LA IMPORTANCIA DE LA TEOLOGÍA PROPIA O, EL CONOCIMIENTO DE DIOS

Por Julio César Benítez Benítez

Reforma Siglo XXI, Vol. 15, No. 1

1. Introducción

Indudablemente  nuestros  países  latinoamericanos están presenciando un crecimiento exponencial de las Iglesias evangélicas, o del cristianismo en su versión protestante. Los tiempos en los cuales se consideraba a los evangélicos como ciudadanos de segunda categoría han quedado atrás, y ahora estamos escalando importante posición dentro de la sociedad latinoamericana. La política, las comunicaciones, la música, las universidades, en fin, podríamos afirmar que no hay un campo de la vida moderna en la cual los cristianos evangélicos no tengan presencia. Aún hay un largo camino por recorrer, pero cuando comparamos la situación actual de la Iglesia con la de mediados del siglo pasado, nos damos cuenta que se han dado importantes avances.

Es raro no encontrar personas que se identifican como cristianas en cualquier lugar: los colegios, las universidades, los bancos, las tiendas, los supermercados, en los buses, en la playa, los hoteles, los aviones; en fin, en todo lugar encontramos   a personas que asisten a alguna de las numerosas Iglesias evangélicas o cristianas que abundan en nuestras ciudades   y pueblos.

Gracias al Señor a quien le plació bendecir a nuestras sufridas naciones concediéndonos el crecimiento deseado.

No obstante, muchos pastores y creyentes estamos seriamente preocupados ante una situación que parece contradictoria y que, en algunas ocasiones, nos lleva a cuestionar si realmente el cristianismo bíblico está creciendo en nuestros territorios. Pues, siempre que la verdadera Iglesia de Cristo se extiende y llega a zonas que antes habían estado esclavizadas por el pecado, la superstición y el paganismo, el poder del evangelio actúa de tal manera que produce cambios en la sociedad misma.

Quiero mostrarles un ejemplo a la luz de las Sagradas Escrituras. Hechos capítulo 19 nos muestra que cuando el resplandor del verdadero evangelio ilumina las mentes y corazones del pueblo, este se aparta de sus prácticas pecaminosas y empieza a andar conforme a los mandamientos del santo Dios.

Cuando mucha gente está conociendo al Dios verdadero se producen cambios que impactan a la sociedad misma: hay reducción notable de toda clase de maldad, pues, el verdadero evangelio actúa como la sal y la luz, mostrando a la sociedad su pecado, y produciendo, al menos, una restricción para el mal. Los artesanos que hacían templecillos de la diosa Diana estaban seriamente preocupados porque la gente había dejado de comprar todo lo relacionado con el culto a esta falsa diosa; y esto condujo a que los incrédulos se rebelaran contra el cristianismo.

Un profundo cambio se produjo en la sociedad que fue impactada por la luz del evangelio. La misma situación se presentó en el resto de ciudades y naciones que presenciaron la conversión de muchas personas a la fe cristiana.

La mayoría de naciones europeas, antes que el protestantismo surgiera con fuerza, estaban atestadas de pobreza, superstición y animismo. Pero cuando Lutero, Calvino y el resto de reformadores empezaron a enseñar el verdadero evangelio que está contenido en las Sagradas Escrituras, la luz resplandeció y las naciones que abrazaron la fe cristiana fueron impactadas por el conocimiento del verdadero Dios y una transformación radical se dio en ellas.

Ahora, regresando a Latinoamérica, podemos preguntarnos ¿Estamos viendo un cambio radical en nuestra sociedad? O, mejor aún, ¿estamos presenciando una transformación real en las grandes masas que se hacen llamar evangélicas?

Indudablemente muchas personas pueden testificar del cambio que han sufrido a causa del evangelio. Cientos de creyentes en nuestros países son testigos de que el poder del evangelio se ha evidenciado en sus vidas, los cuales ahora, por la gracia, producen frutos abundantes para la gloria de Dios.

No obstante, esa no es la situación de la mayoría. Con gran tristeza y preocupación vemos como cada día la mayor parte de las Iglesias que se hacen llamar cristianas sucumben ante el poder atractivo de nuestro mundo posmoderno.

Es mi parecer que buena parte de las personas que hoy día asisten a Iglesias cristianas, realmente no han salido del catolicismo romano, sino que aún siguen con raíces profundas, ni siquiera en el catolicismo histórico, sino en la religión popular que mezcla animismo con cristianismo, es decir, un paganismo “cristianizado”.

Muchas personas sólo han cambiado la fachada externa: la misa por el culto, el sacerdote o mediador por el pastor, la bruja o adivina por el “profeta”, las cartas y la lectura de la mano o el café por la lectura supersticiosa de la Biblia, las indulgencias por los pactos o las siembras económicas, las visiones supersticiosas de la virgen en las sopas, la pared o cualquier objeto, por visiones del infierno, del cielo, y cualquier cosa producto de imaginaciones exaltadas; la brujería, las prácticas espiritistas y el animismo por una supuesta guerra espiritual donde se exalta el poder de Satanás y se cae en un espíritu paranoico viendo diablos por todas partes; el materialismo rampante, el hedonismo y el humanismo secular por una falsa teología de la prosperidad material; las palabras mágicas y el poder ocultista por una palabra de fe sobrepoderosa que casi iguala a Dios mismo; en fin, cuando revisamos las prácticas de la mayoría de personas que se hacen llamar cristianas, y las comparamos con lo que practicaban en el catolicismo o en el paganismo, sólo encontramos que ha cambiado la fachada externa, sobre la cual se ha puesto el rótulo de espiritualidad cristiana, pero en el fondo sigue siendo la misma terrible y devastadora situación.

Pero, no quiero convertirme en un mensajero ominoso, ni el fin de esta reflexión inicial es desanimar a los pastores o creyentes; antes, por el contrario, deseo que, revisando nuestra fe a la luz de las Sagradas Escrituras, seamos impactados por el Espíritu Santo, para que abandonemos todo lo que  es contrario a su Santa voluntad, y caminemos firmes por la senda del verdadero evangelio.

El gran problema que aqueja a nuestras Iglesias evangélicas es que muchas personas no conocen realmente al Dios que se revela en la Biblia. Hemos ido desarrollando un cristianismo latinoamericano alejado del verdadero Dios, y convertimos a las Sagradas Escrituras en un libro mágico del cual podemos extraer palabras poderosas, como las que usan los hechiceros, para que cumplan nuestra voluntad, y no la de Dios.

Esto nos ha conducido a desarrollar un cristianismo que no conoce a Dios, donde cada uno tiene sus conceptos personales de lo que es Dios para ellos, y viven a Dios como sus mentes lo imaginan.

Hoy día el dios de muchos cristianos no pasa de ser un abuelito bonachón e ingenuo que está interesado en satisfacer todos los deseos y caprichos de su nieto preferido; para otros, el dios en el cual creen es muy parecido a un hada madrina  o un genio mágico, el cual, al tocar de la varita de la fe, se ve obligado a dar todo lo que su señor o jefe le ordene.

Otros tienen un dios que es más digno de lástima que de adoración, pues, según la creencia de ellos, este dios no puede hacer nada en el hombre o en el mundo si su poder no es activado mediante la fe, o no puede hacer nada si primero el cristiano no hace guerra espiritual atando los poderes que rigen en los lugares altos.

Para otros, el dios de ellos no es el Todopoderoso y Soberano que nos presenta las Sagradas Escrituras, el cual hace con los habitantes de la tierra como él quiere y no hay quien detenga su mano, sino un débil dios al cual se le escapan ciertas cosas y no tiene el control del universo, es decir, las cosas malas o las calamidades que vienen sobre el planeta, e incluso sobre algunos creyentes, no están bajo el control de Dios sino que se producen a sus espaldas.

Otros cristianos creen en un dios materialista, en un dios pop, es decir, popular e irreverente. Otros desfiguran a Dios exaltando su amor y misericordia a costa de su justicia y santidad.

En fin, nuestro siglo no es diferente de las épocas oscuras de la historia del pueblo de Dios. Tiempos en los cuales el conocimiento del verdadero Dios se diluyó en medio de una religión, con apariencia de cristiana, pero sobre un fundamento pagano e idolátrico.

En muchas ocasiones el Señor envió a sus profetas para reprender al pueblo y advertirles que ellos no conocían a Dios y en consecuencia los sufrimientos de este descarrío vendrían sobre ellos:

“Porque mi pueblo es necio, no me conocieron; son hijos ignorantes y no son entendidos; sabios para hacer el mal, pero hacer el bien no supieron” ( Jer. 4:22)

“Su morada está en medio del engaño; por muy engañadores no quisieron conocerme, dice Jehová” ( Jer. 9:6).

“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alaba el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” ( Jer. 9:23–24).

También el apóstol Pablo, escribiendo a una Iglesia cristiana del primer siglo, exhortó a sus lectores para que revisaran su teología y práctica pues, algunos no conocían realmente al Dios que se revela en las Sagradas Escrituras: “Velad debida- mente, y no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo” (1 Cor. 15:34).

El conocimiento de Dios es el fundamento para una vida cristiana saludable, sin él, todo será vacío e infructuoso. Nuestras Iglesias no están impactando a la sociedad latinoamericana, como debiera ser, porque el conocimiento del verdadero Dios es escaso. Estamos viviendo un cristianismo emotivo, animista, espiritualista, materialista y humanista, centrados en el placer del hombre; y esto se debe a que no conocemos realmente quién es Dios.

Ya lo dijo antes el escritor cristiano J. I. Packer “La ignorancia de Dios —ignorancia tanto de sus caminos como de la práctica de la comunión con él— está a la raíz de buena parte de la debilidad de la Iglesia en la actualidad. Dos tendencias desafortunadas parecen haber producido este estado de cosas. La primera tendencia es la de que la mentalidad del cristiano se ha conformado al espíritu moderno: el espíritu, vale decir, que concibe grandes ideas sobre el hombre y sólo deja lugar para ideas pequeñas en cuanto a Dios. La tendencia moderna para con Dios es la de mantenerlo a la distancia, sino a negarlo totalmente; y lo irónico está en que los cristianos modernos, preocupados por la conservación de prácticas religiosas en un mundo irreligioso, han permitido ellos mismos que Dios se haga remoto”.

Quiera Dios bendecirnos en este estudio y nos permita iniciar el camino que nos llevará de regreso a Dios, a conocerlo, vivirlo, amarlo, obedecerlo y honrarlo.

2. Importancia del estudio de la teología propia o la doctrina de Dios

Cuando Jesús presentó en qué consiste la vida eterna lo puso en estas palabras: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” ( Jn. 17:3). El conocimiento del Dios verdadero es la vida eterna, es decir, la vida es Dios. La salvación es tener a Dios y conocerle.

A veces ponemos como principal expectativa del gozo eterno en los cielos el vivir en palacios rodeados de calles  de oro y de un mar de cristal, pero realmente el mayor gozo para el cristiano no son estas cosas materiales, sino el poder conocer plenamente a Dios, el poder verlo, tal como dijo Cristo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5:8).

Conocer a Dios es la esencia de la vida cristiana, pues, cuando el conocimiento de su gloria nos inunda, entonces somos transformados a su imagen: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18). “

La mejor recompensa que los cristianos esperan en la eternidad es Dios mismo, él se nos da como galardón y recompensa. El mejor objeto de la fe es Dios mismo, a él y sólo a él deseamos tenerle. Que nosotros seamos de él y él sea nuestro. El Señor, a través del profeta Jeremías, dijo que hay algo muy superior a la sabiduría, a la valentía y a las riquezas. Estas cosas son apreciadas por los hombres, pero por encima de todo se debe buscar lo más excelso, lo mejor, lo que realmente es importante, es decir, se debe buscar el conocimiento de Dios: “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová”  ( Jer. 9:23–24).

Según estos, y otros numerosos textos de las Sagradas Escrituras, podemos deducir que la ciencia más elevada que el cristiano debe perseguir es el conocimiento de Dios.

El reconocido predicador bautista Carlos Spurgeon lo dijo de esta manera:

“… el estudio apropiado de los elegidos de Dios, es el propio Dios. El estudio apropiado del cristiano es la Deidad. La ciencia más elevada, la especulación más sutil, la filosofía más poderosa que puedan jamás atraer la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la Persona, la obra, los hechos y la existencia de ese grandioso Dios, a quien el cristiano llama Padre. En la contemplación de la divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la mente. Es un tema tan amplio que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo se ahoga en su infinitud. Nosotros podemos abarcar y enfrentar otros temas; en ellos sentimos una especie de autosatisfacción y proseguimos con nuestro camino pensando: “he aquí que yo soy sabio”. Pero cuando nos aproximamos a esta ciencia de las ciencias y encontramos que nuestra plomada no puede medir su profundidad y que nuestro ojo de águila no puede ver su altura, nos alejamos pensando que el hombre vano quiera ser sabio, pero que es como un burrito salvaje y entonces exclama solemnemente:

“soy de ayer y no sé nada”. Ningún tema de contemplación tenderá a humillar la mente en mayor medida que los pensamientos de Dios. Nos veremos obligados a sentir:

“Gran Dios, cuán infinito eres tú, Y nosotros somos sólo unos gusanos sin valor”

Pero si el tema humilla la mente, también la expande. Aquel que piensa en Dios con frecuencia, tendrá una mente más grande que el hombre que simplemente camina con pesadez alrededor de este globo estrecho. Quizás se trate de un biólogo que hace alarde de su habilidad para hacer la disección de un escarabajo, estudiar la anatomía de una mosca o clasificar a los insectos y   a los animales en grupos que tienen nombres casi imposibles  de pronunciar. Puede ser un geólogo, capaz de disertar sobre el megaterio y el plesiosauro y todos los demás tipos de animales en extinción. Él puede pensar que independientemente de cuál sea su ciencia, su mente se ve ennoblecida y engrandecida. Me atrevo a decir que así es, pero después de todo, el estudio más excelente para ensanchar el alma es la ciencia de Cristo, y Cristo crucificado, y el conocimiento de la Deidad en la gloriosa Trinidad.

Nada hay que pueda desarrollar tanto el intelecto, nada hay que engrandezca tanto el alma del hombre como la investigación devota, sincera y continua del grandioso tema de la Deidad. Y mientras humilla y ensancha, este tema es eminentemente consolador. ¡Oh, en la contemplación de Cristo hay un ungüento para cada herida!

¡En la meditación sobre el Padre, hay descanso para cada aflicción y en la influencia del Espíritu Santo hay un bálsamo para cada llaga! ¿Quieres librarte de tus penas? ¿Quieres ahogar tus preocupaciones? Entonces, ve y lánzate a lo más profundo del mar de la Deidad; piérdete en su inmensidad, y saldrás de allí como cuando te levantas de un lecho de descanso, renovado y lleno de vigor.

No conozco nada que pueda consolar tanto al alma, que calme las crecientes olas de dolor y tristeza, que hable de tanta paz a los vientos de las pruebas, como una devota reflexión sobre el tema de la deidad”

El conocimiento de Dios es lo que denominamos teología o teología propia. La verdadera teología es el conocimiento de Dios, y esto debe ser buscado por todo aquel que se llame cristiano. La teología no es la ciencia de los eruditos, sino que es la ciencia del corazón, de la mente de todo creyente. Es la ciencia del Espíritu, la cual no consiste meramente en un conocimiento racional sino en una aprehensión y vivencia en el corazón, que transforma el ser completo y nos conduce a la verdadera adoración.

La teología, como siempre le digo a mis estudiantes, es para hacer doxología: Lo primero que hay que hacer es convertirla en alabanza y así honrar al Dios que es su tema, el Dios en cuya presencia y con cuya ayuda todo se resolvió. El llamado de Pablo a cantar y a hacer música en el corazón para el Señor es un mensaje para teólogos al igual que para otras personas (Ef 5:19). Las teologías que no se pueden cantar (u orar para el caso) están mal a un nivel profundo, y tales teologías me dejan descorazonado en ambos sentidos: con frío en las venas y desinteresado”.

Cuando el creyente conoce a Dios, sus atributos, su carácter y sus obras, entonces le es más fácil conocerse a sí mismo, pues, siendo que nosotros fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios, esto es lo que debemos ser, hacer y reflejar.

El hombre fue creado con el propósito excelso de glorificar a Dios, tal y como dice el catecismo menor de Westminster, respondiendo a la pregunta primera. “¿Cuál es el fin principal del hombre?”, se responde: “El fin principal del hombre es el glorificar a Dios, y gozar de él para siempre”. Numerosos textos en las Sagradas Escrituras confirman esta verdad:

Todas las naciones que hiciste vendrán y adorarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu nombre (Sal. 86:9)

Y tu pueblo, todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme (Is. 60:21).

Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice (Is. 43:7).

Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará (Is. 43:21).

Ahora, ¿de qué manera podemos vivir para la gloria de Dios? Reflejando su imagen y semejanza en nosotros. Pero siendo que nuestra vida espiritual fue mortalmente afectada por el pecado, entonces, es preciso que nos ejercitemos en el conocimiento de Dios, de lo que él ha revelado de sí mismo en las Sagradas Escrituras, para que, con la ayuda del Espíritu Santo, podamos reflejar su gloria y vivir para él.

No hay otra manera de glorificar al Señor. Es imposible honrarle sin conocerle. Y para conocerle debemos estudiar la doctrina de Dios, lo que las Sagradas Escrituras enseñan respecto a sus atributos, a su carácter, a sus obras.

La doctrina es esencial para alcanzar el propósito de vivir para la gloria de Dios. No es posible conocer verdaderamente a Dios a través de las impresiones subjetivas o los meros sentimientos. Si bien es cierto que la gloria de Dios y sus obras en nosotros llenan nuestros corazones de santas impresiones y emociones, no es así como logramos el verdadero conocimiento de Dios.

Volviendo ahora a aquellos que dentro del ámbito cristiano quisieran eliminar el elemento doctrinal de su religión, tengo que confesar que hallo difícil entender qué bases dan para justificar su modo de proceder. Si hay una religión en el mundo que exalte el papel de la enseñanza, se puede decir sin temor a errar que es la religión de Jesucristo. Se ha hecho notar con frecuencia que en las religiones paganas el elemento doctrinal es mínimo, que lo principal es la ejecución de un ritual. Pero es precisamente aquí que el cristianismo se distingue de las demás religiones: en que contiene doctrina. Una religión basada en el mero sentimiento es la más inestable y vaga de todas las cosas. Una vida religiosa fuerte y estable sólo se puede edificar en el terreno de la convicción inteligente.

Los deberes del cristiano y su crecimiento en santidad, están ligados estrechamente al conocimiento de Dios. El Señor dijo: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:16). Nuestra meta en la vida cristiana es llegar a ser santos, pero ¿qué es ser santo? ¿Cómo se mide la santidad? ¿Quién define lo que es santo? Eso no lo decidimos nosotros, sino Dios. Para saber cómo es la vida santa, entonces debemos conocer la santidad de Dios, y este conocimiento lo recibimos a través del estudio doctrinal de lo que la Biblia nos da sobre el carácter santo de Dios.

El apóstol Pablo también comprendió, inspirado por el Espíritu Santo, que sólo a través del conocimiento de Dios y de Cristo podemos alcanzar una vida cristiana exitosa que le glorifique, nos llene de esperanzas y nos conduzca a vivir en santidad. Pero este conocimiento no es un mero razonar intelectual, sino que la mente debe ser iluminada por el Espíritu Santo para que el conocimiento doctrinal sea verdaderamente transformador y vivificador.

Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el cono- cimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento… (Ef. 1:15–18).

Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios (Col. 1:9.10).

El conocimiento de la doctrina de Dios debe conducirnos al temor y a la reverencia delante del Dios Santo. La falta de este conocimiento conduce a  la  irreverencia y a una religión centrada en el hombre, en lo que satisfaga sus placeres o sus emociones. Nuestro siglo es testigo de una decadencia en el concepto de la majestad de Dios. Una buena parte de los creyentes jóvenes, y otros más maduros, tiene el concepto de un Dios pop, pana, parcero, y hablan de él, cantan a él y se dirigen a él de una manera tan confianzuda que raya en lo blasfemo. Con razón el escritor cristiano

A. W. Tozer dijo:

La Iglesia ha abandonado su elevado concepto de Dios. Esto no se ha hecho de manera deliberada, sino poco a poco, y sin conocimiento de la Iglesia, y el hecho mismo de que no esté consciente de lo que está pasando, sólo sirve para hacer más trágica aún su situación. El pobre concepto de Dios que prevalece entre los cristianos de una manera casi universal es la causa de un centenar de males entre nosotros, dondequiera que estemos. Una nueva filosofía de la vida cristiana ha sido la consecuencia de este error fundamental en nuestro pensar religioso. Con nuestra pérdida del sentido de majestad ha llegado una pérdida mayor del temor reverencial religioso y del reconocimiento de la Presencia divina. Hemos perdido nuestro espíritu de adoración. El cristianismo moderno no está produciendo el tipo de cristiano que puede apreciar o experimentar la vida en el Espíritu. Las palabras “estad quietos y conoced que yo soy Dios” no significan nada en la práctica para el adorador bullicioso y confiado en sí mismo…

Esta pérdida del concepto de majestad ha llegado en el momento en que las fuerzas de la religión están logrando un fuerte avance y las Iglesias están más prósperas que en ningún otro momento en unos cuantos siglos. Lo alarmante es que nuestros éxitos son externos en su mayoría y nuestras pérdidas totalmente internas; y puesto que es la calidad de nuestra religión la afectada por las condiciones externas, bien podría ser que nuestros supuestos éxitos no sean más que pérdidas. La única forma de recuperarnos de nuestras pérdidas espirituales es regresar a la causa de ellas y hacer las correcciones que exija la verdad. La falta de conocimiento del Santo es lo que nos ha traído nuestros problemas. Nos será imposible mantener sanas nuestras prácticas morales, y rectas nuestras actitudes mientras nuestra idea de Dios sea errónea e inadecuada. Si queremos traer de nuevo el poder espiritual a nuestra vida, debemos comenzar a pensar en Dios de un modo que se aproxime más a como Él es en realidad.4 Es necesario que la actual generación de creyentes experimente lo mismo que le sucedió al profeta Isaías, el cual, recibió una visión maravillosa de la majestad, la soberanía    y la santidad de Dios. El resultado de tal conocimiento fue, en primera instancia, comprender su propia pecaminosidad. Ver en su verdadera dimensión lo horrendo que son nuestros pecados, su horrible putrefacción, y el hedor abyecto de nuestras maldades. Cuando el profeta fue traspasado por los rayos de gloria de la santidad de Dios, sus pecados quedaron en evidencia y no tuvo más que decir, con temor, temblor y terror de ser destruido por la ira de Dios: “!Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5).

En segundo lugar, el profeta pudo experimentar lo que es la gracia de Dios, pues, teniendo él pecados en sus labios, merecía la muerte delante de la presencia de Dios, no obstante, la gracia del evangelio se hace presente y Dios ordena que un carbón encendido, tomado del altar, que es una figura de Cristo, queme el pecado y le de la gracia del perdón.

En tercer lugar, el resultado de haber visto la majestad de Dios fue un temor reverente y una conciencia de sumisión total a la voluntad de Dios: “Heme aquí, envíame a mí” (v. 8).

El conocimiento de Dios es lo que conducirá a la Iglesia de nuestro siglo a impactar a la sociedad y al mundo entero. Mientras tratemos de vivir un cristianismo basado en los sentimientos, experiencias personales, o amoldamientos al sistema de pensamiento mundano, no reflejaremos la gloria de Dios y el evangelio no podrá verse claramente.

Es necesario que los pastores y los miembros de las Iglesias cristianas fundamenten sus vidas en un conocimiento profundo de lo que las Sagradas Escrituras nos enseñan sobre Dios, sólo así andaremos en este mundo sabia y piadosamente, impactando a la sociedad con el carácter de Cristo. “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” (Pr. 9:10)

En cada siglo ha sido necesario que la Iglesia se reforme, es decir, que vuelva a las Escrituras, porque poco a poco nos vamos apartando del fundamento bíblico, para acomodarnos al espíritu de la época. Quiero citar nuevamente las palabras de Tozer al respecto:

“Tener un concepto correcto de Dios es algo fundamental, no sólo para la teología sistemática, sino también para la vida cristiana práctica… Creo que son muy escasos los errores en la doctrina o en la aplicación de la ética cristiana que no se puedan seguir hasta hallar su origen en unos pensamientos imperfectos e innobles sobre Dios. Opino que el concepto de Dios que prevalece en esta época es tan decadente, que se encuentra completamente por debajo de la dignidad del Dios Altísimo, y en realidad constituye para los que profesan ser creyentes algo que equivale a una calamidad moral”.

En todas las épocas de la historia del pueblo de Dios fue necesario un avivamiento o un tiempo de reforma, con el fin de que la Iglesia regresara al conocimiento del verdadero Dios. Grandes momentos de reforma se vivieron en el tiempo de Moisés, en el tiempo de Elías, de Esdras, y especialmente en el tiempo de Jesucristo.

Debido al pecado residual que todavía afecta al pueblo de Dios, existe la devastadora tendencia de irse alejando poco a poco de la doctrina bíblica, hasta convertir al cristianismo en una mera religión llena de rituales, experiencias y conceptos espirituales difusos. Pero Dios que es rico en misericordia no abandona para siempre a su pueblo en medio de la oscuridad doctrinal y espiritual, sino que levanta a sus profetas para que inviten, con voz fuerte, y a veces tronante, al pueblo a regresar al camino, a la Ley y al testimonio: “!A la Ley y al testimonio!

Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Is. 8:20). “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” ( Jer. 6:16).

El resultado de una perversión, progresiva y a veces imperceptible, de la doctrina bíblica, y por ende, del conocimiento de Dios, es el desastre espiritual. De allí que los profetas, de manera reiterativa, advirtieran al pueblo que su desconocimiento de Dios sería la causa de su desastre: “Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque  no  tuvo  conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed” (Is. 5:13). “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento” (Os. 4:6).

La falta de conocimiento verdadero de Dios es causa de su ira sobre su propio pueblo y sobre el mundo en general, pues, siendo que el propósito principal de la vida del hombre es vivir para la gloria de Dios, el conocimiento de Él es esencial, y la ausencia de este conocimiento conduce al hombre a actuar en contra de la voluntad de Dios: “Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra” (Os. 4:1).

Por lo tanto, si deseamos ser una Iglesia, que no sólo crezca en número de asistentes, sino en poder espiritual del verdadero y transformador evangelio, nos es necesario afianzar y profundizar el conocimiento de Dios, no sólo en nuestras mentes, sino también en nuestro ser interior. Es nuestro el reto de hacer lo que dijera el profeta Oseas “Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová; como el alba está dispuesta  su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra” (Os. 6:3). Pero no se trata de un mero conocimiento subjetivo, basado en experiencias o sentimientos, sino en una labor de nuestra mente regenerada que se esfuerza en escudriñar las Sagradas Escrituras y encontrar en ella la verdadera teología, pues, si primero la teología no está en nuestra mente, imposible es que ella impacte nuestros corazones.

“… la cristiandad tiene una primacía de la mente con respecto al orden o la secuencia. No puede haber nada en el corazón que no haya estado primero en la mente. Nuestros corazones no pueden ser inflamados sobre algo que nosotros no conozcamos. A menos que conozcamos a Dios profundamente, no podremos amarlo profundamente. Un ligero entendimiento de Dios es suficiente para hacer que el corazón comience a agitarse. Las emociones pueden encenderse con una mínima relación con la majestad de Cristo. Pero para que esa chispa llegue a ser un fuego duradero y consumidor, nuestro conocimiento de él debe crecer. Conocerle a Él es amarlo. Por lo tanto, el conocimiento profundo debe preceder al afecto profundo. La mente viene primero; esta es primaria para nuestra fe”.

Pero tampoco se trata de un ejercicio exclusivamente racional o mental, pues, el conocimiento de Dios debe impactar el alma. En esto difiere la teología racional de la teología bíblica. El teólogo racional trata de ponerse por encima de  la Palabra y se convierte en un científico que escruta y clasifica las doctrinas teológicas, pero siempre por encima de ellas. El teólogo bíblico no hace eso, él, como quien trata de arañar el cielo, siempre por debajo de Dios y con una actitud de humildad y un sentimiento de incapacidad, suplica a su Señor le permita conocer lo que las Sagradas Escrituras enseñan sobre él y su evangelio. Cada vez que descubre una preciosa verdad la estima como un invaluable tesoro, el cual guarda con celo santo y lo da a conocer al resto. Su corazón es inflamado por una llama celestial y ama más a su Señor, agradecido por haberle permitido descubrir otra preciosa verdad que transformará su vida. Si el corazón del teólogo no es llevado a inflamarse y a experimentar santas emociones cuando estudia la teología bíblica, entonces algo no está funcionando bien con su teología o con su corazón.

“Muchos han acumulado un almacén de conocimientos teológicos, sin embargo, sus corazones permanecen estériles y fríos. La historia está repleta de evidencia de eruditos, quienes se distinguieron a sí mismos un conocimiento que usaron  en la causa de la incredulidad. Una creencia no puede salvar a nadie. Es con el corazón que se cree para salvación. Un elemento necesario de la fe salvadora es afecto por Cristo. Un montón de conocimiento sin amor no vale nada. Un poquito de conocimiento acoplado a un gran afecto es mucho más preferible. Dios se agrada en gran manera cuando nosotros vamos detrás de estas dos primacías. La búsqueda de conocimiento de Dios es insuficiente, la misma no debe ser un fin por sí misma, sino un medio para alcanzar un fin. La meta es inflamar el corazón. La mente debe servir como un conducto para alimentar el alma”.

El conocimiento del Dios santo transformará nuestras vidas, transformará nuestras Iglesias e impactará a la sociedad.

El conocimiento de Dios nos llevará a elevadas dimensiones de compromiso por su Reino y su Evangelio. El profeta Daniel expresó esta verdad, diciendo: “… el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará” (Dan. 11:32). Daniel y sus amigos fueron testigos fieles del Señor y su Evangelio en medio de una sociedad pagana e idólatra, al punto de estar dispuestos a morir por Dios, sólo porque le conocían de cerca. Daniel acostumbraba a orar tres veces al día porque él sabía que sólo a través de la oración y el estudio diligente de la Palabra podía conocer profundamente al Dios Soberano.

Este conocimiento debe ser deseado y anhelado con pasión. Debemos ser diligentes en escudriñar las Sagradas Escrituras para ver en ellas la gloria de Dios. Todos nuestros devocionales, nuestros estudios bíblicos, nuestras predicaciones y cualquier estudio de las Sagradas Escrituras, deben enfocarse en encontrar a Dios en el texto sagrado, en mirarlo a él, en conocer sus atributos, su perfección, su gloria, sus obras. Si un estudio de la Biblia o una predicación no tiene como fin mostrar al Dios soberano y su evangelio, entonces el propósito del mismo es humanista y no edificará verdaderamente a los oyentes. Es preciso que desarrollemos una santa pasión por conocer a Dios, y esto lo lograremos si empezamos a escudriñar el libro sagrado con el fin de conocer a su celestial Autor, debe ser nuestra la actitud del salmista que decía con profunda convicción: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentará delante de Dios? (Sal. 42:2). “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Sal. 63:1). Entre más conozcamos a Dios, más lo vamos a desear.

Esta fue la realidad de Jesús, quien sólo estuvo interesado en glorificar a su Padre y en hacer su voluntad. El conocimiento de Dios era su pasión y nada hizo que él se desviara de este propósito. Jesús, siendo hombre, y habiéndose limitado a sí mismo como Dios, tuvo que aprender a conocer a Dios a través de sus padres y del estudio de las Sagradas Escrituras. Ya desde muy pequeño él manifestó una santa pasión por el Padre Celestial y sus asuntos, al punto que cuando sus padres le preguntaron del porqué se había quedado en Jerusalén exponiéndolos a la angustia de pensar que se había perdido o le había sucedido algo malo, él sólo se limitó a responder: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar” (Lc. 2:49). Jesús hizo las obras que el Padre le mandó hacer, habló lo que el Padre le dijo que hablara, en fin, no quiso hacer nada contrario a la Voluntad de Dios el Padre. Su amor hacia Dios crecía más y más.

“Jesús conocía al Padre. Su conocimiento de Dios era tan profundo que toda su vida en la tierra reflejó una única pasión santa. Jesús nos reveló al Padre y nos pide que hagamos lo mismo que Él. Su prioridad queda establecida ante nosotros: buscar primero el Reino de Dios y Su justicia”

“Si hemos de avanzar en santidad, necesitamos avivar la llama de una pasión santa. Nos es preciso tener un deseo sincero con un único propósito de conocer a Dios. Seguimos a Jesús, quien nos precedió. A Él lo movía una única pasión: la de hacer la voluntad de su Padre. Su comida y su bebida fueron hacer la voluntad de su Padre. El celo por la casa de su Padre lo consumía”.

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