IDA SCUDDER: UNA MUJER QUE CAMBIÓ DE OPINIÓN

Reforma Siglo XXI, Vol. 2, No. 1

Ida Scudder quería marcharse de la caliente y sobre poblada India para vivir la buena vida. Si se le hubiera preguntado que definiera la buena vida, ella hubiera contestado, “América y casada con un millonario.” Sus recuerdos de la India eran feos. Cuando era niña había partido pan durante una hambruna y lo había colocado en las bocas de niños que no tenían las fuerzas para alimentarse ellos mismos. Ella había visto pequeños cadáveres tirados al lado de la carretera. No. La India no era el lugar para ella.

Sin embargo sus aspiraciones cambiaron en sólo una terrible noche. Mientras ella leía en su cuarto un Brahmán de casta alta llamó desde el balcón de la casa. Le pidió que viniera a atender a su esposa (que todavía era una niña) que se encontraba de parto. Las barberas — parteras indias — habían hecho todo lo posible. Sin su ayuda, la niña moriría. Ida respondió que no sabía nada sobre partería pero que su padre era un doctor muy diestro y que él podía atender a la chica en cuanto volviera. El Brahmán rechazó la oferta. “Es mejor que se muera antes de que entre un hombre en la casa,” dijo.

Ida sintió lástima por la pobre chica pero ¿qué podía hacer ella? Volvió a su libro. Pero otra vez sonaron pasos en el balcón. ¿Había vuelto el Brahmán? Cuando Ida fue se encontró con un mahometano. “Por favor,” imploró. “Ven y ayuda a mi esposa.” Ésta se estaba muriendo mientras daba a luz. John Scudder se ofreció para ir pero el mahometano rehusó. Ningún hombre fuera de su familia jamás había visto la cara de su esposa y no podía permitir que un extranjero la tocara. Ida y John no pudieron convencerle. Ida regresó a su cuarto pero ya había perdido el interés en su libro.

Otra vez escuchó pisadas en el balcón y para su horror apareció un tercer hombre, esta vez un Hindú de casta alta. Él también tenía una esposa que se estaba muriendo en el parto. Le pidió a Ida que fuera.

“No pude dormir esa noche — fue demasiado terrible,” escribiría Ida más tarde. Aquí… habían tres muchachas jóvenes que se estaban muriendo porque no había ninguna mujer que las atendiera. Pasé la mayoría de la noche angustiada y en oración. Yo no quería pasar mi vida en la India. Mis amigas me rogaban que volviera a las gozosas oportunidades de una joven en EE.UU., y de alguna forma sentía que no podía perderme eso. Me fui a la cama muy temprano en la madrugada después de orar mucho. Creo que esa fue la primera vez que me vi cara a cara con Dios y parecía que todo ese tiempo Él me estaba llamando a este trabajo.

Temprano esa mañana escuché los tambores tocando en el pueblo y sentí terror en mi corazón porque era un mensaje de muerte. Envié a nuestro sirviente quien había venido temprano para que averiguara la fortuna de las tres mujeres. Volvió con la noticia de que las tres murieron durante la noche. Otra vez me encerré en mi cuarto y pensé muy seriamente sobre la condición de las mujeres indias y después de mucha meditación y oración fui donde mis padres y les dije que tenía que volver a casa y estudiar medicina y luego volver a la India para ayudar a tales mujeres.

Afortunadamente para Ida mujeres como Elizabeth Blackwell ya habían forcejeado su entrada a la escuela de medicina. Ida ahora podía estudiar en universidades de primera categoría. Además su decisión de ser una doctora misionera ya no aparentaría como algo imposible ante la opinión pública ya que este público ya estaba familiarizado con el trabajo de Clara Swain, la primera doctora misionera.

Cuando Ida regresó a la India ya era una doctora muy bien entrenada. También traía entre mano una cantidad considerable de dinero destinado a construir un hospital de mujeres en Vellore. Este dinero había llegado milagrosamente.

“¿Levantar fondos para un hospital de mujeres en Vellore?” preguntó Ida. “¡Pero si salgo para la India en una semana!”

“Tenemos una carta de la Dra. Louisa Hart. Ella le sugirió a usted.” Los líderes de la misión esperaron la respuesta de Ida.

Ida recordó las novias jóvenes, embarazadas antes de que sus cuerpos maduraran para tener bebés. Pensó en las mujeres encerradas detrás de muros a quien no se les daba nada de beber en sus enfermedades porque los sacerdotes afirmaban que era peligroso. Definitivamente, un hospital de mujeres hacía falta. “Necesitaremos $50.000 para construir un buen hospital,” replicó.

“¡$50.000!” Los hombres enfrente de ella se quedaron boquiabiertos. Era una suma equivalente a $500.000 de hoy. “$8.000 es más realista y dudamos de que podrás reunir ni la mitad, pero lo puedes intentar.”

Ida sentía que se equivocaban. Si se necesitaba el dinero entonces Dios lo proveería. Sin embargo una semana no era mucho tiempo. Inmediatamente se dio a la tarea llamando a cualquiera que ella pensaba que podía ayudar. Los dólares llegaban goteando: “una onza de agua para apagar la sed de un elefante.” “¿Tendría razón la junta?”

Un amigo le mencionó a Ida que Miss Harriet Taber, presidenta de una sociedad misionera, vivía cerca, así que Ida se puso su chal y se apresuró a la casa de Miss Taber. Allí derramó su corazón contándole de la necesidad de la India y de su propio llamado a ese trabajo. Miss Taber se mostró interesada y le pidió a Ida que hablara en la sociedad de mujeres. El domingo por la mañana Ida recibió un mensaje pidiéndole que llamara el lunes al señor Schell, presidente de un banco de Nueva York. Schell era un cuñando anciano de Miss Taber y había conocido a Ida en la casa de su cuñada. Conocido como un tacaño, a lo mejor Schell soltaría $500; y como $500 son $500, Ida fue a la cita.

Lo que Ida desconocía era que Schell escuchó la petición apasionada que Ida había compartido con Miss Taber. Y ahora acribillaba a la joven con preguntas sobre su propuesta. “¿Y qué le hace a usted pensar que puede manejar un hospital?” preguntó. Ida respondió que estaría trabajando con su padre, un doctor experimentado. Satisfecho Schell se dio la vuelta para escribir un cheque. “Nombra al hospital en memoria de mi esposa difunta, Mary Taber Schell,” dijo.

Cuando Ida vio la cantidad del cheque apenas podía contener su alegría. ¡Era por la cantidad de $40.000! Esta evidencia de la provisión de Dios la llevó a reñir a la junta. “Si ustedes no me hubieran parado, aquí estarían mis $50.000,” les dijo.

Fue una lección de fe necesaria y le sirvió de bien en los años venideros. La necesidad de la India era abrumadora. Había un médico por cada 10.000 habitantes. Los practicantes tradicionales poseían unos pocos remedios buenos pero los más eran dañinos. Por ejemplo, un “doctor” trataba una enfermedad de los ojos con un brebaje de pimienta y cristal molido. Ida se indignaba con este tipo de tontería. Por falta de facilidades (el hospital de mujeres Mary Taber Schell no se pudo construir por dos años) convirtió una habitación de 8 por 12 pies en su dispensario y el balcón servía de sala de espera. Sin embargo no estaba atendiendo a los pacientes. La desconfianza de los indios Tamil los mantenía alejados. El primer caso de Ida fue uno en que ella no pudo hacer nada y la noticia se regó de que su paciente había muerto. La desconfianza de los indios aumentó.

Eventualmente una hindú de casta alta vino a que Ida le examinara los ojos. Tenía conjuntivitis crónico. Ida trató el caso con éxito y después de eso la demanda por sus servicios aumentó constantemente. Muy pronto estaba atendiendo tantos casos que tuvo que emplear a su muy dispuesta cocinera a que la ayudara. Salomi sería la primera de muchas enfermeras que ella entrenaría. La compasión movió a Ida a echarse encima más y más trabajo. Pronto estaba atendiendo a cien, doscientos, trescientos y hasta quinientos casos diarios. A veces exclamaba, ¡“Oh por la tranquilidad de un hospital psiquiátrico bien manejado!”

Aunque vinieran docenas de doctores de América y Europa, sus servicios se compararían a una gota de agua en un océano de necesidad. Las mujeres indias tenían que ser enseñadas a cuidar de otras mujeres indias. Esta idea llevó a Ida a crear la escuela de enfermeras de Vellore y tan pronto abrió Ida elevó su expectativa todavía más alto: si ella podía entrenar enfermeras, entonces también podía entrenar doctores.

Otra vez la fe prevaleció y Vellore se convirtió en una escuela de medicina. No fue fácil. Ida hacía el trabajo de seis personas. Auspiciadores como Gertrude Dodd, Hilda Olsen y Lucy Peabody tuvieron que esforzarse grandemente durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial para levantar fondos que sostuvieran a Vellore mientras crecía. Vez tras vez la obra se veía al borde de la crisis pero parecía que Dios siempre la rescataba.

Durante una crisis, Ida escribió: Primero medita, luego atrévete. Conoce tus hechos. Determina el costo. El dinero no es lo más importante. Lo que estás construyendo no es una escuela de medicina, es el reino de Dios. No yerres por el lado de la pequeñez. Si es la voluntad de Dios que este colegio se mantenga abierto, pues así tiene que ser. 

Y así fue. Y resultó que la mujer que quería sacudirse el polvo de la India de los zapatos fue llevada al corazón de los indios. Oficiales británicos y también indios le presentaron altos premios. Gandhi la visitó. Ganó fama internacional. Su fe se mantiene como un testimonio permanente y respetado.

Más sobre Ida

— John Scudder, el papá de Ida, murió sólo meses después de su regreso a la India. Sin embargo siguió con el trabajo sola.

— Ida llevó sus servicios a los pueblos del campo ya fuera en carreta de buey o en carro, operando al lado de la carretera. Mientras volvía a casa por la noche exhausta mujeres y hombres la llamaban para que atendiera casos crónicos.

— Los oficiales opinaron que las muchachas de Ida nunca podrían competir con los hombres en los exámenes médicos, tendría suerte si una pasaba los exámenes. Mientras se anunciaban los resultados de los exámenes, el ambiente estaba tenso. 80% de los hombres fracasaron. Los resultados de las mujeres se anunciaron a lo último. Las catorce estudiantes de Ida, inspirados por su visión, pasaron los exámenes. Y el estándar que establecieron las indias fue demasiado alto para los hombres.

— En cuatro generaciones la familia Scudder envió a 12 misioneros a la India y a otras naciones.

— Algunos indios se arrodillaban frente a Ida creyendo que ella era una encarnación de un dios. Constantemente tenía que virarse para evitar este tipo de homenaje.

— La joven Ida fue notoria por sus travesuras en el seminario para mujeres Dwight L. Moody. Se escapaba por los escapes de incendio para irse al pueblo sin supervisión, “tomó prestado” un caballo de un profesor de alemán y lo ató dos millas abajo, se quejaba de la comida y fumaba en el ático.

— Dr. Paul Brand, un autor conocido por sus libros Fearfully and Wonderfully Made y In His Image, trabajó con Ida Scudder en Vellore.

— En un tour a bicicleta en los EE.UU. para hablar en reuniones misioneras Ida se infectó por beber agua de un pozo contaminado. Su vida estaba en grave peligro. Afortunadamente un famoso doctor personalmente atendió su caso. Su supervisión, la fuerza de ella, y las oraciones de Dwight L. Moody le salvaron la vida.

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