LAS LORAS TAMBIÉN HABLAN

por Guillermo Green

Reforma Siglo XXI, Vol. 4, No. 2

Yo antes visitaba a una señora que tenía una lora muy bonita. Por lo general la lora se quedaba quieta, observando a las visitas. Pero cuando menos se esperaba, echaba una carcajada, o te despedía con “hasta luego.” Las loras también hablan. 

El problema con las loras es que hablan por imitación, pero no comprenden. Y lo mismo puede suceder – ¡y sucede! – dentro de la iglesia. Un peligro para las iglesias que tienen una herencia antigua (como los reformados y presbiterianos) es el peligro de convertirnos en loras – repetimos las antiguas frases sin comprensión. 

Evidencias del síndrome “lora”

¿Hay evidencias en nuestras iglesias que nos hemos convertido en loras, repitiendo frases doctrinales sin comprensión? Si fuera el caso, creo que todos estamos de acuerdo en que habría graves problemas. Vamos a ver algunas posibles áreas.

En el tiempo de la Reforma protestante, cuando comprendían lo que confesaban, las confesiones doctrinales y la práctica de las iglesias tenían una coherencia, se complementaban. No hubo divorcio entre la doctrina y la vida, sino el uno informaba al otro, y se armonizaban entre sí. Podemos pensar en varias áreas. La doctrina reformada tenía implicaciones muy concretas para la liturgia, por ejemplo, y durante muchos años los cultos reformados y presbiterianos compartían muchos elementos. En cuanto a las misiones y el evangelismo, la doctrina reformada declaraba de manera muy clara los medios por los cuales Dios iba a llamar a las naciones. En cuanto a relaciones eclesiásticas o ecuménicas, los reformados tenían claro los límites y las diversas maneras en que podían relacionarse con otros cuerpos eclesiásticos. 

Tomemos hoy el área de la liturgia. ¿Por qué para tantos reformados hay tanta confusión en esta área? ¿Será que nuestra doctrina no nos ayuda en nada para enfrentar estos temas? Lamentablemente existen abismos grandes entre la asimilación de nuestra doctrina, y su aplicación – en este caso a la liturgia. Y estos abismos son más grandes aún en la juventud – que son los que muchas veces están a cargo de la música o la liturgia. Es fácil asimilar cualquier corriente litúrgica que parezca apetitiva, pero hay una base doctrinal que la acompaña. ¿Qué ha pasado con nuestras clases de enseñanza bíblica resumida en el Catecismo y las Confesiones? ¿Se han convertido en clases de “loras” – donde lo importante es simplemente repetir frases sin pensar? O peor aún – ¿se ha dejado de dar enseñanza doctrinal? Yo estoy convencido que nuestra fe reformada contiene todas las herramientas para analizar los temas de liturgia y para dirigirnos en un camino bíblico. No estoy diciendo que toda iglesia será igual – pero llevaremos una práctica pensada, fundamentada, y comprendida por la congregación. 

Menciono en breve algunos puntos que deberían informar nuestros debates sobre la liturgia. La Confesión de Westminster especifica la prioridad y autoridad de las Escrituras (Capítulo 1). Esto de entrada nos orienta hacia una práctica abiertamente bíblica y nos advierte contra buscar nuevas modas o inventos de hombres. En Capítulo 21 se habla del culto religioso, recordándonos que Dios ha limitado la forma de adorarle por su “voluntad revelada” (Las Escrituras) y que debemos evitar “imaginaciones e invenciones de los hombres … (u otra cosa) no prescrito en las Sagradas Escrituras” (Conf. Westm. Cap. 21.A). El Catecismo Mayor especifica aún más claramente los elementos que Dios desea, y los pecados prohibidos en cuanto a la adoración. En su pregunta sobre el Segundo Mandamiento (#108), encontramos una lista de elementos bíblicos para la adoración de Dios, y de nuevo la advertencia contra “inventar” cualquier cosa que no haya sido instituida por Dios.

El Catecismo de Heidelberg especifica en su pregunta #96 sobre el Segundo Mandamiento, que “sólo le rindamos culto como El ha mandado en su Palabra.” Y la Confesión Belga insta a la Iglesia a que deben 

…cuidar de no desviarse de lo que Cristo, nuestro único Maestro, ha ordenado. Por esto, desechamos todo invento humano y todas las leyes que se quisieran introducir para servir a Dios, y con ellas atar y apremiar las conciencias en cualquier forma que ello fuese posible… (Art. 32)

La Segunda Confesión Helvética afirma que el propósito del culto es:

Predicar al pueblo la palabra de Dios ordenadamente, elevar públicamente súplicas y oraciones, celebrar los sacramentos en debida forma y colectar donativos para los pobres, las necesidades de la iglesia y el mantenimiento de las actividades eclesiásticas usuales… (Art. 22)

El punto en todo esto es que los autores de las confesiones y catecismos entendían que la Palabra de Dios dejaba principios claros para el culto. Y es de notarse que el concepto Reformado de culto es de una reunión sencilla. El culto bíblico se caracteriza por sinceridad y sencillez. Es de lamentarse que a menudo los debates sobre la liturgia entre nosotros se enfocan en el tipo de instrumento (algo muy secundario – las confesiones ni siquiera lo mencionan) – ¡y no la letra de las canciones! (cosa sumamente importante). Nuestros debates a menudo se enfocan en la forma de hacer culto y no el contenido. Es de lamentarse que hay congregaciones aburridas con el culto Reformado, y sienten la necesidad de introducir otros elementos para “avivar” un poco el ambiente – esta es la prueba más grande de que nos hemos vuelto loras. Cuando nuestros cultos ya no tienen sentido, es que nos hemos vuelto meras loras, repitiendo sin comprender. 

Pensemos en las misiones y el evangelismo. Los reformados de antaño tenían muy claro que la Gran Comisión iba a realizarse por la iglesia, que enviaba a hombres para predicar el evangelio y plantar nuevas congregaciones. La iglesia (como institución y como cuerpo) se multiplicaba, a través de los medios que Dios había establecido – la predicación del evangelio y la administración de los sacramentos. Por ejemplo, el Catecismo de Heidelberg en su pregunta #54 dice lo siguiente:

Pregunta: ¿Qué crees de la santa Iglesia cristiana católica?

Respuesta: Que el Hijo de Dios, desde el principio hasta el fin del mundo, de todo el género humano, congrega, guarda y protege para sí, por su Espíritu y su Palabra en la unidad de la verdadera fe, una comunidad, elegida para la vida eterna, de la cual yo soy un miembro vivo y permaneceré para siempre.

El Catecismo deja claro que la “misión” de Dios es congregar una Iglesia, y el medio principal es la Palabra hecho efectiva por el Espíritu Santo. Varios otros artículos de la Confesión Belga dejan a entender que el plan de Dios es ejecutada en y a través de la iglesia y sus diversos ministerios (ver Conf. Belga Artículos 278, 29, 29, 30). La Confesión Westminster dice explícitamente:

A esta iglesia católica visible ha dado Cristo el ministerio, los oráculos y los sacramentos de Dios, para reunir y perfeccionar a los santos en esta vida y hasta el fin del mundo; y por su propia presencia y Espíritu, de acuerdo con su promesa, los hace eficientes para ello (Art. 25, énfasis mío).

A pesar de esta orientación de nuestras confesiones, muchos se encuentran seriamente afectados por otras corrientes que no tienen claros estos puntos, y en su lugar ofrecen otras formas de realizar las misiones. Algunos promueven misiones por medio de organismos paraeclesiásticos, o sea, grupos que no son “la iglesia” en sí, sino sencillamente agrupaciones de individuos. Otros ofrecen un sin fin de “formulas” para hacer crecer la iglesia o para llevar a cabo la evangelización, cómo atraer a las personas, cómo analizar su grupo “blanco” para poder adaptarle su mensaje, etc., etc. Es interesante que Pablo dijo que llegó a los Corintios sin muchas palabras – con sólo el mensaje sencillo de la cruz de Cristo (1 Cor. 1:18-31). Y los Reformadores mantuvieron este enfoque bíblico cuando afirmaron que los elegidos de Dios serían llamados por esta misma predicación de la cruz de Cristo.

¿Por qué no somos capaces de conectar nuestras confesiones doctrinales con nuestra práctica de misiones? Muchas veces somos susceptibles a “técnicas” nuevas – vivimos en tiempos en que todo se arregla con alguna técnica, y en la iglesia hemos caído en la misma trampa. Pero Dios estableció la “técnica” para hacer crecer su iglesia, y esto es afirmado de manera hermosa en las confesiones reformadas.

Tomemos el caso de relaciones ecuménicas. Me encuentro con muchos hermanos que expresan incertidumbre sobre la manera de relacionarse con otras iglesias protestantes o miembros de la iglesia Catolicorromana. Las confesiones reformadas nos refieren un marco doctrinal que refleja fielmente las enseñanzas bíblicas sobre el carácter de una iglesia bíblica. La Confesión de Westminster matiza su artículo sobre la Iglesia, diciendo:

Esta iglesia católica ha sido más visible en unos tiempos que en otros. Y las iglesias específicas que son parte de ella son más puras o menos puras, de acuerdo como se enseñe y se abrace la doctrina del evangelio, se administren los sacramentos y se celebre con mayor o menor pureza el culto público en ellas (Cap. 25).

Las confesiones nos proveen los puntos más importantes para fundamentar las relaciones eclesiásticas que debemos tener, nos proveen un marco doctrinal que delimita las doctrinas más importantes como base para la unión cristiana. Dentro del marco de las confesiones, pueden – y deben – haber plena comunión. En cuanto a nuestra participación con otros evangélicos que no comparten nuestro sistema de doctrina, o aún Católicos, las confesiones no especifican reglas para otros tipos de relaciones – la regla sería no comprometer nuestro testimonio como Reformados. Por ejemplo, si podemos colaborar con otros grupos religiosos para leyes más justas en nuestro país, esto no viola nuestro testimonio reformado. Otros casos más difíciles tienen que ver, por ejemplo, con la cooperación en actividades como alguna campaña donde el mensaje predicado es contrario a nuestra confesión. 

Viendo el panorama, hay que admitir que en nuestros tiempos se ve todo. Hay Bautistas o Pentecostales Reformados y hay ‘Reformados’ que no son Calvinistas. Una verdadera asimilación de nuestra doctrina nos provee un fundamento para poder ministrar en este mundo confuso con confianza y con seguridad. Pero si sólo repetimos “doctrinas reformadas” como la lora, no tendremos criterios inteligentes para enfrentar los retos de las relaciones ecuménicas.

Profundizando nuestro análisis

¿Hay otros indicadores que una iglesia está en “modo lora”? Creo que sí. Si todos los oficiales son “ortodoxos” en lo que creen, pero hay grandes diferencias sobre prácticas fundamentales en la iglesia, creo que existe un desfase entre la asimilación de la doctrina y cómo aplicarla. En una situación donde todos afirman todo, pero no están de acuerdo en qué hacer, quiere decir que el “todo” que afirman realmente no ha sido asimilado. Yo creo que el debate y la discusión en la iglesia es sano. Pero muchos debates se hacen de manera muy superficial, viendo “lo práctico.” Para que un debate sea legítimo, debe analizar tanto lo práctico como lo doctrinal, pues los dos tienen que ir juntos. Pueden suceder “debates de lora” a todos los niveles – desde la congregación local hasta nuestras asambleas mayores. A veces las loras dicen algo comprensible, pero al rato están haciendo bulla, nada más. Es posible afirmar que somos Reformados, pero esta afirmación se puede volver mera bulla si nuestras doctrinas no viven en nuestro corazón e informan nuestros debates. Son cansados los “debates de lora.”

El peligro de caer en “modo lora” se extiende a todos los niveles, y cuando se apodera de la misma congregación la situación se pone muy seria. Una congregación puede ser “entrenada” a sólo repetir ciertas frases claves, como si esto la hiciera reformada. El rótulo afuera nos puede asegurar que somos reformados, el himnario familiar y nuestro libro de confesiones – todos ellos nos dan seguridad de nuestra identidad. Pero todos estos elementos pueden ser meramente elementos de “lora”, pues ni un rótulo ni un himnario significan nada. Lo que hacemos es lo que creemos realmente. En la iglesia local podemos caer en la trampa de la lora, contentos de repetir las frases familiares, sin pensar en otras cosas que estamos asimilando y practicando. No debemos rehuir al cambio – el cambio es bueno y es necesario. Pero todo cambio debe ser pensado y fundamentado. El peligro más grande es cuando suceden cambios y la congregación finge que no está sucediendo casi nada. No hay discusión, no hay fundamento doctrinal – se dejan llevar por algún otro motivo, probablemente la presión de lo que les rodea.

¿Qué hacer?

Viene la pregunta clave: ¿Qué podemos hacer para asegurar que asimilemos las enseñanzas bíblicas, y que nuestra confesión no sea meramente una tradición sin comprensión? Recordemos que desde tiempos antiguos Dios le advertía a Israel que su religión fuera algo viva, no sólo una tradición, y en el contexto de advertencia contra el pecado habla de la “circuncisión del corazón … para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Deut. 30:6). Por tanto, no debemos pensar que el problema de no asimilar totalmente las verdades vivas del evangelio sea algo nuevo, o algo que sólo nosotros estamos experimentando. Ha sido una tentación durante toda la historia caer en un mero tradicionalismo sin comprensión. Entonces, por un lado, como dice Pablo en otra parte, “No nos ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana…”! Estos problemas han habido y siempre habrán. 

Pero el que haya problemas en la iglesia, no quiere decir que no tengan graves consecuencias. Debemos pelear duro contra aquellas cosas que socavan nuestra fe y obediencia, y la ignorancia nunca producirá ningún fruto. Lo que se debe procurar entonces, es una fe viva, una fe bíblica.

El Catecismo de Heidelberg, en su pregunta #21, resume la naturaleza de la verdadera fe con estas palabras:

Pregunta 21: Qué es la fe verdadera?

Respuesta: La Fe Verdadera no es sólo el conocimiento y la convicción de que todo lo que Dios revela en Su Palabra, es verdad, Sino que es también una seguridad profundamente arraigada, y creada en mí por el Espíritu Santo a través del Evangelio, de que por la sóla gracia obtenida para nosotros por Cristo, sé que a mí también y no solamente a otros, me han sido perdonado todos mis pecados; he sido hecho eternamente justo para con Dios y se me ha otorgado la salvación.

Lo que podemos notar en esta definición de “fe” son los elementos de “conocimiento”, “convicción” y “seguridad.” Y en esto siguen el testimonio bíblico. Por ejemplo, en Jeremías 9:23,24 leemos:

Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová que hago misericordia, juicio y justicia en al tierra; porque estas cosas quiero dice Jehová.

La fe bíblica y verdadera tiene un aspecto importante de conocimiento. Debemos “entender” quién es Dios y lo que ha hecho en Cristo. Pablo le exhorta a Timoteo a encargar a hombres idóneos para que transmitan “el depósito” de doctrina que él había dejado (2 Tim. 1:14; 2:2). La fe bíblica tiene un contenido, tiene un cuerpo de verdades que son históricas, son reales, y son importantes.

Pero el Catecismo señala que otro elemento importante es “la convicción” que son ciertas, y la “seguridad” que yo estoy incluido en esta salvación por gracia y por la fe en Jesucristo. La fe verdadera descansa no sólo en el conocimiento intelectual de verdades, sino en abrazar estas verdades personalmente. Este paso es la gran diferencia entre mirar a Jesús de lejos, y acercarse a él y postrarse a sus pies. Es posible saber acerca de Jesús – otra cosa es abrazarle como Salvador. El Catecismo de Heidelberg intenta unir las dos facetas de la fe verdadera – el entendimiento del evangelio, y la convicción personal, la confianza que yo soy salvo en Cristo. 

Ahora bien, ¿cómo es obrada esta fe en nosotros? Siguiendo la biblia, el Catecismo dice que está “creada en mí por el Espíritu Santo a través del Evangelio.” El que obra la fe es Dios, y utiliza el Evangelio como el medio. ¿Cómo evitar que nuestra fe sea “fe de lora” – sólo una repetición de palabras sin entendimiento? Debe ser una fe verdadera, una fe real, y debe ser promovida por la comunicación del Evangelio. Si falta una de las dos columnas de la fe – conocimiento o convicción – no es una fe bíblica. Existe un “celo de Dios, pero no conforme a ciencia” (Romanos 10:2), como el que tenían los judíos. Y existe una fe meramente intelectual, como la que tienen los demonios, ¡y tiemblan! (Santiago 2:19). Procuramos promover una fe íntegra – conocimiento y convicción.

1) Debemos promover el conocimiento de Dios. Si están raquíticas las clases dominicales, si no hay enseñanza en el hogar, si los ancianos no motivan al estudio bíblico de diferentes maneras, si la congregación no responde con deseos de conocer a Dios – habrá problemas con su fe. Cada persona debe analizar su vida. Ancianos y pastores deben meditar sobre el ministerio de la Palabra en su iglesia, si hay formas adecuadas para el buen aprendizaje de la Palabra para todas edades – dentro de la iglesia y también en los hogares. ¿Se necesitan materiales? ¡Hay que buscarlos! ¿Se necesitan maestros? ¡Hay que capacitarlos! ¿Hay apatía en los miembros? ¡Hay que pastorear y exhortar con toda paciencia! Combatimos cristianos loras con la buena y eficaz enseñanza de la Palabra de Dios.

2) Pero también combatimos la fe de lora con asegurar que haya convicción y fervor. Muchos líderes creen que no se puede hacer nada con respecto a esto, y muchos se conforman con enseñar la biblia y dejar a Dios la convicción. Esto es un gran error. El maestro bíblico necesita mucho más que unos conocimientos de la biblia, porque su tarea es mucho más que impartir meros conocimientos. Es por esto que Pablo le recuerda a Timoteo que “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). El maestro necesita poder, amor y dominio propio porque son estas cualidades que él está compartiendo también. Muchos son los pasajes donde Pablo habla de “no desmayarse”, de tener “confianza en Dios”, y de “pelear la buena batalla.” Solamente el creyente que tiene verdadera convicción en el Dios de la salvación puede exhibir estas cualidades. Por tanto, el maestro bíblico procura infundir por el evangelio no sólo datos acerca de Dios, sino enseña de una manera y combina los elementos del evangelio de una forma en que los oyentes se compunjan, se convenzan, y se comprometan. Estas cualidades de la verdadera fe son transmitidas al igual que los elementos cognoscitivos. El maestro bíblico está en el deber de hablar no sólo a la cabeza sino al corazón. Debe hacer llamados al arrepentimiento, al compromiso, debe rogar con lágrimas y debe tronar como Elías todos los elementos del mensaje bíblico. Pues estas son las formas que Dios ha dispuesto para infundir verdadera fe en el corazón de su pueblo. Todos los que están en posiciones de enseñanza deben preguntarse si su propia actitud no es estorbo para sus oyentes, si hay apatía o falta de compromiso en ellos mismos. Después debe meditar en la forma de instrucción que da, si tiende mucho a sólo lo intelectual, o también se dirige al corazón.

Conclusión

La iglesia tendrá que combatir la letargia y la apatía durante toda la historia. Gracias a Dios que nos ha dejado formas de combatirla. El peligro es cuando no la peleamos. Pero si estamos dispuestos a librar esta lucha, pues tenemos suficientes armas en el bendito evangelio de Dios. No debemos conformarnos con ser una iglesia que repite las frases correctas, como la lora, sino debemos procurar discípulos de Cristo que tienen ¡conocimiento y convicción! A Dios sea la gloria.

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