JUAN CALVINO: SIN EXCUSAS POR EL REINO DE CRISTO

Por Carlos M. Cruz Moya

Reforma Siglo XXI, Vol. 19, No. 1

Estamos viviendo una época en la cual la excusa ha tomado el lugar del trabajo. Observamos cómo personas productivas, fuertes, con capacidad mental aceptable, algunas veces jóvenes, huyen de las responsabilidades que necesariamente se presentarán en sus vidas. La ética protestante del trabajo se pierde ante la repetida irresponsabilidad.

Algunos apelan a condiciones de salud ya manejables en nuestro tiempo, e insisten en dar lo mínimo por el Reino de Dios. Se satisfacen con ofrecer lo menos digno para su Rey y siempre hay excusas, excusas y excusas. Sus vidas, comodidades y metas son más importantes.

Los reformadores nos enseñaron con sus vidas sin excusas cuál es nuestro compromiso con la Novia de Cristo. Esos hombres, que sufrieron de verdad, cambiaron al mundo por su tenacidad, trabajo y valor, sabiendo que la muerte estaba al doblar la esquina. No retrocedieron a pesar de las inmensas dificultades principalmente en su salud.

Juan Calvino es un ejemplo increíble:

  • Vivía en continua ansiedad por sus enemigos en Ginebra y fuera de esta.
  • Trabajaba continuamente en sus comentarios bíblicos entrando en ese grupo selecto de hombres que solos han comentado prácticamente toda la Biblia. Y les aseguro que es un grupo muy selecto.
  • Calvino predicaba todos los días, cada dos semanas, a las seis de la mañana del Antiguo Testamento. Solo en invierno ocurría un cambio en la rutina. Empezaba a las siete.
  • En las tardes, con breves descansos, daba charlas de diferentes libros de la Biblia a pastores y estudiantes, muchos de ellos franceses. Pero como había algunos que no sabían francés, ofrecía sus conferencias en latín.
  • Los domingos por la mañana predicaba del Nuevo Testamento y de noche de los Salmos.
  • Cuando regresó a Ginebra, él mantuvo este ritmo de predicaciones y se calcula que predicó unos 4,000 sermones, más de 170 al año.
  • En la quinta década del siglo XVI, ofició en unas doscientas setenta bodas y cincuenta bautismos.
  • Fue muy estricto con la Mesa del Señor. No quería pecar de negligente y permitir que personas que no es- tuviesen preparadas tomasen de la misma.
  • Participó en polémicas teológicas en persona y por carta. Se preservan alrededor de cuatro mil de esas cartas de un sin número de temas y no se sabe cuántas se perdieron o fueron destruidas.
  • Prácticamente hasta el final de su vida se mantuvo revisando su obra cumbre “Institución de la religión cristiana”. La cual se ha traducido a varios idiomas y es una de las obras más vendidas producida en la época de la Reforma
  • Metrificó varios salmos para que fueran parte de la adoración pública, entre otros.

Pero usted se preguntará, muy bien era un hombre muy trabajador, pero, ¿cuál es la esencia de todo?

Juan Calvino hizo todo eso a pesar de sufrir por décadas fuertes dolores de migraña que nadie pudo aliviar; tenía artritis, sufría de gota, tenía piedras en el riñón y padecía de asma y constantes resfriados. Esto se une a la muerte de sus hijos, esposa, y otras condiciones a consecuencia de sus enfermedades.

Ante todo esto y más, Juan Calvino nunca presentó excusas para el trabajo por la Gloria de Cristo. Nunca hubo reproches en una época que no existían las computadoras, el fax, el correo electrónico, automóviles, aspirina, la medicina avanzada, etc. Era un esclavo de Cristo que tenía muy presente su responsabilidad por aquel que siendo Dios, descendió del cielo para buscarlo y salvarlo.

El apóstol Pablo nos dice en 2 Corintios 4:7-10:

“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos”.

Juan Calvino no solamente en su vida, sino en su profunda teología, proclamó el axioma que Dios era la porción de su vida. El mundo con sus ídolos no tenía ningún atractivo para el ginebrino. Solo toda la gloria a Dios en el personaje más grande de la historia, Jesucristo, era lo que le importaba. Él había recibido un gran tesoro, la Perla de gran precio, que aunque la misma estaba en la mente y cuerpo caído, en un vaso de barro, entendió que así la Gloria de Cristo era proclamada.

Antes de morir Juan Calvino pidió que su tumba no fuera marcada, no quería peregrinajes hacia el lugar de un muerto. Quería que el peregrinaje fuera hacia Aquel que venció la muerte. Hoy no se sabe dónde está enterrado.

¿Queremos cambios en nuestro entorno? ¿queremos cambios en nuestra sociedad? Desechemos las excusas y mirando a nuestro Rey, como nos enseñaron los reformadores, vivamos a la altura del evangelio llevando las marcas y la muerte de Cristo para así darle toda la gloria a Dios y el mensaje   de vida a los suyos. Juan Calvino así lo decidió y el Señor lo llamó para cambiar al mundo.

El Rvdo. Carlos M Cruz Moya es ministro ordenado de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa de los Estados Unidos y pastor de la Iglesia Presbiteriana Reformada en San Juan de Puerto Rico. Es profesor de Historia y Literatura con diploma en Teología Reformada, Profesor del Seminario Reformado del Caribe y es además la voz nacional e internacional del Programa PÚLPITO REFORMADO. Está casado hace 34 años con la Señora Diana M. Bonilla Rosa y tiene una hija que es profesora de Español.

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