LA CRISIS DE LAS NACIONES Y LA «POTESTAD CIVIL» SEGÚN LAS INSTITUCIONES DE JUAN CALVINO

Por Mario Cely Q.

Reforma Siglo XXI, Vol. 12, No. 1

  1. Introducción General

Diferentes especialistas y estudiosos de  Calvino  y  su obra coinciden en señalar el lamentable olvido que adrede muchos historiadores han hecho al pasar por alto el gran significado histórico y cultural del siglo XVI para el mundo moderno –o posmoderno si se quiere–, el cual ineludiblemente está ligado al genio de Juan Calvino. El mundo del capitalismo, de la ciencia, de la revolución, del empirismo, de la democracia, el mundo del secularismo y del protestan- tismo posterior, olvidaron de forma increíble la importancia del pensamiento de Calvino, quien planteó temas para una época de grandes transiciones y que a la postre, fueron la base de los desarrollos del mundo actual.

El significado de la obra de Calvino podría ser mejor estimado en las disciplinas contemporáneas que estudian la historia, la economía, las leyes y las ciencias políticas. No hay duda que en estos campos de estudio el peso de Calvino se hizo sentir desde los siglos XVII hasta comienzos del siglo XX. Ernst Troeltsch (1865-1923) figura entre los grandes histo- riadores y sociólogos que dio Alemania al girar el siglo. Este

connotado profesor y teólogo creía que si la iglesia protestante llevara a cabo con éxito las enseñanzas de Calvino y  del calvinismo tanto en la forma eclesiástica, social, política y económica, como lo hizo el reformador en Ginebra, «una segunda revolución del pensamiento y de la moral para el progreso de la humanidad sería vista».1 E implícitamente, esto también está reconocido en la obra crítica contra el calvinismo de Max Weber (Véase su magna obra, La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo). No obstante, paulatinamente, desde comienzos del siglo XX, el menosprecio del pensamiento de Calvino por parte de economistas, políticos, filósofos y teólogos produjo grandes e inusitados cambios en nuestra cultura. Dichos cambios estructurales los hallamos primeramente dentro de la cultura protestante de Europa y Norte América. Y no hay que dudarlo, han originado la gran crisis moral y espiritual que hoy acompaña a las naciones otrora protestantes, y hundiendo peor a las naciones de signo católico-romano. Si hoy volvemos a leer las obras de Calvino, notaremos que de forma permanente exalta la gloria, dignidad y majestad soberana de Dios, invitando siempre a los hombres en cualquier campo del saber y a los que ostentan dignidades, a no olvidarnos de su justa Ley y de sus estatutos, lo cual, cumpliéndolos en el pacto de gracia en Cristo, traería la bendición para las naciones. Este es el consejo de un gran pensador como Calvino, el cual fue puesto en olvido por el mundo moderno y a la postre, una de las peores desgracias para nuestras iglesias cristianas históricas del presente.

Particularmente en su Institución de la Religión Cristiana así como en sus revolucionarios y acertados comentarios bíblicos al Pentateuco y los Profetas, Calvino hace resaltar la poderosa vinculación Ley-Evangelio, los cuales, al ser articulados por una iglesia protestante de notable ejemplo en santidad y justicia, estarían destinados a producir la verdadera humanización en la vida social, económica y política de nuestros respectivos pueblos. Y esto no es algo difícil de entender si leemos la Biblia con cuidado en los lugares donde Dios habla de estas cosas. Y sin embargo, ¿qué vemos a cambio? En todas las Américas, lo que vemos es un terrible escenario de maldad, impiedad y apostasía, producto de una cristiandad sin vida, sin mensaje y sin inspiración tal que afecte las diferentes esferas de la vida que Dios ha creado. Si es verdad que «la crisis de la iglesia es la crisis de la sociedad», entonces somos culpables nosotros mismos los cristianos por olvidar igual la imitación del genio práctico de Calvino cuando trató con todos los asuntos de la cultura (Génesis 1:28), no solo con el campo eclesiástico, o con una evangelización que sólo salva almas pero no personas ni discipula naciones. La historia de Ginebra, Suiza, tiene este bello recuerdo de lo que Dios hace con un profeta que predica y vive un mensaje integral y cósmico en su alcance teológico.

Calvino y el legado calvinista continúan produciendo una influencia en nuestro mundo —quizá más fuerte y profunda de lo que pensamos aun cuando sus raíces parezcan haberse olvidado— en medio de nuestras agitadas naciones occidentales. No podemos olvidar que las libertades civiles que seguimos disfrutando hoy, el ordenamiento político de nuestros pueblos con un Concejo para la ciudad, el concepto bicameral de los congresos en las repúblicas de América Latina, los conceptos de autoridad civil y la organización eclesiástica y democrática le pertenecen por completo a Juan Calvino. Tampoco podemos olvidar la notable influencia del reformador en la propia Ginebra, ciudad de criminales y de prostitutas, que luego de 25 años de influencia bíblica y calvinista llegó a ser considerada como la «ciudad de Dios». Es de esta ciudad que el gran reformador de Escocia Juan Knox dijo: «Aquí existe la más perfecta escuela de Cristo que ha habido sobre la tierra desde los tiempos de los apóstoles».

Y de igual modo su influencia se hizo sentir en la Francia hugonote, en la Escocia de Juan Knox, en la Inglaterra puritana y en las distintas colonias venidas de Europa que fundaron los modernos Estados Unidos de América.

Por consiguiente, aquí volvemos a hacer girar la misma pregunta: ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué nuestras naciones Americanas poco a poco se están yendo al hueco? «Se hundieron las naciones en el hoyo que hicieron; en la red que pusieron, fue tomado su pie» (Salmos 15:9, VRV 1960). Creo que estas palabras del rey David podrían retratar con lujo de detalles lo que hasta ahora he querido decir con  esta introducción.

  1. El interés de Calvino en la política

Como sabemos, Juan Calvino nació al norte de Francia en Noyon, en 1509, y murió en Ginebra en 1564. Aunque primariamente fue un estudiante humanista, teólogo y predicador, además de un buen estadista eclesiástico, las biografías y tratados de historia así como la extensa configuración del calvinismo, nos dicen que siempre exhibió un fuerte interés por la política durante toda su vida. Otros estudiosos atestiguan que dicho interés por lo estatal ya provenía desde antes de su conversión al protestantismo, que pudo haber ocurrido entre 1533,1534. Esto no es difícil de descifrar si entendemos la forma como pudo organizar Ginebra de forma eclesiástica y política. De hecho, sus estudios de jurisprudencia fueron algo así como guía providencial para la importante obra que habría de desarrollar en la importante ciudad suiza. Del mismo modo, sus opiniones sobre el Estado y Gobierno Civil prueban mucho de su talante y genio para vislumbrar la relación entre Soberanía de Dios y política según las Escrituras.3 De hecho, su comentario al libro de Séneca De Clementina, es un examen minucioso de la visión política del Renacimiento. El interés de Calvino por una buena forma de gobierno aumentó en los años siguientes en los cuales le llevó a escribir su gran tratado Institución de la Religión Cristiana en 1536. Ford Lewis Battles ha sugerido que la primera edición de La Institución puede ser entendida como una clase de tratado político.4 Sabemos que la Institución fue dedicada a Francisco I, rey de Francia con el fin de persuadirlo a que no lastimara ni asesinaran más a los calvinistas franceses conocidos como los hugonotes. Esto también queda evidenciado en su posterior tratado «Sobre la Libertad y el Poder Civil y Eclesiástico», último capítulo de su Institución.5 Del mismo modo, la correspondencia de Calvino con figuras políticas de varias partes de Europa es muy diciente. Al rey Eduardo VI de Inglaterra le dedicó su Comentario a las Epístolas Pastorales.6 Su comentario al profeta Isaías Calvino lo dedicó a Elizabeth I; y su trabajo sobre la carta a los Hebreos lo dedicó al rey Segismundo Augusto de Polonia en mayo de 1549.

Por los diferentes tratados históricos conocidos hasta hoy sobre el calvinismo, se puede deducir que el interés de Calvino por la política o el arte de gobernar estuvo más allá de las ramificaciones eclesiásticas. El tiempo que logró obtener para la redacción y codificación de las leyes civiles y constitucionales de Ginebra dicen bastante de sus dotes de estadista. Sin embargo, no fue un político como tal, pero su discernimiento del propósito de Dios como Creador de las naciones fue suficiente para enseñar a los pastores y a los propios esta- distas a cómo reconocer que el Gobierno Civil no es sino una esfera del poder subordinado a la soberanía de Dios. Sabemos que el poco tiempo que dedicaba a dormir lo aprovechaba para trabajar hasta altas horas de la noche. Esto hizo de Juan Calvino «un hombre extraordinario para días ordinarios». Algunos le han criticado por esta forma de vida la cual han juzgado como «ascetismo riguroso», lo que a la postre le pudo haber llevado a la muerte a los 55 años de edad. Sin embargo, pese a todo, rara vez da Dios un profeta como Calvino a la cristiandad y humanidad.

  1. Aplicación Conceptual

Aplicando estos análisis, diremos que el débil enfoque del cristianismo calvinista que encontramos actualmente en nuestros pueblos latinoamericanos no pasa de ser simples repeticiones retóricas de algunas doctrinas que aprendidas de memoria no generan una transformación de la vida eclesiástica, social y política de los pueblos. Sobre los ladrillos de las doctrinas bíblicas y teológicas del Calvinismo, debemos construir la férrea aplicación de la ética práctica formulada por Calvino en Europa. América Latina requiere de teólogos y profetas bien informados y con una extraordinaria capacidad crítica de la cultura actual y modus vivendi de las actuales «sociedades permisivas» en que vivimos. De no llevarlo a cabo, corremos el riesgo de que el calvinismo actual se fosilice, y nuestra teología llegue a ser tan solo una «brillante pieza de museo». A mi juicio, hace falta valentía para llamar la atención de gobernantes, filósofos, teóricos, ideólogos e intelectuales humanistas de la actualidad tal como lo hizo Calvino en sus días. Creo que en esto reside el éxito del calvinismo inicial, una visión que el calvinista promedio hoy ha olvidado. Indiscutiblemente se requiere estudio profundo y oración profunda; sinceridad y justicia profunda como un estilo de vida que primero debe practicarse en nuestra vida personal y luego al interior de nuestras iglesias. Nuestra presente sociedad poscristiana no se convencerá del poder del evangelio de Cristo a menos que primero observe en nosotros un modelo de verdadera piedad, inteligencia y plenitud de justicia.

Luego entonces, encarnando el ideal de la iglesia de Cristo, y aunque no de forma perfecta, Ginebra fue un ejemplo de la clase de humanidad que logró superar diferencias económicas, sociales y raciales. Hasta tanto en estos tiempos de pluralismo y relativismo moral no mostremos un rostro similar, lo que digamos no será relevante para la sociedad que nos rodea y nos observa. De lo contrario, nuestra predicación acerca de un nivel de reconciliación que no nace de nuestra propia experiencia, dejará de ser honesta y efectiva.

3.1 La idea de Calvino sobre los dos reinos: el poder espiritual de la Iglesia y el poder del Estado

A diferencia de Lutero que fue inconsistente y poco claro acerca de la relación del cristiano para con el Estado, Calvino tuvo el mérito de ampliar y exponer mejor esta materia, la cual, por extensión histórica, contribuyó notablemente a la conformación democrática del mundo político actual junto con las libertades individuales que hoy tenemos. Lutero siempre tuvo dudas de cómo debía relacionarse la fe con las autoridades civiles y esa vacilación ha continuado hasta el día de hoy en la tradición luterana.8

Relativo a cuestiones de organización social y política Calvino tuvo el mérito de hablar de forma más clara y bíblica acerca de este importante tema en sus Instituciones. Subrayando los años de lucha para establecer la autoridad en el Consistorio laico de Ginebra, la opinión de Calvino es que hay dos poderes, el civil y el religioso o espiritual, y ambos deben complementarse. No obstante, se trata de dos cosas bien diferentes así como lo es el alma y el cuerpo.9 Del mismo modo, tanto el ministro cristiano como el magistrado son ambos ordenados por Dios para el cumplimiento de sus propósitos. Fue un logro suyo histórico interpretar de forma magistral al apóstol Pablo al exponer que al ser diferentes el poder espi- ritual y el político, no por esto el evangelio libera al cristiano de su responsabilidad social y política para con los magistrados y gobierno civil (Libro 4, cap. XX, 4). Y contrario a la opinión de muchos cristianos, creía que el gobierno civil por sí mismo no es algo malo o corrupto; por el contrario creía que el gobierno civil es un orden establecido por Dios para proteger a los justos y castigar a los malos. En igual sentencia estimó que el gobierno debe defender la sana doctrina del evangelio, promover la paz y la tranquilidad entre los ciudadanos.10 Los magistrados son responsables de mantener en orden y moralidad las dos tablas de la ley fomentando la verdadera piedad entre el pueblo.11 Y para mantener estos deberes, la fuerza podría ser necesaria y apropiada. Del mismo modo, Calvino planteó argumentos a favor de la «guerra justa», y por ende la necesidad de pagar impuestos.

3.2 ¿Qué forma de gobierno?

Enfocándonos una vez más sobre este análisis, examinamos ahora la cuestión de la mejor forma de gobierno. A diferencia de Tomás de Aquino y del propio Theodore de Beza, su sucesor en Francia, notamos que en su tratado La Potestad Civil, Calvino no se fatigó promoviendo qué forma de gobierno era la que se debía establecer o cuál es el más conveniente. «Ciertamente es una vana ocupación para los particulares» dijo, «que no tienen autoridad alguna para ordenar las cosas públicas, disputar cuál es la mejor forma de gobierno».13 Y a pesar de la discusión Calvino menciona tres formas de gobierno: el monárquico, el aristocrático y el democrático. Calvino estimó que en estas tres formas de gobierno hay riesgos de abuso de poder y tiranía, por lo que Calvino creía que «la mejor forma de gobierno es aquella en que hay una libertad bien regulada y de larga duración, yo confieso que quienes pueden vivir en tal condición son dichosos».15 Sin embargo, y entendiendo su época, admitió la legitimidad de estas tres formas de gobierno; pero se inclinaba por una aristocracia justa que gobernara en nombre de Dios y para bien y justicia de sus gobernados.

3.3 Depravación, democracia y abuso de poder.

De otro lado, la tiranía y abuso de parte de los reyes sobre el pueblo, característica permanente en la antigüedad, fue algo que cambió a partir de las enseñanzas de Calvino. Por vez primera se fue imponiendo un tipo de pensamiento diferente para contrarrestar la tiranía de los gobernantes. Esto puede verse de forma magistral en sus comentarios a los libros de Samuel y los profetas. Quien quiera entender por qué hoy un dictador o un gobierno absolutista es mal visto a ojos del mundo moderno, lo debemos por igual al enfoque de Calvino en relación con la doctrina de la «depravación total» del hombre. Al diseminarse la idea de que «el hombre es una criatura caída que abusa del poder», y en el cual no se puede confiar sino que ha de estar sujeto a Dios y a los magistrados inferiores, esto hizo que los esquemas de injusticia y de violencia fueran cediendo en las naciones europeas, y luego en las Américas. El olvido y menosprecio posteriores de estos enfoques ha traído a la humanidad grandes baños de sangre tal como ocurrió en la Rusia Stalinista, el nazismo en Alemania, y las dictaduras en América Latina a comienzos de los años 60’s. No podemos negar igual que aunque vivamos en países democráticos, el abuso de poder es evidente en varias formas y maneras de aquellos que están en el poder y que no conocen a Dios. De ahí la importancia de hablar y de escribir sobre una aplicación consecuente de la doctrina de la depravación o caída del hombre en el pecado y hacerla llegar a nuestros gobernantes recordándoles lo que el enfoque bíblico y cristiano enseñan. Tocante a esto Juan Calvino escribió:

Y por eso, el vicio y los defectos de los hombres son la razón de que la forma de gobierno más pasable y segura sea aquella en que gobiernan muchos, ayudándose los unos a los otros y avisándose de su deber; y si alguno se levanta más de lo conveniente, que los otros le sirvan de censores y amos. 16 También trata Calvino con los propensos abusos de los monarcas o gobernantes en su sermón sobre 1 de Samuel 8:11-22: Porque las Escrituras nos enseñan que una república bien constituida es un singular beneficio de Dios, mientras que por otros lado, un Estado desordenado con gobernantes impíos y pervertidores de la ley es un signo de la ira de Dios en contra nuestra… Por lo tanto, aun cuando el mundo está inundado con un diluvio de impiedad e iniquidad, no nos maravillemos si vemos tanto pillaje y robos por parte de la gente en todas partes, y reyes y príncipes que piensan que ellos merecen todo lo que ellos desean, simplemente porque nadie se les opone.17

De igual modo, en su sermón XIV sobre 2 de Samuel (época en que católicos franceses exterminaban a protestantes hugonotes) Calvino señala de forma enérgica la corrupción de los reyes de su país haciendo eco de las muchas esposas que tuvo el rey David: «Más allá del hecho de que él cometió adulterio por su propia causa, era una actitud acostumbrada de los príncipes que ellos tenían el privilegio de hacer el mal a quien ellos quisieran.18 Y en su sermón 18 dice: «El orgullo ciega tan radicalmente a los príncipes (léase gobernantes) que llegan a pensar que deben ser puestos en el rango de Dios.

Esta aplicación de la doctrina de la depravación total del hombre en la vida de los que nos gobiernan hizo mucho para que en las modernas democracias la propensión, extensión y cantidad del abuso del poder fuera controlado con un buen porcentaje de éxito. El principio democrático de «gobernar con el consentimiento de los gobernados», la «separación y el
balance de los poderes, fueron las lógicas consecuencias de la enseñanza de Calvino sobre la caída del hombre en el pecado. De ahí que nuestros gobernantes requieran la oración y apoyo moral y espiritual de la iglesia y también como ciudadanos (1 de Timoteo 2:1-3).

El ideal de Calvino por una democracia aristocrática –con la participación de muchos otros para limitar la tendencia abusiva y el mal gobierno de algún gobernante– parece haberla extraído de la práctica de la elección de los reyes en Israel. De ahí que en su comentario a Miqueas 5:5, el término «pastores» Calvino lo interrelaciona con «autoridades civiles» para decirnos lo siguiente: Por la condición del pueblo, lo mejor y más deseable es que nombre a sus pastores por medio del voto (communibus suffrages). Porque cuando por la fuerza cualquiera usurpa el poder supremo, esto es tiranía. Y cuando los hombres nacen para reinar, esto parece no estar de acuerdo con la libertad. De ahí que el profeta dice: nombramos príncipes por nosotros mismos; es decir, que el Señor no solo da a su iglesia libertad para respirar, sino también para instituir un determinado y bien ordenado gobierno por medio del voto de todos.

Tocante a este punto, Douglas F. Kelly dice que el deseo de Calvino por un gobierno republicano representativo pero elegido por el pueblo mediante el voto, indiscutiblemente es una influencia de los largos años de estudio y predicaciones sobre el Antiguo Testamento.21 Luego entonces, el concepto de democracia tal como hoy lo conocemos, aunque un tanto diferente por época y cultura, encuentra una pálida remembranza en el episodio de la elección de Saúl como rey (1 de Samuel 10:19-25). Una lectura de los comentarios de Calvino sobre los libros de Samuel y Reyes nos deja ver su magistral discernimiento acerca de la importancia, aceptación y sometimiento a las obligaciones del «pacto» celebrado con Dios si el pueblo deseaba ser bendecido. Desde el punto de vista político el pacto poseía definiciones, obligaciones y límites que frenaban el poder del rey y de los príncipes dentro de la comu- nidad teocrática israelita (1 Sam. 10:25; cf. Deut. 17:14-20).

Una aplicación reflexiva de lo discutido, nos conduce a interpretar de forma correcta el por qué de la crisis de las naciones hoy en día, prácticamente en todo el mundo. Por lo general vemos que los gobernantes que hoy están rigiendo los destinos de nuestras repúblicas son humanistas y a cual más descreídos de la tradición cristiana de las Escrituras. Los frutos no se han hecho esperar: altos índices de criminalidad, violación de derechos humanos, rapiña y robo, deshonestidad y corrupción político-administrativa, crisis de valores morales, etc., azotan a nuestros pueblos. La Potestad Civil escrita por Calvino al final de sus Instituciones sigue teniendo vigencia para ser enseñada en la iglesia y en los que integran el gobierno civil. Es fácil concluir diciendo que si nuestros pueblos continúan desoyendo la Palabra de Dios, tampoco habrá bendición para nación alguna. Nos demoraremos mucho tiempo para ver la verdadera prosperidad que fluye de la bendición de Dios.

4. Opinión de Calvino sobre la ley

Luego de su discusión sobre los magistrados (en la tradición monárquica, aristocrática o democrática), Calvino continúa con un análisis sobre la ley, el instrumento por el cual
un gobernante puede gobernar al pueblo. En su tratado discute primero la ley de Dios dada por Moisés al pueblo de Israel; y en segundo lugar, desarrolla su pensamiento en relación con la «ley común» de las naciones. En esto, con propiedad sigue a Tomás de Aquino (Suma Teológica, cap. 59, 4) al dividir  la legislación mosaica en Ley Moral, Ley Ceremonial y Ley Judicial (Institución, 4. XX, 14). Para Calvino la Ley Moral es la única con permanente actualidad. Leámoslo en sus propias palabras:

Contiene dicha ley dos puntos principales, de los cuales uno manda a honrar simplemente a Dios con pura fe y piedad; y el otro que con verdadero amor y caridad amemos a los hombres; por esta causa ella es la verdadera y eterna regla de justicia, ordenada para todos los hombres en cualquier parte del mundo que vivan, si quieren regular su vida conforma a la voluntad de Dios. Porque esta es la voluntad eterna e inmutable de Dios: que sea honrado por todos nosotros, y que nos amemos mutuamente los unos a los otros.22

Luego entonces, la ley moral es compendiada en los Diez Mandamientos y en la ley del amor (Lv. 19:18; Dt. 6:5; Mat. 22:37-39). Previamente había mencionado Calvino que la ley moral está esculpida en nuestros corazones, ley que afirma las mismas cosas que dicen las dos tablas de la ley. Esta es una ley connatural a toda la humanidad gravada en nuestras conciencias.

Ahora bien, todo cuanto hay que saber de las dos Tablas, en cierta manera nos lo dicta y enseña esa ley interior, que antes hemos dicho está escrita y como impresa en los cora- zones de todos los hombres. Porque nuestra conciencia no nos permite dormir en un sueño perpetuo sin experimentar dentro el sentimiento de su presencia para advertirnos de nuestras obligaciones para con Dios y de mostrarnos sin lugar a dudas la diferencia que existe entre el bien y el mal, y así acusarnos cuando no cumplimos con nuestro deber.

Y en lo tocante a la esfera civil de la ley, Calvino estima que lo oscuro que queda de la ley moral la cual está impresa en la conciencia de todos los hombres, todavía sirve a los propósitos de la justicia. Esta surge de la «equidad», y dicha «equidad» debe ser la regla y límite de todas las leyes.

Esta doctrina de la equidad es básica en la enseñanza de Calvino al afirmar la importancia de ella en los códigos legales, en las políticas legislativas de los Congresos, jurisprudencias de las Cortes de Justicia y Constitucionales. Pero, ¿cuál es el problema con todos estos instrumentos estatales y jurídicos en el día de hoy? El problema es que desde hace mucho tiempo la gran mayoría de nuestros magistrados y congresistas de las naciones «excluyeron» a Dios de sus vidas, y al hacerlo han producido leyes injustas que no honran a Dios ni traen justicia a los gobernados. De ahí que Calvino dijera:

Ambas cosas nos las muestra el Señor en su Ley. En ella, atribuyéndose en primer lugar la autoridad de mandar, nos enseña el temor y la reverencia que debemos a su divina majestad, y nos enseña en qué consiste esta reverencia. Luego, al promulgar la regla de su justicia (a la cual nuestra mala y corrompida naturaleza es perpetuamente contraria y siente repugnancia de la misma, no pudiendo corresponder a ella con la perfección que exige, por ser nuestra posibilidad de hacer el bien muy débil) nos convence de nuestra impotencia y de la injusticia que existe en nosotros.

Continuando en esta misma línea de pensamiento, Calvino evita toda traza de biblicismo. Toda ley, en cualquier país, que se deriva de la ley moral de Dios, «no debe desagra- darnos, aunque no convengan con la ley de Moisés, o entre ellas mismas» (Ibid. 4. XX, 16).

Examinando la cuestión de las otras leyes, la ceremonial y la judicial, estima que no rigen ya para ninguna nación. La ley ceremonial fue cumplida en su totalidad por Cristo Jesús. (Libro 4. Cap. XX, 15 y Libro 2. Cap. VII, 16). Mientras que de la ley judicial judía afirma categóricamente que no es autoritativa para todas las naciones, y sin embargo, el principio de equidad subyacente, ha de ser adaptado a las diferentes situaciones en diferentes tiempos. «Por tanto, así como las ceremonias han sido abolidas, quedando en pie íntegramente la verdadera piedad y religión, así todas las referidas leyes judiciales pueden ser mudadas y abrogadas sin violar en manera alguna la ley del amor».

Ahora bien, este tratado de Calvino reviste hoy importancia al ver la forma cómo las naciones se despedazan unas a otras o internamente por corrupción y criminalidad. Al leer su libro 4. Cap. XX punto 16, allí nos damos cuenta la manera en que Calvino habló de las variaciones legítimas de las leyes contra los criminales que los gobiernos ya venían haciendo. Dicha variedad de leyes no han surgido del Antiguo Testamento, sino de la expresión de la divina ley natural o conciencia moral. En su comentario a la carta a los Romanos (1:21,22; 2:14,15), Calvino trata con más detalles la forma como está enraizada la ley moral en el corazón de los hombres. Ahora bien, entender aquí correctamente a Calvino es notar que su entendimiento de leyes judiciales en las naciones, está más directamente relacionada con la ley natural o positiva que con la legislación del Antiguo Testamento especialmente el Pentateuco. De ahí que el consejo que nos ofrece John T. MacNeill es acertado:

En todo esto, Calvino no tiene noción de las modernas interpretaciones de la ley natural. Esta es parte de la dotación divina en el hombre natural, verdaderamente empeorada pero no borrada por el pecado, evidente además en los conceptos de justicia y en la voz interna de la conciencia.

De allí que entonces, muy probablemente Calvino hubiera desaprobado la tesis de un jurista como Hugo Grocio (1583- 1645) que se atrevió a afirmar que «todos los principios legales identificados como ley natural, habrían tenido un grado de validez aún si Dios no existiera».

Esta opinión de Grocio, jurista holandés, es precisamente la tragedia de las naciones de hoy, que desconociendo el principio de que la ley moral fue puesta por Dios en el corazón   o conciencia humana, se han entregado a toda suerte de promulgar leyes sin atender los lineamientos de la verdadera equidad y justicia que proviene de Dios. Cito aquí la reciente preocupación del gobernador del Estado de California en los EE. UU. Arnold Schwarzenegger quien llamando al presidente Barak Obama le declaró la espantosa realidad de que no hay más cupo en las cárceles para todos los criminales e infractores de la ley. Esto mismo está ocurriendo en el mundo latino en particular. En mi país Colombia, desde el año 1980 se han construido 32 grandes cárceles, y ahora el gobierno de Álvaro Uribe (2009) anuncia la construcción de otras ocho más. Lo mismo ocurre a Argentina, y en México igual donde la criminalidad se ha desbordado. Aparte de la corrupción connatural del hombre y del rampante paganismo que aún nos acompaña producto del pecado contra Dios y el prójimo, uno de los motivos que también más genera «exasperación  y desorden» en las modernas sociedades es en definitiva la corrupción moral de nuestros dirigentes. En estos tiempos la gran mayoría de los políticos han caído en una peor impiedad al grado tal de detener con injusticia la verdad (Rom. 1:18), porque para ellos priman las «ganancias injustas» y los inte- reses de su grupo político. En casi todas las naciones el modus vivendi de los magistrados, políticos en general y senadores, consiste en aprovechar el logro de su elección para alcanzar el enriquecimiento personal con los dineros del Estado o erario público. Y para alcanzar dicho pináculo, muchas veces se miente y se comenten horribles falsedades. La corrupción campea en casi todos los Estados Latinoamericanos; en parte porque la iglesia evangélica no cree necesario hacer escuchar la voz del evangelio de Cristo en esas latitudes. Otras veces por física indiferencia, otras por un pietismo mal entendido, y otra por total y virtual incompetencia filosófica y teológica.

4.1 ¿Vigencia de la ley judicial de Moisés?

Esta temática nos conduce a revisar indiscutiblemente la interpretación que del Antiguo Testamento han hecho los teonomistas o reconstruccionistas en cabeza de Rousas J. Rushdoony en los Estados Unidos. En su penetrante enfoque interpretativo de las Escrituras, le han seguido otros teólogos como Gary North, Greg Bahnsen, David Chilton, Gary DeMar y otros más. Para R. J. Rushdoony, fallecido teólogo del ministerio Chalcedon, la ley judicial de Moisés vigente en opinión de este grupo de calvinistas.29 Rushdoony aboga por una resocialización diferente de los presos, pero   a los criminales aviesos y aleves, a los homosexuales, a los herejes, etc., que no se corrigen de ninguna forma, se les apli- caría la pena capital para vindicación de la ley y el honor de Dios. La lógica conclusión entonces sería tener cárceles con pocos individuos.

De otro lado, el teólogo francés Jean Carbonnier, en su estudio sobre «La Ley de Dios en el Pensamiento de Calvino» sostiene que de acuerdo a los sermones predicados por el reformador sobre el Deuteronomio, positivamente Calvino está inclinado a la continuidad y validez de la ley judicial del Antiguo Testamento.31 De esta manera, los teonomistas en Estados Unidos tienen sus defensores y detractores; se trata de una larga controversia que lleva muchos años. Unos y otros buscan apoyo en los escritos de Calvino y de otros teólogos de renombre para fortalecer su causa. Douglas F. Kelly, es de la opinión de que Calvino rechazó la ley judicial del Antiguo Testamento como continuación lógica para ser aplicada por las naciones modernas.32

3.2. Los tres usos de la Ley de Dios

Edificando sobre San Agustín de Hipona, Calvino fue uno de los primeros que dentro de un campo teológico- ético mencionó los tres usos de la ley de Dios para tiempos modernos. El primero consiste en que la ley sirve para mostrarnos la perfecta justicia de Dios al señalar nuestra extrema y condenable pecaminosidad, y por ende, nos conduce a Cristo como Señor y Salvador (Libro 2. Cap. VII, 6, 8,9). En segundo lugar, la ley sirve para infundir temor a los hombres malos, esto hace que los criminales se refrenen de pecar a causa del castigo (2. VII, 10,11). En tercer lugar, la ley sirve de forma positiva como guía moral para el pueblo de Dios (2. VII, 12).

Calvino hizo un énfasis especial en este tercer uso de la ley a fin de que sirviera de instrucción no solo para la iglesia sino para la sociedad. Tuvo el propósito de que una enseñanza vigorosa de esta parte de las Escrituras traería la restauración del hombre caído a imago Dei a fin de fortalecer la vida social y la vida estatal, y todo para la gloria de Cristo. Relativo a este asunto Calvino escribió:

No será ahora difícil ver cuál es la intención y el fin de toda la Ley: a saber, una justicia perfecta, para que la vida del hombre esté del todo conforme con el dechado de la divina pureza. Porque de tal manera pintó Dios en ella su naturaleza y condición, que si alguno cumpliese lo que en ella está mandado, reflejaría en su vida en cierta manera la imagen misma de Dios.

Para Calvino entonces, el último propósito de la Ley tanto en la esfera «espiritual» como en lo «civil» es la búsqueda de la gloria de Dios, quien es la fuente de toda ley, autoridad y gracia por la redención en Cristo. Es por ello que Calvino buscó que la iglesia desempeñara un protagonismo santo y efectivo en la sociedad para que el reino de Cristo fuera extendido y el mal y la corrupción fuera obstaculizado de forma ejemplar.

5. Función esencial de la Iglesia en la Sociedad

Un estudioso de nuestro reformador como Ronald S. Wallace ha hecho un buen trabajo al poner de relieve lo que en el fondo Calvino quiso hacer en las sociedades europeas comenzando desde su experiencia en Ginebra. En su opinión, Calvino creía que el nuevo hombre que Dios ha creado en Cristo, esto es el hombre regenerado, puede ser un cuadro general de lo que hubiese sido la humanidad en su prístina etapa antes del pecado. «Porque la gracia siempre tiende a revelar y restaurar la forma original de la naturaleza».34 Del mismo modo, R. S. Wallace plantea que Calvino había encontrado el ideal del orden humano tal como está descrito en las cartas del apóstol Pablo en el Nuevo Testamento. En Ginebra, Calvino quiso que el orden civil de la sociedad reflejara el modelo de la iglesia. La ciudadanía terrenal podría ser modelada por la ciudadanía celestial del cristiano. Su primer interés en Ginebra consistió entonces en generar en el corazón de los ciudadanos una comunidad de fieles a Cristo cuyos caminos de indulgencia, amor y perdón proveería el camino para el resto de la sociedad civil.

También creyó Calvino que la responsabilidad que la iglesia tiene hacia Cristo su Cabeza, determinaba muchos aspectos de su relación con el magistrado civil o los gobernantes de una ciudad. Para el reformador estaba claro que si la iglesia es la depositaria de la Palabra de Dios, conducida por la administración de los sacramentos, y con las llaves del reino las cuales son la poderosa predicación de la Palabra, podía ir tras el botín de las ciudades y conquistar para Cristo a políticos, intelectuales y a los que dirigen y ordenan las leyes y estatutos para las comunidades.

Era igualmente convicción de Calvino que por la verdadera y sana predicación de la Palabra de Dios en la iglesia y fuera de ella, los ciudadanos conversos de Cristo podrían ejercer una influencia tal en la sociedad que el pecado, sus males y errores serían contrarrestados. Esto, creo, fue visto en el pasado en los pueblos protestantes de Europa; y aún los Estados Unidos, en sus mejores instantes gozaron del verdadero temor de Dios. El mundo protestante tuvo su buena época que se tradujo en una mejor forma de vida en justicia y paz. En el Libro 1, capítulo VI, 2, de sus Instituciones, Calvino hace notar la importancia de que la iglesia sea ese faro de  luz para la conversión de los pecadores no olvidando que es el Espíritu de Dios quien ilumina y convierte a los hombres. (Ibid., 1. VII, 4).

5.1. Exhortación práctica

Nuestra conclusión de este punto es que la alta opinión de Calvino sobre la iglesia como una comunidad santa y dinámica que tiene en sus manos la potestad dogmática (1 Tim. 3:15), y como la entidad mundial que puede  transformar las ciudades y la sociedad que en ella vive no lo estamos cumpliendo. Muy probablemente nuestros enfoques escatológicos deben ser revisados con lujo de detalles; probablemente nuestro pesimismo debe ser derrotado si es que creemos que la obra del pecado debe continuar «porque así está escrito», pero sin hacer ningún esfuerzo por resistirla. De hecho, esto nos conduce a afirmar que el calvinismo de hoy está eclipsado al igual que otras corrientes porque no logramos «despertar» la curiosidad de estadistas, intelectuales y pensadores e introducirlos en la poderosa concepción de la cosmovisión bíblica y cristiana. Las voces proféticas que denuncian los males sociales contra Dios y la gente, ¿dónde están? (En esto habría que aplaudir y dar gracias a Dios por nuestra concejal Gilma Jiménez, quien valientemente se ha opuesto a los violadores y criminales de niños pidiendo la «cadena perpetua para esta clase de infractores).

Nuestro principal problema quizá, consiste en que los males que vemos en nuestras sociedades los estamos reproduciendo en nuestras propias iglesias. La falta de amor, justicia y compasión al interior de nuestras iglesias es notable. En materia de relaciones económicas, ayuda al pobre y consideración apropiada de la justicia no es menos mala de lo que vemos en la sociedad. Por ello, la frase de Christoff Blumhardt es aplicable aquí: «Hay ocasiones en que la iglesia es peor que el mundo». La frialdad, la apatía, la falta de sinceridad con el «hermano», la búsqueda de nuestros propios intereses, por lo general egoístas, la búsqueda de ascensos piramidales o denominacionales dentro de la misión pasando «por encima» o haciendo «zancadillas carnales» a otros hermanos, hacen que nos parezcamos más al mundo perdido que a Cristo.

¿Ha quedado pues, comprometido el ideal del nuevo hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad? No lo creo. Cristo va a avivar su obra en toda América Latina.

6. Calvino y las herejías

Este último punto nos conduce por un espinoso camino de difícil abordaje por cuanto estamos en una época diferente a la del insigne reformador. Calvino, de acuerdo a su tiempo, continúa siendo Constantiniano y medieval al no hacer separación entre el Estado y la Religión tal como hoy lo entendemos nosotros. Es decir, para él no existe una separación radical entre la Iglesia y el Estado como lo promulgan los bautistas. La razón es de fácil comprensión si tratamos de ubicarnos en su forma lógica de pensar y entender que él es un hijo de su tiempo. Calvino reafirma la jefatura de Cristo como Cabeza de la Iglesia; por tanto, su soberanía también lo está por encima del poder de reyes, príncipes y magistrados (Mateo 28:19). Así, en cuanto concierne a la falsa religión, Calvino cree que los magistrados están obligados a defender la fe bíblica de forma resuelta. Porque no les atañe solamente el cuidado físico del pueblo, «sino también que la idolatría, la blasfemia contra Dios y su dignidad, y otros escándalos de la religión no se cometan públicamente en la sociedad…».36 No le falta razón a Calvino cuando además dice: «Y con todo ello, todos han confesado (autores profanos) que no es posible ordenar feliz- mente un Estado o sociedad del mundo sin que ante todo se provea a que Dios sea honrado; y que las leyes que sin tener en cuenta el honor de Dios solamente se preocupan del bien común de los hombres, ponen el carro delante de los bueyes».37 Aquí sale a relucir la larga e histórica contienda por la muerte del español Miguel Servet. Hoy nos puede parecer extraño y cruel que Calvino hubiera consentido en la sentencia del Concejo de Ginebra contra este antitrinitario hereje. Aunque nosotros podemos deplorar esta clase de acción, debemos por otro lado recordar que en el siglo XVI el Concejo de Ginebra no estaba sino siguiendo lo que el antiguo Código de Justiniano prescribía para tal herejía. Dicho Código sentenciaba con la muerte a quien se le comprobara de forma verbal o escrita la blasfemia contra la Trinidad. Como sabemos, este era el Código Civil que regía al mundo europeo de aquel entonces. Pero igualmente, Calvino entendía bien lo que el apóstol Pablo había dicho en 1 Timoteo 1:9-11: «La ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes…»

La preocupación de Calvino con el honor de Dios, con la sociedad y la salvación de los hombres era tal, que hoy bien haríamos en imitarle. Por lo menos escribiendo y protestando en contra de todo error en materia de ética-moral, religión, teología, filosofía, derecho y jurisprudencia; y en contra de todo cuanto se oponga a la sana doctrina de la Palabra de Dios, es decir, contra los mismos «desechos corruptores» de las sociedades permisivas de hoy. No importa si el error y la injusticia provienen del propio Estado al formular leyes injustas, o si provienen de organizaciones privadas o de mentes impías y pervertidas. En todo esto Calvino también sobresalió como un fiel apologista de la fe cristiana contra los males sociales de sus días.

De ahí que entonces dijera: «Y no debe parecer cosa extraña que yo confíe a la autoridad civil el cuidado de ordenar bien la religión… Porque no permito a los hombres inventar leyes a su capricho, en lo que toca a la religión y la manera de servir a Dios… aunque apruebo una forma de gobierno que tenga cuidado de que la verdadera religión contenida en la ley de Dios no sea públicamente violada ni corrompida con una licencia impune».

Estos contenidos históricos emanados de la pluma de Calvino nos deben poner sobre aviso. ¿Cuántos males más le depararán a este mundo si la iglesia de Cristo no actúa como debe de actuar, siendo ejemplo de justicia, moralidad y honradez para con la sociedad, defendiendo la sana doctrina y «ofendiendo» con la verdad a un mundo que cada día se revela más contra el Señor?

Ya que estamos inundados por muchos males, herejías y estilos de vida destructivos, debemos preguntarnos aquí si nosotros mismos no somos culpables del surgimiento de las herejías y blasfemias por nuestros pésimos ejemplos de vida cristiana. Quizá sea una exageración, pero repito aquí lo que antes escribí para recordar con creces aquellas desafiantes palabras: «La crisis de la Iglesia, es la crisis de la sociedad».

Sobre esta temática, Jacques Maritain, filósofo católico francés, vio en el crecimiento del comunismo en Europa un juicio de Dios. «Sostengo» –dijo Maritain— «que el origen del comunismo se debe, principalmente, a la infidelidad del mundo cristiano a sus propios principios».39

Y sobre esta misma preocupación, Nicolás Berdyaev, cristiano ortodoxo, él mismo exiliado y víctima de la Rusia comunista escribió:

Los cristianos que condenan a los comunistas por sus impie- dades y por sus persecuciones anticristianas, no pueden echar toda la culpa sobre esos impíos comunistas; ellos mismos deben atribuirse parte de esa culpa, una considerable parte. Ellos no solamente deben ser jueces acusadores; ellos también deben ser penitentes. ¿Han hecho los cristianos lo suficiente para la realiza- ción de la justicia cristiana en la vida social? ¿Se han esforzado en llevar a cabo la hermandad del hombre sin el odio y la violencia de los cuales ellos mismos acusan a los comunistas? Los pecados de los cristianos, los pecados de las iglesias históricas han llegado a ser bien grandes, y esos pecados traen consigo su justo juicio».

Estos hombres que he citado, a mi juicio no estuvieron lejos de la verdad. Porque el comunismo fue una interpre- tación herética del cristianismo hecha principalmente por Carlos Marx, Ludwing Feuerbach y Federico Engels. Ellos tomaron bastante del pensamiento del apóstol Pablo y retorcieron sus enseñanzas. Esta herejía no hubiera surgido si los cristianos en Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y otros más, hubieran puesto en práctica una ética cristiana de relaciones sociales, políticas y económicas verdaderamente justas. Pero no lo hicimos. Cuando la iglesia desoye a Dios y no cumple su voluntad, el diablo gana grandes ventajas para pesar nuestro.

¡Miremos a nuestras respectivas naciones! ¿Dónde está la potestad dogmática de la doctrina bíblica y el poder de la santificación de los cristianos para impactar favorablemente a nuestros países?

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