PEREGRINOS EN LA PROVIDENCIA: ¿TIENE DIOS UN PLAN MARAVILLOSO PARA MI VIDA?

Por Craig Troxel

Reforma Siglo XXI, Vol. 7, No. 1

Como si no fuera un desafío suficiente vivir según los Diez mandamientos y los dos Mandamientos Principales (véase Mat. 22:33-40), en algún momento alguien decidió que necesitábamos agregar también las «Cuatro Leyes Espirituales». Ahora, entonces, después de que «Dios amó al mundo», muchos cristianos añaden, «Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida». Pero ¿se halla esta «ley espiritual» en las Escrituras? Esta es una pregunta importante porque muchos –desde Herodoto siguiendo el hilo del destino en la historia hasta Neo tratando de comprender su vida programada en el Matrix – han creído que existe un plan maestro que guía la historia de la humanidad. La gente se anima con la idea de que sus vidas son significativas porque forman parte de un plan más grande o un propósito mayor de lo que se puede ver comúnmente con los ojos.

Algunos cristianos piensan que la creencia en un predeterminado plan es igual a la creencia en la soberanía de Dios. Pero la creencia en el determinismo y la creencia en Dios como el que determina son dos cosas completamente diferentes. Nosotros debemos mantener celosamente esta diferencia, sobre todo cuando consideramos las preguntas que tienen que ver con la voluntad de Dios para nuestras vidas y la doctrina de la providencia. 

El determinismo en sí mismo es una forma de fatalismo, haciendo del hado y el destino los factores decisivos en lugar de Dios. En otras palabras, el determinismo al descubierto socava la idea de que Dios, personal y activamente, «preserva y gobierna todas sus criaturas y sus acciones» (Catecismo Menor de Westminster #11; ver Catecismo de Heidelberg #27). En las discusiones teológicas acerca de la providencia, nos referimos a Dios como la «causa primera» o «primaria» entre «las causas secundarias», para evitar una confusión panteísta entre Dios y la creación. Sin embargo, este lenguaje puede confundirnos y tentarnos a pensar ante todo en categorías filosóficas y no según la doctrina bíblica. De acuerdo a las Escrituras, cualquier concepto que elimina o despersonaliza a Dios o que disminuye su compromiso activo en su creación con sus criaturas no es adecuado. Para los cristianos, no es cuestión de andar en el camino establecido y de simplemente seguir los mandatos de Dios; es cuestión también de confiar en nuestro amado Padre celestial porque sabemos que él continuamente nos guía, dirige, protege, sustenta y cuida de formas muy especiales.

Sin embargo, el miedo, la incertidumbre y la confusión pueden con frecuencia, como observa G. C. Berkouwer, «aparecer con notable fuerza en los corazones de los creyentes» – considere a Job, los Salmos y a Eclesiastés. Y luego nos preguntamos, «Tiene Dios un plan para mí vida?» y «Cómo puedo conocer la voluntad de Dios para mí?» Este tipo de preguntas tienen que ver con la providencia de Dios y su soberana voluntad. Podemos entender una parte de la voluntad de Dios porque Dios nos la ha revelado en su Palabra escrita. Pero, no podemos comprender mucho de su voluntad porque el Señor ha decidido no revelarla. Aquí los teólogos distinguen entre la «voluntad revelada» de Dios y su «voluntad secreta». Ellos hacen esta distinción con base en textos como Deuteronomio 29:29, «Las cosas secretas pertenecen a Jehová, nuestro Dios, pero las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, a fin de que cumplamos todas las palabras de esta Ley». De acuerdo a la voluntad revelada de Dios «el corazón del hombre se propone un camino», pero en su voluntad secreta «Jehová endereza sus pasos» (Prov. 16:9). Lo que la Escritura revela se puede conocer, y todos los discípulos de Cristo estamos llamados a obedecer su Palabra, porque es lo que Dios demanda. Pero el hecho de no discernir la voluntad secreta de Dios, dificulta vivir por la providencia porque a veces nos encontramos en situaciones difíciles que son imposibles de explicar o que aparecen sin propósito alguno. ¿Es la solución sencillamente resignarnos y aceptar el plan predeterminado y establecido por Dios? ¿Es la fe en la providencia de Dios y su soberana voluntad nada más que la confesión de un plan predeterminado? El libro de Proverbios provee una respuesta.

Un plan proverbial para la providencia

En Proverbios, el creyente encuentra principios generales y específicos para caminar sabiamente «en el temor del Señor». Aunque estamos separados de este libro por abismos de tiempo y cultura, Proverbios mantiene nuestro interés a través de sucintos dichos y declaraciones irónicas acerca del dinero, el matrimonio, la paternidad, la lujuria, la pereza, la arrogancia y la verbosidad. Nos habla de formas llamativas, como cuando percibe la crueldad lenta de una gotera continua (Prov. 27:15), la tristeza cómica de la decepción del perezoso (26:13), la inevitable nariz sangrienta de la contienda (30:33) o el mareo de la adicción negada (23:34-35). No podemos salir de esta colección de dichos sin experimentar su picadura, su humor, su ironía, su ingeniosidad y sobre todo, su conmovedora exposición de nuestras debilidades diarias y culpables locuras.

Pero justo cuando hemos estereotipado a Proverbios como una colección de dichos que equipan al creyente con autoestima y entendimiento para caminar según la voluntad revelada de Dios, Proverbios 3:5-6 nos sorprende con su exhortación: «Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y él hará derecha tus veredas». Eso no es lo que muchos esperarían de este libro. Esto nos parece contrario al tono y propósito del libro, aumentar nuestro entendimiento para que nosotros mismos podamos guiar sabiamente nuestros caminos.

Dios, en quien confiamos

Proverbios 3:5-6 contrasta la confianza que tenemos en Dios con la confianza que no debemos tener en nosotros mismos, aunque nuestro entendimiento tenga su base en proverbios inspirados divinamente. Estos dos versículos nos recuerdan que debemos comprometernos junto con nuestros caminos completamente a Dios, y que podemos confiar con seguridad en la promesa de Dios de preservarnos y dirigirnos en todos nuestros senderos. Ellos no nos exhortan a confiar únicamente en los propósitos de Dios sino más bien a confiar en Dios mismo. Nuestra idea no se encuentra principalmente en la idea de un sendero predeterminado sino en nuestra confianza en un Señor que nos ama. Somos llamados a confiar en Uno que es confiable y que actúa según sus propósitos en una forma santa, sabia y poderosa. Eso hace la diferencia cuando he perdido mi empleo o cuando tu mejor amigo ha sido diagnosticado con una enfermedad terminal, o cuando nuestra iglesia pasa a través de una inquietante controversia. ¡Que ánimo es en tales circunstancias encontrar ayuda en un Dios infinitamente poderoso, sabio y compasivo, en lugar de fortalecernos con la idea de que Dios tiene un plan maravilloso para nuestras vidas! Podemos mirarle con la fe de un niño, descansando en su comprobado, seguro y fiel amor.

No debemos depender de nosotros mismos ni de nuestro entendimiento. La clave está en el contraste entre nosotros y el Señor, entre nuestro entendimiento y el suyo. Algunas cosas son confiables, como el Señor; otras no lo son, como nuestro propio entendimiento. Colocando este proverbio en el contexto de todo el libro enfatiza el punto que, a pesar de toda la sabiduría y bondad que podríamos recibir de Proverbios, si dependemos de nuestra propia sabiduría – aunque sea bien formada – si no tememos al Señor ni confiamos en él, hemos perdido la enseñanza central del libro. Como dice: «El que confía en su propio corazón es necio» (Prov. 28:26). La voluntad secreta de Dios va más allá de nuestro propio entendimiento. No podemos espiar el plan maravilloso de Dios para nuestras vidas. De manera que si tratamos de establecer nuestros planes en la fuerza de nuestra inteligencia santificada es confiar en lo que es carnal, sombrío y con frecuencia poco fidedigno. Dicho de manera sencilla: el mero acto de pensar no es colocar «la confianza en la carne», pero depositar la confianza en nuestro propio pensamiento es seguramente un acto de la carne.

Reconociendo a Dios

Proverbios 3:5-6 nos llama a confiar completamente en el cuidado de Dios, con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Nuestro compromiso debe ser total y exclusivo. El mandamiento de no tener otros dioses ajenos delante de él significa que dándole a Dios la mayoría de nuestro corazón no es lo mismo que darle todo el corazón. Dicha fe demanda que debemos entregarnos completamente a lo que él desea, por obediencia a sus mandatos. Pero, una vez más, no debemos pensar en nuestra obediencia como algo separado de Dios y de su cuidado providencial. Debemos confiar en ambos puntos: en lo que Dios desea y en lo que está haciendo. Hemos apostado nuestra vida en la verdad revelada de Dios y en su persona. Dicha responsabilidad absoluta – «en todos tus caminos»- significa que debemos confiar en Dios en cada paso de nuestro peregrinaje. Debemos someter a Dios todas nuestras creencias, decisiones, opciones, motivaciones, intenciones y planes, aunque sean mayores, menores, presentes o futuros. Y debemos hacer esto durante los días agradables cuando el camino es llano, justo, cómodo, fácil, que nos lleva a los «pastos verdes», como también cuando el camino se torna desagradable, rodeado de espinas, con la cruz a cuestas y atravesando el valle de la sombra de la muerte.

Una forma de ejercitar esta confianza en la providencia de Dios es reconociéndolo a él en todos nuestros caminos. En un sentido, la Escritura nos anima a «practicar la presencia de Dios». Pero hay mucho más. Reconocer a Dios no solo significa tener conciencia de él y de su constante cuidado sobre nosotros sino también consultarlo. Los sabios consultan con otros para consejo y asesoramiento (véase Prov. 15:22). Como Israel siguió la dirección del Señor en el desierto y buscó la voluntad del Señor antes de la guerra, también nosotros le reconocemos en los tiempos de la vida placenteros como en los tiempos de adversidad. Si no confiamos en nuestra propia inteligencia, entonces, tenemos que buscar la sabiduría de Dios.

Nosotros reconocemos a Dios de rodillas y con el libro abierto. Tomamos nuestras dificultades, preocupaciones, planes y esfuerzos y se las llevamos a él en oración. Aún podríamos dedicar tiempo para el ayuno porque somos muy entusiastas para reconocerlo a él y a su voluntad. El ayuno no hace que nuestras decisiones sean santificadas o infalibles; simplemente enfatiza que no dependemos de nuestra fuerza, sino en la de él. Por supuesto, buscando, estudiando, meditando y memorizando las Escrituras se nos enseña como reconocer y admitir la voluntad, poder, sabiduría y bondad de Dios en formas prácticas. Por consecuencia, descuidando la oración o no leyendo o no predicando la Palabra de Dios implica como si Dios no estuviese aquí o como si estuviese silencioso. No buscar el rostro de Dios, su consuelo, paz, sabiduría y verdad implica vivir como si no hubiese nada que reconocer excepto nuestro propio entendimiento. Considere a Abraham, quien no estableció su vivienda sin construir un altar. Nosotros tampoco podemos permanecer sin reconocer al Señor.

Reconociendo la buena providencia de Dios

El meollo de la doctrina de la providencia es que Dios es el que protege y gobierna todas sus criaturas y toda su creación. Pero lo bueno de la providencia especial de Dios es que él está cuidando a sus hijos cristianos, aún en formas más distintivas y particulares. El conoce no solamente nuestras vidas y necesidades individuales, sino que también guía nuestros caminos – él endereza nuestras veredas. La palabra «enderezar» tiene un sentido moral. Una mala persona es torcida. Juan el Bautista preparó «el camino del Señor» haciendo «sus sendas derechas» (Marcos 1:3). El Señor hace recto y mejor nuestro camino. Y entonces, oramos para que él no nos deje caer en la tentación y nos guíe para evitar los caminos torcidos que conducen a la destrucción.

Los caminos de los cristianos no siempre se hallan en pastos verdes, sin embargo, siempre son los mejores caminos hacia la gloria porque Dios tiene el control de todo. Cuando David describe la providencia especial de Dios sobre su vida en el Salmo 23, él no comienza refiriéndose a Dios como su fortaleza, ni su roca, ni la fuerza de su Salvador o su refugio, ni en su escudo o grandeza, ni en su cuerno de salvación. En contraste, se refiere a él como su Pastor. El se fortalece, sobre todo, en el hecho de que Dios lo cuida en una manera semejante a la forma en que un buen pastor guía, protege, cuida y vigila sus ovejas. Nuestros caminos individuales han sido ordenados por Dios, pero transitamos estos senderos predestinados confiando en la persona que nos da el poder de su Espíritu y su gracia, sobre todo, cuando los senderos llegan a ser arduos. Dios es justo y su voluntad hacia nosotros es recta. El es todo-sabio y su voluntad en nuestras vidas es razonable. El es fiel y lo que permite en nuestra vida es soportable (véase 1 Cor. 10:13). El es muy bueno y lo que establece para nosotros es lo mejor.

En este sentido, Proverbios 3:5-6 es el equivalente en el Antiguo Testamento a Romanos 8:28: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». Pablo no escribió esto como una promesa para ser reclamada por los que en su carácter son pasivos en su fatalismo sino para los que activamente aman a Dios. Por ejemplo, el camino de José lo llevó a una cisterna, a las cadenas de la esclavitud y a un calabozo. Esto no fue nada placentero y seguramente fue inescrutable para José, quien no entendía lo que Dios estaba haciendo. Cuando el sol apareció, él no resintió lo que Dios estaba haciendo, y confesó a sus hermanos que, a pesar de sus intenciones, Dios lo encaminó todo para bien (véase Gén. 50:20; 45:8). Como Israel en el desierto, nuestros caminos a través de los desiertos de la vida no siempre son cortos, pero siempre son santificados y nos santifican. Quizás no sean agradables, pero son perfectos para los propósitos de Dios. Como Sinclair Ferguson dice, la nuestra es «una senda de gloria, a través de las tribulaciones». Mientras le entregamos a él todo nuestro corazón, alma, pensamiento, fuerza y camino según su voluntad revelada, Dios ha dirigido todos nuestros caminos hacia él, según su voluntad secreta. No la conocemos, pero lo conocemos a él y podemos confiar en él.

Sea cual sea nuestra circunstancia, necesitamos oír nuevamente el llamado de Proverbios 3:5-6 acerca de no apoyarnos en nosotros mismos sino confiar en el Señor. Si estamos andando en la vereda incorrecta – el camino ancho y más común que lleva a la destrucción – entonces necesitamos entender que debemos apoyarnos en Jesucristo, el único camino. Si hemos errado en el camino estrecho y menos usado porque hemos comenzado a confiar en nuestra propia sabiduría, fuerza y entendimiento limitado, entonces, necesitamos oír una vez más que Dios debe ser reconocido en todo. O si estamos desanimados o cansados porque últimamente hemos visto nada más que el valle del desierto y la oscuridad, igualmente, necesitamos recordar que Dios, en su tiempo perfecto, enderezará nuestros caminos. Necesitamos alentarnos sabiendo que el Señor hará lo que ha prometido y nos guiará en cada paso en el camino que él ha ordenado. 

  1. El Señor ha demostrado su fidelidad a su pueblo mientras lo ha pastoreado. Cuando Israel llegó al mar Rojo y fue rodeado por el ejército de Faraón, Dios los guió a través de lo que parecía un obstáculo imposible. Israel no podía discernir su voluntad secreta anticipadamente, pero ellos podían confiar en él. Cuando los hijos de Israel viajaban por el desierto, Dios les alimentó con el pan del cielo y les dio agua que brotaba de la roca. Les guió fielmente con la nube y el fuego. Ellos no sabían a dónde les llevaría, pero confiaban en el Pastor de Israel. El se comprometió a llevarlos a la Tierra Prometida; y cumplió con su promesa.
  2. De igual manera, el Buen Pastor guía, protege, alimenta y fortalece su actual rebaño, por su Palabra y su Espíritu. El Señor prometió a sus discípulos que el espíritu de la Verdad los guiaría a toda verdad (véase Juan 16:13) y la Escritura promete que seremos guiados por el Espíritu Santo (véase Rom. 8:14). La forma como nuestro Pastor nos dirige es a través de su Espíritu, obrando en y con la Palabra de Dios en nuestros corazones y mentes. De este modo, conocemos la voz de nuestro Buen Pastor y podemos seguir su dirección. Así, el Espíritu de Dios nos recuerda que debemos confiar en las promesas de Dios y su buena providencia hasta que nuestra vida culmine su curso final y seamos guiados hacia nuestra herencia celestial. Si el Señor nos guía «junto a aguas de reposo», aunque las aguas del mar «bramen y se turben», no debemos temer mal alguno, porque él estará con y en medio de nosotros, y moraremos en la casa del Señor para siempre.
  3. Debemos vivir animados de que existe un plan, pero no sujetado a la idea de ‘destino’. Nuestro Dios Trinitario ha ordenado nuestros pasos, pero más importante aún, es que él es capaz y está dispuesto a cuidarnos para que no caigamos. Nuestro Capitán, Dios el Hijo, ha ido delante de nosotros en su muerte y resurrección para conseguir nuestro pasaje seguro en este viaje a la Tierra Prometida Celestial, donde él nos guiará a esas «fuentes de agua de vida» celestiales (Apoc. 7:17). Nuestro Consolador, el Dios Espíritu, testifica que Dios enderezará nuestras actuales veredas difíciles porque somos sus hijos y nadie puede arrebatarnos de su mano (véase Juan 10:28). Nuestro Dios y Padre nos ama y ha predestinado nuestros caminos. Estos caminos no siempre nos parecen como parte de un plan maravilloso, pero ellos son parte de un plan exquisitamente bueno y perfecto. Nuestra responsabilidad no es sólo confiar en Dios por este plan, sino confiar en Dios mismo, el Dios vivo que ha obrado grandemente para conducirnos hacia él mismo. 
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