LA CENTRALIDAD DE LA PREDICACIÓN DE LA PALABRA EN EL CULTO

Por Hermisten Maia Pereira da Costa

Reforma Siglo XXI, Vol. 6, No. 2

Dentro de la visión reformada, la Palabra de Dios ocupa el lugar central del culto, ya que es a través de ella que Dios nos habla. Dios se dignó de revelarse a sí mismo como Palabra y por medio de la Palabra: «En el principio era el Verbo» (Juan 1:1). «En el principio, no era la música, ni el teatro. Dios identifica a su Hijo, quien es Dios, con su Palabra. Esto es tremendamente importante». «Uno de los objetivos del sermón, sin duda el más elevado, debe ser la adoración de Dios y la exaltación de su nombre». 

La predicación no debe ser rechazada (1 Tes. 5:19-21); ella debe ser entendida como la Palabra de Dios para nosotros; rechazarla es lo mismo que rechazar el Espíritu de Dios (ver 1 Tes. 4:8). El mundo se caracteriza por oír ansiosamente otra cosa que no sea la Palabra de Dios (1 Juan 4:5). Como hay falsos predicadores y falsos maestros, es necesario ‘probar’ lo que se está predicando para ver si el contenido se ajusta con la Palabra de Dios (Hechos 17:11,12; 1 Juan 4:1-6). Sin embargo, en este período de grandes transformaciones culturales se hace evidente que los hombres – en forma más y más vehemente – quieren oír más el reflejo de sus propios deseos y pensamientos, el discurso sobre sus propias prácticas. Siendo así, la palabra que debería ser profética, tiende con demasiada frecuencia (así firmando su obituario) a tornarse algo apetitivo para el publico, algo que afirma sus valores. También sucede que los predicadores estamos tentados a usar nuestra «elocuencia» para compartir algunas generalidades de la semana, por supuesto incluyendo alguna alusión bíblica aquí o allá para justificar nuestra «predicación». La realidad es que una generación incrédula es siempre cínica y crítica con respecto a la Palabra profética. 

1. Los oráculos de Dios 

La Iglesia fue encomendada con la Palabra de Dios, la cual ella debe preservar con sus enseñanzas y su práctica (Rom. 3:2; 1 Tim. 3:15). Calvino entendía que «la verdad, entonces, sólo es preservada en el mundo a través del ministerio de la Iglesia. Aquí entendemos cuan grande peso de responsabilidad reposa sobre los pastores a quienes se ha confiado el encargo de un tesoro tan inestimable». Es por esto que «un buen pastor debe estar siempre alerto para que su silencio no propicie la invasión de doctrinas impías y dañinas, o que permita una oportunidad libre para que los perversos los difundan». Por tanto el ministro debe tener una fidelidad inmovible ante la Palabra: Es demasiado arriesgado apartarse aunque sea un pelo. A causa de la debilidad de la carne, somos excesivamente inclinados a caer, y el resultado es que Satanás, por medio de sus siervos, rápidamente y fácilmente destruye lo que los maestros piadosos construyen con grande y penoso labor». En otro lugar, comentando sobre Gálatas 5:9, Calvino insiste: «Esta cláusula los advierte de cuán dañina es la corrupción de la doctrina, para que cuidaran de no ignorarla (como es de costumbre), como si la doctrina fuera algo de poco o ningún riesgo. Satanás entra en acción con astucia, y obviamente no destruye el evangelio en su totalidad, sino que mancha su pureza con opiniones falsas y corruptas. Muchos no tienen en cuenta la gravedad del mal, y por esto hacen una resistencia menos radical… Debemos ser muy catuelosos, no permitiendo que algo (extraño) sea añadido a la íntegra doctrina del evangelio». Escribiendo a Cranmer (¿Julio, 1552?) dice: «La sana doctrina ciertamente jamás prevalecerá hasta que las iglesias sean mejor provistas de pastores calificados, quienes puedan desempeñar con seriedad el oficio de pastor». Por esto «Es casi imposible exagerar la cantidad de prejuicio que causa la predicación hipócrita, cuyo única meta es la ostentación y el espectáculo vacío».

2. El profeta Amós y la religiosidad estereotipada 

Recordemos un poco el caso de Amós. El profeta Amós ubica bien el período de su mensaje, indicando que era en el reinado de Uzías en Judá y Jeroboam II en Israel. Uzías comenzó a reinar en el año 7 de Jeroboam (2 Reyes 15:1). Jeroboam reinó 41 años (2 Reyes 14:23). Amós vivió en un período de gran riqueza y abundancia, y al mismo tiempo, inmoralidad. Jeroboam lograría restaurar las fronteras del Reino del Norte. Había riquezas y abundancia en su reino, resultado de los despojos de guerra y de negocios ventajosos realizados con Damasco y con otras naciones al norte y al nordeste. Pero juntamente con la prosperidad – de la cual la clase baja no participó en nada – había un materialismo dominante, caracterizado por la explotación de los pobres y la inmoralidad, mientras intentaban aplacar la ira de Dios con ceremonias vacías. 

El mensaje de Dios a través del profeta es destinada más específicamente al Reino del Norte, con su capital en Samaria, comúnmente llamado ‘Israel’ (Amós 7:11; 1:1). Fue proferido por lo menos dos años antes de su redacción; ahora, después del terremoto predicho, Amós les recuerda lo que aconteció y muestra lo que aún está por venir (Amós 1:1; 2:13; 7:10; 8:8; Zac. 14:5). Su libro fue escrito alrededor de 760-755 a.C. Su mensaje es un lamento por la situación del pueblo (Amós 5:1,2). La métrica utilizada en su registro, propia de los cantos fúnebres, testifica a la tristeza del poeta mediante el mensaje que lleva al pueblo. Amós era un hombre humilde, del campo, cuidaba bueyes y cosechaba sicómoros (Amós 1:1; 7:14). Vivía en Tecoa, que quedaba a 10 km al sur de Belén, siendo una región pastoril, caracterizada por montañas con una altura de 850 metros.

Dios está profundamente airado con su pueblo elegido, y por eso lo disciplinaría (Amós 3:1,2). Amós describe de forma vívida la situación de Judá y, principalmente, de Israel. El principal problema es que han rechazado la ley de Dios y no guardan sus estatutos; por tanto no actuaban rectamente; cambiaron el mensaje de Dios en algo amargo, arrojándola al suelo (Amós 5:7; 6:12): «… menospreciaron la ley de Jehová, y no guardaron sus ordenanzas, y les hicieron errar sus mentiras,» (Amos 2:4). «… Israel no sabe hacer lo recto, dice Jehová, atesorando rapiña y despojo en sus palacios» (Amós 3:10).

Como resultado de la desobediencia a la ley de Dios, todas las relaciones están trastornadas, marcadas por el dominio del pecado:

a) La vida familiar

La inmoralidad – padre e hijo cohabitando con la misma mujer (Amós 2:7)

b) La vida social, política y económica

a) Jueces corruptos: Amós 2:6,7; 5:12

b) Injusticias de todo tipo: Amós 5:7; 6:12

c) Opresión: Amós 3:9, 4:1; 8:4-6; 5:11,12

d) Explotación de los pobres: Amós 5:11,12; 8:4-6

e) Insensibilidad para con el sufrimiento ajeno: Amós 4:1; 6:6

c) La vida religiosa

a) Las ofrendas eran mecánicas, no alteraban en nada su conducta. Ellos se conformaban con el ritual: Amós 4:4,5

b) Aborrecían la instrucción: Amós 5:10

Aquí está el punto principal: no querían oír la Palabra de Dios, y por tanto intentaban corromper los mensajeros de Dios (Amós 2:11,12; 5:10; 7:14-16). El mensaje profético era entendido como complot (Amós 7:10). Y lo trágico de todo esto es que el mensaje que no querían oír era justamente el que los podía salvar, porque Dios les estaba hablando a través del profeta. Pero ellos no querían que se les profetizara: «Porque Jehová no hará nada sin que revele su secreto a sus siervos los profetas» (Amós 3:7). Pero «ellos aborrecieron al reprensor en la puerta de la ciudad, y al que hablaba lo recto abominaron» (Amós 5:10).

Amós, fiel a su llamado, testifica en contra del esfuerzo del pueblo para callarlo: «Y Jehová me tomó de detrás del ganado, y me dijo: Vé y profetiza a mi pueblo Israel. Ahora, pues, oye palabra de Jehová. Tú dices: No profetices contra Israel, ni hables contra la casa de Isaac» (Amós 7:15,16; ver Amós 2:12).

Entretanto que el pueblo no oía el profeta, se alimentaba de mentiras (Amós 2:4). Dios señala la falta de sensibilidad espiritual del pueblo al no convertirse a El: (del mismo modo que Hageo)

a) hambre adelante: Amós 4:6

b) sequía adelante: Amós 4:7,8

c) plaga adelante: Amós 4:9

d) peste adelante: Amos 4:10

e) catástrofe adelante; Amós 4:11

Dios dice que castigará a su pueblo (Amós 3:2,14); lo abandonará (Amós 6:8). Dios no es sobornable mediante cultos mecánicos que no cambian en nada su conducta. Al pueblo le gustaba sólo el ritual (Amós 4:4,5; 5:21; Miqueas 6:6-8; Oseas 6:6; 1 Samuel 15:22; Oseas 8:13).

El ritualismo vacío puede ser ilustrado en la vida de Israel. Las naciones tienen por costumbre tener sus lugares sagrados que señalan algún gran acontecimiento o algún gran personaje en su historia. Se dirigen hacia estos lugares para rendir culto o bien para buscar inspiración. El pueblo de Israel también tenía esta práctica, pues el libro de Amós nos habla de tres lugares (Amós 5:1-6):

a) Betel: Jacob tuvo una visión de Dios y concluyó diciendo que Dios estaba en aquel lugar (Gen. 28:16). Aquí Jacob salió con una nueva perspectiva de la vida amparada de las promesas de Dios (Gen. 28:13-15). Mas tarde Jacob fue a Betel recordando la anterior revelación de Dios hacia él (Gen 35:7) y tuvo una nueva experiencia: Dios le habló (Gen. 35:15), cambió su nombre – él ya no se llamaría Jacob, sino ‘Israel’ (Gen. 35:10). Betel significaba la presencia de Dios y su poder renovador.

b) Gilgal: Josué erigió un monumento con doce piedras después de cruzar a pie el río Jordán. También ahí los hombres que nacieron en el desierto fueron circuncidados y el pueblo celebró la pascua (Jos. 4 y 5). Gilgal era el santuario que proclamaba la herencia y la posesión de la tierra prometida de acuerdo con la voluntad de Dios. 

c) Beerseba: Abraham hizo un pacto con Abimelec e invocó el nombre del Señor. Abimelec dijo a Abraham: «Dios está contigo en todo lo que haces» (Gen. 21:22). La bendición de Dios.

Dios no quiere que su pueblo busque mecánicamente los lugares de culto, corrompidos por ellos mismos (Amós 5:5; 4:4), sino que busquen a Dios mismo para que tengan vida (Amós 5:6). Buscar a Dios es lo opuesto a meras peregrinaciones a lugares santos, a santuarios como Betel, Gilgal y Beerseba (Amós 3:14; 4:4-5; 8:14); estos santuarios juntamente con el pueblo estaban bajo juicio.

Por causa de su pecado, Israel sería destruido (Amós 3:11-12; 5:3; 6:16), siendo llevado en cautiverio (Amós 4:2,3; 6:7; 7:11,17). Israel debe prepararse para encontrarse con el Señor, y para rendir cuentas a él (Amós 4:12,13). Mientras tanto el mensaje de Dios permanecía hasta el último instante, llamando al pueblo a una actitud de arrepentimiento y de buscar a Dios. La única solución para Israel estaba en la proclamación de Amós: «Buscad al Señor y vivid» (Amós 5:6).

Es necesario que no permitamos que una religiosidad estereotipada caracterice nuestra vida. Dios no quiere que simplemente cumplamos unos ritos. Él quiere que lo busquemos a él. Los ritos sólo tienen valor cuando son realizados conforme a la Palabra y con sinceridad. Nuestra única esperanza real de salvación es buscar a Dios. 

Como vimos, el pueblo no quería oír el mensaje profético. En el siglo 19, Spurgeon (1834-1892), comentando sobre la relevancia del sermón en la adoración, escribe: «Oír correctamente el evangelio es una de las partes más nobles de la adoración al Altísimo. Es un ejercicio mental en que, cuando practicado correctamente, todas las facultades del hombre espiritual son llamadas a realizar actos de devoción. Oír reverentemente la Palabra ejercita nuestra humildad, instruye nuestra fe, nos envuelve en una robusta alegría, nos inflama de amor, nos inspira al celo por Dios, y nos eleva hasta los cielos».

3. La fidelidad vs. la popularidad

En el libro de Amós vemos un ejemplo del desprecio de la profecía, y al mismo tiempo, la fidelidad del profeta. Me parece correcto el comentario de Vincent cuando declara que «La demanda genera la provisión. Los oyentes contratan y moldan a sus propios predicadores. Si la gente quiere un becerro de oro para adorar, el ministro que fabrica becerros se busca y se halla. Es necesario que pongamos mucha atención en esto, para no caer en esta trampa, ya que no es difícil confundir los efectos de un mensaje con el contenido de lo que anunciamos: la predicación debe ser evaluada por su contenido, y no por sus supuestos resultados. Este punto está relacionado con el crecimiento de la Iglesia. Iain Murray está en lo correcto, cuando afirma, « El crecimiento espiritual en la gracia de Cristo viene en primer lugar. Dondequiera que este crecimiento es menospreciado a cambio de buscar ‘resultados’, puede haber sucesos, pero serán de poca duración, y al final resta eficacia genuina de la Iglesia. La dependencia de números de miembros, o la preocupación con números con frecuencia se ha convertido en una trampa para la Iglesia».

Es fácil caer en una confusión entre contenido y resultados porque, como enfatiza MacArthur, «El predicador trae el mensaje que más necesita oír la gente, pero a la vez es el mensaje que menos le gusta oír. Con base en esta observación, la popularidad podría en muchos casos ser un testimonio de infidelidad de parte del predicador en la transmisión de la voz profética. Recordemos, «Toda la tarea del ministro fiel gira en torno de la Palabra de Dios – guardarla, estudiarla, y proclamarla». También, «Nadie puede predicar con poder sobrenatural, si no predica la Palabra de Dios». Entre más confiamos en el poder de Dios para obrar a través de la Palabra, menos estaremos dispuestos a confiar en nuestra supuesta capacidad. Nuestra oratoria ciertamente no es totalmente adecuada, sin embargo, la Palabra que predicamos jamás será ineficaz en su propósito. En este sentido, escribe Chapell, «Cuando los predicadores perciben el poder que la Palabra posee, la confianza en su llamado crece, de la misma medida que su orgullo hacia sí mismo disminuye. No tenemos que temer nuestra ineficacia cuando hablamos las verdades que Dios revistió de poder para el cumplimiento de sus propósitos. Por el contrario, si creemos que nuestros talentos producen la transformación espiritual en las personas, nos volvemos semejantes al mensajero que pide premio por haber puesto fin a la guerra sólo porque entregó la declaración de paz. El mensajero tiene una tarea noble que realizar, pero pondrá en riesgo su misión y despreciará al verdadero victorioso si busca ‘hazañas’ personales. El mérito, la honra y la gloria en relación con los efectos de la predicación pertenecen sólo a Cristo, pues solamente la Palabra produce renovación espiritual».

Recordemos que el predicador no ‘comparte’ opiniones, ni da sus ‘opiniones’ sobre un texto bíblico. Su tarea no es hacer paráfrasis irreverentes del texto, sino predicar la Palabra de Dios. Su objetivo es expresar lo que Dios dice a través de sus siervos. Debe predicar, explicar y aplicar la Palabra a los oyentes. La aprobación de Dios no viene sobre nuestras teorías o desvíos, mucho menos sobre la ‘gracia’ de nuestros chistes, sino sobre su Palabra. Es por esto que el predicador predica el texto, de donde viene la verdad de Dios para su pueblo.

En el último día, cuando Cristo regrese, ciertamente no le va a interesar a qué escuela de homilética pertenecíamos, ni si éramos ‘progresistas’ o ‘conservadores’, sino si fuimos fieles a su Palabra en nuestra vida y nuestra predicación. 

Insistimos: debemos estar atentos con sinceridad a lo que el Espíritu dice a la Iglesia por la Palabra, con el fin de practicar sus enseñanzas; y esto tiene validez tanto para aquel que la oye como para quien la predica.

Por otro lado, aquel quién predica debe estar consciente de que el púlpito no es el lugar para ejercitar las opiniones personales y subjetivas pero sí, para predicar la Palabra, anunciando todo el plan de Dios, bajo la iluminación del Espíritu. Alexander R. Vinet ( 1797 – 1847 ) usó una buena definición de la predicación, al decir que ella es «la explicación de la Palabra de Dios, la exposición de las verdades cristianas, y la aplicación de estas verdades a nuestro rebaño». Sin la Palabra, el púlpito se vuelve un lugar que sólo sirve para suministrar una terapia, para aliviar las tensiones de un público cansado y ansioso, en busca de un alivio para sus necesidades sentidas. Se puede lograr el alivio del síntoma, pero no la cura para sus necesidades reales.

Otra verdad que debe ser puntualizada es que apesar de que muchos de nosotros no somos ‘grandes’ predicadores, y que existen predicadores infieles, Dios dice que su Palabra es más poderosa que nuestra incompetencia o la infidelidad de otros. Por eso, existe responsabilidad de ambos lados : Quién predica, que predique la Palabra, quién oye, oiga con discernimiento la Palabra del Espíritu de Dios. Recientemente leí Chapell, y decía: «Los esfuerzos personales de los más grandes predicadores son aún muy débiles y manchados por el pecado para ser responsables por el destino eterno de las personas. Por esta razón Dios infunde su Palabra con poder espiritual. La eficacia del mensaje, mas que cualquier virtud del mensajero, transforma corazones». Más adelante dice: «La gloria de la predicación es que Dios realiza su voluntad por medio de ella, pero somos siempre humillados y ocasionalmente confortados con el conocimiento de que El actúa mas allá de nuestras limitaciones humanas». Además dice: «Puede ser que usted jamás oiga elogios del mundo o sea pastor de una iglesia con millares de miembros, pero una vida de piedad junto con una clara explicación de la gracia salvadora y santificadora de las Escritura es testimonio del poder del Espíritu para la gloria de Dios».

Debemos tener siempre en nuestras mentes que la predicación fue el medio escogido por Dios para transformar las personas y edificar su pueblo, preservando la sana doctrina por medio de la Iglesia que es baluarte de la verdad. 

Conclusión

La predicación es una tarea de interin; ella ocurre en un locus temporal: entre la realidad histórica del Cristo encarnado y el regreso del Cristo glorificado, y es en esta condición que ella se realiza y se desarrolla. La Iglesia predica la Palabra cumpliendo así su ministerio ordenado por Dios mismo; para tanto ella se prepara de la mejor manera posible, usando de todos los recursos disponibles que se armonicen con los principios bíblicos, recorriendo de modo indispensable al auxilio del Espíritu para ejecutar su misión.

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