LA ÉTICA ECONÓMICA DE LOS PURITANOS Y LA TEOLOGÍA O EVANGELIO DE “PROSPERIDAD” DE HOY

Por Mario Cely Q.

Reforma Siglo XXI, Vol. 14, No. 1

No hay duda de que hoy estamos en presencia de un “materialismo cristiano” como parte componente de un estilo de vida eclesiástico que amenaza con convertir el cristianismo en una religión más. Los énfasis monetarios y de prosperidad propuestos por una sección de la cristiandad ciertamente han resultado exitosos para muchos y, a su vez, han despertado  la curiosidad de otros creyentes que probablemente, aunque fieles a Dios y con buena doctrina y teología, podemos estar viviendo en verdadera privación económica y material en general. Muchos dentro de la iglesia cristiana, ante la imagen sobresaliente de los pastores ricos y adinerados —sobre todo del trasfondo pentecostal-carismático— se han estado preguntando si a la hora de la verdad la vida cristiana y el servicio a Dios se reducen a la búsqueda de la “absoluta comodidad” que puede ser producida por un ministerio que genere grandes ingresos económicos como una gran vaca lechera.

El asunto es que está comprobado, no podemos negarlo. Ciertas apelaciones u “ofertas religiosas” a nivel instintivo, económico y psicológico impuestas sobre la psique de quienes escuchan realmente “funcionan” como por arte de magia — aunque a esto le llamen “obra de Dios”—. Al poco tiempo, aquella iglesia lánguida y moribunda, reverdece y se ve llena de multitudes, las que a su vez prodigan al predicador grandes ingresos; y no importa que éste no diga “toda la verdad y nada más que la verdad” del mensaje bíblico. Si con destreza logra aplicar fiel y formalmente las técnicas que desde hace mucho tiempo nos enseñara el pragmatismo y el utilitarismo, tendrá garantizado no cualquier éxito, sino “un gran éxito ministerial” con abundancia de riquezas y bienes de este mundo. No lo dudemos, esto es cierto y además está comprobado que los resultados y “éxito” ministerial son una realidad a partir de  la credulidad e ignorancia del pueblo latinoamericano. Creo que esto es una seria preocupación para muchos consiervos de Dios que con honestidad continúan en servicio fiel pero no ven ni palpan lo que otros ven y están palpando.

Lo que aquí exponemos es un esfuerzo por descifrar una de las experiencias más coyunturales en que vive inmerso el cristiano sencillo de estos tiempos. El mensaje de la denominada “teología o evangelio de prosperidad” es un desafío que debe ser tomado en serio.

La respuesta que aquí ofrezco está basada en su mayor parte en el capítulo 4 del libro de Leland Ryken intitulado Worldly Saints: The Puritans as They Really Were (Santos Mundanos: Los Puritanos como Realmente Fueron, Grand Rapids, MI: Zondervan Publishing, 1986). Este capítulo trata con el tema del dinero y los puritanos. También hago uso de otras fuentes las cuales están detalladas en el transcurso de este trabajo mediante las notas al pie de página y en la bibliografía. A cada paso, el estudio no está referido al “evangelio o teología de prosperidad”; el énfasis está puesto en la ética económica de los puritanos, la cual, a mi juicio, constituye un oportuno y bien ponderado estudio que confronta con éxito las propuestas del tipo de maestros en cuestión.

Los criterios éticos sobre la prosperidad y vida económica que desarrollaron los puritanos ingleses de la primera generación son bien diferentes de los que hoy nos proponen los maestros de la “siembra y la cosecha”. Deberían ser tomados en cuenta por todo cristiano serio que quiere crecer en una correcta espiritualidad para con Dios y saber confrontar modas ético-religiosas como las que hoy sobresalen bajo el manto del tipo de “bendición” propuesto por este tipo de “maestros prósperos”. Veremos que no es sino un erróneo criterio interpretativo y teológico dentro de límites carismáticos. Bajo este análisis nuestro objetivo trazado es demostrar que los proponentes de la llamada “Teología de la Prosperidad” siguen equivocándose en cuanto al manejo de la ética monetaria o económica como supuesta e indiscutible señal de la bendición de Dios. No nos referimos aquí por las grandes sumas de dinero que obtienen, sino a tres motivos básicos: el primero tiene que ver con “el concepto social del dinero”, el segundo, si aquellos pastores son capaces de tener posesiones sin caer en la corrupción y de usarlas para los propósitos más altos del reino de Dios; y en tercer lugar, hacemos hincapié en el cuidado que hay que tener según las palabras de Jesús en Mateo 7:21-23. Pero, ¡cuidado! Tampoco debemos olvidar que realmente existe un tipo de Prosperidad que está ligada a la sabia voluntad de Dios y a la diligencia honesta dentro del ministerio o cual- quier otro trabajo. La respuesta a esta final inquietud deseo que el lector la descubra en el cuerpo del presente estudio según las ideas y convicciones del puritanismo y su ética económica. Es mi propósito que este estudio sirva de apoyo para aquellos que se ven tentados a “tomar la piedad como fuente de ganancia”.

1. LA ÉTICA ECONÓMICA DE LOS PRIMITIVOS PURITANOS

Los estudios sobre ética económica, valor y uso del dinero que encontramos en los escritos de los primeros puritanos entre el siglo XVI hasta finales del siglo XVIII son catalogados por algunos expertos como estudios inéditos en la historia del protestantismo inglés. En cuanto a Juan Calvino, reformador ginebrino, bien puede decirse que su influencia en la ética económica de los puritanos fue más bien indirecta más que directa. Esto en cuanto hace al espinoso tema de que “la prosperidad material llega a ser una evidencia de la predestinación o elección de Dios”. El profesor Theo Donner, a mi juicio, está en lo correcto cuando dice que “no se puede identificar la perspectiva puritana sin más con la perspectiva de Calvino”. Aunque por otro lado, no se puede negar que la producción literaria inicial del reformador francés fue ampliamente conocida y consultada por los puritanos ingleses. En la Inglaterra de Oliver Cromwell también se produjeron circunstancias de reforma bien notorias las cuales diferentes historiadores han catalogado la Reforma en Inglaterra como “la otra reforma” o también han dicho que produjo “experimentos teológicos originales”.2 Mucho de esto tiene que ver con el enfoque de la justicia social y económica producto de un pensamiento bíblico-puritano maduro importante de estudiar. En varios aspectos, como hemos visto, la reforma inglesa fue sui generis respecto de la reforma continental.

Pero en relación con la influencia del puritanismo en los asuntos de economía, trabajo, producción monetaria y préstamo de dinero con interés, hay dos etapas bien delineadas en la historia inglesa: una primera etapa estuvo enmarcada aún por la influencia de la Edad Media y la Reforma; y una segunda etapa estuvo influenciada por la modernidad producida igual- mente en suelo europeo. Es aquí que surge un puritano de diferente mentalidad pero cuestionable a la vez, porque cae en el nominalismo cristiano o lo que es lo mismo, en el deterioro de la fe cristiana emanada de la Reforma, episodio que comienza a producirse especialmente a fines del siglo XVIII y todo el siglo XIX. Hacer comprensible estos análisis es nuestro propósito a continuación. Pero, para el propósito del presente artículo sólo trataremos con los puritanos de lo que aquí denominamos “de la primera etapa”. Este puritanismo está ubicado tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos.

1.1 El puritanismo de la primera etapa: influencia de la Edad Media y la Reforma del siglo XVI

Los enfoques de la vida socio-económica –como dijimos arriba– tuvieron un escenario realmente distinto en la vida del protestantismo histórico. Varios de los reformadores ingleses como Hugo Latimer, el refugiado Martin Bucer junto y Richard Baxter han sido considerados como los representantes del ala izquierda de la Reforma en Inglaterra. Éstos hicieron tronar sus enseñanzas contra los nuevos dueños del Estado ridiculizando al mismo tiempo el derecho canónico tanto de Roma como de la iglesia anglicana. Sin embargo, a Latimer se le mete a la cárcel al acusarlo de que predicaba el odio de clases cuando declaraba que “la pereza de los pobres no debía excusar y compensar la dureza de los ricos”. En el Nuevo Mundo, John Cotton, John Winthrop, Richard Mather, Thomas Hooker y William Bradford mediante un liderazgo con un fuerte sabor bíblico-teológico y clerical fueron artífices de una administración pública más justa en relación con las distintas formas de vida política al lograr una regulación adecuada del préstamo con interés para la nueva sociedad que se vislumbraba como Estados Unidos de América.

En el viejo continente el individualismo económico era perseguido como se perseguía igual el no-conformismo religioso. De ahí que los nuevos ricos que se lucraban con los préstamos al papado y los beneficios de la guerra eran real- mente escandalosos tanto para los católicos como para los protestantes. Los asuntos económicos y sociales fueron vistos por los puritanos como órdenes y poderes sin la bendición de Dios para los pueblos a menos que existiera un verdadero “dirigismo cristiano”.

Ahora bien, por un lado, mientras que en Europa católicos y protestantes se disputaban todavía la hegemonía territorial y la influencia cultural inculcando prescripciones éticas para hacer que el rico no explotara al pobre mediante la usura, por otro lado,  los puritanos quisieron demostrarle al mundo y a  sí mismos “que el cielo es de Dios y que el mundo entero no pertenece a mammon”. Los puritanos consideraban que la iglesia era en verdad ingenua frente a los temas económicos. Aquellos tiempos encaraban circunstancias difíciles de sobre- pasar y Europa estaba en ebullición constante. Los puritanos estaban viviendo en un siglo de nuevas luces y, sin embargo, estaban convencidos de que no había nada que temer para su fe. Los escritos de la mayoría de ellos muestran una persuasión común: Dios les manda a ser esforzados en construir y edificar un nuevo mundo, el reino de Dios y su justicia. Así mismo, repu- diaron el concepto de la moral clásica que hacía depender la salvación de la sumisión bendita, obediente y resignada al orden divino de nacimiento y naturaleza. Para el puritano más bien, el orden depende de él en mayor medida que él depender del orden. Y también afirmaban: “el carácter lo es todo, las circunstancias, nada”.

El puritano de esta primera etapa que se localiza a mediados del siglo XVI y comienzos del siglo XVII es alguien que cree que el cristianismo bíblico permite una realización tanto en el hacer como el ser. Hoy algunos dirán que lo importante no es tener sino ser. Luego entonces, el puritano de aquellos tiempos es una mezcla explosiva de trabajo y lirismo, de buena conciencia y de heroísmo; es anticlerical y de fe profunda, es individualista y al mismo tiempo solidario, de energía humana y de humildad ante Dios. Del mismo modo existe una paradoja que ha sido difícil de descifrar para historiadores y teólogos: su magnif icente actitud hacia la riqueza y su lucha contra la pobreza, lo que en varios instantes le hizo ser duro con los pobres. E irónicamente han sido llamados “los socialistas y comunistas” de aquellos tiempos. Pero entiéndase, el espíritu y filosofía de vida eran algo bien diferente. Nada tuvieron que ver con el comunismo del siglo XX, que como se demostró, no podía perdurar por mucho tiempo.

1.2 Opinión puritana sobre el trabajo, la producción y el dinero

Cuando Martín Lutero llegó a ser un monje de inmediato se sometió a lo que la iglesia católica tenía por “virtud” cristiana: hizo el voto de pobreza y de castidad. Esto reflejaba el ya establecido punto de vista católico de que la pobreza material es una virtud inherente para una persona. Sin embargo, los Reformadores— incluyendo a Lutero mismo—no lo vieron de esta forma. El punto de partida de su pensamiento sobre el dinero y las posesiones fue que tales cosas por principio son algo bueno.

Los puritanos estuvieron de acuerdo con Calvino al considerar que “el dinero es bueno en sí mismo”. Además, recordemos que el libro de Eclesiastés declara que “el dinero sirve para todo”, o “tiene una respuesta para muchas cosas” (10:19). Leland Ryken escribe acerca de un puritano de nombre Samuel Willard de quien se dice que “alabó a John Hull en su funeral, porque a la vez que ‘había sido un buen comerciante, esto no le impidió ser un santo en la tierra que vivió por encima del mundo sin incurrir en contradicción. La divina providencia –afirmó– le dio a Hull una porción de prosperidad de los bienes de este mundo, pero en todo demostró ser un cristiano íntegro”.

Como podemos notar, los puritanos rompieron con el esquema medieval de ver la vida económica y productiva, y más bien af ianzaron la idea de que el dinero debe servir para la mayor gloria de Dios y el bien del hombre. Unido a esto, corrientemente encontramos opiniones como las de Richard Baxter, que en aquellos días eran escándalo: “Todo amor de criatura, el propio mundo o la riqueza no son pecaminosos en sí mismos. Y por sí mismas, todas las obras de Dios son buenas”.

Considero que en este punto Leland Ryken retrata bien lo que era el sentir del puritanismo, lo que a la postre fue   la transformación de la vieja mentalidad medieval que llegó a desembocar en lo que llamamos la modernidad, estilo de vida que todavía nos acoge, aunque hoy muchos afirmen que vivimos tiempos postmodernos.

Estas mismas ideas también las encontramos en el puritano Samuel Willard quien puntualizó que “las riquezas son consistentes con la piedad, y cuanto más uno tiene, tiene más ventaja de hacer el bien con ella, si Dios le da el corazón para ello”. Y William Adams consideraba que los esfuerzos económicos eran dignos del afecto Cristiano. Escribió que “el Cristiano tiene muchos negocios que hacer en y a través del mundo los cuales debe con diligencia atender”.

Ampliando estas ideas, aunque ellos afirmaban la bondad del dinero, hallaron necesario defender los legítimos aspectos del mismo en contra de sus detractores. Por ejemplo, William Perkins —uno de los grandes líderes de la iglesia de Inglaterra— así lo reafirmó cuando en un sermón que predicó basado en Mateo 6:19–20 menciona una lista de lo que Cristo el Señor no prohíbe: Esfuerzo diligente en la vocación que uno tiene, porque a través de este medio la persona se provee lo que necesita para sí mismo y para los que dependen de él.

El goce y posesión de bienes y riquezas: porque estas son una bendición de Dios si son usadas correctamente. Acumular y atesorar bienes no está prohibido, y la Palabra de Dios lo concede aquí con algún respeto”.

1.3 La ética puritana del trabajo, la tesis de Max Weber y el problema de la generalización dentro de la “teología de la prosperidad”

Tal como podemos advertirlo, la fuente de las riquezas de las cuales hablaban los puritanos tenía que ver más con una sólida disciplina en el trabajo, un esfuerzo diligente y consciente para producir, pero mediante la honestidad y el temor de Dios. A esto se sumaba una clara preocupación por la justicia social, los buenos gobiernos y la integridad u honestidad de los gobernantes, amé de una iglesia fuerte y agresiva. A diferencia de todo esto, la teología o evangelio de la prosperidad ignora por completo estas cosas. Jamás se ocupa de exhortar sabiamente a los gobernantes de los países de América Latina quienes en gran medida generan pobreza a las propias masas que ellos mismos marginan con leyes injustas de todo tipo Isaías 10:1,2). ¿Dónde están los proyectos sociales, éticos y políticos de estas élites para mejorar el estilo de vida de sus países y aún de sus propias comunidades donde han brotado templos de hasta 4 millones de dólares? Este “otro evangelio” que enfatiza la prosperidad material por medio de la fe cae en una generalización que le hace perder el equilibrio bíblico al pasar por alto los diversos factores que inciden en la situación económica, social y política en que viven muchos creyentes en Cristo.

El estilo de generar riquezas se da casi por un acto mágico de fe en la “siembra” que debe hacer el creyente pobre al dar lo que no tiene. Generalmente se debe hacer consignando dinero en ciertas cuentas bancarias que hábilmente están dirigidas por una élite religiosa a nombre de una sola persona o un grupo familiar. Llevando esto hasta las últimas consecuencias diríamos que por medio de la fe el cristiano pobre puede ascender de inmediato a la clase media, el de clase media, a la clase alta, y el millonario convertirse en un multimillonario. Conclusión: si todos los creyentes no somos millonarios es porque no tenemos fe. Entonces algo está mal en nuestra vida cristiana. Todo creyente que no es rico está en pecado. Esta es una grave generalización.

Max Weber en escena

Todo predicador de la teología o evangelio de la prosperidad debería leer la obra de este sociólogo. Su crítica adversa al calvinismo y al puritanismo demuestra que su lucha contra la ética protestante era la forma de ver la tenacidad del puritano por prosperar económicamente con un fin: eliminar la pobreza, extender el reino de Dios en la tierra y contribuir  a construir mejores Estados y gobiernos. Ninguna de estas cosas aflora en los discursos de los maestros de la teología de la prosperidad. Pero, aun así, el propio Max Weber falló en su diagnóstico.

La tesis de Max Weber10 (escrita entre 1904-1905) considerada como uno de los estudios críticos de sociología de    la religión más importantes del siglo XX en relación con el capitalismo y la vehiculización teológica del puritanismo y del calvinismo. Sin embargo, se ha venido demostrando que M. Weber falló en entender adecuada y correctamente tanto a Calvino así como a los puritanos de la primera etapa11. Haciendo un breve sumario de la tesis de Weber, en la Segunda Parte, Capítulo II, intitulado La relación de la ascesis y el espíritu capitalista, afirma que la ética ascética de calvinistas y puritanos ligado a la doctrina de la gracia predestinante, fueron la fuerza impulsora que motivaron el trabajo diligente, duro, disciplinado y frugal, y por ende, las raíces del actual capitalismo. Pero esto, en verdad no tiene verdaderas bases.

Hay que decir que el lado correcto que Weber no atinó  a ver es que, para los puritanos, trabajar duro y hacer dinero mediante ahorro era una forma de mayordomía o administración. Y además, sus móviles y filosofía de vida económica

para hacer y administrar el dinero no se parecen para nada al actual capitalismo moderno y sus aterradoras consecuencias. Pues aquellos perseguían y difundían los ideales evangélicos de Cristo así como la ética del apóstol Pablo acerca del uso del dinero y las riquezas. Por consiguiente, no puede negarse que en algunos instantes los discursos de los puritanos acerca de la riqueza y el dinero daban la apariencia de una importancia exagerada. Pero el examen de opiniones de otros puritanos nos ofrece una mejor claridad al respecto, y se puede demostrar que las formulaciones de Max Weber, Ernest Troeltsch y del propio Erich Fromm chocan en el yunque de la verdad.

1.4 Ricardo Baxter y otros puritanos en escena

En un contexto más amplio los escritos de Ricardo Baxter sobre la vida económica llaman la atención cuando afirmaba que “la eficiencia y la productividad son simplemente una evidencia de sentido común y un fuerte deseo de ser un buen administrador de los dones o bienes de Dios”. Aquí podemos vislumbrar una importante idea que refuta las opiniones de los anteriores filósofos. Leyendo los conceptos éticos en las obras de los puritanos, aquellos nos permiten ver que el deseo de progresar materialmente no lo era tanto por el hecho de que sus riquezas eran el símbolo de su predestinación a la gloria celestial sino el deseo de ser obedientes en poner por obra el “mandato cultural de Génesis 1:28. Los análisis exegéticos de este y de otros textos bíblicos en cuanto al mandato cultural han sido olvidados por la propia iglesia cristiana desde hace tiempos. El desconocimiento de este mandato divino ha traído graves consecuencias a las naciones y a la propia iglesia al no haber instruido a los creyentes en esta importante materia. De ningún modo estamos despreciando el mandato misionero de Mateo 28. Sin embargo, la crisis ecológica y económica del mundo es una muestra de esto. Aquí cabe entonces una pregunta lógica:

¿Por qué los puritanos estaban tan seguros de que el dinero era algo bueno? Lo que hallamos al leer sus escritos sobre este tema es que primordialmente ellos creían que el dinero y la riqueza eran dones de Dios. Siguiendo aquí los análisis de Ryken, estudiemos en consecuencia otras opiniones éticas de los puritanos. William Perkins escribe: “Si acontece que heredamos una gran propiedad debemos disfrutar aquella en buena conciencia como una bendición y un don de Dios”. Y John Robinson escribió el siguiente comentario: “Las bendiciones del Señor son las que enriquecen… Y como las riquezas son en sí mismas bendiciones de Dios, debemos desearlas para un confortable curso de nuestro estado civil y natural”. Por su parte Richard Sibbes declara: “Si el dinero y la propiedad son dones de Dios, las cosas de este mundo son buenas en sí mismas, y se nos han dado para endulzar nuestro paso al cielo”.

1.5 La ética económica de gracia de los puritanos, el concepto de “maldiciones” y “fe en la siembra” de la Teología de la Prosperidad

¿Acaso todas estas anteriores opiniones de los puritanos son una reminiscencia de la actual “teología de la prosperidad”? Cualquier lector podría suponer que aquí tenemos los comienzos o que encontramos a los precursores de esta acariciada teología de riquezas. Sin embargo, el trasfondo puritano es muy diferente de lo que hoy predican los denominados “apóstoles y profetas” dentro del moderno movimiento carismático que provino del Movimiento de la Fe o iglesia electrónica de los Estados Unidos. Es diferente por cuanto los puritanos no solo consideraron la riqueza como un don de Dios proveniente de una fuerza laboral disciplinada; e igual hablaron de dos cosas más que es necesario no perder de vista: En primer lugar, disociaron las riquezas de la idea de mérito humano; y en segundo lugar,  hablaron claro de los peligros de la riqueza para el alma y la vida espiritual de los creyentes, en especial de los pastores. Esto último, por lo menos nunca escuchamos de parte de los “pastores ricos” de hoy que se enriquecieron por el constante énfasis   o empleo de la amenaza de “maldición de pobreza y enfermedad” contra la gente que no da el diezmo y mucho más del diezmo. Miles de personas han dado sus diezmos para Dios, pero la codicia de muchos pastores les ha llevado a recibir millones en diezmos para usufructo propio; y muchas veces empleando fórmulas ilegales para el control de los ingresos. En la teología de la prosperidad el énfasis está puesto en una transacción que se llama “fe en la siembra”, es decir, fe en algo que el oferente hace. Lo cual conduce a una salvación por obras porque dicha fe en la prosperidad es equivalente a la proporción de dinero que se da. Y esto automáticamente se convierte en un mérito humano.

De otra forma, los puritanos tenían claro que el propio esfuerzo humano laborioso y disciplinado en sí mismo no aseguraba la garantía del éxito económico; para aquellos el trabajo debía ir acompañado de la bendición, la gracia de Dios y de la complacencia divina, efectos sin los cuales también hoy día es imposible la verdadera prosperidad. “La bendición de Dios es la que enriquece, y no añade tristeza con ella” (Proverbios 10:22). Un puritano reconocido entre los bautistas de Estados Unidos, Cotton Mather, corrobora estas ideas cuando afirmaba al respecto: “En nuestra ocupación lanzamos nuestras redes; pero es Dios quien nos trae todo lo que atrapamos”. Por su parte, John Robinson igualmente escribió: “Si los bienes son obtenidos mediante la industria, la providencia y la habilidad, es Dios quien nos da tal facultad, el uso de ella y el éxito juntamente”.17 Se advierte que la ética puritana es una ética de gracia y no de mérito humano. Y no obstante, William Ames sostuvo que, “la propiedad privada está funda- mentada no solo en lo humano, sino en el derecho natural y divino”.Hay que decir aquí que sin duda, la defensa de la propiedad privada que hacían los puritanos era una extensión de su creencia en la legitimidad del dinero. Pero siempre con fines de extender la generosidad hasta donde más se pudiese. La investigación de Ryken nos deja ver otra interesante historia. “Cuando John Hull”, –dice– “uno de los más grandes mercaderes de Massachusetts, perdió sus barcos con los holandeses, se consoló al pensar en la providencia de Dios: la pérdida de mis bienes no son nada, si con esto el Señor quiso que mi alma se acercara más a él y perder aún más mis comodidades de criatura”.

Todos estos textos podrían llevarnos a creer que la importancia atribuida al dinero de parte de los puritanos les conducía a elevar los bienes materiales por encima de los valores espirituales. Pero John Winthrop, un famoso puritano reprendía duro a aquellos que creían que la prosperidad externa producía la verdadera felicidad. De otro lado, Peter Bulkeley escribió que “un cristiano puede hacer muchas cosas para sí mismo siempre y cuando éstas no estén en oposición sino en subordinación a Dios y a su gloria”.

1.6 Los puritanos, la consideración de la pobreza y la teología de la prosperidad

Con base en la anterior argumentación se podría llegar a la conclusión de que si la riqueza es una bendición de Dios, la pobreza, por lógica deducción, es una maldición del Señor tal como lo declaran los maestros de la “siembra y cosecha”. El lector pudiese pensar que existe una enseñanza paralela entre la “teología de la prosperidad” y la ética del  dinero del puritanismo. Pero esto sólo es una figura imprecisa. No podemos engañarnos aquí. Un análisis apropiado nos revela que la teología de la prosperidad lleva a cabo una interpretación inconsecuente de la Biblia a la hora de hablar de los temas de la riqueza y la pobreza. Otro hecho que podemos notar es el problema del reduccionismo de la fe que hace dicha teología. Al leer el NT notamos que algunos seguidores del Señor tenían bienes materiales (Lc. 8:1-3; Hch. 2:43-47; 4:32- 35); pero los otros —o sea la mayoría— eran pobres (1 Cor. 1:25-29). Tenemos el caso de la iglesia de Jerusalén, cayó en tanta pobreza que fue necesario recibir ofrendas de las iglesias no judaicas (Rom. 15:25; 2 Cor. 8,9; Gál. 2:10).

La experiencia de la historia de la iglesia y las misiones tampoco avalaría este particular estilo de la teología de la prosperidad. Pues no es correcto afirmar de forma absoluta que aquellos que creen en Cristo si no son ricos materialmente se deben al efecto directo de estar bajo una “maldición” de parte de Dios. Y por lo general muchos predicadores que defienden este tipo de razonamiento siempre están mencionando el pago del diezmo de forma anti-bíblica. Desde otro ángulo de vista la riqueza material viene a ser la garantía de la piedad. Pero, ¿es correcto esto?

Históricamente a dicha interrogante los puritanos respondieron negativamente. Realmente el puritanismo —y creemos que subsiguientes generaciones de evangélicos— estaba en total desacuerdo con aquellos que estimaban que el éxito económico es la garantía directa de la piedad. Sabemos que no siempre resulta así en la experiencia práctica de cada hijo de Dios. La Biblia y la historia nos dejan ver tácitos ejemplos de que hubo siervos de Dios ricos y pobres. En el puritano Thomas Watson podemos encontrar una aprobación positiva —y con la cual todo cristiano bíblico estaría de acuerdo— cuando menciona la importancia de la diligencia en el trabajo, producción y uso adecuado del dinero. Y sin embargo, sobre la pobreza y riquezas este hombre hace afirmaciones valerosas para estos tiempos de “materialismo cristiano”. Dice:

Dios no trata a todos por igual; tiene pruebas para los fuertes y estímulos para los débiles. Dios es un médico fiel, y por tanto, hace el mejor uso de todo. Si Dios no te da lo que quieres, te dará lo que necesitas. Un médico no trata tanto de agradar el paladar del paciente como curar su enfermedad.

Y relativo a la trampa de las riquezas declaró:

Las riquezas no solo son como la telaraña, inservibles, sino como el huevo de las serpientes, perniciosas. Las riquezas guardadas por su dueños para su mal” (Ec. 5:13).

Y respecto de que la verdadera piedad es usualmente asistida por la prueba y la persecución —de lo cual no cabe duda—, escribió:

Las aflicciones tienden a engrandecer a los santos, al darles renombre en el mundo. Jamás han sido los soldados tan admirados por sus victorias como los santos lo han sido por sus sufrimientos…

Se puede preguntar: ¿Cómo nos hacen felices las aflicciones? Respondemos que, siendo santificadas nos acercan más a Dios.

Era bien claro entonces que para los puritanos la piedad o consagración a Dios no es una garantía directa —como si se tratase de un lotería— para la prosperidad material y el hallarnos libres de pruebas, dolores y tentaciones. John Cotton afirmó que “un cristiano usualmente soporta el bien y el mal según como Dios los dispense para él”. Y las siguientes palabras de Samuel Willard bien pueden hacer estremecer al más “confiado” de los cristianos: “Las riquezas no son una evidencia del amor de Dios, y tampoco la pobreza es un signo de su rechazo o ira de Dios”.26 En el pensamiento puritano sobresale la idea de que entre las muchas cosas que obran para el bien de aquellos a los que conforme al propósito de Dios han sido llamados, está la pobreza. El sentir de William Ames también era que “la pobreza en sí misma no es un crimen o una desventaja de la cual avergonzarnos: algunas veces es enviada por Dios a  los piadosos como una corrección para probarlos o buscarlos, o ambas”.27

Y Richard Baxter concluye:

Nadie es excluido de la iglesia por falta de dinero, ni la pobreza es una monstruosidad a ojos de Cristo. Un corazón vacío puede ser un gran impedimento, pero una bolsa vacía no. Su reino de gracia está más en consonancia con el desprecio y la pobreza que el honor y la riqueza.

Por consiguiente, como vemos, la uniforme enseñanza es que la pobreza, cuando es administrada por Dios como un instrumento que aplica a sus escogidos según sus santos propósitos, bien puede ser el camino para una espiritualidad bendita o aprendizaje positivo para un creyente. Y por otro lado, no olvidemos que estamos hablando de verdaderos hijos de Dios a quienes Dios da este tratamiento, pero de ninguna forma Dios les desampara. “No he visto justo desamparado ni su descendencia que mendigue pan” expresó el rey David en el Salmo 37:25.

No obstante, no nos equivoquemos aquí; los puritanos fueron enemigos del “voto de pobreza” de la iglesia católica. Tuvieron cuidado en distinguir su enseñanza de la enseñanza católica acerca de la pobreza franciscana como algo meritorio para alcanzar la salvación final. Sobre este punto William Ames dejó constancia al denunciar el “voto de pobreza” hecho por los monjes como una locura, superstición y vana presunción porque ellos estimulan la pobreza como una obra de perfección… la cual es presentada ante Dios como una satis- facción o mérito delante de Dios.

Los puritanos empleaban la frase “pobreza evangélica” para describir su ideal de aprender lecciones espirituales como algo que el Señor podía enviarles según los llamamientos o vocaciones en este mundo. Del mismo modo, tampoco idealizaban la pobreza como algo que debía buscarse. A diferencia de la teoría o ideal monástico católico romano, los puritanos afirmaban más bien que la pobreza no es una vía segura para evitar la tentación. En un enfoque plenamente reflexivo sobre este punto, y en exhortación, Richard Baxter nos habla de esta forma: “La pobreza también tiene sus tentaciones… Porque aún el pobre puede ser deshecho al amar las riquezas y la plenitud que nunca puede alcanzar. Y pueden perecer por exceso de amor por el mundo y nunca, sin embargo, ser prosperados materialmente en el mundo”.

En otro particular, una vena de compasión bíblica y cristiana aflora en los discursos y escritos de los puritanos al rechazar la “ética de la indiferencia” que está contenta con dejar que el pobre siga siendo pobre. En opinión de aquellos, “la pobreza no es una absoluta desgracia, pero ciertamente no es el objetivo que debemos tener para la gente”.31 Una clara idea de este asunto nos la ofrece el puritano Thomas Lever quien sentencia que “el hombre rico por su liberalidad debe disponerse y ayudar al pobre”. Y Hugo Latimer en un sermón dijo: “Dios nunca da un don sin enviar la ocasión para ejercitarlo en un tiempo o en otro. Tal como él envía ricos, también envía a los pobres para que sean ayudados por ellos”.

Una conclusión de esta parte de nuestro ensayo bien puede anotarse de esta forma: respecto al tema de la pobreza los puritanos enseñaron que ésta a veces es lo que Dios permite para el santo, pero puede al mismo tiempo ser una bendición espiritual. Sin embargo, no es un mérito en sí misma, y la gente pobre requiere la generosidad de la gente que tiene recursos con qué ayudarlo (ver Sgo. 2:1-13; 5:1-6; 1 de Jn. 3:17,18).

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