NUESTRA VOCACIÓN Y LA GLORIA DE DIOS

Por Gene Edward Veith

Reforma Siglo XXI, Vol. 10, No. 2

“Solamente que cada persona lleve la vida que el Señor le haya asignado, y a la cual Dios le haya llamado.” 1 Corintios 7:17

La “justificación sólo por la fe” es, sin lugar a dudas, la contribución más importante de la Reforma Protestante. Y se podría decir que la segunda más importante es la “doctrina de la vocación”.

Mientras que la doctrina de la justificación tiene una amplia difusión, la doctrina de la vocación ha sido sumamente olvidada. La palabra vocación aún se puede escuchar en ocasiones, pero el concepto generalmente es mal entendido o entendido de forma incompleta. La doctrina de la vocación no tiene que ver con una “visión ocupacional”, un punto focal particular del trabajo que uno realice. El término significa llamamiento, pero no tiene que ver con la voz de Dios llamándole a hacer alguna gran obra para Él. No significa servir a Dios evangelizando en el trabajo. La doctrina de la vocación tampoco significa que todos son ministros, aunque tiene que ver con el sacerdocio de todos los creyentes. Ni siquiera significa hacerlo todo para la gloria de Dios, o hacer nuestro mejor esfuerzo como una forma de glorificar a Dios, aunque tiene que ver con la gloria de Dios, a expensas de nuestra propia gloria.

La doctrina de la vocación es la teología de la vida cristiana. Resuelve los muy polémicos problemas de la relación entre la fe y las obras, Cristo y la cultura, cómo han de vivir los cristianos en el mundo. De manera menos teórica, la vocación es la clave a los matrimonios fuertes y a los procesos exitosos de paternidad. Contiene la perspectiva cristiana sobre la política y el gobierno. Muestra el valor, lo mismo que los límites, del mundo secular. Y les muestra a los cristianos el significado de sus vidas.

El teólogo suizo Einar Billing, en su libro Our Calling [Nuestro Llamamiento], señaló cómo nuestra tendencia es buscar nuestra religión en el ámbito de lo extraordinario, en lugar de hacerlo en el ámbito de lo ordinario. Sin embargo, en la vocación Dios está oculto incluso en las actividades mundanas de nuestras vidas cotidianas. Y esta es su gloria.

Lutero y la doctrina de la vocación

Para entender plenamente la doctrina de la vocación uno debe comenzar no con los Puritanos quienes tenían la tendencia a convertir la doctrina de la vocación en una ética del trabajo—sino con Lutero y los Luteranos, desde los compositores del Libro de Concordia hasta los teólogos modernos como Billing y Gustaf Wingren. Va más o menos de esta manera: Cuando oramos el Padrenuestro, le pedimos a Dios que nos dé este día nuestro pan de cada día. Y Él lo hace. La manera en que nos da nuestro pan de cada día es a través de las vocaciones de granjeros, molineros y panaderos. Podríamos añadir conductores de camiones, obreros de fábricas, banqueros, ayudantes de bodegas y la dama de la caja donde nos emitirán una factura. Prácticamente cada paso de todo nuestro sistema económico contribuye a ese trozo de tostada que se comió en el desayuno. Y cuando usted le dio las gracias a Dios por el alimento que proveyó, estuvo en lo correcto al hacerlo.

Dios pudo haber escogido crear nuevos seres humanos para poblar la tierra a partir del polvo, como lo hizo con el primer hombre. Pero, en vez de eso, decidió crear nueva vida—que, a pesar de ser común, no es menos milagrosa— por medio de madres y padres, esposas y esposos, las vocaciones de la familia. 

Dios nos protege a través de las vocaciones del gobierno terrenal, como se detalla en Romanos 13. Él da sus dones de sanidad generalmente no a través de milagros portentosos (aunque puede hacerlos) sino por medio de las vocaciones médicas. Él proclama su palabra por medio de pastores humanos. Él enseña por medio de maestros. Él crea obras de belleza por medio de artistas humanos, a quienes les ha dado talentos particulares.

Muchas expresiones de la doctrina de la vocación enfatizan lo que hacemos, o lo que se supone que tenemos que hacer, en nuestros varios llamados. Esto es parte de lo mismo, como lo son también los varios aspectos que bosquejé anteriormente, pero es esencial para comprender la magnitud de esta enseñanza entender primero el sentido en el cual la vocación es obra de Dios.

Dios está ordeñando a las vacas a través de la vocación de la lechera, dijo Lutero. Según Lutero, la vocación es una “máscara de Dios”. Él está oculto en la vocación. Nosotros vemos a la lechera, o al granjero, o al doctor, o al pastor o al artista, pero, asomándose detrás de esta máscara humana, Dios está genuinamente presente y activa en lo que hacen para nosotros.

El sentido de Dios actuando en la vocación es característicamente Luterana en la manera en que enfatiza que Dios opera a través de medios físicos. Lutero y sus seguidores enfatizan como Dios ha decidido otorgar sus dones espirituales por medio de su Palabra (tinta sobre papel; las ondas sonoras que emanan desde un púlpito) y el Sacramento (agua; pan y vino). Y Él otorga sus dones terrenales por medio de vocaciones humanas.

Más ampliamente, la vocación es par te de la providencia de Dios. Dios está íntimamente involucrado en el gobierno de su creación en cada uno de sus detalles, y su actividad en la labor humana es una manifestación de cómo Él ejerce su cuidado providencial.

Para un cristiano, consciente de la vocación como la máscara de Dios, la totalidad de la vida, e incluso las facetas más mundanas de nuestra existencia, se convierten en ocasiones para glorificar a Dios. Cada vez que alguien haga algo para usted —que le traigan sus alimentos en un restaurante, cuando alguien limpie y arregle la mesa después de haber sido usted atendido, o cuando alguien construya su casa, o predique un sermón—sea agradecido por los seres humanos que Dios usa para bendecirle a usted y alábele a Él por sus dones inmerecidos. ¿Saborea usted sus alimentos? Glorifique a Dios por las manos que los prepararon. ¿Se siente usted conmovido por una obra de arte— una pieza musical, una novela, una película? Glorifique a Dios quien ha dado tales dones artísticos a los seres humanos.

Claro, dado que la vocación es una máscara de Dios significa que Dios también opera a través de usted, en sus diferentes llamados. El hecho que Dios está oculto en lo que hacemos a menudo se ve obscurecido por nuestras propias motivaciones pecaminosas y egoístas. Pero esto no le impide a Dios actuar.

¿Era cristiano el granjero que sembró y cosechó el grano que llegó hasta ese trozo de tostada que me comí esta mañana? ¿Y qué con respecto al artista cuya película causó una impresión tan poderosa? ¿Cómo puedo glorificar a Dios por la obra—la obra del trabajo agrícola—de un no creyente? La doctrina de la vocación responde esa pregunta. En su gobierno del mundo, Dios usa a aquellos que no lo conocen, lo mismo que a aquellos que sí. Todo don bueno y perfecto proviene de Dios (Sant 1:17). Pero los seres humanos pecan en sus vocaciones y pecan contra sus vocaciones, resistiendo y peleando en contra del propósito de Dios.

En la superficie no parece haber una gran diferencia entre un agricultor cristiano que cultiva su campo y un agricultor no-cristiano que hace esencialmente la misma cosa. Dios puede usarlos a ambos para producir el pan cotidiano, los que Él, a su vez, distribuye a cristianos y no-cristianos por igual. Pero hay una enorme diferencia. El agricultor cristiano trabaja a partir de la fe, mientras que el agricultor no-cristiano trabaja a partir de la incredulidad.

Lutero en realidad utiliza dos palabras diferentes para lo que hasta aquí he estado viendo colapsar bajo el término general vocación: “estación” (Stand) y “llamamiento” (Beruf). A los no-cristianos se les da una estación en la vida, un lugar donde Dios los ha asignado. Sin embargo, los cristianos son aquellos que escuchan la voz de Dios en su Palabra, de modo que entienden su estación en términos del “llamamiento” personal de Dios. 

La Palabra de Dios llama a las personas a la fe. Esta es la primera vocación del cristiano, ser un hijo de Dios. Pero Dios también ha ubicado —estacionado— a aquel cristiano a vivir una vida en el mundo. El cristiano, por fe, ahora entiende su vida y lo que Dios le encomienda hacer como un llamamiento de parte del Señor. Como lo explica el teólogo contemporáneo John Pless, 

Lutero entendió que el cristiano es genuinamente bi-vocacional. Él es llamado primero, por medio del evangelio, a la fe en Jesucristo y es llamado a ocupar una estación o lugar particular en la vida. El segundo sentido de este llamado abarca todo lo que el cristiano hace en servicio al prójimo, no sólo en una ocupación particular sino también como miembro de la iglesia, como ciudadano, cónyuge, padre, hijo y trabajador. Aquí el cristiano vive en amor hacia otros seres humanos y es el instrumento por el cual Dios hace Su obra en el mundo.

Dijo Lutero, “Por lo tanto, concluimos, que un cristiano vive no en sí mismo sino en Cristo y el prójimo. Vive en Cristo por medio de la fe, y en su prójimo por medio del amor”.

Para Lutero, la relación del cristiano con Dios no tiene nada que ver con nuestras buenas obras, sino con la obra de Cristo a favor nuestro. Pero Dios, habiéndonos justificado libremente por medio de la Cruz de Jesucristo, nos llama de regreso al mundo, cambiados, para amar y servir a nuestros prójimos.

Los oponentes monásticos de Lutero argumentaban que somos salvos por nuestras buenas obras, con lo cual querían significar rechazar al mundo, realizar ejercicios espirituales, y por medio de sus votos de celibato, pobreza, y obediencia, los cuales no tenían nada que ver con las vocaciones “seculares”. Pero Lutero negaba que tal piedad privada y aislada, cuya supuesto propósito era servirle a Dios, tuviese algo que ver con las buenas obras. Él preguntaría, ¿A quién estás ayudando? Las buenas obras no se han de hacer para Dios. Más bien, deben ser hechas por causa de nuestro prójimo. Dios no necesita nuestras buenas obras, dijo Wingren resumiendo a Lutero, pero nuestro prójimo sí.

Si se encuentra en un trabajo por medio del cual lleva a cabo algo bueno para Dios, los santos, o para usted mismo, pero no para su prójimo, entonces debes saber que esa obra no es una buena obra. Pues cada uno debe vivir, hablar, actuar, escuchar, sufrir y morir en amor y servicio para otros, incluso por los enemigos de uno, un esposo por su esposa e hijos, una esposa por su esposo, los hijos por sus padres, los siervos por sus amos, los amos por sus siervos, los gobernantes por sus súbditos y los súbditos por sus gobernantes, de modo que la mano, la boca, el ojo, el pie, el corazón y el deseo de uno funcionen a favor de otros; éstas son obras cristianas, buenas por naturaleza.

A veces hablamos de servir a Dios en nuestras vocaciones. Lutero podría haberse opuesto a esta formulación, si con ella nos imaginamos que estamos haciendo grandes acciones para impresionar al Señor y si descuidamos a nuestras familias o maltratamos a nuestros colegas al hacer tales cosas. Pero Jesús mismo nos dice que lo que hacemos—o no hacemos—para nuestro prójimo en necesidad, se lo hacemos (o no se lo hacemos) a Él (Mt 25:31-46). De modo que cuando servimos a nuestro prójimo, en verdad le servimos a Dios, aunque ni las ovejas ni las cabras se dieron cuenta de con quién estaban tratando. Dios está oculto en la vocación. Cristo está oculto en nuestros prójimos. 

Los cuatro estados 

Mientras los cristianos viven sus vidas ordinarias, Dios les asigna ciertos prójimos para amarles y les llama a múltiples ámbitos de servicio. Estas constituyen las vocaciones cristianas en el mundo.

Las vocaciones son múltiples. Lutero habló de los llamamientos de Dios en términos de tres instituciones que Dios ha establecido, junto con un cuarto ámbito de actividad humana. La doctrina de la vocación y la doctrina de los cuatro estados son temas que corren a lo largo de los escritos de Lutero. Un tratamiento particularmente abreviado se puede encontrar en la Confesión de Lutero de 1528. Después de criticar al monasticismo, por el cual algunos piensan que pueden recibir la salvación por mérito, Lutero contrasta estas órdenes concebidas humanamente con los órdenes diseñados por Dios mismo: “Pero los órdenes verdaderamente santos y los fundamentos piadosos establecidos por Dios”, escribe Lutero, “son estos tres: el oficio sacerdotal, la familia y el gobierno civil”.

Todos aquellos que están involucrados en el oficio pastoral o en el ministerio de la Palabra, se hallan en un orden y estación buena, honesta y santa. Esto agrada a Dios en gran manera, mientras predican, administran los Sacramentos, presiden sobre los fondos para los pobres y dirigen a los diáconos y otros siervos que ayudan en tales labores, etc. Todas éstas son obras santas a la vista de Dios.

A esto Lutero le llamaría la propiedad o estado de la iglesia. De igual manera, aquellos que son padres y madres, quienes gobiernan bien sus hogares y que procrean hijos para el servicio a Dios también se hallan en un estado verdaderamente santo, haciendo una obra santa y siendo miembros de una orden santa. De la misma manera, cuando los hijos o los siervos son obedientes a sus padres o amos, esto también es una verdadera santidad y aquellos que vivan en tal estado son verdaderos santos en la tierra.

Para Lutero esto es el patrimonio de la familia. Esto incluye sobre todo a la familia, que en sí misma contiene múltiples llamamientos: el matrimonio, la paternidad, la niñez. Este patrimonio también implica el trabajo por el cual la familia se gana la vida. Lutero tenía en mente lo que se expresa en la palabra griega oikonomia, que se refiere a “la administración y la regulación de los recursos de la familia”, el término del cual derivamos nuestra palabra economía. De modo que, el patrimonio de la familia incluye tanto las vocaciones de la familia como las vocaciones del lugar de trabajo. Lutero también combina el trabajo humano con el tercer estado, el cual incluye, más generalmente, a la sociedad y la cultura:

De igual manera, los príncipes y gobernadores, jueces, oficiales y cancilleres, empleados, siervos y siervas, y todos los demás criados, así como también a todos los que ofrecen el servicio que deben rendir, se hallan todos en un estado de santidad y están viviendo vidas santas delante de Dios, porque estos tres estados u órdenes están todos incluidos en la Palabra y el mandamiento de Dios. Cualquier cosa que esté incluida en el orden de Dios debe ser santa, pues la Palabra de Dios es santa y consagra todo lo que toca y todo lo que incluye.

Los cristianos preocupados con sus familias, batallando para poder cubrir las necesidades esenciales, viviendo sus vidas mundanas “están todos en un estado de santidad” de acuerdo a Lutero, “viviendo vidas santas delante de Dios”.

Y luego Lutero va más allá de los papeles específicos que Dios nos ha asignado en este mundo señalando hacia un estado más global:

Por sobre estos tres estados y órdenes se halla el orden común del amor cristiano, por el cual ministramos no sólo a aquellas personas que pertenecen a estos tres órdenes, sino en general a cualquiera que tenga necesidad, como cuando alimentamos al hambriento y damos de beber al sediento, etc., así como cuando perdonamos a los enemigos, oramos por todos los hombres en la tierra, sufrimos todo tipo de males en nuestra vida terrenal, etc. He aquí otra de las grandes frases de Lutero: “el orden común del amor cristiano”. Éste es el ámbito del Buen Samaritano. La gente de todos los tres órdenes se reúnen aquí, ministrándose los unos a los otros y a “todos los que estén en necesidad”.

El sacerdocio de todos los creyentes

La doctrina de la vocación es una parte integral de la enseñanza de la Reforma sobre el sacerdocio de todos los creyentes. Esto no significa, al menos para Lutero, que el oficio pastoral ya no sea necesario. Más bien, ser pastor es una vocación distintiva, y Dios opera por medio de ellos para darle a su rebaño su Palabra y los sacramentos.

El sacerdocio de todos los creyentes significa, entre otras cosas, que uno no tiene que ser un pastor o llevar a cabo funciones pastorales para poder ser un sacerdote.

John Pless muestra como la visión medieval Católica Romana, que consideraba los llamamientos a las órdenes religiosas como la única vocación santa de parte de Dios, vuelve a ser copiada por el evangelicalismo norteamericano:

El Catolicismo Romano medieval presuponía una dicotomía entre la vida en los órdenes religiosos y la vida en los llamamientos ordinarios. Se asumía que la vida monástica guiada por los consejos evangélicos (i.e. El Sermón del Monte) proveía un sendero más seguro hacia la salvación que la vida secular regulada por el decálogo. El Evangelicalismo norteamericano ha dado a luz algo a lo que podría llamarse “neomonasticismo”. Igual que su contraparte medieval el neo-monasticismo da la impresión de que la obra religiosa es algo que agrada más a Dios que otras tareas y responsabilidades asociadas con la vida en el mundo. Según esta mentalidad el creyente que hace un llamado al evangelismo, que sirve en un comité congregacional, o que enseña una lección en servicio a la iglesia está llevando a cabo una labor más espiritualmente significativa que la madre cristiana que cuida a sus hijos o que el cristiano que trabaja con integridad en una fábrica. Para el creyente todo trabajo es santo porque él o ella es santo y justo por medio de la fe en Cristo. Muy similar al neo-monasticismo es el neo-clericalismo que está al acecho tras del eslogan, “Cada uno, un ministro”. Esta frase implica que el trabajo es digno sólo en tanto se parezca al trabajo hecho por los pastores. Los lectores laicos son llamados “ministros asistentes” y se apoya esta práctica sobre la base de que involucrará a otros en la iglesia como si la recepción fiel de los dones de Cristo fuese insuficiente. Ya no es suficiente pensar en su vida y en su trabajo diarios como su vocación, ahora deben ser llamados “su ministerio”.

Einar Billing señaló el punto de que Lutero y los Luteranos sacaron del claustro las disciplinas espirituales monásticas y las enviaron al mundo, para ser practicadas en la vocación. ¿celibato? Ser sexualmente fieles dentro del matrimonio. ¿pobreza? Luchar por ganar el sustento para tu familia.¿obediencia? Hacer lo que la ley y tu empleador te dicen que hagas. ¿dar limosnas? Ser generoso con tus prójimos. ¿auto-disciplina? Armarte de valor contra las tentaciones que encontrarás en la vida diaria.

Los sacerdotes llevan a cabo sacrificios. El sacrificio de Cristo por nuestros pecados fue hecho de una vez por todos. Ya no necesitamos repetir ese sacrificio. Se enseña que esto sucede en la Misa. Pero los discípulos de Cristo son llamados a tomar sus propias cruces y seguirlo. Su sacerdocio real les sacrificará a ellos mismos en sus llamados, a medida que aman y sirven a sus cónyuges, hijos, clientes, empleados y conciudadanos. “Lutero reubicó el sacrificio”, dice Pless. “Lo quitó del altar y lo reubicó en el mundo”.

“El cristiano trae su sacrificio cuando rinde obediencia, ofrece el servicio y comprueba el amor que su trabajo y llamamiento requieren de él”, escribe Vilmos Vatja. “La obra del cristiano en su llamado llega a ser una función de su sacerdocio, su sacrificio corporal. Su trabajo en el llamado es una obra de fe, la adoración que da el reino del mundo”. 

“Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1Pe 2:5). “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Rom 12:1). Estos sacrificios son, precisamente, “sacrificios eucarísticos”; es decir, “sacrificios de acción de gracias” en respuesta a lo que Dios ha hecho por nosotros en Jesucristo.

Puede parecer extraño pensar que tales actividades mundanas como pasar tiempo con su cónyuge e hijos, ir al trabajo o participar en su comunidad sean parte de su “santo” llamado, y que la faena diaria de trabajo pueda ser un “sacrificio espiritual”.

Sin embargo, no es tan extraño como lo que actualmente separa a muchos cristianos: una vida “espiritual” que tiene poco que ver con sus familias, su trabajo y su vida cultural. Muchos cristianos tratan a otras personas de una forma terrible, incluyendo a sus cónyuges e hijos, mientras cultivan su propia piedad personal. Muchos cristianos bien intencionados se pierden en el trabajo y las actividades de la iglesia, mientras descuidan sus matrimonios, sus hijos y sus otros llamamientos. 

Pero la vida ordinaria es donde Dios nos ha colocado. La familia, el lugar de trabajo, la iglesia local, la cultura y la arena pública son los lugares donde Él nos ha llamado. La vocación es donde se lleva a cabo la santificación.

Cierto, pecamos miserablemente en todas estas vocaciones. En lugar de amar y servir a nuestros prójimos, queremos ser amados y servidos, poniéndonos a nosotros mismos de primeros. Pero cada domingo podemos ir a ser nutridos por la Palabra de Dios, donde encontramos perdón por nuestros pecados vocacionales y somos edificados en nuestra fe. A su vez, esa fe puede dar fruto en nuestras vocaciones diarias. La tasa de divorcio entre los cristianos evangélicos, su escapismo espiritual y su invisibilidad cultural son todos síntomas de la pérdida de la vocación. A la inversa, recuperar la vocación puede transformar la totalidad de la vida, inundando todas las relaciones y todas las tareas puestas delante de nosotros con la gloria de Dios.

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