POR UN HOMBRE EL PECADO; POR UN HOMBRE LA JUSTIFICACIÓN, LA CONVOCACIÓN PACTAL: CUANDO DIOS REÚNE A SU PUEBLO EN ADORACIÓN

por Michael Horton

Reforma Siglo XXI, Vol. 3, No. 1

¿Qué estamos haciendo en el día del Señor, especialmente cuando nos congregamos como el pueblo de Dios en la iglesia? ¿Cómo entendemos el crecimiento y el discipulado cristiano — como corporativo o individual, nutrido por la palabra predicada y por los sacramentos divinamente instituidos, o por “medios de gracia” auto aprobados? Si un extraño nos visita en nuestros cultos de adoración ¿se quedaría inmediatamente impresionado con la centralidad de la predicación, el bautismo y la Santa Cena; o tal vez él o ella notaría la importancia que se le otorga a la actuación?

Todas estas preguntas yacían en el corazón del debate de la Reforma para la recuperación del Evangelio. Pero siguen siendo igual de intensas en nuestro día cuando hemos buscado toda una colección de medios de gracia. Este artículo se enfocará en la naturaleza de la adoración como un servicio para la renovación del pacto.

La Historia Bíblica de la Redención

Nuestros lectores no reformados no se van a sorprender en lo más mínimo al conocer que comenzaría un breve boceto bíblico sobre la adoración con el pacto. Pero nadie puede negar que este tema es central a la historia bíblica de la redención. Incluso después de la caída Dios le prometió a Eva un hijo que heriría a la serpiente en la cabeza; y aunque Caín asesinó a Abel, Dios proveyó otro hijo, Set. Mientras los descendientes de Caín edificaban su soberbia ciudad de rebelión (Gen. 4:15-24), “a Set también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová”. (v. 26) De este modo, las dos ciudades — culto (entiéndase adoración) y cultura, enteramente integrados en la creación, se dividieron y persiguieron dos fines diferentes por medios distintos. La advertencia de Jesús de que el mundo odiaría a sus discípulos y el contraste de Pablo entre la sabiduría de este mundo (justificación por obras) y la sabiduría de Dios (la justificación por fe) no nacen de ninguna hostilidad hacia el mundo en si. Mas bien es el mundo en su rebelión pecaminosa lo que los escritores bíblicos tienen en mente.

Debemos comenzar por el pacto

Después de llamar a Abram de Ur de los Caldeos, Dios ordenó que se realizara un sacrificio ritual para ratificar el pacto. (De hecho la palabra hebrea para pacto, berith, se deriva del verbo cortar.) En la política y las leyes del antiguo medio oriente, un señor (o rey o emperador) hacía un tratado con un vasallo (rey o gobernante de un territorio más pequeño) cortando por la mitad a varios animales. Entonces caminaban juntos entre las dos partes acordando cumplir con las condiciones del tratado con la siguiente sanción: Si soy infiel en cumplir mi parte, que mi fin sea el mismo que el de estos animales. En Génesis 15, cuando Dios hace su pacto con Abraham y sus descendientes, este tratado del antiguo medio oriente es el modelo: 

Y él respondió: Señor Jehová, ¿en qué conoceré que la he de heredar? Y le dijo: Tráeme una becerra de tres años, y una cabra de tres años, y un carnero de tres años, una tórtola también, y un palomino. Y tomó todo esto, y los partió por la mitad, y puso cada mitad una entrente de la otra…. Mas a la caída del sol sobrecogió el sueño a Abram, y he aquí que el temor de una grande oscuridad cayó sobre él. Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza…. Y sucedió que puesto el sol, y ya oscurecido, se veía un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos. En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram…. (v. 8-18)

Dios promete dos cosas diferentes en este pacto: una tierra santa (Canaán) y vida eterna. Lo que es especialmente distintivo de este tratado es el hecho que aunque Dios y Abram son los asociados del pacto, Dios (quien aparece como un horno humeando con una antorcha de fuego) camina solo entre los animales divididos así colocando sobre su propia cabeza todas las sanciones y tomando sobre sus propios hombros las maldiciones que él mismo ha impuesto ya sea que el tratado quede violentado por cualquiera de las dos partes. Más adelante en el capítulo 17 se realiza otra ceremonia donde algo se corta:

Entonces Abram se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo: He aquí mi pacto es contigo…. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti…. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. (v. 3-12)

El significado de esta ceremonia era la extirpación de todo lo impuro, especialmente del pecado original heredado de Adán y transmitido por cada padre. Sin embargo el cuchillo, en vez de ser clavado en el cuerpo para hacer caer las maldiciones de los transgresores (y sí, hasta los recién nacidos están bajo esta categoría), es usado en cambio para cortar el pecado para así preservar con vida al recipiente.

Eventualmente la promesa de Dios fue cumplida. Israel en efecto heredó la tierra. Como mencionamos anteriormente, Dios prometió una tierra santa y vida eterna. A medida que el plan de la redención se va aclarando, nos damos cuenta que la tierra (así como el disfrute de Adán en el Edén) dependía de las obras — la obediencia de los Israelitas. El pacto mosáico, con sus leyes ceremoniales y civiles como también las morales, prometía bendición por obediencia y juicio por desobediencia. Una vez más, Dios pelearía por su pueblo y les daría un nuevo Edén, una tierra que fluía leche y miel. Dios estaría presente entre su pueblo en el templo sólo mientras eran justos.

Israel, al igual que Adán, fracasó, 

violando el pacto

Pero Israel, al igual que Adán, fracasó y en su rebelión violó el tratado con el gran rey, provocando que Dios desatara las sanciones de este pacto de obras. El lozano jardín de Dios se convirtió en un desierto de cardos y espinas mientras Dios removía su reino nuevamente al cielo y los hijos de Israel eran llevados cautivos al exilio babilónico. Después de este exilio un remanente regresó a reedificar a Jerusalén. Esdras y Nehemías registran este asombroso evento al igual que la trágica infidelidad y las riñas que lo acompañaron. A pesar de la pecaminosidad humana, el remanente edifica nuevamente los muros de Jerusalén y el magnífico templo que con la desocupación de Dios había sido desolado y saqueado por invasores. Los pobres fueron satisfechos. Pero el clímax de todo este evento es el redescubrimiento del Torah para una generación de Israelitas que nunca había leído ni escuchado de las escrituras exceptuando quizás lo memorizado por sus abuelos:

Venido el mes séptimo, los hijos de Israel estaban en sus ciudades; y se juntó todo el pueblo como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, y dijeron a Esdras el escriba que trajese el libro de la ley de Moisés, la cual Jehová había dado a Israel. Y el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos los que podían entender, el primer día del mes séptimo. Y leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley. Y el escriba Esdras estaba sobre un púlpito de madera que habían hecho para ello…. Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento. Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra.

Aun durante su exilio, las profecías de Jeremías recordaban a los Israelitas de la promesa divina — no de restaurar un Israel étnico al territorio geopolítico de Palestina como el reino de Dios en la tierra, sino mas bien de salvar un remanente tanto de Israel como de las naciones del mundo. Aunque el pacto mosáico había sido completamente violado, se acordarán que Dios aun sostenía en su totalidad la carga del pacto de gracia Abrahámico. Y así, una y otra vez, leemos en los profetas, “No por vuestra causa, sino por causa de la promesa hecha a Abraham, Isaac y Jacob….” Y así Dios declara a través de Jeremías,

He aquí vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo…. porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado. (Jeremías 31:31-34)

Este pacto nuevo “no será un pacto como el que hice con sus padres” bajo Moisés, dice el Señor, sino que será un pacto eterno e inquebrantable. Su base no será la elección nacional de Israel, sino que será la elección eterna de individuos a quienes el Hijo ha redimido: “y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”. (Apo. 5:9-10) El reposo sabático que Israel perdió por desobediencia en la tierra santa ahora es entregado gratuitamente a pecadores — judíos y gentiles. Hasta el mismo Josué, el lugarteniente de Moisés que guió a los Israelitas a la tierra, buscaba una tierra mejor, un reino más excelente, con un fundamento sólido y firme: “Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas”. (Heb. 4:8) Por lo tanto, el Evangelio del nuevo testamento es idéntico a aquel creído por Abraham cuando fue acreditado con la justicia perfecta de Cristo por fe solamente, sin las obras. (Gen. 15:6, Rom. 9:8 y Gal. 3:6-14) Esto no es el pacto Mosáico que fue una administración basada en nuestra fidelidad, sino que es el pacto Abrahámico, la administración de la fidelidad y la gracia de Dios.

La ceremonia del renuevo pactal

Es entonces en este contexto que hablamos de “la ceremonia del renuevo pactal”, que es como la gente Reformada a menudo hablan del servicio de adoración. Siempre que nos reunimos para la Palabra y los Sacramentos es porque hemos sido convocados. Esto es lo que significa la palabra iglesia, ekklesia, o “llamados”. No es una sociedad voluntaria de algunas personas que se reúnen con el propósito de compartir, de hacer obras comunitarias, de disfrutar del compañerismo, etc.; mas bien es una sociedad de aquellos que han sido escogidos, redimidos, llamados, justificados y que están siendo santificados hasta que un día finalmente serán glorificados en el cielo. Nos reunimos cada día del Señor no meramente de costumbre social o por hábito, sino porque Dios ha escogido este día como un anticipo del eterno Sábado que gozaremos en la cena de la boda del cordero. Dios nos ha llamado fuera del mundo: es por esto que nos reunimos.

También nos reunimos para recibir los dones de Dios. Y aquí es donde cae — o debe caer el énfasis. A través de las escrituras el servicio es visto mayormente como la acción de Dios. Aquel que nos sacó de la tierra de Egipto y que nos hizo su pueblo toma la iniciativa en la salvación y a lo largo de la vida cristiana. Las sombras de Cristo en el pacto mosáico, especialmente la legislación detallada de los sacrificios, son cumplidas en el advenimiento del mesías. Por lo tanto no adoramos en un santuario terrenal, sino que adoramos en un santuario celestial donde estamos sentados con Cristo en los lugares celestiales. De aquí, la declaración de Jesús a la mujer samaritana en Juan 4:23-24. Así como un horno humeando con una antorcha de fuego, Dios camina por el medio del pasillo tomando en si mismo el castigo que su propia justicia demanda y que su propia misericordia satisface. Él circuncida nuestros corazones con la pila bautismal prominentemente centrada. Él crea fe en nuestros corazones a través de la predicación, y nos afirma en dicha fe a través de los sacramentos.

Al igual que en todos los pactos, el pacto de gracia tiene dos partes. Dios habla y libera; nosotros respondemos con fe y arrepentimiento. Sin embargo esta fe y este arrepentimiento no son de nuestra parte en este pacto en el sentido de proveer alguna base para nuestra participación en dicho pacto. Dios nos concede hasta la fe y el arrepentimiento. Y sin embargo, Dios nos llama a responder, a crecer en gracia y a perseverar hasta el final. El “indicativo triunfante” respecto a la acción de Dios en Cristo establece un fundamento seguro en el cual estar firme mientras nos enfrentamos con los “imperativos divinos”. Es por esta razón que la adoración es un diálogo: Dios habla y nosotros respondemos. Ese es el modelo que encontramos en los Salmos: las grandes obras de Dios en la creación, en la preservación, en juicio y en la redención son exaltadas; y sólo entonces tiene sentido nuestra respuesta, ya sea en confesión, en alabanza, en agradecimiento, en lamento o cualquier otra cosa que esté a tono con la actividad divina anunciada. A diferencia de los Salmos, muchos de los himnos y coritos del último siglo y medio se han centrado más y más en el ser humano. Aun con los coritos que parafrasean un Salmo, la respuesta en el texto a menudo es arrancada de la sección indicativa que proclama quién es Dios y qué es lo que ha hecho. De este modo, el enfoque de la adoración parece estar en lo que nosotros estamos haciendo, cómo nos sentimos y cómo vamos a responder: “Sólo quiero adorarte”, “Te exaltaremos”, “Alabemos al Señor”, “Estoy gozoso”, etc. Sin embargo esto es separar la ley del Evangelio, lo imperativo de lo indicativo y de convertir por lo menos la parte cantada del servicio mayormente en lo primero en vez de lo segundo.

Si la adoración es una ceremonia del renuevo pactal, el servicio debe reflejar la iniciativa divina en el pacto en si. Una respuesta es necesaria — y habrá una respuesta, si es que hay algo al cual responder. Dios se encuentra con su pueblo en Cristo a medida que el Espíritu Santo obra a través de la liturgia, la predicación y los sacramentos. La que debe sobresalir es la obra y la persona de este Dios Triuno, mientras este Dios nos confronta igual que lo hizo con el pueblo de Israel cuando Esdras leyó la palabra de Dios. Es la palabra que tiene la centralidad en este relato, no la respuesta de Israel a la palabra; empero el relato no falla en informarnos que “los oídos de todo el pueblo estaban atentos”. (Neh. 8:3) y luego que “todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra”. (v. 5-6,9) Y lloraban en la conciencia de su propia pecaminosidad y la maravillosa gracia de Dios.

No es de sorprenderse entonces que en pentecostés un evento similar ocurre. Pedro se dirige a la multitud en Jerusalén anunciando el cumplimiento de Joel 2:28-32 y que a pesar de la culpabilidad de aquella gente en la crucifixión de Jesús, Dios desde el principio había planeado salvarlos a través de la muerte y la resurrección del Salvador. También hizo referencia a los Salmos para puntualizar que Jesús es la “simiente de la mujer”, el “Hijo de David”, es que fue prometido a Abraham en el cual todas las naciones serían benditas. Fue con motivo de esta prédica que la iglesia del nuevo pacto se estableció. ¿Y cuál fue el modelo de esta ceremonia de renuevo pactal semanal? “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”. (Hechos 2:42)

Este es un pacto nuevo y mejorado contando con Cristo mismo como su mediador en vez de Moisés. La Santa Cena no es ni un mero recordatorio de la muerte de Cristo, ni tampoco una repetición del sacrificio de Cristo (como si prefiriéramos las sombras de Moisés a la realidad en Cristo). La Santa Cena sí es una participación del mismísimo cuerpo y sangre de Cristo Jesús. (1Cor. 10:16) “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre”, leemos en la institución. No es de sorprenderse entonces que el autor que insta a los creyentes a reconocer la superioridad del nuevo pacto sobre el antiguo, también nos exhorta a no dejar la ceremonia del renuevo pactal que se desempeña cada día del Señor:

Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca. (Hebreos 10:19-25)

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