LOS CAMPOS EN QUE REALIZAMOS NUESTRAS VOCACIONES

Por Gene Edward Veith

Reforma Siglo XXI, Vol. 12, No. 1

  1. La familia

La familia comprende muchas vocaciones diferentes. Una persona particular puede tener, al mismo tiempo, la vocación de ser el esposo de su esposa, un padre para sus hijos, y un hijo para sus propios padres en tanto que estén vivos. Cada una de estas vocaciones familiares tiene un número específico —y limitado— de prójimos que han de ser amados y a quienes se debe servir de acuerdo a las responsabilidades propias de cada llamado.

La vocación del matrimonio comprende tan sólo un prójimo. El esposo ha de amar y servir a su esposa. La esposa ha de amar y servir a su marido.

Con mucha frecuencia, los cristianos distorsionan lo que la Biblia enseña sobre las varias vocaciones reduciendo todo a poder y autoridad: ¿quién tiene que obedecer a quién? Pero, como Jesús enseña, esa es la mentalidad de los incrédulos: «Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Marcos 10:42-43).

¿Cómo es que cada miembro de la pareja matrimonial se sirven el uno al otro?

Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella (Efesios 5:23-25).

Nótese como Cristo está oculto en el matrimonio. Las esposas aman y sirven a sus esposos sometiéndose a él, como a Cristo. Pero esto no significa que los esposos deban «ense- ñorearse» sobre sus esposas. Cristo no se relaciona con su novia la iglesia como un tirano o dictador. Más bien, Cristo

«se entregó a sí mismo». Los esposos han de amar y servir a sus esposas dándose ellos mismos por ellas. Tanto el marido como la esposa ejercen su sacerdocio real sacrificando sus propias necesidades a favor del otro. Pero en esa abnegación mutua se cubren las necesidades de ambos.

En la vocación de la paternidad el padre y la madre aman y sirven a sus prójimos, a saber, sus hijos. Y los hijos han de amar y servir a sus padres. También en esta vocación Dios se halla oculto, como el Padre y el Hijo son los orígenes de la paternidad humana y de la condición de hijos en la familia humana.

2. La Sociedad

En cuanto a todas nuestras pretensiones de independencia, está claro que Dios no nos creó para estar solos. Muy pocas

personas tienen que cazar para conseguir su propia carne, sembrar y cosechar sus propios granos, construir sus propias casas, tejer sus propias ropas y protegerse de los depredadores, todo esto de manera solitaria. Más bien, las personas son inter dependientes. Los seres humanos siempre existen en culturas, y esto es así por diseño de Dios.

El hecho de que nacimos en un lugar y tiempo particulares es parte de la asignación de Dios para cada uno de nosotros. Tenemos una vocación como ciudadanos. Algunos tienen un llamado más allá como gobernantes. Algunos son súbditos. En una república democrática, como la nuestra, los mismos gobernantes están sujetos al pueblo que los elige, quienes por lo tanto son simultáneamente súbditos y gobernantes.

Romanos 13 explica con detalles explícitos como Dios opera a través de la agencia de la vocación:

Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la auto- ridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo (Rom. 13:1-4).

Toda autoridad le pertenece a Dios. Él, a su vez, instituye autoridades humanas y opera a través de ellas para refrenar y castigar los estallidos más flagrantes de pecado, para hacer posibles las sociedades.

De modo que, el ocupar oficios y posiciones gubernamentales en el sistema legal —tales como ser jueces, oficiales de policía, carceleros e incluso (según Lutero) verdugos— son vocaciones legítimas que pueden ser ocupadas por los cristianos. Así también (de acuerdo a Lutero), lo son las vocaciones militares, aquellos que «llevan la espada» en una cadena legítima de mando.

Pero los gobernantes deben ejercer su autoridad otorgada por Dios con una actitud de amor y servicio hacia sus prójimos. Dios no llama a nadie a ser un tirano, del tipo que castiga la buena conducta y recompensa a los malhechores. Romanos 13 no se debe usar como un pretexto para el quietismo político. Pero no deja dudas de que Dios mismo está presente en los gobiernos terrenales y que Él opera a través de instituciones humanas.

  1. La Iglesia

«Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó» (Romanos 8:30). Y a éstos los ha colocado en la iglesia.

Cristo está oculto en su iglesia, presente en su Palabra   y los sacramentos, de modo que la iglesia es descrita como el cuerpo de Cristo. Y éste consiste de individuos que son totalmente diferentes los unos de los otros, y aún así, como las personas diferenciadas de la Trinidad, constituyen una profunda unidad.

Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo. Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular (1 Corintios 12:19-27).

Los miembros son llamados a amarse y servirse los unos a los otros. Las personas que llevan a cabo todas las tareas aparentemente mundanas en una iglesia local —los músicos, los ujieres, los miembros de comités, aquellos que preparan las cenas de compañerismo— están ayudando los unos a los otros, en maneras tangibles, a adorar a Dios.

Los llamamientos de Dios también son mediados. Las congregaciones llaman a los pastores. Ellos han de amar y servir a sus congregaciones predicando la Palabra de Dios —no su propia palabra— distribuyendo los sacramentos de Cristo y brindando cuidado espiritual al rebaño de Cristo. Los pastores fieles son canales de la obra de Dios. Cristo bautiza y distribuye su cuerpo y su sangre por medio de las manos del pastor, a quien Él ha llamado para hacer esta labor.

La típica iglesia local puede no parecer ser tan significativa. Los miembros se pelean entre sí y con su pastor, quien a su vez se exaspera con su gente. El sermón puede ser aburrido, la música puede ser pobre y la adoración, aparentemente superficial. Pero detrás de estos aspectos aparentemente poco significativos, allí donde la Palabra de Dios se proclama con fidelidad, allí Cristo anima a su cuerpo.

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