LA SANTIFICACIÓN

Por Han Keesenberg

Reforma Siglo XXI, Vol. 14, No. 2

La doctrina de la santificación no es una doctrina exclusivamente reformada. Las Iglesias romanas, pentecostales, adventistas, etc. todas enseñan una doctrina de la santificación. Pero, cada una de una manera diferente. ¿Cómo se distingue la doctrina reformada de la santificación?

El distintivo de la doctrina reformada de la santificación es que en ella se aplican las “solas” de la Reforma, específicamente: las “sola gracia”, “soli Deo gloria”, “sola fe” y “solus Christus”. Los reformados estamos acostumbrados a aplicar estos principios en la doctrina de la justificación, pero en la de la santificación se deben aplicar igualmente. Describir esta doctrina desconectada de estos principios produce herejías.

  1. La santificación y solo gracia/solo a Dios la gloria

La relación justificación–santificación no es, que en la primera Dios nos hiciera un favor a nosotros y que en la segunda nosotros le devolviéramos un favor a él. Que en la primera le tocara a Dios, y ahora nos tocara a nosotros. No, ambas vienen de parte de Dios. La justificación es un regalo de Dios, 100% obra de él. La santificación igualmente es una obra y regalo de Dios.

“pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Fil. 2:13)

“Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes.5:23).

La diferencia entre las dos es que en la justificación Dios obra en nosotros sin nosotros, y que en la santificación él lo hace con nosotros. Pero, ambas vienen de parte de Dios. En la justificación Dios perdona la culpa del pecado. En la santificación Dios lava la mancha del pecado. Dos obras en su gran proyecto de la restauración de una humanidad caída. Dos obras de gracia.

¿Por qué es tan importante enfatizar que la justificación  y la santificación ambas están en el contexto de la gracia? Porque lo que ocurre a menudo, es que se crea una construcción de equilibrio entre las dos. Como si fuera blanco y negro, dulce y agrio. En la justificación tendríamos el evangelio. En la santificación la parte dura de la vida. Una construcción de equilibrio se reconoce por el uso de la conjunción “pero” para conectar las dos esferas. Sí, Dios nos salva por gracia, pero también espera que nosotros andemos en buenas obras.

Lo que ocurre aquí es que, si bien reconocemos el “solo gracia” en la parte de la justificación, en la parte de la santificación este principio no funciona (suficientemente). No funciona (suficientemente) en la doctrina, pero tampoco en la vida práctica de santidad de los hermanos. No viven la gracia (en pleno) en su vida diaria como creyentes. Es decir: han desenvuelto el regalo de la salvación solo por la mitad.

Viven cargados, sin ver y experimentar la gracia de Dios en todo. La tarea de los ministros es ayudarles a desenvolver ese regalo por completo.

¿Cómo? Haciendo valer plenamente la gracia también  en la santificación. Evitando las construcciones de equilibrio. Predicar la santificación es predicar la gracia. Predicar la santificación es predicar el indicativo de la gracia de Dios en Jesucristo. No debemos confundir predicar la santificación con soltar imperativos a los hermanos. Ejemplos en la biblia de colocar la santificación en el contexto de la gracia son Los Diez Mandamientos con su prólogo de salvación (“te saqué de la casa de esclavitud”) o las epístolas de Pablo (por ej. Romanos, Efesios o Colosenses) donde la ética (los imperativos) siempre figura dentro de una descripción de la salvación (los indicativos). Para los predicadores esto significa, que cada sermón – también los que traten de las buenas obras – debe dibujar la misericordia de Dios en Cristo. Solo así les enseñamos a las ovejas, de dónde viene la energía para hacer buenas obras. Solo así les damos la motivación correcta para vivir una vida santa.

Una ilustración para aclararlo. En una casa se deben lavar los platos. La madre tiene una empleada de servicio en la casa, y sus hijos. Para que la empleada de servicios haga el trabajo, la madre le habla en imperativos: “lávame los platos”. Pero a sus hijos les declara su amor, diariamente. Y sus hijos, viendo ese inmenso amor de mamá, y como consecuencia natural de eso, un día comienzan a lavar los platos. (Aunque tengo que admitir que en mi casa no funciona así. Con ninguna forma gramatical nuestros hijos se mueven a la cocina para ejecutar tareas domésticas). ¿Qué es lo que le interesa más a esa madre?

¿Platos limpios? o ¿Ver a hijos que demuestran haber visto y experimentado con todos sus sentidos el amor de mamá?

Para las ovejas esto implica que siempre deben escuchar de boca de los ministros, cuánto Dios las ama. De esta forma van a vivir una vida santa, no motivadas por miedo, por sentido de culpabilidad o por buscar mérito, sino por gracia, por agradecimiento. El amor de Dios por ellas despierte el amor por él en las ovejas. Y por amarlo, aman su palabra y su ley. La ley no es agria. Ella es dulce como la miel. Vivir en santidad no es la parte oscura de la vida. Es vivir en la luz. No hay un contraste entre la justificación y la santificación. No hay un “pero”. La conjunción redentora entre las dos es: “por tanto”. Dios me justifica, por tanto vivo por él. El Catecismo de Heidelberg lo dice de la siguiente manera:

“¿No produce esta doctrina personas despreocupadas e impías? No, porque es imposible que los que por la verdadera fe hayan sido injertados en Cristo, no produzcan frutos de gratitud.” (Catecismo, pr. y r. 64).

Qué alegría le da a Dios ver a sus hijos, lavados por él, viviendo en ese agradecimiento. A la hora de la muerte esos hijos van a decirle a Dios: “gracias Señor. Fuiste tú, quien me perdonaste. Fuiste tú, quien me lavaste. Solo a ti sea la gloria”.

2. La santificación y solo fe/solo Cristo

La salvación es solo por la fe. No vivo por mi propia fuerza, sino por recibir lo que Cristo ganó por mí. La fe es mi mano vacía que toma lo que Cristo me da. No solamente el día de mi

conversión, sino toda la vida. En ningún momento un creyente se independiza de su salvador. Hasta el día de su muerte va como un cojo, necesitando que Cristo lo mantenga caminando.

Una doctrina que sí desconecta la santificación de la fe es el perfeccionismo. En el perfeccionismo el hombre se independiza de su salvador. El perfeccionismo fue enseñado por Wesley y es lo que se enseña actualmente en el Movimiento Pentecostal. Según esta doctrina, en la vida de un creyente hay dos fases. Con la “primera bendición” este recibe la justificación, el perdón de pecado y la fe. La segunda fase, la “segunda bendición” es la fase donde el creyente ya no tiene pecado y vive santo, manifestando los dones del Espíritu Santo. Esta doctrina es peligrosa, porque mantiene un pecador a distancia del Salvador. Muy diferente el Catecismo en la respuesta 60 cuando dice que: “mi conciencia me acusa de que he pecado gravemente contra todos los mandamientos de Dios, de que jamás he cumplido uno solo de ellos y de que todavía sigo inclinado a todo mal”, o en la respuesta 115, donde dice: “que durante toda nuestra vida conozcamos nuestra naturaleza pecaminosa cada vez más, y por eso con mucho más fervor busquemos en Cristo el perdón de los pecados y la justicia”. Cada vez más dependencia de Cristo en vez de un proceso de independizarse. La misma respuesta habla de “perfección”, pero como algo después de esta vida: “que sin cesar nos esforcemos y le pidamos a Dios la gracia del Espíritu Santo, para que más y más seamos renovados a la imagen de Dios, hasta que, después de esta vida, alcancemos la meta, es decir, la perfección.”

Otra aberración que desconecta la santificación de  la fe y de Cristo es el legalismo. El legalismo da un carácter meritorio a la vida santa. Intenta ganar el favor de Dios con nuestra obediencia. Habla de las buenas obras, no solo en la tercera parte del Catecismo (agradecimiento), sino también en la segunda (redención). Una persona legalista confía en sí misma. Esta aberración no es tanto una doctrina, enseñada por ciertas denominaciones o sectas, sino una desviación latente en el corazón de cada creyente. La fórmula matemática del legalismo es: fe + x (en que la x tiende a eclipsar e invalidar la fe). Para los Gálatas esa x era la circuncisión. Para nosotros puede ser cualquier cosa que consideremos necesario hacer para que Dios nos ame de verdad, o – casi siempre – que  les obligamos a otras personas a hacer para que Dios esté bien con ellas. El legalismo produce un clima sofocante en la Iglesia. Un clima de compararse y juzgarse (quién tiene más xx). Recuerden lo que Cristo mismo dijo sobre los que confían en sí mismos:

“A algunos que, confiando en sí mismos, se creían justos y que despreciaban a los demás, Jesús les contó esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhe- chores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo.” En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” «Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Luc. 18:9-14)

La respuesta al pecado no es la buena conducta. La única respuesta al pecado es Cristo. No existe una “fuerza ética”. Existe el Salvador. Él conoce la carga que los Fariseos nos ponen y nos invita: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”. (Mat. 11:28).

El solo fe/solo Cristo hace respirar a los creyentes. Todos estamos con las manos igualmente vacías ante Dios. Pero, por fe la obediencia y la santidad de Cristo son mías.

Los creyentes estamos unidos con Cristo en su muerte y en su resurrección. En unión con él somos resucitados a una nueva vida. El Espíritu Santo hace visible eso en la vida de los creyentes. Vivimos entre la resurrección, ascensión y pentecostés y la segunda venida de Cristo. El tiempo que él utiliza para limpiar y adornar a su novia por su Espíritu. El tiempo en que por su Espíritu él nos renueva a su imagen. El tiempo en que Cristo comienza a cosechar en nosotros lo que él mismo sembró: el fruto del Espíritu.

¿Cómo se reconoce una persona santa? Es una persona que nunca habla de sí mismo, cuán buena es, sino siempre de su salvador. Es una persona humilde. No juzga a los demás. Es alegre. Experimenta el descanso en Cristo. Ofrece ese descanso también a los demás. Una Iglesia santa es un oasis de amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio.

Que hablemos de la santificación en esa perspectiva. Que seamos cada día más reformados. Más apegados a Cristo. Con más énfasis en los “solo gracia”, “solo a Dios la gloria”, “solo fe” y “solo Cristo”.

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