¿QUÉ PASÓ CON LOS EVANGÉLICOS?

Por Augustus Nicodemus Lopes

Reforma Siglo XXI, Vol. 13, No. 1

Cuando Pablo Romeiro escribió Evangélicos em Crise (Evangélicos en crisis) a mediados de la década de los 90, él apenas tocó una de las áreas en que la iglesia evangélica había colapsado en Brasil: su incapacidad de frenar la proliferación de teologías pragmáticas e mercantilistas, como por ejemplo la teología de la prosperidad. Queda cada vez más claro que los evangélicos están actualmente en una crisis mucho más profunda, y para comenzar podemos hablar de la dificultad, si no la imposibilidad, de siquiera definir hoy qué es ser evangélico.

Poco tiempo atrás, “evangélico” indicaba vagamente aquellos protestantes de entre todas las denominaciones —presbiterianos, bautistas, metodistas, anglicanos, luteranos y pentecostales entre otros, que consideraban que la Biblia era la Palabra de Dios, autoritativa e infalible, que eran conservadores en su forma   de hacer culto y en sus patrones morales, y que tenían una visión misionera. Hoy, en Brasil, el término ya no tiene ese sentido. Ahora el término “evangélico” es usado para referirse  a todos los que están dentro del cristianismo en general que no sean católicos romanos: protestantes históricos, pentecostales, neopentecostales, iglesias emergentes, comunidades de los más variados tipos, etc., etc.

Es evidente la crisis gigantesca en  que los evangélicos se encuentran: la falta de rumbo teológico definido, la multiplicación de teologías divergentes, la falta de liderazgo con autoridad moral y espiritual, la caída doctrinal y moral  de líderes que fueron reconocidos en el pasado como punto de referencia religioso, el surgimiento de líderes totalitarios que se auto-denominan pastores, obispos, o apóstoles, la conquista gradual de los institutos teológicos por la teología liberal, la falta de patrones morales por medio de los cuales poder ejercer la disciplina eclesiástica, el desprecio de la doctrina, el mercantilismo de varias casas publicadoras evangélicas que se pasaron a publicar libros no-evangélicos, y el surgimiento de las llamadas ‘iglesias emergentes’. La lista es mayor aún, pero falta espacio y tiempo.

Recientemente un amigo mío, respetado profesor de teología, me dijo que el evangelicalismo brasileño estaba agonizando en la sala de cuidados intensivos. Concuerdo con él. Mas debemos reconocer que la crisis tiene su raíces en la misma naturaleza del evangelicalismo desde que nació.

Hay diferentes opiniones sobre cuándo nació el evangelicalismo moderno. Yo acepto la opinión de que nació como movimiento en las décadas de los 50 y 60 en Estados Unidos. Era una ala dentro del movimiento fundamentalista que quería preservar los puntos básicos de la fe, pero no compartía el espíritu separatista y exclusivista de la primera generación de los fundamentalistas. Al principio fue llamado el “neo-fundamentalismo”, y los “evangélicos” entendían que debían buscar un mayor intercambio con asuntos sociales, y sobre todo, obtener el respeto académico mediante un diálogo con la ciencia y con otras lineas dentro del cristianismo, sin traicionar los “fundamentos”. Ellos querían librarse de los defectos de intransigencia, una mente cerrada y obscurantista, al mismo tiempo en que seguían afirmando doctrinas como la inerrancia de las Escrituras, el creer en los milagros, la muerte vicaria de Cristo, su divinidad y resurrección de entre los muertos. Eran, por decirlo así, fundamentalistas iluminados, que querían ser reconocidos sobre todo en el área académica.

¿Qué pasó para que el evangelicalismo llegara al punto crítico en que se encuentra hoy? Tengo algunas ideas que comparto enseguida:

  1. El diálogo con católicos, liberales, pentecostales y otras lineas sin que las presuposiciones doctrinales hubieran sido trazadas con claridad. Yo creo que podemos dialogar y aprender de los que no son reformados. Pero el diálogo debe ser buscado dentro de las presuposiciones claros, y con límites claros. Hoy en día los evangélicos tienen dificultad en definir los límites del verdadero cristianismo y de mantener las puertas cerradas a la herejía.
  2. La adopción del no-exclusivismo como principio. Al hacer esto, los evangélicos comenzaron a abrir la puerta a la pluralidad doctrinal, la multiplicidad de eclesiologías y el relativismo moral, sin que tuviera ningún instrumento suficientemente fuerte para por lo menos identificar lo que estuviera en desacuerdo con los puntos cruciales.
  3. El abandono gradual de esos puntos cruciales con el objetivo de ampliar la base de comunión con otras lineas dentro del cristianismo. Con la reducción cada vez más de lo que era básico, quedó cada vez más amplia la definición de “evangélico”, al punto de perder en gran parte su significado original.
  4. El abandono de la confesionalidad, de los grandes credos y confesiones del pasado, que moldearon la fe histórica de la Iglesia con su interpretación de las Escrituras. No basta decir que la Biblia no tienen errores. Los arminianos, pelagianos, socinianos, unitarios, heteroteólogos, neopentecostales — todos afirman eso. El problema está en la interpretación que hacen de esa Biblia inerrante. Al tirar a la basura siglos de tradición interpretativa y teológica, los evangélicos quedaron vulnerables a toda nueva interpretación, como la teología relacional, la teología de la prosperidad, la Nueva Perspectiva sobre Pablo, etc.
  5. El cambio de una orientación teológica más agustiniana y reformada en favor de una orientación más arminiana. Esto facilitó la entrada en el seno evangélico de teologías como la teología relacional, que es hijito del arminianismo. Facilitó también la invasión de la espiritualidad mística centrada en la experiencia, que es fruto de la corriente de avivamientos pelagianos de Charles Finney. Este cambio también trajo el desprecio de la doctrina en favor del pragmatismo, y también el antropocentrismo en el culto, en la iglesia y las misiones, todo esto producto de una visión arminiana de la centralidad del hombre. Pero tal vez lo peor de todo fue la pérdida de la cosmovisión reformada, que serviría como fundamento para una visión comprehensiva de la cultura, la ciencia y la sociedad a partir de la soberanía de Dios sobre todas las áreas de la vida. Sin esto, el evangelicalismo más y más se ha inclinado hacia acciones aisladas y fragmentadas en el área social y política, y a veces sin conexión con una visión cristiana del mundo.
  6. Por último, la búsqueda de la respetabilidad académica, no solamente de parte de los demás cristianos, sino especial- mente de parte de la academia secular. Esa búsqueda, que de vez en cuando ha olvidado que el oprobio de la cruz es más aceptable ante Dios que el loor humano, terminó llevando al evangelicalismo, en muchos lugares, a que sometiera sus instituciones teológicas a patrones educativos del Estado  y de las universidades, patrones que eran comprometidos metodológica, filosófica, y pedagógicamente con una visión humanista y secularizada del mundo, en que las Escrituras y el cristianismo son estudiados desde una perspectiva no-cristiana. Se abrió la puerta para el viejo liberalismo.

No hay una salida fácil para esta crisis. Con todo, veo la fe reformada como una alternativa posible y viable para la iglesia evangélica hoy, ya que se mantiene fiel a las grandes doctrinas de la gracia y a los lemas de la Reforma, y que podría realizar lo que los evangélicos no fueron capaces de hacer: (1) dialogar con otras corrientes diversas definiendo con claridad los límites del cristianismo; (2) abandonar el inclusivismo generalizado   y adoptar un exclusivismo inteligente y sensible; (3) volver a valorar la doctrina, especialmente los puntos fundamentales de la fe cristiana expresados en los credos y confesiones, que moldearon los inicios del movimiento evangélico. Tal vez podemos definir con más claridad las facciones del rostro evangélico en nuestro país.

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