REDEFINIENDO LA «ADORACIÓN» PARA UNA ÉPOCA AUTÓNOMA

Por Ronald Feuerhahn

Reforma Siglo XXI, Vol. 7, No. 1

Hoy en día la palabra «adoración» tiene un significado diferente para cada persona. Sin embargo estos significados tienen algo en común, una descripción de adoración que muchos reconocen. Esta descripción es lo siguiente: «Cuando adoro, doy gracias y alabanza a Dios.» ¿Suena como algo conocido?

¿Existe una manera diferente para describir la adoración? ¿Hay otra definición de la adoración?

La descripción antes mencionada implica una acción de parte de las personas –nosotros o yo– hacia Dios. Yo soy el sujeto de los verbos –la fuente de «agradar» y de «alabar»– y Dios es el objeto. Yo soy el actor; Dios es el público. Sin embargo, ¿podría ser expresado en una manera diferente? Yo quiero, yo necesito, es un requisito para mí; yo debo alabar a Dios, darle gracias por su misericordia hacia mi, sus regalos a mi, etc. Por supuesto, todo eso es correcto. Pero, ¿es este el mejor punto de partida para la adoración cristiana? ¿Es esto el énfasis principal de la adoración cristiana – desde mí hacia Dios? El lenguaje puede ser ambiguo y engañoso. Por ejemplo, cuando identificamos algo como «la adoración de Dios,» ¿significa nuestro trabajo para Dios o la obra de Dios para nosotros? La palabra de puede significar cualquier opción, para Dios o desde Dios. A veces hablamos de un «culto de adoración.» Una vez mas, ¿significa nuestro servicio para Dios o su servicio a nosotros? La respuesta es que significa ambos. Pero ¿cuál viene primero? ¿Cuál tiene primer lugar en el entendimiento cristiano de la adoración?

La introducción a Adoración Luterana (Lutheran Worship) responde, «Nuestro Señor habla y nosotros escuchamos. Su Palabra confiere lo que dice. La fe que nace de lo que escucha, reconoce los regalos recibidos con gratitud y ardiente alabanza.» ¡Así es! Dios actúa primero, y luego actuamos nosotros. Dios actúa a través de su Palabra, que es una Palabra activa. Después, y sólo después, respondemos nosotros. Como declara la Apología a la Confesión de Augsburg (Apology to the Augsburg Confession), «Por fe Dios quiere ser adorado, o sea, que recibimos de él lo que promete y ofrece.»

Un versículo conocido de la Escritura nos dice que «donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). Una de las indicaciones más directas de la presencia de Dios entre los seres humanos en el Antiguo Testamento era expresada por el nombre de Dios. Entonces, a Israel le dice, «sino que el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis» (Deut. 12:5, mí énfasis; véase también 12:11; 14:23-24; 15:20, etc.). Luego Dios reveló que Salomón «edificará casa a mi nombre» (1 Reyes 5:5). Durante la dedicación del templo Salomón anunció, «he edificado la casa al nombre de Jehová Dios de Israel» (1 Reyes 8:20). Y Dios respondió a la oración de Salomón en la dedicación al declarar, «Yo he oído tu oración y tu ruego que has hecho en mi presencia. Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi corazón todos los días» (1 Reyes 9:3).

Los hijos del Nuevo Israel se llamaban gente del «Camino» (Hechos 9:2) y «Cristianos» (Hechos 11:26). Pero también eran identificados en otra manera. Jesús habló a Ananías en una visión, y Ananías respondió: «y aun aquí tiene (Saulo) autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre (o sea, el nombre de Jesús)» (Hechos 9:14, mí énfasis). Este mismo Saulo, ahora Pablo, luego comenzará una de sus cartas con las siguientes palabras, «a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro» (1 Cor. 1:2, énfasis mío). La adoración, entonces, debe ser también en el nombre de Dios.

W. Loche ha dicho, «En la adoración pública la Iglesia experimenta una cercanía especial a Dios; ella se acerca a la presencia actual del Novio, viviendo una vida celestial en la tierra, una vida terrenal en el cielo.» Aprendemos en Hebreos (10:19-20) que «tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne.» Cuando murió Jesús, el velo separando el Lugar Santo del Lugar Santísimo «se rasgó en dos, de arriba abajo» (Mat. 27:51; Marcos 15:38). Aquí aprendemos que el cuerpo de Cristo es el velo por lo cual entramos en el Lugar Santísimo, tal como en el antiguo pacto había el velo por lo cual entró el Sumo Sacerdote. El apóstol Pablo describe eso. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes» (Rom. 5:1-2, mí énfasis).

Por esta razón «tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios» (2 Cor. 3:4). «Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Efe. 2:18). De hecho, nadie viene al Padre excepto por él (véase Juan 14:6). Cuando en el gran Gloria in Excelsis declaramos que «te adoramos,» ¿dónde ocurre eso? ¿En la iglesia? Por supuesto. Pero aun más: en la verdadera presencia de Dios y de su Hijo. Y así es, como dicen las palabras del himno, «en el banquete del Cordero que cantamos.»

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