LA REFORMA: SUS INICIOS Y ALCANCE

por  Jan van Doleweerd

Reforma Siglo XXI, Vol. 4, No. 1

En esta exposición, la Reforma, el movimiento teológico del siglo 16, es considerada como una brillante y dominante piedra preciosa en el centro óptico del collar que se llama ‘la historia de la iglesia de Cristo’. En la primera parte de esta exposición, se observa la relación de este movimiento con la Iglesia Antigua. En la segunda parte, exponemos los tres fuertes del movimiento de la Reforma en el siglo 16: la doctrina de la gracia (1), sus principios prácticos (2) y su espíritu reformador (3). En la tercera parte, destaco la importancia de estos principios para la iglesia de hoy.

1. La Reforma, el movimiento teológico del siglo 16 es una brillante y dominante piedra preciosa en el centro óptico del collar que se llama ‘la historia de la iglesia de Cristo’.

La Reforma, el movimiento teológico que llega a su clímax en el decimosexto siglo, al cual nosotros unimos los nombres de los famosos teólogos Martín Lutero y Juan Calvino, no es una ideología, ni un conjunto de ideas separadas de otras ideas. Tampoco es posible definirlo como un movimiento interesante, un tiempo de reavivamiento de la iglesia, que merece la pena recordar en el día de la Reforma, el 31 de octubre. Cuando decimos ‘reforma’ nosotros nos referimos al movimiento teológico con raíces en la Iglesia Antigua que empezó a brillar fuertemente en el siglo 16 y que por sus características ha tenido impacto en el mundo hasta el siglo 21. Se trata sobre un movimiento determinante para el cristianismo y sobre todo reconocemos en este movimiento el viento del Espíritu Santo, Dios mismo, quién desde Pentecostés (Hch. 2) acompaña a Su iglesia y la hace brillar en este mundo para la gloria de Cristo. Pues, desde el inicio de la iglesia del Nuevo Testamento se está cumpliendo en este mundo lo que Jesucristo ordenó a la iglesia hacer: ‘Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado’ (Mateo 28). 

Podemos imaginarnos a la historia de la iglesia de Cristo como un collar con piedras hermosas rodeadas por otras piedras hermosas. Tenemos que considerar el movimiento de la Reforma del siglo 16 como una brillante y dominante piedra preciosa en este collar. Y aunque la piedra preciosa de la Reforma se encuentra rodeada por otras piedras preciosas, ella absorbe la hermosura de las demás piedras del collar. Para explicar la importancia del movimiento de la Reforma para la iglesia de Cristo quiero fijar la atención en algunos hechos eclesiásticos importantes – siguiendo con la metáfora: piedras preciosas – que precedieron a la Reforma. 

  Una de estas piedras es el símbolo de Niceno Constantinopolitano en el cual la iglesia confiesa con mucha cordura la divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando los primeros Cristianos defienden la fe en Jesús, como el Cristo, el hijo de Dios viviente, Dios mismo, tienen que pagar sus testimonios con la muerte en las arenas de los emperadores romanos. Sin embargo, la creencia en Jesucristo, el hijo del Dios viviente, enviado por el Padre para pagar por nuestros pecados y librarnos del presente siglo malo (Gal. 1:4), es tan real y verdadero para los primeros Cristianos, que muchos están dispuestos a pagar este precio tan alto. Un ejemplo ejemplar es Policarpo (†156), obispo de Smyrna. Escuchemos su testimonio:

En el estadio lleno de gente, esperando su ejecución, el procónsul, en función de juez, le dice: ‘Jura y te libro, maldice a Cristo’. 

Policarpo le contesta: ‘Ochenta y seis años le he servido a Él y no me ha hecho mal, ¿cómo puedo maldecir a mi Rey que me ha salvado?’

El procónsul insiste: ‘Yo llamo a los leones. Te echaré ante estos salvajes animales’. 

Policarpo: ‘Llámelos, para los Cristianos no hay un cambio de lo bueno a lo malo’.

El procónsul: ‘Entonces voy a traer la hoguera para quemarle con fuego’.

Policarpo: ‘Usted carece de conocimiento del juicio venidero y el fuego eterno para los impíos. ¿Por qué no se decide y trae lo que dice?’

Una vez atado en la hoguera, Policarpo dice: ‘Señor, todopoderoso Dios, Padre de su querido y alabado Siervo Jesucristo, a través del cual hemos recibido conocimiento de Ti, (…) Te alabo, te adoro por el eterno y divino sacerdote Jesucristo, tu amado Siervo por lo cual a Ti, con Él y el Espíritu Santo sea la gloria, ahora y para los siglos venideros. Amén’.

Un testigo nos cuenta: ‘Cuando prendieron la hoguera, las llamas tomaron la forma de una columna alrededor del cuerpo de Policarpo. Él estaba en el centro, pero las llamas no consumieron su carne, sino la prepararon como un pan en el horno, la fundieron como oro y plata en el fuego y el humo olía como perfume. Cuando los soldados vieron que el cuerpo no fue consumido por las llamas, lo abrieron con una lanza. Entonces, salió tanta sangre que se apagó el fuego. Y el pueblo se asombró sobre la diferencia que hay entre elegidos y impíos.’ 

En el cuarto siglo, la iglesia se reúne para defender la divinidad de Cristo, es decir, la creencia en Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo, un solo Dios y tres personas. En el símbolo Niceno-Constantinopolitano más de 300 líderes, representantes de aproximadamente 10 millones de creyentes, aprueban su creencia en la Santa Trinidad. Cuidadosamente buscan palabras para expresar este misterio. Sin embargo, para ellos es sumamente importante confesar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo obran en conjunto en la economía divina, para la obra de la salvación. Si no hubiera sido Cristo, el Salvador, Dios mismo, los mártires habrían sacrificado sus vidas en vano. En la prolongación del símbolo Apostólico del segundo siglo la iglesia está dispuesta a defender su fe en Dios el Padre, el Todopoderoso, y Jesucristo su unigénito Hijo, nuestro Señor, y el Espíritu Santo, la santa iglesia universal y la resurrección de los muertos. 

Otra piedra preciosa del collar es la aprobación del Canon, la Santa Escritura como la única norma y regla para la fe en el concilio de Cartago en 397. No es que hay desacuerdo sobre las Escrituras Divinas e inspiradas por el Espíritu Santo. Tampoco se trabaja en hacer una selección, solamente aprueban lo que anteriormente fue aceptado por la iglesia de Cristo como la fuente de la voluntad divina. Sin embargo, en el 397 llega el momento de defender esta creencia de las sectas existentes. Atanasio, obispo de Alejandría escribe en 367 en una carta pastoral, refiriéndose a los libros del Nuevo Testamento: ‘Estos son las fuentes de la salvación. Él que tiene sed, tendrá suficiente a estas palabras vivas. Solamente aquí se encuentra la doctrina de la piedad. Que nadie añada ni quite algo de estos libros’.

Tenemos que entender que muy temprano en la historia de la iglesia los libros eran muy escasos. Todos fueron ejemplares copiados y, además, las colecciones fueron muy pequeñas. Un solo libro de la Biblia representaba una fortuna. Se dice que un gran teólogo como San Agustín solamente dispuso sobre algunos libros de la Biblia y solo los eruditos sabían leer.

El teólogo de gran dimensión, citado muchas veces por Juan Calvino y Martín Lutero, que funciona como otra piedra preciosa en el collar es San Agustín (354-430). Él es considerado como un puente entre el tiempo antiguo y la era de la edad media. Sobre todo, su doctrina sobre el pecado y la gracia ha sido de mucha importancia para los Cristianos. A Agustín se lo conoce no como ‘Doctor en teología’ sino ‘Doctor en gracia’. Él mismo nos relata en sus famosas Confesiones (8.12) cómo llega al conocimiento de esta gracia. 

En un momento, cuando Agustín se encontraba con su amigo Alipio en un jardín con el alma atormentada, se tiende debajo de una higuera. Entonces, empieza a orar con lágrimas amargas y dice: ¿Hasta cuando, Señor? ¿Vas a estar enojado conmigo para siempre? Agustín se siente amarrado a sus viejas iniquidades y lanza gemidos llenos de miseria. Mientras tanto, escucha la voz de un niño o niña jugando en el jardín de la casa vecina gritando: ‘Toma y lee, toma y lee’. Tomando literalmente estas palabras de juego, al instante cambia su ánimo y vuelve apresuradamente al lugar donde está sentado Alipio, pues allí ha dejado el libro del apóstol Pablo a los Romanos. Lo toma, lo abre y lee el capítulo 13, hasta llegar a los versículos 13 y 14: Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne. Agustín no quiere leer más, porque al terminar de leer la última sentencia, una luz segurísima penetra en su corazón disipando de golpe las tinieblas de su alma.

Este teólogo ha sido una perla preciosa en el collar. Muchos elementos de su teología volverán luego en la Reforma.

El concilio de Calcedonia (451)

En el año 429 estallan fuertes alborotos en Constantinopla y Efeso. La causa es un mensaje del presbítero y patriarca Nestorio. Su mensaje trata sobre María ‘la madre de Dios’. Quiero que no se use más estos términos ‘madre de Dios’, dice Nestorio. Digan ‘madre de Cristo’, porque tenemos que separar bien entre la divinidad y la humanidad de Cristo. Con el mensaje de Nestorio empezó un tiempo de controversias y discusiones sobre las dos naturalezas de Jesucristo Él se preguntaba al igual que yo: ¿Cómo tenemos que considerar a Jesús, como hombre o como Dios? En el concilio de Calcedonia la iglesia Cristiana decretaba que Jesucristo fue una persona divina en dos naturalezas, una humana y una divina. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Si Jesús no hubiera sido verdadero hombre ni verdadero Dios mismo, la humanidad estuviera perdida. El hombre no puede sacarse a sí mismo del pantano. 

Las expresiones de Calcedonia son otra perla en el collar. Han sido una boya en alta mar para que la iglesia se oriente bien en cuanto a su concepto sobre la humanidad y divinidad de Cristo y no se desequilibre. Ni la humanidad ni la divinidad prevalecen en la persona divina. Tenemos que tomarlas ambas en uno., así como las ramas y el fuego que estaban juntas y no se consumían en la zarza que vio Moisés. En 1Timoteo 3:16 leemos: E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria. 

Concluimos que no es posible que consideremos la Reforma como un movimiento aislado. Había una Iglesia Antigua con obras de importancia. Habían pre-reformadores, como Juan Hus y John Wicliff. La Reforma absorbió las posiciones antiguas de la iglesia Cristiana y las armonizó con otras. Sus raíces están arraigadas en la Santa Escritura y los credos de la iglesia antigua. Lo que había cambiado en el siglo 16 fue el contexto. El campo Cristiano estaba dividido. Había una iglesia desviada de los principios bíblicos. A la par con la Reforma nace el hombre moderno con orgullo y autosuficiencia, entre otras cosas por los avances de los descubrimientos científicos. La Iglesia Antigua reflexionaba sobre Dios y sus atributos, la iglesia de la Reforma reflexiona sobre el hombre en relación con Dios. El hombre ha sido autónomo, independiente, y por los muchos descubrimientos la gente de estos siglos se concentraba en la grandeza del hombre. Esto hizo a la vez que los teólogos de la Reforma reflexionaron sobre el hombre en relación con Dios y ayudaron a tomar una posición real y bíblica frente a esta nueva era de los avances. 

Podemos considerar a la Reforma como un milagro que Dios nos dio, como un enlace entre los siglos anteriores y las épocas que vendrían. La reforma es un movimiento que volvió a los principios de los primeros Cristianos – el Canon, los Credos antiguos de Nicea y Calcedonia – y a la vez un movimiento que buscaba la defensa de las sanas doctrinas en su afán de reformar la iglesia dominante, la Iglesia Católica Romana, siguiendo el ejemplo de los profetas y apóstoles.

 2. Los tres fuertes del movimiento de la Reforma en el siglo 16, su doctrina de la gracia (1), sus principios prácticos (2) y su espíritu reformador (3) hicieron cambiar radicalmente las iglesias en el Norte de Europa.

Su doctrina bíblica, sus principios prácticos y su espíritu firme y fuerte para renovar las iglesias, dieron a la Reforma un amplio alcance.

La doctrina de la gracia: las tres solas

La doctrina de la Reforma se caracteriza por las tres solas en cuanto a la salvación: Sola Fe, Sola Escritura, Sola Gracia. Los reformadores estaban convencidos de que el hombre nunca jamás llegará al conocimiento de sí mismo, si primero no contempla el rostro de Dios. En medio de un ambiente opuesto, en el cual se pretendía hacer llegar al hombre a Dios por medio de la iglesia y sus sacramentos, los Reformadores proclamaron un evangelio de ‘solas’. Ellos anunciaron como el fin único de toda verdadera fe a Jesucristo. No algo con la cual simplemente se pone a Dios como objeto de fe, sino una fe que pone sus ojos en Aquel quien el Padre envió, Jesucristo. Ellos proclamaban que Dios permanecería muy escondido a nuestras miradas, si Jesucristo no nos iluminase con sus rayos. No se trataba de una fe implícita, sino una fe que exige un conocimiento explícito y claro de la bondad de Dios, en la cual se apoya nuestra justicia: Jesucristo. Para esta fe la Palabra es el fundamento y la base en que se asienta la fe. Si se aparta de ella, se destruye a sí misma. Quitemos, pues, la Palabra, y nos quedaremos al momento sin fe. No el Papa, ni la iglesia, sino la Palabra es el blanco al que debe tender la fe. Si la fe se aparta por poco que sea de ella, pierde su naturaleza, y en lugar de fe, se reduce a una confusa credulidad, a un error vacilante del entendimiento. Además, los reformadores proclamaron que el corazón del hombre no es confirmado en la fe por cualquier texto aislado e interpretado al capricho de cualquiera. La fe no es algo intelectual que podemos usar para beneficiarnos de la palabra. Sobre todo – escribe Juan Calvino – es necesario que tengamos la promesa de Su gracia, el conocimiento del Dios bondadoso y misericordioso en la obra de Jesucristo; pues, no hay otra manera de acercarnos a Él, y sólo así puede el corazón del hombre reposar en ella. 

La doctrina reformada de las tres solas no es una teoría, sino es aplicada a través de muchos principios prácticos. Dos de los grandes legados de la Reforma son el principio de la interpretación privada y la traducción de la Biblia a la lengua vernácula. Los reformadores están convencidos de la claridad de la Escritura. Según ellos, la Biblia debía ser traducida en el idioma en el cual las personas entiendan. Además, toda persona tiene el derecho de poder interpretar la Biblia sin tener que aceptar necesariamente la interpretación de algún eclesiástico. Aunque la libertad debe ir acompañada con la responsabilidad de interpretar correctamente las Sagradas Escrituras. De esta manera, no se deja completamente libre la interpretación de la Biblia. 

Según los reformadores, los maestros juegan un rol importante en la enseñanza a los laicos, en la prédica y explicación de las Escrituras. Juan Calvino propone con explicación bíblica a la formación de un consistorio y apoya la ordenación de los oficios: doctor, pastor, ancianos y diáconos. La congregación no es un cuerpo sin timón. 

En la época de la Reforma aparecen por primera vez materiales para enseñar a los laicos. No solamente traducen la Biblia en el idioma del pueblo, también escriben catecismos. Enseñan y predican. En Génova, la ciudad de Calvino hay cada noche culto y Juan Calvino explica de esta manera al pueblo la Biblia libro por libro. 

Durante y después del siglo 16 nacen los libros de las confesiones – resúmenes de las doctrinas bíblicas y los más importantes elementos de la fe – con el fin de guiar al pueblo. Calvino escribe en el transcurso de 25 años su famosa Institución de la religión Cristiana. Su última versión contiene aproximadamente 1200 páginas y es cinco veces mayor que la primera. 

El culto recibe otra forma. Aparecen los púlpitos. Las imágenes y los santos desaparecen. El número de los sacramentos apoyados por la Biblia es reducido hasta dos: el bautismo y la Santa Cena. Introducen el sacerdocio de los laicos y se proclaman la importancia de la disciplina. La congregación empieza a cantar, algo que anteriormente solamente hicieron los grupos corales de la iglesia. Empieza a funcionar la diaconía. Brotan actividades diaconales, como por ejemplo en Génova, la ciudad de Calvino, donde contratan a un redactor para copiar los sermones de Calvino, imprimirlos y venderlos para un fondo del cuidado de los pobres franceses en la congregación. El alcance de la Reforma fue enorme. Los teólogos reformados eran teólogos de la Palabra y aplicaron este principio. Múltiples fueron sus esfuerzos para predicar el Evangelio de Cristo al pueblo, dar clases de catecismo, traducir la Biblia, etc. En los primeros 100 años los principios de la Reforma fueron duramente atacados. La iglesia Católica Romana lanzó una contra reforma. La inquisición empezó a torturar a las personas por leer la Biblia. 

Aunque los peligros de la situación fuesen grandes, pensaron que el beneficio de exponer del evangelio podría aportar más a la salvación eterna que a la ruina eterna. Guido de Brés, el compositor de la Confesión Belga, el documento que lo lanzó fuera del muro de la cárcel en que se encontraba, éste escribió a su esposa cuando estaba en la cárcel: Reflexione bien sobre el privilegio que Dios le da, haberle dado a un esposo que no solamente es un siervo del Hijo de Dios, sino que también ha sido digno de ser un mártir. Y a su madre escribe: Jesucristo está preso aquí conmigo. Le veo conmigo cuando me encierran en los hierros. En el día de su ejecución dijo a sus compañeros presos: Hoy soy invitado a la boda de mi Señor, el Hijo de Dios. Luego, al estar dando su mensaje en la horca, quitaron la escalera que estaba debajo de la horca, interrumpiendo así su mensaje antes de terminar y provocando rebeldía en la multitud.

El primer alcance de la Reforma fue las iglesias Europeas continentales y después las de Gran Bretaña. A través de Gran Bretaña llegó luego a Estados Unidos. Fue un movimiento penetrante. En ningún momento buscaron la separación de la iglesia. Sus principios tenían el propósito de reformar y buscar la renovación de la iglesia, llamado por ellos su madre. El hecho de que Calvino a pesar de la horrible persecución de muchos Cristianos reformados nunca llegó a desconocer el bautismo católico, muestra su verdadero interés por las verdades bíblicas. Calvino escribió en la Institución: ‘El error de los que quieren rebautizarse se pone muy bien de manifiesto con esto, ya que ellos medían la virtud y eficacia del sacramento por la dignidad del ministerio. Ellos niegan que hayamos sido bautizados, porque nos ha bautizado gente impía e idólatra en el reino del Papa. Por ello furiosamente quieren forzarnos a que nos volvamos a bautizar. Contra tales argumentos nos sirve de firme argumento considerar que no somos bautizados en nombre de ningún mortal, sino en el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo. (Inst. IV.15.16). La Reforma no convirtió la iglesia de Cristo en una secta.

Sin embargo, la iglesia estaba desviada. El Papa se había proclamado falsamente ser el reemplazo de Cristo en la tierra. La iglesia había puesto así mismo como mediador entre Dios y los hombres. En medio de este contexto nació la Reforma como un movimiento del Espíritu Santo en el cauce del río de la iglesia universal. La palabra Reforma nos indica como tenemos que entender la Reforma: un movimiento generado por el Espíritu de Dios, que desea rehacer la iglesia, hacer modificaciones, dándola una apariencia bíblica doctrinal y práctica, para la gloria de Dios.

Los reformadores enfrentaron el pueblo, no con ellos mismos, sino con Dios y Su Palabra. En esto está el secreto de su importancia. No es sin razón que por ejemplo la Confesión de Westminster y la Confesión Belga empiezan con un artículo sobre la Palabra. Estaban fuertemente convencidos de que ‘todas aquellas cosas que es necesario obedecer, creer y observar para la salvación están claramente propuestas y expuestas en uno u otro lugar de la Biblia, para que no sólo eruditos, sino también los que no son eruditos lleguen a una comprensión suficiente de ella mediante el debido uso de los medios ordinarios, es decir, el uso de la Palabra, los sacramentos y la oración’ (Westminster I.7; Cat. Men. 88). Los reformadores enfrentaron la gente con el Evangelio en su propio idioma. Estaban convencidos del poder del idioma vernáculo, según lo que Pablo escribe a los Corintios: ‘Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación’ 1 Cor.1:21.

Los reformadores no divirtieron a la gente con mucho espectáculo y ritos externos. Predicaron la Palabra de Dios, que es una espada aguda de dos filos en las manos de Cristo. En Hebreos 4:12 leemos: ‘Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.’ Los reformadores tenían el afán de ganar almas para Cristo. Ser un creyente o un inconverso fue realmente para ellos como tener vida o estar muerto. No se atrevían a engañar al pueblo con un mensaje superficial y emocional, de una absolución de pecado por un pago, un tiempo de purificación en el purgatorio, y muchas cosas más. Su temor a Dios y el conocimiento de la gracia en Jesucristo no les permitía. 

Los reformadores experimentaron lo que deseaba Pablo a los creyentes de Roma: ‘Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.’ (Rom. 15:13) Estaban llenos del Espíritu Santo y aunque no hablaron en lenguas, ¡Hablaron el idioma de la gente! Hablaron la Palabra de Dios, aquella Palabra que es poder de Dios para Salvación. No seleccionaron pasajes a su gusto. Repitieron la Palabra en la confianza que el Espíritu de Dios la usa para salvación.

 3. El alcance de los tres fuertes del movimiento de la Reforma en el siglo 16, su doctrina de la gracia (1), sus principios prácticos (2) y su espíritu de reforma, llegan aún hasta nuestro siglo.

Los brazos de la Reforma llegan hasta nuestro siglo y la Reforma está viva todavía. Pero nos preguntamos ¿qué importancia tienen sus fuertes para nosotros?

Como Cristianos vivimos en un ambiente Cristiano mixto. Yo creo que en este contexto, la doctrina reformada de las tres solas puede guardarnos y cuidarnos – entre otros – contra tres peligros:

1. Caer en un cristianismo sensual y emocional

Hay mucha religiosidad que no es fe Cristiana. Hace poco tiempo escuché esta canción: 

Yo tengo fe que todo cambiará

Que todo triunfará por siempre en el amor

yo tengo fe que siempre brillará

Casi caí por la melodía sensual que la acompañaba, pero cuando me pregunté ‘¿qué dice la canción?’ quedé mudo. ¿Qué tipo de fe es la que se trata en esta canción? Mucha creencia en el campo Cristiano no tiene un nombre claro, y se va por el rumbo de los sentimientos. 

La doctrina reformada nos ayuda a no perder el rumbo e ir al grano de nuestra creencia. La fe verdadera tiene un nombre: CRISTO. Los principales actos de la fe salvadora son: aceptar, recibir y descansar solamente en Cristo para que Él me declare justo (1), para que Él me renueve cada día y me haga capaz de vivir según Su voluntad (2), y finalmente, la vida eterna (3)(Confesión de Westminster XIV.2). Es una fe dada y obrada por el Espíritu de Cristo en nuestros corazones, real y viva. La Reforma hizo brillar, siguiendo el ejemplo de la iglesia antigua, la profundidad de la fe salvadora en Cristo. Sus confesiones y declaraciones son para nosotros, en medio de una época de mucha confusión sobre el verdadero carácter de la fe Cristiana, un faro que nos alumbra y nos da la dirección. 

2. Caer en un cristianismo académico

Hay otro peligro para lo cual la Reforma nos puede proteger: la interpretación exclusiva de la Biblia. Los seminarios están de moda y no hay nada malo en esto. Sin embargo, aún en el campo Cristiano existe el mito: “que no se puede interpretar la Biblia sin haber estudiado en un seminario”. Muchos descuidan su labor de meditación y reflexión bíblica porque piensan que no pueden. En algunos grupos Cristianos es pobre la lectura de la Biblia. Hoy en día muchos dependen de los “sacerdotes evangélicos” para que les lean la Biblia. Y esto es un principio equivocado. La Biblia es para el hombre, esto significa, para usted, para mí y, muchos más. No requiere que haya terminado el ciclo básico en el colegio, para leerla; es alimento para el creyente en tiempos de angustia. Es una lámpara para nuestros pies. Es luz en las tinieblas y objeto de nuestra fe. No porque el pastor lo dice, sino porque el Espíritu Santo nos da testimonio en nuestros corazones, que son de Dios. Como pastores, maestros y líderes en nuestras iglesias, aprendemos de los Reformadores que enseñaron verdades bíblicas sobre el hombre y sobre Dios, sin temor al hombre, ni al Papa. Fueron instrumentos en las manos del Espíritu Santo, siervos de la Palabra y solamente de la Palabra. 

Los reformadores enseñaron como leer, interpretar y aplicar la Biblia. Y estaban fuertemente convencidos que la Palabra misma es luz. No dejaron mudos e ignorantes al pueblo. Sin embargo, no buscaron lo académico en ella. La primera pregunta del libro del catecismo para los jóvenes de Heidelberg fue: ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte? Y la respuesta dice: ‘que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo’. A la vez, no enseñaron Griego ni Hebreo o Latín al pueblo. Ni lo usaron en sus sermones para jactarse de sus conocimientos. Enseñaron lo que tenía que enseñar y lo que les llenó a menudo de temor y reverencia fueron las verdades de la Santa Palabra de Dios. No fragmentaron la Biblia, sino enseñaron los hilos rojos de la doctrina. Enseñaron lo que el hombre tenía que saber para vivir y morir con felicidad. Dieron guía y dirección al pueblo por medio de la Palabra. Estos principios deben guiarnos a nosotros para prevenir que caigamos en un sacerdocio evangélico.

3. Caer en un fanatismo equivocado

Los Reformadores no eran fanáticos, aunque si eran celosos. Sin embargo, en su afán por las cosas de Dios no cayeron en un extremismo. Estaban conscientes de que en todo dependían de Dios. Después de romper el yugo de ‘la salvación por las obras’ no quisieron caer en el mismo error y poner otros yugos. 

Estaban muy convencidos de la depravación del hombre, de que el hombre no está en condición de levantarse por sí mismo. Todo hombre no puede salvarse a sí mismo del pantano, porque está muerto en el pecado, totalmente depravado en todas sus partes y facultades del alma y del cuerpo. La distancia entre Dios y nosotros es tan grande que nunca tendríamos disfrute de Dios a no ser por una indulgencia voluntaria de parte de Dios. No agrada al hombre escoger a Cristo, sino agradó a Dios enviar a Cristo para ser el Mediador y agradó a Dios buscarnos a nosotros, revelarse a sí mismo y brindarnos a nosotros la fe en Él para la vida eterna. Todo viene felizmente de Dios y nada es de nosotros, porque si hubiera sido necesario aportar algo de nuestra parte, habría sido perdida completamente nuestra salvación. Por eso Martín Lutero subrayó con su pluma de fuente en su Biblia las palabras siguientes: mas el justo por la fe vivirá(Rom. 1:17)y añadió: solamente por la fe! 

La doctrina de la gracia, la ‘sola gracia’ hacer brillar a Dios y Su obra de salvación en Jesucristo y previene que nos jactemos. La doctrina de la gracia nos hace depender de Dios y de Su Palabra, también nos da consuelo y confianza en que el crecimiento de la iglesia no depende de los métodos Evangelísticos, sino de la prédica de la Palabra. 

Los mensajeros del evangelio son enviados por Dios cuando a Él le place y cuando Él quiere, y por el ministerio de aquellos son llamados los hombres a conversión y a la fe en Cristo crucificado (Rom. 10:14, 15). Un maestro de la Escuela Dominical no puede convertir en creyentes a todos sus alumnos. Un líder de jóvenes no puede cambiar el corazón de ellos. Un pastor no puede impulsar la fe en los oyentes. Es Dios quien solamente lo hace. Sin embargo, según Su promesa, Dios quiere usarnos como medios de comunicación de Su Palabra. Esto nos ata a la oración, a la dependencia de todo y en todo de Cristo nuestro Señor. Una doctrina de la gracia nos apoya en esperar todo de Dios y nos protege contra un fanatismo equivocado.

Los principios prácticos

También los principios prácticos de la Reforma son todavía capaces de guiarnos. En medio de mucho modernismo, estos no han perdido su eficacia. La Reforma nos enseña la importancia de la prédica y la enseñanza bíblica, desde los pequeños hasta los mayores. La exposición de la sencilla Palabra de Dios hizo fundar iglesias, desde Pentecostés hasta ahora. Es el medio por el cual se manifiesta el Espíritu Santo. La palabra no debe ser enseñada únicamente a los mayores, sino también a nuestros niños. 

Pueden haber muchas actividades en la iglesia, pero la Palabra y la enseñanza bíblica debe dominar todas nuestras actividades. Corremos el peligro que – por ejemplo en un club de jóvenes – los temas sociales sean más importantes que los temas bíblicos o que tengamos a nuestra Escuela Dominical de niños solamente para cuidarlos y para tener un culto tranquilo. Vale la pena instruirles en la doctrina. Debido a la constante predicación de la Palabra de Dios en la época de la Reforma nacieron grandes grupos Cristianos cuya fe estaba fundada en la Palabra de Dios.

Con la autoridad de la Palabra de Dios, los reformadores llamaron tanto a los poderes terrenales como a la gente común, a obedecer a Dios y, además, llamaron a sus hermanos en Cristo a regir sus vidas conforme a las enseñanzas de la Biblia. Una iglesia es más pura cuando enseña y abraza la doctrina del Evangelio y se administran los sacramentos y mantiene la disciplina. La enseñanza bíblica debe ser un eje en nuestra iglesia. ¡No descuidemos, esto es decisivo!

En la Reforma nacieron los maestros laicos. Junto con la Reforma creemos en la importancia de cada creyente con sus respectivos dones. La congregación es un cuerpo que se mueve. Los miembros adultos se prestan para recibir enseñanzas bíblicas y a la vez enseñan a niños, jóvenes o visitantes. Los gobernantes y el pastor dirigen la congregación por medio de la Palabra, pero no necesariamente hacen todo el trabajo. Sobre todo, ellos coordinan y supervisan. Poniendo la Palabra en el centro de la vida congregacional, nuestras congregaciones serán cuerpos vivos. En muchas formas ella puede ser abierta, sea en células, en reunión de jóvenes, en una reunión de damas, en la Escuela Dominical, en el curso de membresía, en los devocionales personales con Dios. Esto es el camino por el cual el Espíritu de Dios hace brillar la gloria de Cristo sobre Su iglesia. Si practicamos esto en nuestra congregación, subirá de ella el olor fragante de Cristo y ¿quién no quiere esto?

Sobre todo, el domingo, el día del Señor es un día de la Palabra. De los Reformadores aprendemos que tenemos que poner a la Palabra de Dios en el centro de nuestros cultos dominicales. Las prédicas deben contener verdades bíblicas pese a que no agraden a toda la gente. Sobre todo, las prédicas tienen que ser entendibles, que lleguen al corazón del pueblo de Dios. Una buena prédica es alimento para el pueblo de Dios y llama al impío que se arrepienta. Los sermones dan dirección a la vida Cristiana y son indispensables para mantener una buena salud espiritual y el crecimiento del conocimiento de la gracia. Nuestra Confesión de Westminster menciona la predicación de la Palabra como un importante medio de la gracia. Es el canal principal a través del cual el Señor nos transmite sus mensajes. 

Los cultos del Reformadores se volvieron modestos en comparación con los católicos con sus imágenes y múltiples sacramentos. Tal vez muchos se aburrieron al inicio, pero la Palabra de Dios siempre ha sido viva y eficaz. Siguiendo su ejemplo, no podemos suprimirla a favor de más cánticos, dramas, teatros, películas, o lo que sea. 

Su espíritu reformador

A pesar de ser muy frontal contra la iglesia Católica Romana, la Reforma no se encerró en una propia denominación. Aprendemos del movimiento de la Reforma que el Espíritu de Dios se mueve dentro de un cauce amplio. Los Reformadores anunciaron sus principios bíblicos en su alrededor. No cayeron en un exclusivismo. 

Como Iglesias Reformadas, podemos estar orgullosos de conocer las doctrinas de la Reforma. Al mismo momento nos preguntamos si somos dignos de llevar este nombre, considerando el celo de los Reformadores por la sana doctrina. Sin embargo, seremos verdaderamente reformados si lo hacemos con ventanas abiertas, no cayendo en un exclusivismo. 

La doctrina reformada es una doctrina probada y bíblica. Muchos la firmaron en la historia de la iglesia con su sangre. Es una doctrina que tiene sus raíces que vienen desde la época de los apóstoles. ¿Por qué tendríamos que tener vergüenza de apoyarla y defenderla? 

Hoy muchas iglesias Cristianas están confundidas porque les falta profundidad y dirección bíblica, ellas deben tomar en cuenta que la Reforma produjo una buena calidad de confesiones. La Confesión de Westminster es una de ellas. Teniéndola nosotros como estándar de nuestra fe, podemos servir a los demás. Tenemos que compartir nuestras riquezas, ser honestos en cuanto a nuestra creencia, afanarnos para predicar el Evangelio, siendo dignos mayordomos de la Palabra de Dios, de la cual Lutero cantó… Esa Palabra del Señor

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