¿QUIÉN REALMENTE ERA JESÚS?

por Augustus Lopes

Reforma Siglo XXI, Vol. 4, No. 1

No todos los que hoy se consideran Cristianos aceptan que Jesús era ni hizo lo que los Evangelios nos dicen. En 1994 una encuesta reveló que un 87% de los estadounidenses creían que Jesús había resucitado literalmente. Tres años después, otra encuesta descubrió que un 30% de los estadounidenses que se consideraban verdaderos Cristianos no aceptaban que la resurrección de Jesús fuera algo físico o literal, sino creían que era una serie de experiencias psicológicas de sus discípulos, que de alguna forma los transformó completamente.

El Jesús sobrenatural

Durante siglos el relato de los Evangelios acerca de Jesús ha sido aceptado por la Iglesia Cristiana en general como testimonio fidedigno, es decir, que corresponde con exactitud a los hechos que realmente ocurrieron al principio del primer siglo, y que forman la base histórica del cristianismo. Basándose en este relato, el cristianismo ha enseñado desde sus comienzos, que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, que nació de una virgen, que realizó milagros y que resucitó físicamente de entre de los muertos. La teología Cristiana nunca tuvo dificultades serias en reconocer la actividad milagrosa de Dios en la historia, y siempre vio el mensaje de la Iglesia apostólica registrado en el Nuevo Testamento (como las cartas de Pablo y los Evangelios) como el registro fiel de los eventos sobrenaturales que sucedieron en la vida de Jesús de Nazaret. Los Concilios Cristianos que elaboraron los dogmas respecto a la persona de Cristo (Nicea, 325; Constantinopla, 381; Calcedonia, 451) no lo hicieron con meras ideas divorciadas de la historia y de hechos concretos. Para ellos, la Segunda Persona de la Trinidad se encarnó, vivió, actuó, murió y resucitó dentro de la historia real.

El Jesús racional

La situación cambió con el surgimiento de la Ilustración a principios del siglo 18. La razón humana fue endosada con la capacidad de explicar todas las dimensiones del universo y de la existencia del hombre. Todo lo que no podía ser aceptado por la razón humana debía ser rechazado. Hubo una “desmitificación” de todos los aspectos de la vida y del pensamiento. La propia Iglesia se vio invadida por el racionalismo. Muchos estudiosos Cristianos se tornaron racionalistas en alguna medida. Como resultado, se llegó a la conclusión en muchas universidades y seminarios que los milagros realmente nunca acontecieron. Los relatos de los Evangelios acerca de la divinidad de Jesús y sus actividades sobrenaturales llegaron a ser desacreditados. Era necesario realizar investigaciones para encontrar el verdadero Jesús, ya que aquel Jesús que relatan los Evangelios no puede haber existido. Fue así que tuvo inicio la “búsqueda del Jesús histórico”, llevada a cabo por profesores y eruditos de universidades y seminarios Cristianos que pensaban que era irracional el Jesús sobrenatural de los Evangelios.

Ellos afirmaban que para reconstruir el verdadero Jesús era necesario abandonar los antiguos dogmas de la Iglesia de inspiración e infalibilidad de las Escrituras, igual que los dogmas sobre la divinidad de Jesucristo. Era necesario usar los criterios de la razón para separar la verdad de la fantasía en los relatos bíblicos. Para eso, desarrollaron varios métodos que analizaban a los Evangelios como cualquier otro libro antiguo de religión, tratando de descubrir cómo las ideas fantasiosas acerca de Jesús se había originado en las iglesias Cristianas primitivas. Pensaban (ingenuamente) que sería posible examinar la historia de forma neutral, exenta de toda presuposición. Pensaban que el historiador podía ser tan inocente como un eunuco. Mientras tanto, cuando aparecieron los resultados, se vio que el Jesús reconstruido por ellos tenía el “rostro” de sus creadores.

En el siglo 17 algunos de estos estudiosos publicaron obras diciendo que los escritores bíblicos era impostores fraudulentos. Estos estudiosos ofrecieron su propias reconstrucciones del verdadero Jesús desde una perspectiva totalmente humanista. Según algunos de ellos, Jesús fue judío que se consideraba el mesías de Israel, e intentó establecer un reino terrenal para libertar a los judíos de la opresión política. Jesús pensaba que Dios le ayudaría en esto, pero se desanimó al ser echado preso y crucificado (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamaparado…?). Los discípulos, decían estos teólogos, al principio quedaban atónitos con el fracaso de Jesús, pero después robaron su cuerpo y sustituyeron la idea de un reino mesiánico terrenal por la idea de una “segunda venida.” También inventaron los relatos de los milagros, tomando como base los milagros del Antiguo Testamento, cuando en realidad no había hecho milagro alguno. El propósito de los discípulos con esta mentira, afirmaban los racionalistas, era tener un medio de vida, pues no querían volver a trabajar. Hoy este tipo de obra está desacreditado, y los mismos teólogos críticos los consideran como algo poco erudito y superficial. Entretanto, ellos dieron el impulso inicial a la búsqueda del “Jesús de la historia”, que para ellos no era el mismo Cristo de la fe de la Iglesia.

En el siglo 18 aparecieron varios “vidas de Jesús”, que eran intentos de reconstrucciones novelísticas de lo que habría sido la verdadera vida del Jesús de Nazaret. En estas obras, Jesús fue generalmente considerado como un reformador social, un visionario que pretendía construir una sociedad mejor a través de una religión asociada con la razón. Los milagros del Evangelio fueron explicados apelando a causas naturales. Las explicaciones para el surgimiento de la fe de los discípulos en la resurrección son a veces curiosas. La más frecuente es que Jesús realmente no murió, sino había estado en coma. Algunas explicaciones son más creativas. Una de ellas sugiere que después de la muerte de Jesús, un terremoto sacudió el lugar donde estaba la tumba de José de Arimatea dando la impresión que el cuerpo se movía con vida. Esto explicaría el surgimiento de la creencia en la resurrección de Jesús. Otras interpretaciones relacionadas a las sanidades de Jesús dicen que él nunca sanó sin usar remedios. El vino en Caná fue traído por el mismo Jesús. Para otros teólogos, Jesús algunas veces impactaba el sistema nervioso de las personas por medio de su poder espiritual. Los milagros sobre la naturaleza fueron, en realidad, ilusiones que los discípulos tuvieron con relación a Jesús, como es el ejemplo cuando Jesús caminó sobre el agua. Los teólogos liberales afirman que los discípulos se imaginaban cosas como la transfiguración, entre otras. Las resurrecciones de los muertos fueron, en realidad, casos en que las personas de hecho no estaban muertas, sino solamente en estado de coma.

El Jesús liberal

Con el desvanecimiento del racionalismo y el surgimiento del existencialismo, algunos estudiosos procuraron entender a Jesús a la luz de la experiencia religiosa. Jesús llegó a ser visto como un hombre cuyo sentido de dependencia en Dios había alcanzado la plenitud. Este concepto sirvió de fundamento para el desarrollo del retrato pintado por los liberales, en el cual Jesús era simplemente un hombre divinamente inspirado. 

En el siglo pasado, los teólogos continuaron su búsqueda del Jesús histórico, y comenzaron a aceptar la idea de “mito,” es decir, la idea de que los Evangelios son relatos mitológicos sobre Cristo, leyendas creadas por los discípulos en torno de la figura histórica de Jesús. De esta manera se formó la idea de que Jesús no resucitó físicamente. La resurrección, en realidad, era la creencia de los discípulos en la presencia espiritual de Jesús.

A estas alturas los mismos teólogos se dieron cuenta que la “búsqueda” no los estaba llevando hacia la meta. Era fácil destruir el Cristo de los Evangelios, pero no podían reconstruir un Jesús histórico que les satisficiera. Las “vidas de Jesús” reconstruidas por ellos decían más acerca de los autores que de la persona que trataban de describir. Los autores miraban en el pozo profundo de la historia en busca de Jesús, y lo que vieron fue su propio reflejo en el fondo del pozo. También percibieron que habían olvidado o minimizado un aspecto importante de la vida y enseñanza de Jesús, que fue lo escatológico-apocalíptico, proclamando el aspecto aún futuro del reino de Dios. Ese reconocimiento efectuó un golpe fatal al concepto liberal de un reino de Dios que se confundía con una sociedad ética en el mundo presente, o una experiencia espiritual interior, conceptos que dominaban la época.

Por todo esto, el estudio crítico de los Evangelios comenzó a afirmar que los Evangelios no eran biografías en el sentido moderno, sino presentaciones de Jesús altamente elaboradas y adaptadas por diferente alas de la comunidad Cristiana naciente. Por tanto, era imposible hallar al verdadero Jesús, pues quedaba enterrado debajo del maquillaje impuesta por la Iglesia primitiva. Como consecuencia, algunos comenzaron a insistir que el centro de la fe para la Iglesia no era el Jesús de la historia, sino el “Cristo de la fe,” creado por la iglesia naciente. La búsqueda estaba basada en un error (el error que el Jesús de la historia era importante), y era teológicamente sin valor. El único Jesús en que los teólogos debían interesarse era el Cristo de la fe de la Iglesia, pues fue lo único que ha influenciado la historia. En esta linea, algunos se volvieron totalmente escépticos en cuanto a la posibilidad de recuperar al Jesús histórico.

Tratando de “salvar” la búsqueda, estos teólogos terminaron empeorando la situación. Cuando separamos la fe de los hechos históricos, el Cristianismo – desprovisto de su carácter histórico y los hechos que le sirven de fundamento – se torna una filosofía de vida. Una fe que se apoya en un Cristo que no tiene ningún fundamento histórico se vuelve gnosticismo o docetisimo. De esta manera, los Evangelios y el retrato de Jesús que ellos nos trazan, pasaron a ser vistos como una elaboración mitológica producida por la fe de la Iglesia. Según sus defensores, fue la imaginación de la comunidad que creó las historias de los milagros y muchos de los dichos de Jesús.

A pesar de los diversos intentos de reconstrucción, al fin se llegó a un Jesús cuya existencia era a penas creíble, e imposible de probar. El Jesús liberal, desprovisto de lo sobrenatural y de la divinidad, fue una creación de la terquedad liberal, que rehusaba recibir como auténtico el relato de los Evangelios sobre Jesús. La falta de pruebas históricas y documentación de sus propuestas en cuanto al Jesús liberal terminó en dar fin a la “búsqueda.”

El Jesús del liberalismo se parecía poco al Jesús del concepto histórico de la Iglesia, que ha sostenido a un Jesús tanto humano como divino, y estas dos naturalezas orgánicamente unidas en una misma persona. El racionalismo eliminó la naturaleza divina de Cristo y la consideró como producto de la Iglesia, desasociada del Jesús de la historia. Jesús era meramente un gran ejemplo, y la religión que él enseñó era simplemente un asunto moral, ético, y social. Este Jesús liberal fracasó ¡en todo sentido! Fundó una nueva religión sin querer. Terminó siendo “endiosado” por sus discípulos, contra su voluntad. Sus enseñanzas sociales y éticas de un reino de Dios meramente humano terminaron siendo reemplazó tapadas por la enseñanza de un reino de Dios sobrenatural – presente y por venir. Y su verdadera identidad se perdió después de los primeros siglos, para ser “redescubierta” sólo después de 2.000 años de ilusiones. ¡Que ironía!

El Jesús libertador

Pero el intento de los teólogos que no creían en los relatos milagrosos de los Evangelios no terminó en fracaso. A mediados de la década 50, otros teólogos que eran igualmente escépticos, pensaban que podían acertar donde los antiguos liberales habían fallado, ya que estos no eran tan radicales en su escepticismo de los Evangelios. Algunos discípulos de los teólogos liberales afirmaban que a pesar de los muchos errores en los Evangelios, había suficientes elementos históricos en ellos como para llegar al Jesús que realmente existió. Uno de ellos llegó a preguntar, “Si la Iglesia era tan desinteresada en la historia de Jesús, ¿por qué fueron escritos los cuatro Evangelios?” Seguramente los que escribieron los Evangelios creían que el Cristo que predicaban no era diferente del Jesús histórico.

Pero al fin los que perseguían la “nueva búsqueda” pensaban en forma semejante a la de sus predecesores: el Jesús que tenemos en los Evangelios no corresponde al Jesús que vivía en Nazaret hace 2.000 años, el cual puede ser recuperado por el uso de la crítica histórica. Una cosa que todos estos buscadores, antiguos y nuevos, tenían en común era: no creían en la divinidad de Jesús, ni su resurrección, ni en los milagros narrados en los Evangelios. Para ellos, todo eso había sido creado por la Iglesia. Además de esto, todos estaban comprometidos con la filosofía existencialista para la interpretación de los Evangelios. Los resultados de los estudios realizados individualmente por ellos, por ende, eran tan divergentes que la “nueva búsqueda” terminó desacreditada a mediados de la década de los 70.

Sin embargo, el escepticismo de estos eruditos no permitió que las cosas pararan ahí. Hace unos pocos años, un grupo de 75 teólogos de diversas orientaciones religiosas se reunieron en Estados Unidos para fundar el “Simposio de Jesús” (The Jesus Seminar), que los reúne dos veces al año para llevar adelante la “búsqueda por el verdadero Jesús.” Sus ideas básicas son fundamentalmente las mismas de los que emprendieron la “búsqueda” antes de ellos, o sea, creen que el retrato de Jesús que tenemos en los Evangelios es una caricatura altamente modificada, resultado de la imaginación creativa de la Iglesia primitiva. Lo novedoso es que ahora incluirán material no-bíblico en sus estudios, como el Evangelio apócrifo de Tomás, el supuesto documento “Q” que contiene dichos antiguos de Jesús, y los manuscritos del Mar Muerto.

La conclusión del Simposio es que solamente 18% de los dichos de los Evangelios atribuídos a Jesús fueron realmente pronunciados por El. El Simposio llevó al público este resultado de sus investigaciones bastante escépticas en cuanto a la confiabilidad de los Evangelios, y causó una gran reacción y furor en los Estados Unidos y Europa, encendiendo de nuevo, en cierta medida, el interés en el Jesús histórico. Una vez mas la polémica acerca de Jesús fue encendida, ganando desde esa fecha hasta el lugar de ser colocada en la portada de revistas internacionales como Time, Newsweek, y U.S. News and World Report, y en Brasil, Veja y Isto É. Al final, el Jesús del Simposio es una mezcla de sabio tímido, demasiado modesto para hablar de sí mismo o de su misión en este mundo. La pregunta es: ¿cómo una persona así logró ganar el odio de los judíos y terminó siendo crucificado? – un hecho que aún los antiguos liberales radicales reconocen como histórico.

Se ha hecho varios otros intentos en tiempos recientes para descubrir el Jesús que realmente existió por detrás del que es representado en los textos de los Evangelios. Y ha sido pintado de diversas maneras: como profeta, libertador social, simpatizante de los Zelotes y de sus ideas libertarias, un reformador social por medios pacíficos y espirituales, predicador itinerante carismático y radical, instigador de un movimiento, de reforma, libertador de los pobres, “hombre del Espíritu,” uno que tenía visiones y revelaciones en una profunda intimidad con Dios de quien recibió su poder para curar, hacer milagros y expulsar demonios. Otros lo han descrito como un hasid, hombre santo de Galilea, un judío piadoso, una figura carismática, un hacedor de milagros, operando fuera del ambiente oficial y tradicional del judaismo, un exorcista poderoso y exitoso – ¡la lista es interminable! Sin embargo, todos estos intentos de describir a Jesús tienen una cosa en común: para los autores, el Jesús pintado por los Evangelios es un producto de la imaginación creativa y piadosa de la fe de los discípulos de Jesús. Los defensores de estas ideas parten del concepto de que la Biblia nos ofrece un cuadro distorsionado del verdadero Jesús.

Volviendo al Jesús sobrenatural

Mientras tanto, se necesita más que teorías – como estas que acabo de exponer – para que sea convincente la tesis de que la comunidad Cristiana inventó tanto material sobre Cristo, y que ella misma terminó creyendo su propia mentira. Es casi inconcebible que una comunidad haya inventado material histórico para dar sustento histórico a su fe. Una comunidad que da tal importancia a los hechos históricos ¡no los inventaría! Aún más, esas teorías no toman en cuenta que los eventos y dichos de Jesús fueron testificados por personas que estuvieron con El, y que estos testigos oculares ciertamente hubieran ejercido una influencia conservadora sobre la imaginación creativa de la Iglesia. También ignoran el hecho de que los líderes originales de la comunidad, los apóstoles, estuvieron con Jesús y muy cerca de los hechos históricos como para dar lugar a la libre imaginación. También deja sin explicación el alto grado de unanimidad que existe entre los Evangelios. Si cada Evangelio es el producto de la imaginación creativa de la Iglesia, ¿cómo explicar las diferencias entre ellas? Y si son el producto de comunidades aisladas, ¿cómo explicar las semejanzas? Estas teorías son especulaciones, y no son capaces de darnos ninguna evidencia concreta. Por lo tanto, seguimos creyendo las evidencias internas e externas que dan evidencia de que los Evangelios dan testimonio confiable del Jesús histórico, el cual es el mismo Jesús de la fe. Entretanto el escepticismo crítico de estos teólogos influyó tanto en los seminarios, que introdujeron en la Iglesia de Cristo una semilla que dio fruto amargo: un Evangelio y un Cristo que eran fruto de la imaginación de la Iglesia, y que por tanto no tenían poder, ni vitalidad, ni respuestas para las preguntas humanas. El resultado: iglesias vacías por todo Europa en una generación.

Que Dios guarde las iglesias brasileñas de estas personas, y que nos afirme cada vez más en el Señor Jesucristo, el que está presentado fielmente en las páginas de los Evangelios.

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