LA IGLESIA: SU BATALLA DE VIDA O MUERTE: UNA EXPOSICIÓN DE APOCALIPSIS 2:8-11

Por Henry A. Venema

Reforma Siglo XXI, Vol. 10, No. 1

Toda esta carta se formula en términos de una perspectiva de vida o muerte. Sentimos que la Iglesia se representa aquí como viviendo en una crisis tan difícil que la “vida” y la “muerte” se contrastan de manera apropiada. Pero la Iglesia emerge victoriosa de esa crisis: se le recompensa con “la corona de la vida.” Ciertamente que la Iglesia ha de ser vista aquí como victoriosa, pero tan sólo después de una “batalla de vida o muerte.”

Una Batalla Crucial e Intensa

¿Cómo podríamos describir la vida para la iglesia en aquella comunidad cosmopolita que era Esmirna? Esmirna había llegado a ser grande por el tráfico comercial. En el plano religioso, Esmirna también tenía su culto al César. El año 195 a.C. vio la construcción de un templo en honor a la ciudad de Roma, la cual era venerada como una diosa. Esto complacía a Roma y resultó en privilegios y beneficios para Esmirna. A diferencia de Éfeso, donde la adoración al emperador se hallaba integrada con la deificación de la sensual Diana, ¡la expresión religiosa de Esmirna se hallaba orientada hacia la religión de los judíos!

Este es un hecho extraño, puesto que la ocasión que llevó a un contingente sustancial de judíos a emigrar hacia Esmirna después del año 70 d.C. fue el surgimiento de un conflicto entre los romanos y los judíos, que resultó en la caída de Jerusalén. Los emigrantes judíos entraron a esta ciudad fuertemente pro-romana para iniciar una nueva vida. Y, tan sorprendente como pueda parecernos, se las arreglaron para que les fuera excepcionalmente bien. Los romanos hicieron importantes concesiones: los judíos estaban eximidos del servicio militar; la sinagoga recibía protección legal del César; el abuso de los ritos religiosos judíos era castigado por la ley.

Los judíos, por su parte, estaban dispuestos a devolver bondad por bondad. La oración por el emperador romano era una costumbre establecida en la adoración en la sinagoga. Los símbolos de respeto al emperador estaban presentes en muchas sinagogas. Como resultado los judíos fueron recompensados con un lugar de influencia en la comunidad. Sin dificultades entraron al floreciente mundo de los negocios de esta importante ciudad portuaria. No hace falta decir que prosperaron.

En Éfeso se había alcanzado la armonía entre Diana y el César. Pero en Esmirna la reconciliación se había efectuado entre lo romano y lo judío, entre el dios de los romanos y el Dios de los judíos, ¡entre el César y Jehová! Fueron desechados los contrastes demasiado agudos: las cosas relacionadas con la vida eterna fueron comprometidas por causa de las cosas que llevan a la muerte (Salmo 49).

Es en Esmirna que nuestro Señor también había reunido una Iglesia que confesaba sin ningún tipo de compromisos que Él era “el primero y el último.” Este testimonio no es posible de nadie excepto de quien es “Dios verdadero.” Los hombres que viven hoy no estaban aquí ayer; y aquellos que viven hoy estarán muertos mañana. Pero con respecto al hombre Jesús la Iglesia confiesa que Él es Dios eterno, que es el mismo ayer, hoy y siempre. Lo que es más, Jesucristo como hombre posee este atributo, pues “estuvo muerto y vivió otra vez.”

De modo que ésta es la situación: en Esmirna encontramos un ejemplo muy vigoroso de vida cívica; y allí encontramos a la Iglesia, también muy viva, pero con una vida de un origen muy peculiar y de un carácter totalmente único.

Creo que escucho a alguien diciendo, “En verdad que Esmirna era una Iglesia con un gran potencial. No hay animosidades agudas, hay paz externa y prosperidad – ¿qué más podría uno desear para la causa de la Iglesia de Cristo en el mundo?” ¡Pero todo esto es la necedad de la carne! Pues Esmirna es descrita en este pasaje en términos típicamente escriturales y espirituales, y por lo tanto, quizás esto nos sorprenda. Pues la Iglesia en Esmirna está en serios problemas: “Yo conozco tu tribulación, y tu pobreza.” La vida era gravosa para estos cristianos, no sólo por la injusticia practicada con respecto a ellos, sino especialmente porque tenían que vérselas con “aquel que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Heb. 2:14b). Aquí la tribulación se debía a la obra de Satanás en sus esfuerzos por destruir la vida. El príncipe de la muerte estaba causándoles problemas a los santos mientras batallaba por oponerse a Jesucristo y a Su poder vivificante.

¡Imagine la difícil situación económica de los cristianos en Esmirna! En una ciudad de mucha riqueza y gran actividad comercial, donde los judíos, llegando como marginados, habían prosperado por la vía del compromiso con el mundo romano, la Iglesia se hallaba aquejada por una gran pobreza. Los cristianos en Esmirna se hallaban en una gran angustia económica no porque no tuvieran ambiciones o porque no fueran esforzados, sino debido a la “tribulación” y al terror de la muerte. Estaban experimentando un boicot a sus negocios y a su vida social debido a la desaprobación de los principios por los cuales vivían. Se llevó a cabo una aflicción sistemática de la Iglesia. Los cristianos fueron dejados de lado en la competencia por los nombramientos y el desarrollo. Jesús en verdad les dice a los creyentes de Esmirna que tienen un tesoro en el cielo, les dice que son “ricos,” pero también reconoce el poder del Malvado quien está buscando su muerte – “Conozco tu pobreza.” Pues la pobreza significa que se carece de los medios necesarios para la sustentación de la vida humana – y esto debido al odio y oposición de aquellos que aborrecían el testimonio vivo de la Iglesia de Cristo.

Además de la privación económica la tribulación de la Iglesia de Esmirna es también religiosa en carácter. Están siendo perseguidos. Eso no es algo fuera de lo común en la Iglesia. Aquellos que están “en” ella, quienes prefieren la racionalización y el compromiso, ridiculizan a aquellos que por el deseo de vivir de acuerdo a la Palabra están sufriendo dificultades y persecución. Los judíos hicieron esto en Esmirna. Jesús describe del siguiente modo: “Conozco la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás.”

Estos opresores de la verdadera Iglesia razonaban de esta manera: “Es verdad, el Señor nuestro Dios es un Señor. Sin embargo, debemos ser lo suficientemente amistosos como para honrar también al César en nuestras sinagogas. Después de todo, es el emperador de esta tierra. El reclamo que estos cristianos insisten en hacer – que Jesús de Nazaret es “primero y el último” – deshonra al César y pone en peligro nuestra posición en esta ciudad. Por lo tanto, de manera apropiada debemos hacer todo lo que podamos para impedir su prosperidad.” Algo típico de quienes son “sinagoga de Satanás” fue su falsa acusación de los cristianos señalándolos como revolucionarios y rebeldes, indignos de la protección y privilegios sociales y legales. De este modo las fuerzas de la muerte aplicaron presión al Cuerpo viviente de Cristo.

“Pobreza” significa aquella materialidad de la cual los cristianos de Esmirna habían sido privados y obstaculizados mientras batallaban por “ganarse la vida.” “Blasfemia” indica que las bases espirituales y morales de la vida social había sido socavadas. Pero esta carta al “ángel de la iglesia en Esmirna” continúa describiendo la “tribulación” futura de los santos en términos aún peores. Incluso su seguridad personal les será arrebatada: “He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días.”

Esto completa la historia de la persecución de una Iglesia fiel. El pan, la posición y la libertad les son negados. Y para intensificar aún más el espanto de todo el asunto, la descripción es clara en cuanto a los detalles generales, pero imprecisa con respecto a su aplicación específica. “No temas en nada lo que van a padecer.” Nótese el plural. La tribulación asumirá muchas formas e implicará muchos casos. Pero, ¿cómo y cuántos?

Algunos serán echados a la cárcel, pero no se da su identidad. ¿Serán puestos en libertad una vez más? Nadie lo sabe. ¿Cuánto durará esto? “Diez días” dice el texto – pero este es un número simbólico, un número “redondo.” En realidad, nadie sabie hacia dónde van las cosas en el tiempo asignado por Dios en esta situación.

Ciertamente el “temor de la muerte” se siente como algo muy pesado sobre los corazones y mentes de la Iglesia de Cristo en Esmirna – incluso sobre aquellos que han recibido la vida verdadera y que esperan su gloria eterna.

¡No Temas!

Sólo una cosa es cierta para la Iglesia de Esmirna, y ésa es que ¡las cosas se pondrán peor! Por lo tanto, es casi irritante y no poco desconcertante escuchar a Cristo decir, “No temas.”

De hecho, lo único que uno puede hacer es temer si la situación ha de entenderse meramente en términos de aquello que se encuentra dentro del alcance de nuestra resistencia. Si Cristo quiere dar a entender con su frase “no temas” lo mismo que significa nuestra frase “no estés nervioso,” entonces sus palabras son una pura farsa. Nuestra compostura y equilibrio jamás pueden parecer imperturbables frente a las energías del infierno. Aún si Cristo quiere decir que debiésemos estar seguros de tener una fe inamovible apenas sí podemos entender su amonestación. Pues nuestra fe humana no puede competir con las fuerzas demoníacas.

Tan sólo podemos entender la crisis en Esmirna si vemos que la batalla involucra a fuerzas sobrehumanas. En la superficie parece ser parte de la tensión inevitable entre cuerpos religiosos rivales, la batalla competitiva por los negocios y la riqueza. En realidad es la batalla incesante entre la Iglesia de Cristo y la sinagoga de Satanás. Los residentes de Esmirna se ven envueltos en una batalla espiritual entre las fuerzas de la vida tal y como se revelan en y a través de Cristo, y los poderes de la muerte, cuyo gobernante es el diablo.

Por lo tanto, la tribulación de la Iglesia ha de ser vista como un escarmiento beneficioso. Pero su dolor y lucha son ocasionados por esta consideración sumamente importante aparte de la cual la vida cristiana no puede ser entendida de manera apropiada: detrás de nuestras experiencias cotidianas, detrás de nuestras pruebas y tribulaciones como hijos de Dios se encuentra siempre el hecho de una batalla cuyos participantes son más que meramente humanos, cuya dimensión alcanza todos los tiempos y lugares.

No es de sorprenderse que con frecuencia nos quedemos perplejos cuando nos vemos a nosotros mismos experimentando la horrible realidad de aquella batalla incluso en nuestra propia tribulación. No sorprende tampoco que necesitemos tanto escuchar la palabra milagrosamente consoladora de Cristo, “No temas.” Pues si nos aventuráramos en la arena de esta batalla por nuestros propios medios es mejor que nunca nos atrevamos a comenzar, pues nunca lograríamos el éxito. Pero si Cristo se atreve a hacer esta guerra en y a través de nosotros como miembros de su Iglesia y sus discípulos, entonces se convierte en un asunto totalmente diferente. Pues Cristo es “el primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió.” Aquel que ha triunfado sobre la muerte en el Calvario nunca será vencido por aquel que ahora se esfuerza tan furiosamente por privar a la Iglesia de un lugar en la tierra.

Aunque la carne y el corazón desfallezcan y flaqueen,

El Señor será por siempre la fuerza y porción de mi corazón,mi Dios eternamente.”

(Salterio Cristiano Reformado, Himno no. 147, estrofa 3).

Triunfo por medio de la Tribulación

Continuando en la misma vena de argumentación, nuestro Señor señala hacia el resultado de esta batalla. Puede ser que la Iglesia no sepa cuándo va a terminar este período de tribulación, pero Cristo sí. Y Él no solamente sabe que hay un final, y cuál será su carácter, sino que Él también es quien ha determinado la conclusión apropiada para este período de aflicción y persecución.

Es reconfortante señalar este hecho. La duración de este período de tribulación no está determinado por la oposición. Ni el poder romano ni el odio judío, ni siquiera Satanás mismo hacen su entrada para establecer la duración de este período de tribulación. Por lo tanto, Cristo puede decir, “Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida.” Esto significa que la Iglesia debe siempre contarse a sí misma como completamente afortunada si lo único que tiene con ella es a Cristo como Salvador. Que venga la muerte, a través de Él usaremos la corona de la vida, que es la corona del victorioso.

Más de este mismo pensamiento se encuentra al final del versículo 11: “El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.”

En estas palabras se refleja la perspectiva apropiada del cristiano sabio. Hay una primera vida y una segunda muerte. Ninguna de ellas es el interés fundamental del hijo fiel de Dios en la Iglesia militante. Pues la primera vida es temporal, y la primera muerte ha sido absorbida en la victoria de la resurrección del Salvador. Pero, también hay una segunda vida y una segunda muerte. Éstas no son temporales, sino eternas.

Esta segunda muerte es el castigo eterno del pecador no arrepentido en el infierno. De modo que, con esta aterradora realidad claramente en mente, el cristiano orienta ahora su vida con una visión de la vida en la que puede escapar de la muerte de la cual no hay retorno. La opción en Esmirna era entre la primera vida y su recompensa: la segunda muerte, y la segunda vida futura y las consecuencias de aquella elección, la oposición de las fuerzas del infierno.

Esmirna escogió la segunda vida, y su decisión fue hecha con sabiduría. Lo nuestro es imitar su fe, y también hacerle frente a las fuerzas del Diablo en términos del poder de Cristo y con la debida consideración a la mayor gloria del reino celestial. Y para nosotros debiera ser totalmente imposible negar que la vida cristiana y el testimonio fieles en la actualidad no implican una oposición real de parte de los muchos que están aliados con Satanás en su incesante batalla contra el Cristo. Pues este es el telón de fondo de la historia del Nuevo Testamento. “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” Que todos seamos capaces de oír que las cosas de esta vida presente son temporales y fugaces. No sabemos ni el día ni la hora de nuestra muerte, ni del retorno de Cristo, aunque su certeza se halla más allá de toda duda. Debemos aceptarlo, el servicio auto-sacrificial modelado en Esmirna es extremadamente difícil, y nada atractivo para la carne.

Y la “segunda muerte” puede parecer algo muy lejano. Sin embargo, su gran certeza debiese sacudirnos hacia la sobria consideración de la demanda del Evangelio para con nuestra vida presente. El hecho es que, si no podemos oír lo que el Espíritu está diciendo ahora, es porque simplemente no tenemos los oídos con los cuales hacerlo. Cualquiera que en realidad “oiga” estas palabras solamente puede responder exhortando a la oración que busca la gracia y la fortaleza. Fija tus ojos, oh cristiano, en aquel que es “el primero y el último.” Por su causa la primera muerte, con todo su horror, es en realidad tan sólo una ocasión para la revelación de su vida en nosotros.

Vivir separado de Dios es muerte,

Es bueno buscar Su rostro:

Mi refugio es el Dios viviente,

Su alabanza anhelo proclamar.

(Íbid., estrofa 5)

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