LA EXTINCIÓN DE LA DISTINCIÓN: LA IGLESIA FRENTE AL POS-MODERNISMO – PARTE 1

Por  P. Edouard

Reforma Siglo XXI, Vol. 7, No. 1

La semilla del Post-Modernismo y la cosecha del Post-Cristianismo

En Edén Satanás echó a andar una estrategia calculada para hacer borrosa la distinción entre su palabra y la palabra de Dios. Eso significaba borrar las diferencias entre la obediencia y la desobediencia, la autonomía y la sumisión, la felicidad y la miseria, la vida y la muerte, la gracia y el juicio. La estrategia es aquella donde las contradicciones se mezclan juntas en una sola cosa. ¿El resultado? La verdad se pierde en el proceso. El diablo tuvo éxito; pero Dios respondió con juicio, expulsión y una eterna enemistad antitética. En Génesis 6 los matrimonios no hicieron distinción entre los hijos de Dios y los hijos del diablo, Dios respondió con el diluvio.

En Babel Dios impidió el primer intento de globalismo, y produjo distinción a través de la confusión de las lenguas.

El clan de Coré despreció la diferencia entre Moisés y ellos mismos; la tierra se los tragó en juicio. Balaán buscó cómo eliminar cualquier posibilidad de distinción entre los Israelitas y los Moabitas; Dios respondió con una plaga mortal. La plaga se detuvo únicamente cuando Finees restauró la distinción. Los hijos de Aarón no vieron distinción alguna entre la forma de adoración a Dios centrada en el hombre y la forma de adoración a Dios prescrita por Dios mismo; el fuego de Dios los destruyó. Al conquistar la tierra los Israelitas desobedecieron a Dios y fracasaron al no mantener la distinción entre ellos mismos y los Canaanitas; como resultado se acuñó el término “Boquim.”

Desde el mismo momento que la creación fue comenzada Dios se presenta a Sí mismo como uno que hace distinción: distinción entre la luz y las tinieblas, la noche y el día, lo seco y lo cubierto por agua, lo viviente y lo no viviente, el descanso y la labor, el cielo y la tierra, etc. Satanás, por otro lado, ha buscado siempre destruir todas las distinciones, y unir lo que Dios ha decretado que debe mantenerse separado. Nuestro enemigo ha estado tratando de erradicar la antítesis y de este modo destruir la misma identidad y fortaleza de la Iglesia. A lo largo de toda la historia de la redención la Iglesia se ha mantenido o ha caído con respecto al mantenimiento de las distinciones apropiadas entre la observación del pacto y el quebrantamiento del pacto, lo sagrado y lo profano, el Creador y la criatura, el hombre y la bestia, el tiempo y la eternidad, el pasado y el futuro, la vida y la muerte, el pecado y la santidad, etc. Hoy, Satanás ha vuelto a insertar a la Iglesia en el viejo juego de la “no-distinción.” Pero esta vez jugará su juego con más sofisticación, más subterfugio, más malicia y con más consecuencias nefastas.

Tenemos mucho que temer. Que la comunidad del Pacto vele y se guarde.

La Visión desde el muro

Las raíces y los senderos que nos han conducido a nuestra presente condición son tan variados, tan complejos y están tan entrelazados que es virtualmente imposible encontrar un solo culpable o extrapolar un solo punto de origen. Muchos de los que tratan de evaluar esta época son incapaces de localizar y verbalizar con exactitud lo que anda mal con ella. La dificultad estriba en que demasiadas cosas están mal; y se hallan integradas de manera perfecta en una vasta red de maldad. Las excentricidades de este actual desorden cultural productor de desintegración desafían tanto la definición convencional como la descripción, y eso de manera deliberada. Esta época ha destruido el lenguaje como para quedar inmune a los pronunciamientos de juicio del lenguaje; ha destruido el significado como para existir fuera del rango de visión del significado; ha destruido todo sentido y sensibilidad como para ejercer así el reinado libre en todos los ámbitos, libre de obstáculos en sus asolamientos. Lo que es cierto es que con cualquier vestigio de sentido común que haya quedado en la cultura, algunos de nosotros somos capaces de percibir que algo está terriblemente mal con esta época. El punto de origen podría encontrarse en la duda; pero no el destino. No obstante, existe un creciente sentido de desesperación incluso de parte de los conductores de este buque desenfrenado que les dice que no podemos seguir en este curso. A menos que giremos y cambiemos de curso de manera rápida nos vamos a auto-destruir. ¿Pero cómo revertimos el curso?

Los problemas de esta época se encuentran en dos áreas:

(1) Los elementos buenos y malos de la sociedad se han entretejido y entrelazado más allá del punto de separación, haciendo difícil extraer uno y no también el otro, o castigar al elemento malo sin destruir simultáneamente la utilización buena. Parece que lo bueno y lo malo se levantan o caen juntos. Ese fue aparentemente el caso en Edén, donde el mismo jardín tenía dos árboles antitéticos. Pero allí había un mandamiento, una elección y una distinción clara. Es un mundo caído esto es difícil. Rescatando uno rescatamos al otro; destruyendo uno se destruye al otro. Por lo tanto, ha llegado a ser muy difícil en este mundo holístico catalogar a una cosa como puramente “buena” o puramente “mala.” La distinción entre las dos ha llegado a ser no solamente imposible, sino también irrelevante. La historia de la ciencia y la tecnología ha mostrado que los avances tecnológicos – aunque sean concebidos con propósitos benevolentes – siempre viene con una dualidad una detrás de la otra: buena y mala. La palabra “progreso” es, notoriamente, difícil de definir. Richard Feynman dijo una vez de la ciencia: “En un sentido es una llave a las puertas del cielo, y la misma llave abre las puertas del infierno, y no tenemos ninguna instrucción de cuál es de cuál puerta” (El Significado del Todo: Pensamiento de un Científico Ciudadano, p. 7).

(2) Antes de habernos embarcado en esta misión suicida, neutralizamos todas las fuerzas contrarias que pudieran sacarnos de curso. Una amplia operación de sabotaje ha precedido a nuestra partida. Todos los frenos fueron removidos resultando en una caída libre virtual, sin ninguna posibilidad de detenernos aún si lo quisiéramos. Las luces de advertencia en el tablero estaban desconectadas. Silenciamos todas las voces opuestas que podrían hablar en contra de la misión o sus objetivos. Todos los mapas y sistemas de navegación a bordo fueron destruidos. Por lo tanto, somos incapaces de distinguir de dónde venimos, hacia dónde nos dirigimos, dónde estamos ahora y como regresar. Le hemos hecho una lobotomía a cada pasajero a bordo de modo que nadie pueda ser capaz de formarse un pensamiento independiente, y descubrir de ese modo la terrible verdad. Cegamos a todos a bordo para que nadie pudiese ser capaz de notar que estamos extraviados. Llenamos toda la cubierta con una cacofonía de ruidos pluralistas y contradictorios de modo que los pasajeros no solamente estarán en una confusión total y perpetua, pero más importante aún, ni una sola de las voces ni de las aseveraciones se atreverá a levantarse por encima de las demás para tener así una ventaja injusta o la apariencia de autoridad, claridad e inmunidad. Por último, colocamos a todos los pasajeros en la cama igualitaria de Procrustes, conformándolos para que quepan: los largos fueron cortados a la medida, y los cortos fueron sometidos a un proceso de alargamiento para que también cupiesen. Con el tiempo todos los pasajeros se acostumbraron a estas nuevas condiciones. Las alabaron como liberadoras, e incluso celebraron esta nueva vida como un derecho “inalienable” que reciben todos aquellos que hayan nacido durante el viaje a bordo del USS Perdición. ¡Bienvenidos al Occidente Post-Cristiano!

¿Dónde estamos?

El nombre apropiado para la era recién descrita – o para nuestra ubicación actual – es Postmoderna.

Es difícil definir la época en la que uno está viviendo. Como Robert Nisbet ha dicho: nadie mira en realidad a una sociedad “crecer,” “desarrollarse,” “decaer,” o “morir.” Todas estas son metáforas retrospectivas. ¿Quién de los contemporáneos de J. S. Bach sabían que cuando él muriera en 1759, el período Barroco también moriría, o que, a pesar de los editoriales en Leipzig de la época, siempre sería el más grande compositor que jamás hubiese vivido? ¿Quién sabía que el 24 de Mayo de 1543, cuando murió Copérnico, sosteniendo la primera copia de su Revoluciones, que el antiguo orden en el estudio de la astronomía también moría? Se dice que el día que cayó La Bastilla, Luis XVI escribió en su diario “Rien” (nada), refiriéndose a los eventos insignificantes de ese día. La dificultad para valorar la época de uno se complica aún más cuando la época en cuestión desafía la clasificación, como es el caso con la nuestra. De hecho, en el caso de postmodernismo, es incluso difícil ponerse de acuerdo sobre su nombre correcto. La vasta literatura incluye “postmodernismo,” “post-modernismo,” “post-Modernismo” y “Post-Modernismo.” Algunos insisten en la importancia del guión. La historia del término igualmente ha ocasionado mucha especulación y hasta revisionismo. Por ejemplo, algunos escritores argumentan que el término – con guión y en letras iniciales – ha andado dando vueltas desde que Irving Howe y Harry Levin lo usaron en los 1950’s. Otros sostienen que fue Robert Venturi, en su obra de 1972 Aprendiendo de Las Vegas, el manifiesto de un arquitecto, el que lanzó el postmodernismo en América. (Por cierto, la conexión entre la arquitectura y las ideas es fascinante, cf. La Torre de Babel. ¿Adivina por qué la apariencia de los edificios de la iglesia ha cambiado? La respuesta es el postmodernismo.)

El primer uso del prefijo “post” se le atribuye a Leslie Fiedler en 1965. En ese tiempo Fiedler se estaba refiriendo a las tendencias de la contra-cultura. A finales de los 70’s Ihab Hassan se convirtió en el autoproclamado vocero del nuevo movimiento. Hassan se refiere al movimiento como una “discontinuidad, una indeterminación e inmanencia.” En su obra El Lenguaje de la Arquitectura Post-Moderna (p.23), Charles Jencks argumenta que la era moderna terminó abruptamente a las 3:32 p.m., el 15 de Julio de 1972, cuando fue dinamitado el desarrollo habitacional Pruitt-Igoe. En realidad, el término puede encontrarse aún antes, en el 1870.

Tan difícil es definir este “ismo” que a menudo se hace referencia a él como una “condición.” Dos de los libros más descriptivos que han intentado elaborar una definición son La Condición de la Postmodernidad, por David Harvey de la Universidad de Oxford, y otro escrito por el ya fallecido Jean-François Lyotard, La Condición Postmoderna: Un Reporte de Primera Mano.

Uno encuentra la misma dificultad al tratar de definir como el postmodernismo ha afectado la vida y las creencias. La ironía es doblemente significativa cuando uno considera que el postmodernismo es la suma total de un movimiento lingüístico complicado que se había dedicado a la erradicación de todas los caprichos, y a restaurar la claridad, la precisión y el significado en el lenguaje en contenido, referencia y expresión. Note que el capítulo tres del libro de Lyotard se titula “El Método: Juegos del Lenguaje.” Aunque no hay un acuerdo sobre qué es esta “condición,” hay un amplio acuerdo sobre las áreas clave que afecta, y existen cuatro: (1) la auto-actualización, (2) el relativismo moral y ético, (3) la reinvención artística y cultural, y (4) la globalización. Se pueden identificar más.

Somos más extraños

Virtualmente todas las disciplinas han tenido que forcejear con el nuevo terreno en el cual se encuentran, un terreno donde el antiguo vocabulario ya no se aplica, donde los antiguos significados ya no tienen atributos definitivos, donde las viejas normas carecen de poderes de gobierno, donde los acuerdos comunales ya no pueden ser reclamados. Como lo dice Walter Truett Anderson: “La postmodernidad, entonces, es la era de la sobre-exposición de la condición de ser otro… Todos los sistemas de creencias de primera línea todavía deambulan por allí, pero todos ellos están en algún tipo de problema postmoderno: las guerras civiles internas. Los creyentes entran y salen. Los innovadores nuevas y extrañas variaciones – el Comunismo de libre mercado, el Cristianismo feminista, la ciencia de la Nueva Era.” Para citar la famosa declaración de Yeats, “el centro no puede sostenerse.” La razón es que ya no hay ningún centro. Esta es la era de la síntesis dialéctica, una generación sin ningún punto de referencia como el punto de Arquímedes, y por lo tanto, una generación que es incapaz, tanto sistémica como endémicamente, de hacer distinciones. La muerte de la distinción inevitablemente conduce a la muerte del significado; la muerte del significado significa la muerte de todo lo que depende de la verdad, es decir: la justicia, la moralidad, la honestidad, la rectitud, la fe, etc.

La descripción más apta de esta tierra incógnita es la que el Profesor Stephen Toulmin ha dicho en su libro El Regreso a la Cosmología: La Ciencia Postmoderna y la Teología de la Naturaleza (1982):

Debemos reconciliarnos nosotros mismos con un pensamiento que suena paradójico: a saber, el pensamiento de que ya no vivimos en el mundo “moderno.” El mundo “moderno” es ahora una cosa del pasado. Hoy, nuestra propia ciencia natural ya no es una ciencia “moderna.” En lugar de ello (para tomar prestada una frase útil de Frederick Ferré) está rápidamente dedicada a llegar a ser una ciencia “postmoderna”: la ciencia del mundo “postmoderno,” de la política “postnacionalista” y de la sociedad “postindustrial” – el mundo que aún no ha descubierto como definirse a sí mismo en términos de lo que es, sino solamente en términos de lo que ha dejado de ser. A su debido tiempo, se llevará a cabo el cambio de la ciencia moderna a la ciencia postmoderna y este se corresponderá con cambios en la filosofía y también en la teología; en particular, las posiciones y los métodos “postmodernos” que los científicos naturales ahora están desarrollando tendrán implicaciones, también, para una posible reunión de la ciencia natural con la teología natural (p. 254).

La perspicacia de Toulmin parece clarividente, sino profética. Desdichadamente, escribiendo en 1982, como él lo estaba haciendo, sus señalamientos vanguardistas fueron en realidad pronósticos de la retaguardia. Parecía estar describiendo el presente y el futuro, cuando de hecho estaba en realidad describiendo un pasado que ya casi tenía cien años. Más bien llegó demasiado tarde. Como físico el profesor está indudablemente familiarizado con el fenómeno conocido como paralaje.1 Y como un historiador de las ideas debió haber sabido que existe una correlación entre los fenómenos cosmológicos y los fenómenos ideológicos, en términos de sus fuentes, trayectoria y observación. Cuando observamos la luz emanando de un objeto, digamos una galaxia, debemos darnos cuenta de que aunque la observación es en el presente, el objeto observado, i.e., el haz de luz de un fenómeno físico o cuerpo celestial, se halla en realidad en el pasado. Necesitó tiempo para viajar y así alcanzar al observador. En algunos casos, puede que la galaxia ya no exista. Extrapolamos la fuente y edad de la luz calculando su velocidad. La misma analogía es válida en el caso de las ideas y de sus eventos correspondientes. A menudo pensamos que estamos observando un fenómeno presente, cuando de hechos estamos escuchando el eco de algo del pasado. En algunos casos, puede ser que la fuente del evento haya desaparecido desde hace mucho. Nos quedamos solamente siendo testigos de las consecuencias. El granjero sabe que está levantando la cosecha de una semilla plantada hace mucho, que permaneció latente en la tierra. Lo mismo se aplica al proceso de cosechar las consecuencias de ideas plantadas hace mucho, pero que han germinado hoy.

En el caso del postmodernismo vemos que el mundo que describen los libros del pasado, o incluso el que conocíamos no hace mucho, y del que hablan nuestros padres, el que estaba imbuido de inocencia, significado, certidumbre y precisión ya no es el mundo en que vivimos. Y a pesar de todas las promesas de lo contrario, el mundo no ha mejorado. He llegado a apreciar más y más el libro de Marshall Berman Todo lo que es Sólido se Derrite hasta Hacerse un Soplo: La Experiencia de la Modernidad (1982).

Cualquier cosa que pensábamos que sabíamos, cualquier certeza que una vez tuvimos como algo normativo o como convicción, ha sido sujeto a la re-evaluación, lo que conduce ya sea a la re-definición completa o al abandono total. Nada se encuentra fijo, nada es sagrado, nada está más allá del límite, y nada tiene algún poder sustentador en contra del influjo poderoso de esta ola de cambio. Todo desciende hacia el vórtice del sin sentido, a la matriz de la condición de ser otro, y emerge hecho jirones de manera irreconocible e irremediable.

En la teología, en la alta crítica, en la teoría fuente, la Teología de Tubinga, y otros males ayudados por las fuerzas pseudo-científicas, llevaron a la modernización de lo que es la Biblia y de lo que dice en realidad. James Fraser, William Blake y Northrop Frye redujeron la Biblia a mitos culturales, igual a todas las otras narrativas religiosas en la evolución sociológica de los mitos, y una sierva de la literatura occidental. Cualquier cosa que creíamos saber acerca de las matemáticas, Kurt Gödel, junto con Cantor, Dedekind y Frege mostraron que era incorrecto. Al fin, ni siquiera sabemos lo que son los números. La obra de Gödel Sobre las Proposiciones Formalmente Indecisas (1931), que elimina de las matemáticas todas las certezas previamente valoradas, fue elogiada como el adelanto más grande en la lógica matemática desde Aristóteles. Los avances más grandes en la nueva ciencia pueden ser reducidas a la Relatividad (Einstein) y al “principio de incertidumbre” (Heisenberg). En la La Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, el espacio-tiempo es relativizado, y la posición y el ímpetu (momentum) de cualquier partícula son “inciertos,” de allí el flujo de quantum. La idea llevó al famoso intercambio entre Einstein y Bohr, en el que el primero proclamó que “Dios no juega a los dados con el universo.” El orden de pensamiento de la antigua ciencia fue incrustado en el tejido mismo de la naturaleza, la que en un tiempo dio alguna validez al así llamado Argumento Cosmológico que es muy apreciado por los apologistas Evangélicos. Aquello fue reemplazado con la nueva ciencia que estudia la teoría del Caos, y la teoría del Complejo impredecible y los sistemas incontrolables. Esos hombres no hablaron de ética; sus teorías eran puramente científicas. Pero no pasó mucho tiempo antes que la ética extendiera esos principios para hacer relativa, y convertir en quantums, la conducta humana – presumiblemente el más complejo y caótico de todos los sistemas. Francis Crick usó su reputación como co-descubridor del ADN para ir más allá de Darwin argumentando que somos meramente un manojo de átomos, lo que no es exactamente una idea original – Hobbes ya la había planteado primero. Al escuchar la nueva música, conocida como atonalidad o “tonalidad total,” nos damos cuenta que el orden de armonía, el contrapunto, la tónica, la melodía y la clave de compás, etc., han sido asesinadas en las manos de Schoenberg y Webern. A leer las nuevas novelas, al estilo Joyce, Wolf y Kafka, entre otros, nos damos cuenta que la trama ya no es necesaria. La nueva poesía ya no tiene métrica, de acuerdo a Whitman, Rimbaud y Laforgue. El nuevo arte ya no necesita un objeto. Los positivistas lógicos nos dicen que el problema más grande con la comunicación es el lenguaje.

De Foucault, Derrida y Ricoeur, aprendemos que ya no existe un significado fijo para cualquier texto dado. Al mirar las nuevas bodas observamos que el género es ahora irrelevante. La nueva política es la de centro, donde no hay convicciones ni distinciones. El nuevo Cristianismo no tiene que ver con Dios, el pecado, la salvación, el cielo, el infierno, y ni siquiera con Cristo. La dificultad al evaluar estas ideas y movimientos estriba en que no están del todo equivocados. Pero están todos infestados con el veneno de esta era, y sirven para impulsar la agenda y promover la causa.

De regreso al futuro

Hay muchos antecedentes del postmodernismo. En un sentido – particularmente en el arte y en la literatura – los fundamentos del postmodernismo son similares a los del modernismo; y a veces los movimientos son idénticos.

Ambos rechazan los límites, los absolutos y las distinciones. Ambos adoptan la ironía, la parodia, la ambigüedad, la fragmentación, el bricolaje,2 la imitación, la incoherencia y la discontinuidad; ambos ensalzan lo carente de estructura, lo que se halla fuera de centro, lo descontextualizado y lo deshumanizado. La principal diferencia es de actitud. El modernismo se hallaba lo bastante cerca de la influencia del Cristianismo como para sentirse avergonzado y restringido en su apasionamiento. Así que, incluso en su desprecio por el viejo orden, el modernismo representaba el lado trágico de su propio sistema, a menudo guardando luto por el paso de la antigüedad y temiendo hacia dónde se dirigía lo “nuevo.” Sus principales proponentes todavía luchaban para mantener un sistema de “bueno y malo,” “orden y desorden,” “sentido y sin sentido,” “aquí y allí,” “aceptable e inaceptable.” Ese sistema produjo muchos apologistas porque el Occidente Cristiano no aceptó de buena gana la nueva dirección que la cultura estaba tomando. Todo matiz tuvo que pelear buscando su aceptación.

Aunque la cultura estaba perdida, nos aferramos al mapa, a la brújula, y teníamos una idea de cuál era el camino correcto. En el contexto postmoderno desechamos todos los eslabones que nos vinculaban al sistema ordenado, destruimos todas las paredes que servían para identificar diferencias, y celebramos el sin sentido.

Seamos conscientes de dos hechos muy importantes:

(1) Todo nuevo movimiento o idea nace a partir de los restos de su predecesor ya difunto. Las ideas implican cambios de paradigmas, y son desplazadas frecuentemente por ideas subsecuentes que describen mejor la conducta, y que ayudan a la agenda que las acompaña. Así, el Deconstruccionismo dio lugar al Estructuralismo, que engendró al Postmodernismo. Aunque, una vez más, algunos hablan de Modernismo, Modernismo tardío, y Post-modernismo.

(2) Todas estas ideas son una parte integral del antagonismo sistemático contra el Cristianismo.

En su magnífico tomo La Ilustración (o La Era de la Razón), Peter Gay señala que la amplia gama de pensadores y personalidades tales como Motesquieu, Voltaire, Rousseau, Hume, Diderot, Gibbon, Lessing y Kant compartían una meta y un vínculo común: “todos ellos prestaron atención a los escritores de la antigüedad clásica en busca de una alternativa viable a la fe y al dogma Cristiano en el que habían crecido pero que ya no parecía proveer una respuesta satisfactoria a sus necesidades intelectuales y a las necesidades de su mundo.” El Volumen Uno de Gay se titula de manera acertada “El Surgimiento del Paganismo Moderno.” Esto no se limita a la Ilustración.

Debimos habernos dado cuenta de que el Deconstruccionismo realmente no tenía como blanco a Shakespeare; su blanco último era la Biblia. Shakespeare nunca reclamó tener infalibilidad; la Biblia sí. Por lo tanto, ningún movimiento que tenga como propósito desmantelar o deconstruir el significado va a dejar intacta la Biblia. Las afirmaciones de la Escritura son las amenazas más grandes para todos estos movimientos. Estas novedades usualmente comienzan en los márgenes externos de la cultura pop y poco a poco impregnan al mundo académico, y pronto ganan aceptación tanto popular como técnica. Pero, con el tiempo, todas convergen, en formación de ataque, contra la Fe Cristiana, buscando su derrocamiento.

El feminismo en realidad nunca tuvo como su blanco la política conservadora; su blanco era la definición bíblica de hombría y de feminidad. El Igualitarismo en realidad nunca tuvo como blanco a los libertarios, y nunca buscó liberar a los “oprimidos” de su imaginaria opresión; su blanco era la insistencia bíblica sobre la autoridad y el status de distinción. Los derechos de la agenda homosexual no tiene que ver con el amor; su deseo es aniquilar la distinción bíblica de la distinción de género y la definición bíblica del matrimonia. Esta es la razón por la cual insisten en una ceremonia de matrimonios que sea indistinguible del matrimonio Cristiano tradicional, excepto por el género.

Los escritores están en lo correcto al denominar al postmodernismo como una “condición” porque realmente es el estado resultante de otros “ismos” que le precedieron. Es más un efecto que una causa, más una condición que una posición. El Postmodernismo es el resultado lógico y consistente de una cosmovisión que nació en Edén, a saber, la autonomía, la actualización del yo y el distanciamiento de Dios. Hoy, sin embargo, ese alejamiento y huída de la normalidad, como el Occidente Cristiano definió una vez la normalidad, ha alcanzado un nivel de apogeo sin precedentes. Que no quepa duda: la iglesia Cristiana ha sido afectada frente a esta fuerza emergente y generalizada de cambia que no deja nada a su paso.

Usted personalmente ha sido afectado. ¡Manténgase en contacto!

(Continuará)

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