes varones estudiosos en la Italia del Renacimiento. Con la diferencia que allí donde otros empleaban los temas comunes del amor cortesano y el breve e inocente comentario político correctivo, las líneas del joven Savonarola se oían como pasajes del Libro del Apocalipsis. Sus versos están llenos de imágenes de la fatalidad que le espera a una Iglesia caprichosa, y le echa la culpa de esto directamente al clero, incluyendo a Roma.

La tierra está tan deprimida por los vicios que nunca más estará en pie otra vez. Y Roma, la capital, se hunde en el estiércol. Nunca más se levantará de nuevo.

Estas son líneas que escribió a la edad de 20 años en su poema De Ruina Mundi. Sin embargo, su amor por la probables Iglesia permanece intacto; de hecho, Girolamo la alegoriza presentándola como una víctima con la cual se identifica:

La Iglesia “deambula pobre, con sus partes expuestas, Su cabello en jirones y sus guirnaldas rotas; Es blasfemada por perros, los estafadores de nuestros santos días”. 

Por Sobre la Línea

Para Girolamo la batalla era de carácter interno, pues ahora, tres años después de haber escrito De Ruina, huye de la corte de Ferrara (como su difundo abuelo probablemente le había recomendado) sin decirle a su familia y termina en Bologna en el convento de San Dominico. Savonarola sentía que debía tomar bando, y lo escogió. Miraba al clero italiano como corrupto y desfigurado, sin embargo no miraba ninguna otra avenida para ir en pos de una vida piadosa excepto esta. Sus padres estaban fuera de sí llenos de una pena profunda y enojados por su decisión. Girolamo, a su vez, los consuela y los reprende por esto.

“¿Por qué están llorando, ciegos?” Le escribe en una carta a su padre. “¿Por qué tanto llanto y murmuración, gente sin luz?” Conociendo la preocupación de su padre por su futuro, Girolamo compara su situación con el hecho de haber sido seleccionado como caballero por el Duque de Ferrara. Si eso hubiera sucedido, habría festejos durante días y noches, pero ahora que se halla en el entrenamiento básico para llegar a ser un caballero de la Cruz, hay llanto y gemidos, cuando debiera haber un gozo inexplicable. ¿Si no soldado, entonces un doctor, como el abuelo? Bien, entonces, “puesto que el alma es más preciosa que el cuerpo, alégrense y regocíjense de que el Dios glorioso está haciendo de mí un doctor de almas,” escribe él.

Girolamo ya poseía un título universitario cuando salió de Ferrara de modo que su progreso fue bastante rápido. Aunque estaba inscrito en un programa de cuatro años de duración que le llevaría a su ordenación, ya había tomado sus “votos” después de tan sólo un año. Cuando completó sus estudios y recibió la ordenación, cuando sus talentos y devoción eran ya notables, inmediatamente fue enviado—a la edad de 27 años—a otro convento para ser el maestro principal de otros novicios. Más tarde reflexionaría en vida que todo esto fue la preparación para su ministerio en “la ciudad de mi destino,” Florencia—una ciudad dura, superficial y mundana que él conquistaría— aunque fuese sólo por una temporada—con sus propias palabras, que provenían totalmente de otro mundo aún cuando ellos insistían en ser obedecidas en este mundo. El siguiente artículo abordará el tema de los comienzos de ese ministerio.

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