LA EXCELENCIA DE LA MUJER: CARÁCTER Y SERVICIO DE LA MUJER CRISTIANA

Por Julio Benítez

Reforma Siglo XXI, Vol. 14, No. 2

1. Dignidad de la mujer en la Biblia

A pesar de que las Sagradas Escrituras fueron confeccionadas, y nos cuentan la historia del pueblo de Dios, en un período muy antiguo, es sorprendente ver cómo en ellas se nos presenta a la mujer con una dignidad que es casi imposible encontrarla en cualquiera de las culturas coetáneas.

Las culturas antiguas menospreciaban a las mujeres y estas eran consideradas inferiores al hombre. Su dignidad no distaba mucho de la de los esclavos y los animales. Ellas eran consideradas seres inferiores, “cosas” que les pertenecían a los hombres, simples objetos sexuales y máquinas de reproducción. Es bien sabido que en Grecia, a pesar de su desarrollo filosófico y político, la mujer era considerada inferior al hombre. Las esposas eran prácticamente esclavas de sus maridos. En Macedonia las mujeres recibieron mayor libertad pero solo pocas la disfrutaban. En la sociedad romana las mujeres eran más libres, pero esto generó una degradación moral y sexual; ellas eran libres para practicar toda clase de pecados sexuales con los hombres que se aprovechaban de ellas.

En el campo religioso o espiritual, las mujeres no eran tenidas en cuenta para el servicio a sus dioses. Y en las culturas en las cuales a las mujeres se les permitía cierta actividad, por lo general estaban relacionadas con actividades sexuales y   la prostitución.

En la mayoría de culturas antiguas, las mujeres eran como una “cosa” que pertenecía a los hombres. Los padres o los esposos podían hacer con las mujeres lo que bien les placiera. Incluso hoy día en algunas naciones islámicas y algunas culturas aborígenes, las mujeres sufren innumerables vejaciones en mano de los hombres, sin que el Estado o la Ley las proteja.

Pero esta no fue la condición de las mujeres en el pueblo de Dios. Las Sagradas Escrituras nos muestran como el Señor se encargó de que su pueblo reconociera la dignidad de ellas y valorara su importancia en la historia de la redención.

Aunque muchos escritores modernos y muchas feministas tratan de hacer ver a la fe judeocristiana como la gestora principal de la degradación de la dignidad de la mujer, esto no es más que un intento diabólico por rechazar el Evangelio de Jesucristo. Los hombres incrédulos hacen ingentes esfuerzos para desprestigiar al Dios de la Biblia, y en ese afán culpan a Jehová o Yaweh de ser un Dios cruel, sangriento, inmisericorde, contradictor, abusivo, que hace acepción de personas, parcializado y machista.

Las grandes gestoras de  los movimientos feministas  (y algunos autores “cristianos”) han visto en el Dios de la Biblia a un ser que favorece el machismo y el patriarcado, en detrimento de la dignidad de la mujer. Pero esta concepción se debe a que los hombres, en su estado natural o caído, consideran libertad y dignidad a la capacidad de poder hacer lo que cada uno quiera, así esto vaya en detrimento del orden, la paz y el buen desarrollo de la sociedad humana.

Hoy día los jóvenes abogan por mayores libertades, y quieren que sus padres no los controlen tanto. Ellos desean experimentar el “libre desarrollo de su personalidad”, y los padres son un gran “obstáculo” para ello. Pero realmente, a lo que ellos llaman libertad, es esclavitud, pues, la verdadera libertad no consiste en la ausencia de sujeción, ya que si no estoy sujeto a ninguna regla, ley o autoridad, entonces vengo a ser esclavo de mis propios deseos. Y los deseos del corazón del hombre no siempre están en armonía con lo justo o lo correcto. Las feministas, algunos sociólogos, otros pensadores y los hombres incrédulos creen que el Dios de la Biblia es tirano y machista, porque establece leyes y reglas que promueven el orden, la paz y el buen desarrollo social. Pero cuando analizamos en detalle los principios escriturales que regulan el papel o rol de los hombres y las mujeres, nos damos cuenta que no se trata de machismo, sino por el contrario, de orden, de paz, de real y positivo progreso.

Todas las normas que encontramos en las Sagradas Escrituras en torno al papel de los hombres y las mujeres en la vida espiritual, familiar o social están enfocadas en el real bienestar del hombre, y de ninguna manera promueven la desigualdad de género.

Iniciemos nuestro estudio analizando cuál es la dignidad que Dios y las Sagradas Escrituras le conceden a las mujeres, contrario a la falsa dignidad que se promueve en muchos movimientos feministas seculares y movimientos feministas dentro de las Iglesias cristianas.

1.1. La mujer tiene la dignidad que se deriva de haber sido creada a imagen y semejanza de Dios.

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Gen. 1:26-28).

De este pasaje bíblico podemos aprender muchas verdades respecto a la dignidad que la mujer tiene en las Sagradas Escrituras. Obviamente que este pasaje enseña muchas cosas sobre el varón, pero siendo que el propósito de este estudio se enfoca en analizar la dignidad que las Escrituras le otorgan a la mujer, nos centraremos solo en este asunto.

En primer lugar el texto nos deja ver que el hombre, es decir, el ser humano, es obra del Creador Supremo y no el producto de la evolución. Dios, en su sabiduría y excelsa soberanía decidió traer a la existencia al ser humano. El término hombre, en este pasaje, hace referencia al género humano en general, y no al varón en particular. El hombre, varón y mujer, proceden directamente de la mano creadora, y no del desarrollo progresivo de un animal.

La mujer no tiene la dignidad de un mono o de un simio, sino la dignidad de haber procedido de la mano del Creador. Por eso, el comportamiento y la forma de actuar de una mujer deben diferenciar mucho del comportamiento animal, pues, ella refleja la imagen del sabio Dios que la creó. El hombre, varón y mujer, tienen una dignidad especial porque fueron creados de una manera especial y diferente al resto de la creación. El resto de seres y cosas fueron creados por la palabra de Dios. En Génesis 1 siempre se repite la frase “Y dijo Dios”, pero cuando se da la creación del hombre, ya no se repite esta frase, sino que Dios, mostrando un afecto especial y un interés personal y relacional, dice “hagamos al hombre”. Con sus propias manos creó al varón y a la mujer. Dios nos pudo haber hecho con su palabra, pero, mostrando que seríamos la corona de la creación y los amados de su corazón, nos hizo con sus propias manos.

En segundo lugar, el texto resalta que la mujer es imagen y semejanza de Dios, así como lo es el varón. El verso 27 es claro al respecto: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. La segunda parte del versículo aclara que la palabra “hombre” incluye al varón y a la mujer. Ambos reflejan la imagen y la semejanza de Dios. Algunas personas toman la palabra hombre en este pasaje para decir que en el principio Dios había creado a Adán como un ser Andrógino, es decir, siendo varón y mujer a la vez. Pero esto es un error muy serio, ya que las Escrituras son claras al respecto. Hombre, en este pasaje es un término que aplica al género humano, pero diferenciados: varón y mujer.

Pero ¿En qué sentido la mujer fue creada a la imagen y semejanza de Dios? ¿Significa esto que Dios también puede ser concebido como mujer? De ninguna manera. La imagen y semejanza hace referencia, de manera especial, a los elementos espirituales, morales, volitivos e intelectuales que se encuentran en el varón y la mujer. Muchos de los atributos de Dios, a los cuales se les llama comunicables, se encuentran en el varón y la mujer: sabiduría, amor, justicia, misericordia, libre voluntad, inteligencia, entre otros. La imagen y semejanza también hacen referencia a la capacidad que tendría el varón y la mujer para comunicarse con su creador de una manera racional y espiritual, lo cual no le era posible hacer a los animales.

La mujer, y también el varón, manifiestan en su esencia la imagen del Dios Soberano. Ella posee, aunque de manera limitada, tal como también se encuentran en el varón, numerosas capacidades espirituales, volitivas e intelectuales. Ella también recibió, por extensión a través del varón, el soplo divino que le da aliento.

Algunos teólogos alemanes plantearon la tesis de que las mujeres tenían un alma mortal, y que al morir ellas, dejarían de ser, puesto que ya no se necesitarían más para la procreación, siendo, según estos teólogos, ese el único propósito por el cual Dios las creó. En distintas etapas de la historia humana, numerosos pensadores, políticos y religiosos consideraron que la mujer era inferior al hombre en todos los sentidos, y por lo tanto ellas no tenían la capacidad intelectual, moral y espiritual necesaria para ser libres o tomar decisiones. Obviamente esto no se encuentra en armonía con las Sagradas Escrituras, las cuales nos presentan a la mujer como creada a la imagen de Dios, y Dios es un ser libre, puro, inteligente y volitivo. La mujer, al portar la imagen de Dios, debe ser objeto del mismo respeto y consideración que se les brinda a los hombres. Las mujeres no pueden ser tratadas como objetos o cosas, porque Dios no es un objeto o una cosa, y ella lleva la imagen del Dios verdadero.

En tercer lugar, la mujer también recibió la autorización y el mandato de señorear sobre la tierra: “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar…” (v. 28). Este mandato no solo fue para el varón sino para ambos. La mujer también es responsable delante de Dios de culturizar la tierra, de administrar los bienes que Dios ha puesto a nuestro cuidado. Siendo que ella también refleja la imagen de Dios, entonces también ejerce señorío sobre la creación. Ahora, no se trata de ejercer un señorío aparte o en contra del varón, como pareciera dejarse ver en algunos movimientos feministas, sino que este señorío se debe ejercer en la perfecta armonía que Dios ha establecido entre el hombre y la mujer, conforme a los roles  y funciones, y a las capacidades físicas que ha dado a ambos. En cuarto lugar, la mujer, así como el varón, fueron bendecidos por Dios. Si bien la Biblia nos dice que “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (v. 31), es decir, Dios tuvo complacencia en lo que había creado, no obstante, su mayor complacencia y su cuidado especial estaba para con el varón y la mujer. Ambos recibieron la bendición del Dios Altísimo. Ambos fueron reconocidos como corona de la creación y los seres con los cuáles Él tendría perfecta comunicación. Ellos serían benditos porque podrían adorar en espíritu al Dios verdadero. No solo es privilegio del hombre adorar a Dios o comunicarse con él, sino que la mujer también participa de esta bendición. Ellos serían benditos, porque de manera especial gozarían del cuidado divino. Aunque Dios cuida de las aves, y de toda la creación, no obstante el ser humano es su máxima preocupación. Jesús dijo: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? (Mt. 6:26). Ellos son benditos porque recibieron de Dios la capacidad para cumplir con el propósito para el cual fueron creados: Glorificar a Dios. La bendición de Dios les capacitó para que se reprodujeran, llenaran la tierra y señorearan sobre los animales y las plantas.

Analicemos otro pasaje de las Sagradas Escrituras, relacionado con la creación del hombre, en el cual Dios le otorga gran dignidad a la mujer.

Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda idónea para él. Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras este dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne (Gén. 2:18-24).

Nuevamente en este pasaje encontramos maravillosas verdades que resaltan la dignidad de la mujer en las Sagradas Escrituras:

En primer lugar encontramos que la mujer, aunque fue creada después del varón y por causa de este (1 Cor. 11:9), no obstante ella es el complemento perfecto del  hombre. El término ayuda idónea hace referencia a algo que es muy necesario, sin lo cual es imposible estar completo. La mujer completa al varón, y el varón es esencial para que la mujer tenga una plena realización.

Dios creó al hombre a su imagen, para que fuera un reflejo de su gloria ante el resto de la creación. Pero Dios no creó a Adán para que él fuera el único hombre sobre la tierra, sino que el propósito del Creador era tener un pueblo conformado por muchas personas que le adoraran y vivieran para su gloria, como luego nos lo dejan ver las Sagradas Escrituras en muchos lugares. Siendo entonces el plan del Señor tener un pueblo innumerable de personas que portaran su gloria, Adán no podía cumplir con este propósito solo, sino que requería de su complemento perfecto: La mujer.

Ahora, la mujer sola tampoco podía cumplir con el propósito divino de tener un pueblo para sí, ella no podía estar independiente del varón, sino que los dos se necesitaban mutuamente. El hombre no está completo sin la mujer y la mujer es incompleta sin el varón.

Pablo, el escritor sagrado y apóstol a los gentiles, hablando por inspiración del Espíritu Santo, afirma que el varón es cabeza de la mujer (Tema que estaremos viendo en uno de los próximos capítulos), y pone como prueba de ello, no un argumento cultural de su tiempo (como nos pretenden hacer creer las feministas y algunos teólogos liberales), sino un argumento tomado de la creación. Él afirma que el hombre debe estar en la posición de cabeza y autoridad porque Dios hizo primero al hombre y luego a la mujer.

Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo. Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón” (1 Cor. 11:3, 7-9).

El hombre, el varón, de manera especial refleja la imagen y la gloria de Dios, porque él fue creado directamente del polvo de la tierra por la mano del Soberano Creador, y él recibió el aliento divino: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7). Pero la mujer fue creada a partir del hombre y recibe el aliento divino, ya no directamente de Dios, sino a través del varón. En ese sentido, el varón es el directamente responsable ante Dios por todos los asuntos familiares, sociales y espirituales. “En su relación de autoridad hacia la creación y hacia su esposa, el varón representa el dominio de Dios sobre la creación y la jefatura de Cristo como cabeza de su Iglesia”. Él recibió de manera especial la comisión de reflejar la Gloria de Dios, y es su responsabilidad encargarse de que su familia, la Iglesia y la sociedad vivan conforme a la voluntad de Dios. La mujer debe reflejar la gloria del varón, no la imagen del varón, sino su gloria, pero la gloria del varón es la gloria de Dios. Es por esa razón que cuando Eva introduce el pecado en el género humano, habiendo desobedecido el mandato divino, a ella no se le pide cuentas inicialmente, sino que Dios comienza con el varón. Él es el primer responsable por todos los asuntos espirituales, familiares y sociales en el género humano. Él recibió de manera directa la imagen de Dios y la comisión de reflejar su gloria. Y cuando la mujer no refleja la gloria de Dios, el primer responsable es el hombre, y a él pide cuentas el Señor. Cuando el Señor Jesús escribe las cartas a las Iglesias en Apocalipsis, él se dirige al Ángel de la Iglesia, una expresión que apunta a los pastores, a los varones que fungen como ancianos, y los alaba o recrimina porque ellos son los directamente responsables delante del Creador por el avance o retroceso espiritual que experimentan las Iglesias. Aunque las mujeres serán responsables también por la santificación de las Iglesias, los primeros a los que Dios pedirá cuenta será a los varones, de allí que Dios pida a los varones que ellos ejerzan la autoridad espiritual, no para ser déspotas, sino para ayudar a las mujeres y a los demás varones a crecer en santidad. Si ellas crecen espiritualmente, entonces todos crecemos, si ellas no crecen, entonces todos seremos responsables, pero de manera especial lo serán los varones. Ahora, el hecho de que Dios pida cuentas inicialmente al varón, no significa que la mujer no tenga responsabilidad ante el creador, afirmar eso sería como decir que la mujer es un cero a la izquierda y no tiene voluntad propia. Dios, luego  de recriminar al varón se dirige a la mujer y también le pide cuentas. No es cierto que la fe judeocristiana relega a la mujer a un papel inferior o insignificante.

Pero esto que hemos dicho no significa que la mujer no fue creada a la imagen de Dios, ni que en ella esté ausente el soplo divino, o que ellas no tengan responsabilidades ante Dios, o que ellas sean inferiores al hombre. No, de ninguna manera. Las feministas y los teólogos liberales de nuestro tiempo quieren hacernos creer que estos principios escriturales reflejan la cultura machista o patriarcal del pueblo de Israel o de Moisés, quien escribió el Génesis. Ya hemos visto en Génesis 1:27 que tanto el varón como la mujer fueron creados a la imagen de Dios. La mujer recibe esta imagen a través del varón, pero eso no significa que en ella la imagen sea inferior o se encuentre difuminada, sino que es dependiente del varón, quien fue creado primero. También hemos visto que, aunque el varón fue quien recibió el soplo divino, ella lo recibe también a través del varón. Esto nos muestra que el varón y la mujer se encuentran en una relación de estrecha dependencia, y que ninguno sin el otro podrá cumplir con el propósito divino.

Que la mujer no es inferior al hombre, y que Pablo no es machista (como le acusan algunas feministas y liberales de nuestro tiempo) queda muy claro con lo que sigue en el texto de 1 Corintios 11: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios” (v. 11-12). De manera que Pablo reconoce la recíproca necesidad que existe entre el varón y la mujer. Él está incompleto sin ella, y ella está incompleta sin él. Ambos se necesitan para cumplir con los propósitos divinos. La mujer tiene la dignidad que resulta de ser lo que completa al varón, y sin lo cual, él no podría cumplir el plan divino de tener un pueblo para sí.

La mujer necesitó del varón para venir a la existencia, pues, ella fue tomada de una de sus costillas, pero que ambos se necesitan se deja ver en que los varones, luego de Adán, no pueden venir a la existencia sino a través de las mujeres. Hermosa reciprocidad que contradice los abusos que en algunas culturas y épocas de la historia los hombres han cometido contra las mujeres, considerándolas como algo insignificante. Ellas no son insignificantes, antes por el contrario, son la necesidad complementaria del varón.

El texto de Génesis que estamos estudiando nos dice que Adán siendo creado primero, sin la mujer, se encontraba “solo”. Ese estado de soledad no significa que Adán se sentía solo, sino que Adán no podía cumplir con el plan de Dios de formar un pueblo para sí sin la existencia de la mujer. Es imposible que Adán se sintiera solo, en el sentido absoluto, pues, Dios estaba con él, y cuando Dios está en el hombre, hay completa satisfacción. Como dice el himno:

¿Quién podrá con su presencia impartirme bendición? Solo Cristo y su clemencia pueden dar consolación Solo Cristo satisface mi transido corazón; Es el lirio de los valles y la rosa de Sarón.

Cristo suple en abundancia toda mi necesidad; Ser de él, es mi ganancia, inefable es su bondad.

Los animales del campo no tenían como propósito ofrecer la ayuda idónea, pues, Dios en su decreto eterno ya había determinado crear a la mujer. Sino que Dios desea mostrarle al varón que la mujer es lo más especial para él en la tierra, luego de Dios. Que la mujer es superior y diferente a todos los animales del campo, porque ella sería su verdadera ayuda y complemento. Aunque el hombre debe trabajar para su sustento y el de su familia, no obstante el trabajo tampoco en su complemento idóneo. Adán estuvo trabajando solo durante algún tiempo, poniendo nombres a los animales, pero aún así, él no estaba completo. Algo hacía falta para que encontrara la completa realización humana, y entonces es cuando Dios, luego de la primera cirugía con “anestesia” total, le muestra a lo más bello que él había visto en toda la creación: a la mujer. Su belleza superaba con creces los vivos colores de las aves mas hermosas, y su fragancia le extasiaba, como no lo podían hacer los más ricos olores de las flores. Pero la hermosura de la mujer no se encontraba tanto en el aspecto físico, sino en que ella, siendo tomada de la costilla del varón, lo complementaba y le daba aquello que le hacía falta. Como dice Matthew Henry: “Si el hombre es la cabeza, ella es la corona, una corona para su marido, la corona de la creación visible. El hombre era polvo refinado, pero la mujer era un polvo doblemente refinado, ella estaba más lejos del polvo de la tierra”.

La segunda verdad que encontramos en este pasaje de Génesis, es que la mujer fue creada con igual dignidad que la del varón. Ella fue tomada de su costilla, y esto tiene un profundo significado, como lo afirma el gran comentarista puritano Matthew Henry:

La mujer fue hecha de una costilla, del costado de Adán, y no de su cabeza, para que ella no gobierne sobre él, ni fue tomada de sus pies para que no sea pisoteada por él. Fue tomada de un lugar cercano a su brazo para ser protegida por él y de un lugar cercano a su corazón para ser amada por él.

La dependencia que la mujer tiene del hombre, lo cual se deja ver al ser creada, no directamente del polvo de la tierra, sino de la carne del hombre, no significa que ella sea inferior, sino que ella está bajo el cuidado y la protección del varón, tanto en el aspecto físico, como en el espiritual. Pero el varón está incompleto sin ella. Dios quitó una costilla de Adán para hacer a la mujer, y esto significa que a los varones les hace falta algo fundamental para ser completos: su otra costilla, la mujer. El hombre no creó a la mujer, sino que Dios la creó a partir de una parte de la carne del hombre. De manera que ambos se necesitan y ambos tienen la dignidad de haber sido creados por Dios. El hombre fue hecho de un material tosco: el polvo, pero la mujer fue creada de un material más refinado, de la carne, de allí que a ella le corresponda de manera especial la belleza, la gracia, la dulzura y lo más refinado.

Algunas mujeres, influenciadas por los movimientos feministas, reclaman para sí el poder participar de todas las actividades en las cuales se ocupan los hombres, y algunas hasta se vuelven toscas como los varones, pero esto es contrario al orden y belleza que Dios puso en la creación. Si la mujer, siendo hecha de un material refinado, y teniendo ella en sí el sello de la belleza, la ternura y la delicadeza, se vuelve tosca como los varones, entonces ella deja de ser el complemento perfecto para el varón, y la armonía que ella produce frente a la tosquedad del hombre se perderá. El apóstol Pedro ordena a los hombres que traten a sus esposas, de acuerdo a la delicadeza que les caracteriza: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer cómo a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Pedro 3:7).

Tercero, Adán, el varón, reconoce la dignidad de la mujer en su canto nupcial. Adán dice “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada” (Gén. 2:23). La frase “hueso de mis huesos, y carne de mi carne”, deja ver que Adán reconoció en Eva a una réplica de lo que es él, no en el sentido completo del varón, sino en el hecho de ser un humano como él, con las características fundamentales de la humanidad. Eva no solo era carne y hueso, sino que tenía un elemento espiritual, pues, el soplo divino había sido transmitido también a ella. Adán no la vio como un ser con el cual competir, sino como la ayuda idónea que había estado esperando con paciencia, y en el momento preciso, Dios se la concedió. La mujer fue el regalo más hermoso que Dios le dio al hombre, pero no porque ella sería de su propiedad, como quien tiene una cosa, sino porque ella le ayudaría a realizar el propósito por el cual fue creado.

Concluimos, pues, que la mujer tiene la dignidad de haber sido creada a la imagen y semejanza de Dios, como complemento del varón, recibiendo a través de él el soplo divino y siendo constituida como la ayuda idónea para que, entre los dos, cumplieran el propósito del Creador Eterno de tener un pueblo que reflejara su gloria.

2. La mujer tiene la dignidad de ser la portadora de la vida.

Y llamó Adán el nombre de su mujer Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes (Gén. 3:20)

Si bien es cierto, como ya lo hemos visto, que el varón refleja la gloria de Dios, y es el directamente responsable por los asuntos espirituales, familiares y sociales ante el creador, él solo no podía cumplir el decreto divino de tener para sí  un pueblo glorioso. Se requería el complemento perfecto, y esto fue dado a través de Eva. El hombre lleva la semilla de la vida humana, pero esta semilla no puede producir fruto sin el terreno fértil de la mujer.

En la mujer, y solo en ella, se puede producir la vida humana. Su cuerpo, aunque fue tomado de la carne de Adán, fue bendecido por el poder de Dios para que tuviera  la capacidad de “fabricar” réplicas de la imagen de Dios que llenarían a este mundo conforme al mandato que habían recibido: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla” (Gen. 1:28).

Por mucha autoridad que Dios le había dado al hombre, y por mucho que él reflejara su Gloria, para él le era imposible reproducir hombres que reflejaran la gloria del Padre Dios. Solo a la mujer se le concedió la enorme bendición de poder reproducir la vida humana, con todas las características físicas y espirituales que le corresponden. No sabemos cómo opera esto, pero, aunque la mujer recibió la vida del hombre, y a través de él el soplo divino, no obstante, en ella, dentro de  su cuerpo y ser, se da la transmisión de la vida humana y del espíritu que Dios puso en el hombre. La naturaleza espiritual y física es recibida a través de la mujer, aunque la Biblia, en algunos pasajes nos enseña que los hijos llevan la imagen y semejanza del varón, pero la réplica se da en el vientre de la mujer, engendrada por el varón. “Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set” (Gén. 5:3). Jesús no heredó la naturaleza pecaminosa del hombre, y es significativo que en su proceso de encarnación, fue librado de la semilla o el semen del varón, pues fue engendrado por el Espíritu Santo, pero si fue concebido en el vientre de una mujer. Esto no significa que la mujer no lleva en sí misma la herencia pecaminosa de la naturaleza humana, pero parece ser que el hombre, el varón, transmite de manera especial su naturaleza caída a los hijos. Este es un tema difícil y no quiero profundizar más en él, y la idea no es sentar un dogma al respecto, sino resaltar que a través de la mujer se da el don de la vida.

Dios es el dador de la vida, y solo él tiene el poder para crearla. No obstante, él concedió el honroso privilegio a la mujer, para que como una socia o colaboradora participara de esta sublime tarea. Aunque algunas mujeres ven su función de procreadoras como una pesada carga, realmente este es un lugar honroso para ellas, pues, son las portadoras de la vida. Ellas, en sus vientres, tienen la capacidad de reproducir las imágenes de Dios. Esto es algo muy honroso, y las mujeres debieran experimentar un gozo sublime al saber que pueden ayudar en el plan de Dios siendo procreadoras. Es por eso que el apóstol Pablo declara: “Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia” (1 Tim. 2:15). Aunque este es un texto complejo, y lo estaremos analizando en un próximo estudio, en él se deja ver que, desde la perspectiva divina, la verdadera realización de la mujer está en ser portadora de la vida. En este momento alguien puede preguntar ¿Entonces qué pasa con las mujeres que no pueden tener hijos? ¿No pueden ellas experimentar esta dignidad? Considero que las mujeres que no pueden tener hijos, no por eso pierden la dignidad o la dicha de la cual disfrutan las que, por la gracia de Dios pueden ser madres, pues, el instinto maternal se encuentra en todas las mujeres, y todas pueden ayudar a la formación y el desarrollo de los niños. “Él hace habitar en familia a la estéril, que se goza en ser madre de hijos” (Sal. 113:9).

Ahora, el principal honor que tendría la mujer en la historia de la redención, en el sentido de su maternidad, es que a través de ella nacería y vendría al mundo la gloriosa Segunda Persona de la Trinidad. Jesús, el amado del Padre. Dios escogió al vientre materno para que en su seno gestara y diera la vida al dador de la vida. Esta es la honra más sublime que un ser humano pudiera recibir. A través de la mujer vendría aquel que aplastaría la cabeza de la serpiente antigua, es decir, Satanás: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15). El protoevangelio, o primer evangelio, incluye a la mujer con un protagonismo excepcional, ella sería usada como vaso especial para traer al redentor, al Salvador, al que restauraría el paraíso para el hombre caído en la desgracia del pecado.

3. En las Sagradas Escrituras las mujeres, y no solo los varones, tienen la responsabilidad de enseñar, guiar y formar a sus hijos. Los cuales deben dar honra a la mujer y al hombre.

Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da” (Ex. 20:12). Este mandato, dado por Dios al comienzo de la creación de la nación Israelita, elevó el status de la mujer, en comparación con las naciones vecinas, y ordenó a todos los hombres dar la debida honra a la mujer. Siendo que todos los hombres proceden de la mujer, pues solo a través de ellas se puede venir a este mundo, excepto Adán, el primer hombre, entonces todos los hombres en Israel y en la Iglesia debían brindar honra a las mujeres.

Aunque las Sagradas Escrituras enseñan que la principal responsabilidad en la dirección de la educación y corrección de los hijos recae sobre los padres, los varones (Pablo en Efesios 6 ordena a los hijos a obedecer a los padres (Goneu = progenitores = padre y madre), luego le ordena al padre (Pater = padre varón) para que los críe en disciplina), no obstante también asigna un papel influyente e importante a la mujer en la crianza, enseñanza y formación de los hijos. (Esto puede verse en todos los textos de Proverbios donde Dios ordena   a los hijos que escuchen las instrucciones de sus madres). En la cultura bíblica las mujeres gozan del respeto, honra y admiración de sus hijos, y deben ser honradas por esto.

  • En las Sagradas Escrituras las mujeres tienen la oportunidad de servir a  Dios en  los asuntos espirituales  y también es considerada digna de aprender La Ley y las Sagradas Escrituras.

Aunque los maestros judíos, como los rabíes, los fariseos y los escribas, habían desarrollado cierta práctica hostil hacia las mujeres, de manera que para ellos era casi deshonroso dedicar tiempo a la enseñanza espiritual de las mismas, no obstante, en las Sagradas Escrituras ellas gozan del interés espiritual de Dios y del cuidado de los pastores.

Las mujeres eran consideradas miembros del pueblo del pacto y como tales debían conocer la Ley santa del Señor    y todas sus implicaciones para la vida diaria (Det. 29:9-15).

Cuando Esdras se encuentra estableciendo la reforma en Israel, restableciendo el culto verdadero a Dios, lo primero que hace es volver a las Sagradas Escrituras. Toda reforma o avivamiento espiritual se caracteriza por este regreso a las sendas antiguas, de manera que él lee la Ley al pueblo y la explica, tal como hacen hoy los pastores que predican expositivamente, y él no excluye a las mujeres, sino que ofrece la enseñanza para ellas y también para los niños. Varones, mujeres y niños forman parte del pueblo con el cual Dios hizo el pacto y por lo tanto todos ellos deben ser enseñados:

“Y el sacerdote Esdras trajo la Ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos los que podían entender, el primer día del mes séptimo. Y leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley” (Neh. 8:2-3).

Las mujeres también podían hacer votos de nazareo (Núm. 6:2), el cual consistía en consagrarse y dedicarse a Dios de una manera especial, durante cierto tiempo. Tanto los hombres como las mujeres debían evitar el vino, cortarse el cabello, acercarse a muertos, entre otras restricciones. Ejemplos de personas nazareas son: Samuel, Juan el Bautista y Sansón, aunque este último incumplió muchas veces con las reglas del nazareato. Aunque, de acuerdo al principio de autoridad y sujeción que se establece en todas las Sagradas Escrituras, el voto de una mujer o de un hijo podía ser anulado por el padre o el esposo. (Núm. 30:1-15).

Las mujeres podían participar de las fiestas de Israel. Solo a los hombres les era obligatorio ir, por lo mínimo una vez, a las fiestas más importantes establecidas en la Ley de Moisés. Pero las mujeres podían participar de estas fiestas. Ejemplo de mujeres participando de las fiestas son: Ana, quien fue con su esposo a Silo y le pidió al Señor un hijo (1 S. 1:3-5), María, la madre de Jesús, acostumbraba a ir con su esposo a la fiesta de la pascua (Luc. 2:41-42). Otros textos que nos presentan a mujeres participando de las fiestas religiosas de Israel son: Deut. 16:13-14; Jue. 21:19-21.

En el Nuevo Testamento Jesús no escatima a las mujeres sino que dedica tiempo para enseñarles el Evangelio, no solo de manera grupal, sino personal, como el caso de la mujer samaritana (Leer Juan 4:1-27).

No era costumbre que un gran maestro judío se sentara  a dedicar tiempo para enseñar o dialogara con una mujer, al parecer esto no era visto como muy decoroso. No obstante Jesús, quien es Dios el creador, no desestima a la mujer sino que ve en ella la imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto se interesa en su vida espiritual. Tanto varones como mujeres tienen alma y necesitan del Salvador. Jesús, siendo el rabino más grande que pisó la tierra, rompió con la tradición judaica de no enseñar a las mujeres y las tuvo entre sus seguidores. Jesús rompió con la tradición judaica, no con la enseñanza del Antiguo Testamento, sino con la tradición de los ancianos. Los rabinos solo tenían hombres bajo su enseñanza, pero Jesús tuvo también a las mujeres entre sus discípulos, mas no entre los apóstoles:

“Aconteció después que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espí- ritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes” (Luc. 8:1-3).

Jesús enseñaba tanto a hombres como a mujeres siempre que predicaba el evangelio. Uno de los lugares preferidos por Jesús era la casa de Lázaro, Marta y María, donde dedicó suficiente tiempo para instruir a estas dos mujeres, siendo María altamente beneficiada por la sabiduría del Maestro de maestros, ante quien ella se sentaba dispuesta a escuchar sus enseñanzas.

“Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres y acercándose, dijo. Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Luc. 10:38-42).

Jesús fue un maestro ejemplar. Lo vemos con cuánta ternura se dedicaba a enseñar a una sola mujer, para él esto no era un desperdicio de tiempo, al contrario, era su deleite enseñar a todos las verdades preciosas del Reino. Hoy día algunos seminarios bíblicos no reciben a las mujeres en sus programas de formación teológica, pero bíblicamente esto no tiene respaldo, pues, Jesús consideró que las mujeres también pueden y deben aprender las verdades espirituales del cristianismo. No hay pecado alguno en que una mujer aprenda soteriología, eclesiología, hermenéutica, escatología, neumatología, teología propia, y hasta homilética, pues, si bien luego vamos a estudiar el rol que Dios designa a las mujeres en la Iglesia, no obstante, a ellas se les autoriza a enseñarle a las otras damas, de manera que conocer la hermenéutica y la homilética les ayudará a ejercer con excelencia esta función.

4. En la Biblia las mujeres tienen la dignidad de ser mensajeras y portadoras del Evangelio.

Aunque las Sagradas Escrituras prohíben que las mujeres prediquen a grupos mixtos (donde hay hombres y mujeres, 1 Cor. 14:34; 1 Tim. 2:11-12), y que éstas ejerzan autoridad por medio de la enseñanza en el culto público, no obstante esto no significa que ellas no pueden proclamar el evangelio, e incluso instruir a hombres en la fe cristiana. La Biblia le otorga a las mujeres la dignidad de haber sido las primeras que proclamaron el mensaje más maravilloso que se ha escuchado: “Él ha resucitado” (Mt. 28:1-10). Y hoy día ellas son y deben ser portadoras de este glorioso mensaje y llevarlo a toda criatura. En el libro de los Hechos y en las cartas apostólicas hallamos a muchas mujeres llevando el mensaje del evangelio y siendo colaboradoras en las misiones cristianas. (Estudiaremos los pasajes bíblicos respectivos en la sesión titulada: Servicio de la mujer cristiana).

5. En la Biblia las mujeres son protegidas por la Ley de Dios del abuso de los hombres, y tienen derechos civiles.

Mientras en Grecia, Aristóteles consideraba a la mujer un ser inferior, teniendo una dignidad intermedia entre el hombre libre y el esclavo y Platón recomendaba la posesión de la mujer en común, y en algunas naciones árabes se les considera posesión del hombre, de manera que tienen potestad para hacer con ellas lo que les plazca, en las Sagradas Escrituras Dios se encarga de que ellas reciban un trato conforme a la dignidad que tienen de haber sido creadas a la imagen de Dios, y ser colaboradoras en los planes divinos de tener un pueblo santo para sí.

Aunque en el Antiguo Testamento Dios permitió el divorcio, a causa de la incredulidad del pueblo (Mr. 10:5), no obstante, esta ley del divorcio buscaba proteger a la mujer, ya que, viviendo Israel en medio de naciones paganas donde las mujeres eran tenidas en poca estima, se corría el peligro de que los hombres abusaran de su posición de autoridad y les causaran vejaciones. Es por ello que Moisés establece ciertas causales por las cuales los hombres pueden dar carta de divorcio a las mujeres: “Cuando alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio y se la entregará en su mano, y la despedirá de su casa” (Det. 24:1). Aunque en un principio pareciera que esta ley es injusta con las mujeres, ya que a ellas no se les permite dar carta de divorcio, la verdad es lo contrario, pues, en la cultura de ese tiempo, y aún después, los hombres abusaban de las mujeres y las abandonaban por cualquier causa insignificante, humillándolas y mancillándolas. Dios, a través de su ley prohibió que los hombres abusaran de su autoridad, y buscó la protección del honor y el sustento de las mujeres. Dios dijo que un hombre podía divorciarse de su mujer solo por algo indecente. Luego en el Nuevo Testamento Jesús solo da oportunidad para el divorcio (tanto para hombres como para mujeres) en caso de fornicación, es decir, una vida de constante pecado sexual. El Señor prohibió muchos abusos contra las mujeres, y aunque se permitió cierto nivel de poligamia (o más bien, se restringió), no obstante la Ley Santa procuró que las mujeres recibieran un trato justo, que fueran amadas por sus esposos, que no les faltara el sustento y que no se les sometiera a afrentas. (Ex. 21:10).

Si un hombre y una mujer eran encontrados en el acto del pecado de adulterio, tanto la mujer como el varón debían morir (Dt. 22:2).

Si un hombre violaba a una mujer, éste debía morir (Dt.22:25-27).

Dios ordenó que a las mujeres viudas y las más pobres se les permitiera espigar en los campos después de la siega (Dt. 24:19-22).

6. En la Biblia las mujeres tienen la dignidad de participar en diversas ocupaciones y actividades dentro de la Iglesia de los santos.

En el Antiguo Testamento, aunque la mujer era considerada miembro del pueblo del pacto, no obstante, la señal externa de pertenecer al pueblo, el rito de la circuncisión, era aplicado solamente sobre los varones. Pero al llegar al Nuevo Pacto encontramos un cambio radical. Ahora la señal del pacto, el bautismo, no será aplicada solamente sobre los varones, sino sobre las mujeres. “Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres” (Hech. 8:12).

Aunque tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento los oficios de liderazgo o autoridad son asignados exclusivamente a los hombres (con algunas excepciones que luego estudiaremos), eso no significa que las mujeres son tenidas en poco dentro del pueblo de Dios, pues, a  ellas se les asignan ciertas funciones y responsabilidades como colaboradoras en el Reino de Dios:

“También hizo la fuente de bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión” (Ex. 38:8)

“Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones” (Luc. 2:36-37).

Aunque es difícil precisar la función que tenían las mujeres profetisas dentro del pueblo de Dios, lo cierto es que la Biblia nos menciona a unas mujeres que ocuparon este rol: María, la hermana de Moisés y Aarón (Ex. 15:20), Débora, mujer de Lapidot ( Jue. 4:4), Hulda, mujer de Salum (2 Rey. 22:14), la mujer de Isaías (Is. 8:3), Ana, hija de Fanuel (Lc. 2:36), las cuatro hijas de Felipe (Hch. 21:9), las mujeres en Corinto podían orar o profetizar, pero debían hacerlo con una señal de sumisión al varón sobre sus cabezas, refiriéndose al velo (1 Cor. 11:5).

En la sesión que dedicaremos al servicio de la mujer dentro del pueblo de Dios analizaremos muchos otros textos que nos presentan una gran diversidad de servicios que las mujeres pueden ofrecer dentro del reino, siempre guardando los principios escriturales establecidos por Dios para el orden que se conserva en las relaciones de autoridad y sujeción.

7. Conclusiones

Hemos aprendido, a través de la clara enseñanza de las Sagradas Escrituras que la mujer, dentro del pueblo de Dios, tiene una gran estima y posee la misma dignidad que tiene el varón, por el hecho fundamental de que ella fue creada a la imagen y semejanza de Dios. Ella recibió el soplo divino a través de su esposo, pero no de manera difuminada sino que en ella realmente están las características que le identifican como imagen de Dios con la autorización para entrar en comunicación con él, a través de la adoración.

Hemos aprendido que la mujer no es considerada en las Sagradas Escrituras como algo insignificante sino que ellas son el complemento perfecto para el hombre, ella completa al varón y este, sin ella, no puede cumplir con el propósito divino de llenar la tierra de imágenes de Dios, es decir, de hombres. También aprendimos que la mujer tiene la dignidad de haber sido puesta, junto con el hombre, para que señoreen sobre la creación.

La mujer tiene la dignidad de haber sido bendecida por Dios, junto con el varón, y de gozar de su favor y cuidado providencial.

Aunque la mujer, por la secuencia de la creación y el plan divino, depende del varón en muchos asuntos espirituales, sociales y familiares, no obstante, habiendo ella sido creada a partir de la costilla de este, esto no significa que ella sea inferior o que él pueda tratarla como un simple objeto, sino que es responsabilidad del varón cuidarla, amarla y protegerla. En conclusión podemos afirmar que la mujer, en la historia de la redención, no ha sido subvalorada, sino que por el contrario, es vista como una colaboradora en la formación del pueblo del pacto, de acuerdo a los roles asignados por Dios. Apreciadas hermanas en la fe, nunca se miren como algo insignificante dentro del Reino de Cristo, ustedes están en el corazón de Dios y siempre han sido tomadas en cuenta para cumplir funciones en la extensión de su reino glorioso. Estudien las escrituras y conozcan el plan de Dios para las mujeres, de manera que puedan ser usadas poderosamente como mujeres piadosas que aman al Rey de reyes. Numerosos ejemplos de mujeres creyentes que sirven con devoción a Dios son encontrados en las Escrituras, conozcan el carácter de estas mujeres, e imítenlas, confiando en que la gracia del Señor podrá hacer de ustedes vasos útiles para Su gloria.

Pero no olviden que las Sagradas Escrituras contiene muchos principios que regulan los roles de autoridad en la Iglesia y la familia, conozcan estos principios y no los traspasen, pues, entonces, aunque tengan un sincero deseo de servir en el Reino, serán encontradas ocupando un lugar que no les corresponde, y ganarán el desagrado y la desaprobación divina.

Continuemos estudiando, a través de las Escrituras, qué pasó con la mujer cuando pecó, es decir, cuál vino a ser el estatus y la condición moral y espiritual de la mujer luego de la caída, pero también estudiemos la restauración de la mujer a través de Cristo, el carácter de una mujer creyente, y por último, estudiemos cuál es el servicio que una mujer creyente puede dar en la Iglesia.

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