LA SOBERANÍA DE DIOS Y EL SUFRIMIENTO: EL CASO DE JOB

por Guillermo Green

Reforma Siglo XXI, Vol. 4, No. 1

Introducción

El libro de Job ha fascinado a muchas personas a lo largo de la historia. La profundidad del discurso, la pasión de los personajes, y la estructura del libro son un conjunto de sabiduría innegable. Pero si nos quedamos solamente con estos aspectos, no veremos el mensaje verdadero de esta obra. Tal como el relato de Jonás, el libro de Job es una joya insertada en el Antiguo Testamento que trasciende los límites de la historia de Israel. Los eruditos han debatido sobre el autor y el contexto original, pero el mismo silencio del libro sobre estos asuntos debe ayudarnos a enfocar en el mensaje al interior del relato, pues esto es el punto primordial.

El libro abre con una descripción breve de la persona de Job. Aunque breve, la descripción es importante para el resto del libro. Mientras los amigos de Job mas tarde lo acusarán de que sus sufrimientos son resultado del castigo de Dios sobre él, esta introducción nos indica que Job es una persona íntegra, que perseguía la santidad. Tanto en su vida personal, como en su lugar como padre de familia, Job es “perfecto”, o sea, buscaba únicamente la gloria de Dios.

Se menciona la prosperidad de Dios de manera muy importante. No dice que Dios lo había bendecido a causa de su obediencia. Simplemente menciona que Dios lo había bendecido con mucho. Otros sacaron la conclusión que la bendición material era señal del favor de Dios, y que sus enfermedades eran señal del juicio de Dios. Pero el relato es sencillo y directo – Dios lo había bendecido – punto.

La corte celestial

En Job 1:6 hay un cambio de escena, y estamos llevados a la corte celestial. Nos encontramos con una reunión entre Dios, los “hijos de Dios” (los ángeles) y también Satanás. El lenguaje del versículo nos indica que los ángeles y Satanás realmente son convocados por Dios. No es el caso que simplemente aparecen un día ante el trono de Dios. Esta es una convocación del Rey, y todos sus siervos deben presentarse. Notemos que Satanás es considerado entre los siervos de Dios. A pesar de su oposición a Dios, es llamado a cuentas, porque en última instancia sirve los propósitos de Dios. En este versículo estamos presentados con el primer indicio fuerte de la soberanía de Dios. La lucha subsecuente entre Satanás y Dios no es una lucha entre iguales. Hay un sólo Rey, y el diablo es convocado junto con el resto de los siervos de Dios. 

Debemos hacer mención del nombre “Satanás”. No es un nombre común para el diablo en el Antiguo Testamento. Realmente el relato que encontramos en Job no tiene otro paralelo. Leemos en 1 Crónicas 21:1 que Satanás incitó a David a levantar un censo contra la voluntad de Dios. Un Salmo lo menciona (109:6), y el libro de Zacarías en dos versículos (3:1,2). Fuera de estas citas el diablo no es calificado con el nombre “Satanás”. El término significa tanto “adversario” como “acusador”, y en Job el diablo ejecuta las dos funciones. Tenemos en el libro de Job una “teología” más desarrollada de las actividades de Satanás que en cualquier otro lugar del Antiguo Testamento fuera de Génesis 3. Y es necesario ver esta relación. En Génesis, la obra del diablo era incitar al hombre en contra de Dios. Logró su objetivo. Pero Dios luego promete rescatar a un pueblo, y desde ese día la obra del diablo es como “adversario” a los planes de Dios. En el relato de Job, Satanás intenta incitar a Dios contra su siervo. Pero nos estamos adelantando.

En Job 1:7,8 Dios le hace dos preguntas a Satanás: 1) «¿De dónde vienes?» En respuesta el diablo dice que ha andado por toda la tierra. Entonces Dios le hace la segunda pregunta, que es clave para el resto del libro: 2) «¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?»

El lector debe notar algo inmediatamente. Es común la idea que fue Satanás él que sacó el caso de Job ante Dios. Pero este no es el caso. Fue Dios que provoca el debate. Es Dios que busca el conflicto. Dios le saca en cara a Satanás palabras provocativas: «…no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.» En otras palabras, Dios está retando a Satanás, señalando a Job que ama a Dios, y aborrece el mal, ¡aborrece a Satanás!

Esto es algo notable. El libro de Job es acerca de un conflicto entre Dios y el diablo. Job no entendía esto en medio de su sufrimiento, pero el libro nos es dado para que nosotros sí lo entendamos. Lo que estaba en juego era la gloria de Dios, manifestada en la vida de su siervo Job.

Satanás no se queda callado, y como “adversario” va hacia el contra ataque. En pocas palabras acusa a Job de servir a Dios por interés propio, lo acusa de tener una fe interesada, egoísta. A fin de cuentas está acusando a Dios también de no poder discernir las motivaciones reales de Job. Como es su naturaleza, Satanás lanza acusaciones a todo el mundo – a Job y a Dios. El único problema para nosotros es que esta acusación del diablo, en muchos casos, ¡es correcta! ¿Cuántas personas sirven a Dios ‘en las buenas’, pero se apartan cuando enfrentan conflictos? ¿Será cierta la acusación de Satanás contra Job? ¿Será cierta la acusación de Satanás contra Dios? 

El reto aceptado

Dios aceptó el reto de Satanás, y le dio permiso de herirlo – con tal que no lo tocara a él personalmente. El diablo podía tocar todo lo demás de lo que tenía. Es importante notar que Dios retiene su soberanía en este caso – Dios es él que le da permiso al diablo. Y Satanás derrama su furia contra Job, destruyendo todo lo que tenía, hasta sus propios hijos. ¿Qué es lo que está pasando aquí? Aunque Job no sabe todavía del combate celestial en medio del cual él se encuentra, el autor del libro sí lo sabe, y quiere que nosotros entendamos las cosas así. Y debemos colocar estos eventos a la luz del primer combate entre Satanás y Dios en el huerto de Edén. Después de su “victoria”, Dios responde en gracia que la serpiente no tendrá la última palabra. Por el hombre había entrado el pecado en el mundo, y por la simiente de la mujer, por un hombre, vendría también la victoria sobre el diablo. En este contexto cósmico Dios destaca a Job ante Satanás y lo escoge como su representante para enfrentarse con el diablo. En el desarrollo del plan de salvación, Dios lanza a Job como su representante para defender su gloria en contra del Acusador y el Adversario. Satanás entiende muy bien lo que está pasando, y es por esto que no pierde tiempo en arremeter contra Job con toda la furia que Dios le permite.

Job, golpeado por el ataque, rasgó su manto, rasuró su cabeza en señal de luto, «¡y se postró en tierra y adoró!» Y el veredicto del autor sobre esta primera ronda se encuentra en Job 1:22: «En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.»

Capítulo 2 comienza con prácticamente las mismas palabras de 1:6. Dios convoca otra reunión, Satanás se presenta también, Dios le hace las mismas preguntas – con la excepción de una pequeña añadidura. En 2:3 Dios le pregunta a Satanás si ha considerado su siervo Job, varón perfecto y apartado del mal, y añade: «¿…y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa?» Podemos mencionar dos cosas con respecto a esta declaración. Primero, Dios acepta la responsabilidad de haber arruinado a Job. De nuevo, esto no es un combate entre iguales. Si bien es cierto que Dios le dio a Satanás la tarea y la autoridad de herir a Job, en última instancia Dios asume la responsabilidad. Esto no nos deja alternativa alguna en cuanto a la absoluta soberanía de Dios, y es uno de los puntos más fuertes en todo el libro. 

Segundo, encontramos de nuevo que Dios es el que provoca el conflicto. Le machaca a Satanás la integridad de Job después que Satanás había hecho todo lo posible para que Job blasfemara. «Retiene su integridad,» dice Dios. Hasta este momento la gloria de Dios está intacta. Dios ha juzgado rectamente en cuanto a Job. Y Job no ha servido a Dios por interés propio sino con integridad, buscando únicamente la gloria de su Creador.

Satanás, siempre con alguna excusa, pide que Dios le dé permiso para tocar a Job directamente, porque entonces «blasfemará contra ti en tu misma cara» (2:5). No reconoce derrota – ni lo hará en todo el resto de este libro. Eso quedará para revelaciones posteriores.

De nuevo Dios le da permiso de tocar hasta su salud, sin que lo mate. Y Satanás se apresura para herirlo con una enfermedad grosera, una de las más dolorosas. Se cree que era una enfermedad que causaba la pudrición de la carne, hasta hacer que cayera partes de la carne. Junto con esta aflicción, su propia esposa lo atormenta. Satanás no la mata a ella, sino logra usarla también para afligir a Job, y ella le anima a abandonar su integridad y a «maldecir a Dios y morir» (2:9). El libro de Job es muy escueto en la descripción de sus aflicciones, pero no requiere mucha imaginación para entender el grado de sufrimiento físico, emocional y espiritual que estaba experimentando Job. Sin embargo, Job saca fuerzas para reprender a su mujer, y después que Satanás había traído sobre él todo lo que podía y lo había dejado casi muerto, el veredicto es: «En todo esto no pecó Job con sus labios.» O sea, no maldijo a Dios a su cara, como Satanás había predicho. La fe de Job está intacta. Su devoción a Dios no era por interés propio, sino con integridad, buscando sólo la gloria de Dios. Y el juicio de Dios con respecto a Job era acertado – Job era un siervo de absoluta integridad. A pesar de que en el transcurso del libro Job habla cosas que no entendía (42:3), y se equivoca en algunas ideas, aún puede confesar en su hora más oscura «Sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios» (19:25,26). Al final del libro, encontramos que Dios reivindica a Job ante sus amigos, y es Job que les sirve de sacerdote y hace sacrificio por ellos porque no hicieron lo correcto (42:7-9).

¿Figura de Cristo?

Ha sido debatido si la historia de Job tiene relación con Cristo. Cuando consideramos los elementos señalados aquí, y lo comparamos con las profecías del mesías y la vida de Cristo, no puede haber duda de que Job es un tipo del que iba a venir para vencer a Satanás. Consideremos lo siguiente:

1. Dios Autor del conflicto

El conflicto en el libro de Job es provocado por Dios mismo. Dios llama a Satanás a la batalla, es Dios que señala la integridad de Job – y esto ¡dos veces para que no se nos escape lo que está pasando! Esto concuerda con la primera profecía de un salvador en Génesis 3:15 donde Dios promete poner enemistad entre la serpiente y la simiente de la mujer. En el caso de Job tenemos un anticipo de esta simiente que vencería la serpiente. Y en el nacimiento de Jesús, Simeón nos recuerda que el niño iba a ser puesto para «caída y levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha» (Lucas 2:34). Cuando los apóstoles predicaron el mensaje de arrepentimiento a los judíos en el libro de Hechos, en dos ocasiones Pedro se refiere a la crucifixión como obra de hombres malos y un hecho predestinado por Dios (Hechos 2:23; 4:27, 28). Recordemos que inmediatamente después de su bautismo, cuando desciende sobre Jesús el Espíritu Santo, dice la Biblia que «El Espíritu le impulsó al desierto» (Marcos 1:12). ¿A qué lo estaba impulsando? Recordemos que esto es el primer acto oficial del ministerio de Cristo. Ha sido bautizado, ungido por Dios para ejecutar su misión. Lo primero que hace el Espíritu de Dios es enviarlo al desierto para ser tentado, ¡para enfrentarse con Satanás! Dios provoca el conflicto. Jesús busca al diablo. Se somete a un ayuno largo para encontrarse con el Acusador en condiciones débiles. Se expone a todas las acusaciones que el Adversario podría lanzar. Tal como en el libro de Job, asimismo en el ministerio de Cristo, es Dios que provoca el conflicto.

2. Uno nacido de mujer

Dios no pelea con Satanás directamente, sino por medio de uno nacido de mujer. Dios pone a Job en medio, cuando lo destaca ante Satanás, y permite que Job llegue a ser su protagonista contra Satanás. Y de nuevo, desde Génesis 3 la esperanza de la raza humana descansaba en uno nacido de mujer. Dios no iba a pelear contra Satanás directamente. La victoria de Dios sobre el diablo estaba vinculada estrechamente con algún hombre, y desde los primeros años de la historia la humanidad ha esperado el Redentor. Muchas religiones del mundo han guardado esta tradición, y siempre se ha buscado salvadores. Después de la promesa a Abraham, la promesa se fue aclarando más y más. Job fue un anticipo del protagonista Perfecto de Dios – Jesucristo. Debía nacer de mujer, debía ser hombre. El libro de Hebreos nos recuerda que Jesús tenía que ser hombre para librar de la muerte a los que participaban de carne y sangre: «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo» (Hebreos 2:17). La redención de los hombres requería un Postrer Adán para deshacer la obra del primer Adán. Y esta simiente de la mujer debía ser perfecta para destruir las acusaciones falsas del Acusador, Satanás. Job era un anticipo de este hombre perfecto que a través de sus sufrimientos vence al Acusador. Creo que no nos equivocamos cuando decimos que Job llega a ser sacerdote por medio de sus sufrimientos. Al principio del libro no hay indicio que Job funge como sacerdote para otras personas fuera de su familia. Pero después de sus sufrimientos (¿vicarios?) él es capacitado para recibir los sacrificios de sus amigos, y de orar por ellos. Los sufrimientos de Job no eran por su propio pecado, sino exclusivamente por la causa de Dios. Podemos decir que Job sufre de manera vicaria. Y así los profetas esperaba uno aún mayor, como dice Isaías: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotados, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:4,5.). Jesús, consciente de su misión, dijo: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10:10). Los sufrimientos de Jesucristo fueron totalmente vicarios, porque aunque fue tentado en todo, permaneció «sin pecado» (Hebreos 4:15). Job fue un anticipo del Siervo Sufriente Perfecto que cargó con nuestro pecado, y expió los pecados de su pueblo. Al igual que Job, Jesús ahora ministra a favor de sus hermanos en el tabernáculo celestial (Hebreos 10:1-25).

Job y nosotros

¿Qué podemos decir con respecto a la relación entre Job y el Cristiano de hoy? Creo que podemos decir mucho. Cuando creemos en Cristo, somos injertados en él. Y es necesario recordar que somos injertados en el Cristo de la Biblia, no algún Cristo que nosotros fabricamos. Pablo nos recuerda que somos hijos de Dios y co-herederos con Cristo «si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados» (Romanos 8:17). Y a los Filipenses, Pablo les dice: «Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí» (Filipenses 1:29,30). Nótese que Pablo llama sus sufrimientos un “conflicto.” ¿Será porque estaba pensando en el conflicto espiritual que sucede cuando el Cristiano sufre en este mundo? En 2 Corintios 4 Pablo asevera que esta «leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria…» (2 Corintios 4:17). Recordamos las palabras del libro de Job «En todo esto no pecó Job.» Y al no pecar, Satanás estaba siendo vencido. Sus mentiras fueron desenmascaradas por lo que eran, y sus maquinaciones contra los siervos de Dios no resultaron.

Podemos decir confiadamente que el Cristiano hoy, injertado en Cristo, vuelve a formar parte del conflicto cósmico entre Dios y Satanás. Somos incorporados en Jesús, y «cumplimos en nuestra carne» lo que falta de las aflicciones de Cristo (Colosenses 1:24). Jesús venció definitivamente al Acusador, pero no ha llegado el fin de la historia todavía. Y dentro del plan de Dios está contemplado el papel de la Iglesia, que ahora libra la batalla con Cristo contra el Adversario. Cada Cristiano se convierte en un Job – y nuestra vida llega a ser un campo de batalla entre Dios y Satanás. El diablo nos acusa de servir a Dios por motivos egoístas, y Dios permite que nuestra fe sea puesta a prueba. El apóstol Pedro nos recuerda que como el oro es probado con fuego, ¿cuánto más lo será nuestra fe? Pero vencemos las pruebas, las acusaciones falsas del Maligno, con nuestra esperanza en la victoria que Cristo ya ganó por nosotros. «Y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Romanos 5:5).

Estas verdades deben ser suficiente prueba para olvidarse una vez por todas de la llamada teología de la prosperidad. Esta corriente comete el error de los amigos de Job, quienes pecaron gravemente, pues Dios le dijo a Elifaz: «Mi ira se encendió contra ti y tus dos compañeros, porque no habéis hablado de mí lo recto como mi siervo Job.» El pecado de los amigos era que relacionaban la prosperidad con la bendición de Dios, y el sufrimiento con el castigo de Dios. ¡Pero estaban completamente equivocados! El libro de Job, y el testimonio del Nuevo Testamento, nos enseñan que la victoria Cristiana se gana en medio de aflicción. Pablo pudo testificar: «Cuando soy débil, soy fuerte» porque el poder de Dios «se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9,10). La Iglesia hoy debe rechazar la falsa doctrina del triunfalismo, y debe aceptar la forma que Dios dispone para vencer las obras del diablo.

En el caso de Job, Job sufre sólo. Sin el apoyo de su mujer, sin la comprensión de sus amigos, y aún ante un Dios silencioso. Job fue anticipo de Cristo, quien sufrió en total soledad, sin los discípulos y aún (¡y más importante!) sin su Padre celestial: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Marcos 15:34). Job como sombra, y Jesús como Salvador completo, ganaron la victoria sobre Satanás por honrar a Dios en todo momento de su sufrimiento. Por tanto, es importante que el Cristiano de hoy recuerde que aunque sufrimos en el conflicto con Satanás, no sufrimos como Job, mucho menos como Jesús. El Espíritu de Cristo nos acompaña en todo momento, y la Iglesia debe «gozarse con los que se gozan, y llorar con los que lloran.» Nuestra lucha contra el diablo en el sufrimiento es difícil, pero la victoria nos ha sido ganada, y sufrimos acompañados del Señor y su pueblo.

El relato de Job es una historia asombrosa. A través de ella se nos abren los cielos para darnos un vistazo del plan maravilloso de Dios al escoger a un hombre para ser Defensor de su Nombre. En la persona de Job encontramos una fiel representación de lo que sería Jesucristo. Nos ayuda a entender parte de la obra de nuestro Salvador. Pero aún más, nos ayuda a entender también la lucha en que seguimos, mientras esperamos a Jesús por segunda vez. Nuestra meta debe ser oír esas mismas palabras: «En todo esto, el hermano _________ no pecó…» 

Carrito de compras
Scroll to Top