LA FE Y EL CREYENTE

Por Geerhardus Vos

Reforma Siglo XXI, Vol. 7, No. 1

Geerhardus Vos (1862-1949) fue un gran teólogo y exegeta bíblico de trasfondo holandés quien trabajó en los EEUU. Poco conocido en el mundo latino, Vos fue instrumental en desarrollar la ‘teología bíblica’ desde un fundamento reformado, metodología que pone énfasis en el desarrollo del ‘plan de salvación. Ofrecemos esta introducción al teólogo eminente tomado de su sermón “Heavenly-Mindedness” (Una mente enfocada en el cielo) en ‘Grace and Glory: Sermons Preached in the Chapel of Princeton Theological Seminary’ Edinburgh: Banner of Truth Trust, reimpreso 1994, 103-107.

Hebreos 11:9-10

Este texto es el capítulo preeminente de la fe. Ilustra la naturaleza, el poder y los efectos de esta gracia mediante una serie de ejemplos de la historia sagrada. La profecía de Habacuc es citada “el justo por fe vivirá”. Recordemos que en las epístolas de Romanos y Gálatas la misma cita tiene preeminencia. De igual manera, Abraham figura como gran ejemplo de fe. Por tanto, uno podría creer que el desarrollo del concepto ‘fe’ sigue las mismas lineas en Hebreos 11. Pero esto sería correcto sólo parcialmente. Sin duda, las dos enseñanzas están de acuerdo, y se combinan en algunos puntos. Sin embargo existen matices diferentes.

En los libros de Romanos y Gálatas, la ‘fe’ generalmente significa aquella confianza en la gracia de Dios, que es el instrumento de la justificación, canal mediante el cual el poder de Cristo fluye hacia el creyente. Pero en Hebreos el concepto de ‘fe’ es más amplio. La ‘fe’ es ‘la convicción de lo que no se ve, la seguridad en lo que se espera.’ Es el órgano para percibir lo no-visible de las realidades futuras, y nos permite acceso y contacto con otro mundo. Es la mano extendida por vastas distancias de espacio y tiempo, por la cual el Cristiano acerca para sí cosas muy distantes, para que lleguen a ser actuales. Las otras epístolas más tempranas de Pablo también conocen este aspecto de la fe. Pablo declara en 2 Corintios que en el tiempo presente el cristiano camino por fe y no por vista. Y por otro lado, el capítulo 11 de Hebreos también conoce la función justificadora de la fe, como por ejemplo cuando se menciona Noé, que llegó a ser heredero de la justicia que es por la fe.

Con todo, debemos tomar en cuenta las diferencias, y las distinciones de perspectiva no deben ignorarse. Y apreciamos mejor estas diferencias al considerar que en las epístolas de Romanos y Gálatas Cristo es el objeto de nuestra fe, Aquel hacia quien nuestra confianza es dirigida. Pero en Hebreos se describe a Cristo como uno que ejerció fe él mismo. De hecho, se presenta a Cristo como el creyente perfecto e ideal. El autor exhorta a sus lectores a “correr con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe”. Jesús, por ser sin pecado, no pudo ejercer el tipo de fe que justifica al pecador (la ‘fe’ como confianza justificadora que describe Romanos y Gálatas). Pero la fe que es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” tuvo un lugar central en la vida de Jesús. Sólo por medio de este tipo de fe pudo lograr Jesús un estilo de vida y una intensidad de obediencia nunca alcanzados por otro. Fue por medio de esta clase de fe que Jesús pudo proyectar su alma a lo invisible y el futuro, así participando del mundo celestial a que pertenecía aún cuando andaba en este mundo oscuro de sufrimiento y muerte al cual se entregó.

Al mismo tiempo que las dos clases de fe no se encuentran en Jesús (por lo antedicho), no tienen contradicción en el cristiano. Realmente, la fe que justifica es simplemente una aplicación del concepto de fe más amplio. Entre las cosas invisibles que esperamos por la fe, ninguna provoca más la fe que la declaración por medio del evangelio que somos justificados ante Dios – !siendo pecadores! !Esto no sólo es invisible, parece imposible! Esta es la paradoja de todas las paradojas. Esto requiere una energía especial para poder creerlo, es la victoria de la fe sobre toda la realidad visible, y confiesa que Dios llama lo que no es como si fuera. Esta confianza compenetra la deidad de Dios más que cualquier otro acto de fe.

Lo que leemos en Hebreos 11 acerca de las varias actividades de la fe en la vida de los santos del Antiguo Testamento podría crear la impresión que el término ‘fe’ se usa en una forma diferente, y que se le atribuyen muchas cosas a la fe que no le pertenecen estrictamente con base en la definición del mismo autor. Algunos pensarían que se debe usar términos más precisos para clasificarlos con otras virtudes cristianas. Ciertamente hay una tremenda variedad de trajes de los que desfilan ante nuestros ojos. La comprensión que el mundo fue formado de la nada, la habilidad de ofrecer a Dios un sacrificio aceptable, la experiencia de no gustar la muerte y ser trasladados vivos hasta Dios, la preparación del arca, el llamado a dejar su patria, el poder de concebir ya anciana, la voluntad de sacrificar su propio hijo, la profecía de José de antemano acerca de la liberación de Egipto, su mandato respecto a sus huesos, el esconder al niño Moisés, la decisión de Moisés, ya grande, de despreciar los tesoros de Egipto al preferir el vituperio con el pueblo de Dios – todo esto y más es lo que se representa como aquello que pertenece a la singular categoría de la fe. Pero no malentendamos al autor. Cuando afirma que por medio de la fe si hicieron todas estas cosas, no está diciendo que todo lo que se hizo era necesariamente la expresión de la fe. Lo que quiere decir es que en última instancia fue la fe sola que hizo posible los demás actos. Sólo las personas dirigidas por fe podían realizar estas obras y producir esta riqueza de fruto aquí descrito. Sin fe, hubiera sido imposible lograr estas cosas. Si no tuvieran sus ojos puestos en lo invisible, aquel mundo prometido por Dios.

Si fueron llamados a creer o a seguir, hacer o soportar – la obediencia de todos estos santos nació no de ninguna fuente terrenal sino de aquella reserva de energía almacenada en la tierra celestial. Si Moisés soportó, no fue debido a su propio fortaleza humana, sino porque su propia debilidad fue compensada por la visión de Aquel que es invisible. Si Abraham, quien recibió con gozo las promesas, ofreció a su propio hijo único, no fue por alguna resignación heroica, sino porque por medio de la fe vio que Dios era mayor que aún las leyes de la naturaleza: «Él creyó que Dios podía resucitar aún a los muertos.» De igual manera los otros casos. Por la fe el poder del mundo celestial se hizo disponible para aquellos a quienes este mundo amenazaba con destrucción, y sucedió el milagro que los débiles fueron transformados en fuertes.

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