HIJO, TUS PECADOS TE SON PERDONADOS: MARCOS 2:1-12

Por Rev. Valentín Alpuche

Reforma Siglo XXI, Vol. 11, No. 1

Introducción

Iglesia de Dios, nuestra época se caracteriza por la proliferación desproporcionada de religiones cuyos líderes afirman tener la verdad. Estas religiones se levantan con toda su fuerza en contra del cristianismo reclamando para sí mismas el derecho de ser verdaderas. Pero una cosa es afirmar que una religión sea verdadera y, otra muy diferente, es demostrar que de hecho lo sea. Solemos decir en nuestra jerga cotidiana: «el tiempo lo decidirá». Y efectivamente, aunque el tiempo no es el agente mismo que aprueba o desaprueba la veracidad de ninguna religión, sí se convierte en el testigo innegable de las falsas pretensiones de cuantísimas organizaciones religiosas que finalmente probaron ser solamente eso: meras pretensiones.

Pero en esta ocasión aprenderemos que el cristianismo no es una mera pretensión sino la encarnación misma de la veracidad y autenticidad, ya que su mismo Fundador demostró con palabras y hechos su autoridad para realizar concretamente lo que proclamaba con sus labios. Jesús demuestra incontrovertiblemente su autoridad para perdonar pecados en la tierra. Veamos cómo se desarrolló esta demostración poderosa de Jesús mediante dos puntos solamente: Jesús declara que el paralítico es perdonado (1-7) y Jesús sana al paralítico (8-12).

Jesús declara que el paralítico es perdonado (1-7) 

Marcos 2:1 inicia diciendo que Jesús regresó a Capernaum después de algunos días de andar predicando en otras regiones de Galilea. Recuerden que Jesús ya era muy bien conocido en Capernaum porque fue allí donde él enseñó con gran autoridad en la sinagoga, donde sanó a la suegra de Pedro, donde sanó a muchísimos enfermos y expulsó numerosos demonios. 

La gente, como claramente dice 1:37, al otro día después de realizar muchos milagros salió a buscarlo con desesperación, pero Jesús decidió ir a otros lugares. Pero ahora que regresó era imposible para el Hijo de Dios pasar de incógnito en Capernaum, y apenas hubo llegado, dice el final del versículo 1, la voz se corrió que Jesús había retornado. El versículo 2 confirma precisamente esto diciendo: e inmediatamente se juntaron muchos de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra. 

Marcos, como una nota de pie, señala que Jesús al retornar a su ciudad no se dedicó a obrar milagros exclusivamente, sino a predicar la palabra, es decir, a predicar el evangelio de salvación. Él estaba predicando porque para ese propósito había sido enviado por su Padre (1:38). Pero ocupado en la proclamación del evangelio sucedió que cuatro hombres de Capernaúm al oír la noticia de Jesús, trajeron cargando en un lecho o camilla a un hombre paralítico. 

Ustedes saben que una persona paralítica es alguien que está imposibilitada, por alguna razón, para caminar o transportarse por sí misma. Es decir, necesita forzosamente la ayuda de alguien más para trasladarse de un lugar a otro. Esto fue lo que hicieron estos cuatro hombres al escuchar que Jesús estaba en casa predicando la palabra de Dios. Pero estos cuatro hombres, decididos y convencidos del poder milagroso de Jesús, al llegar a la casa donde se encontraba Él hallaron una multitud agolpada dentro y enfrente de la casa que les fue imposible introducir al leproso por la puerta principal para que Jesús lo sanara. 

Entonces el versículo 4 nos dice que recurrieron a rodear la casa, subir al techo, descubrir o romper parte del techo para poder bajar al paralítico donde Jesús. ¡Qué gran resolución de estos hombres! Imagínense al paralítico: siendo subido al techo con mucha laboriosidad y cuidado, después bajarlo a donde Jesús, y finalmente presenciando de frente a Jesús. Supongo que todos los presentes, tanto los de dentro y fuera de la casa, dirigieron sus miradas curiosas a lo que hacían los cuatro hombres en ese momento. ¡Tuvo que haber sido toda una hazaña singular! 

Al bajarlo completamente, sucedió algo único: primeramente Jesús notó algo importante que impulsó a aquéllos hombres a actuar como lo hicieron. Jesús, dice el versículo 5, vio la fe de esos hombres; se dio cuenta de que tales hombres no estaban actuando solamente por el impulso natural de ver al paralítico sanado, sino que ellos tenían fe. Jesús percibió la presencia de esa fe por medio de su omnisciencia, y si así lo declaró, significa que en verdad esos hombres eran hombres de fe. ¡Qué diferencia hace tener fe! No hay obstáculos para lograr lo que deseamos. 

¿Cómo es tu fe? Mejor dicho: ¿tienes fe? ¿Tú crees que si Jesús estuviera presente en este momento diría de ti: eres una persona de fe? La verdadera fe, hermanos y hermanas, nunca pierde la esperanza, y más aun, nunca queda vacía sino que recibe aquello que espera con constancia. Tres cosas hay que permanecen, y una de ellas es, la fe (1 Co. 13:13). Ahora bien, y en segundo lugar, Jesús se dirigió al paralítico y le dijo: Hijo, tus pecados te son perdonados. 

Lo que Jesús le dijo al paralítico indica que asimismo el paralítico era un hombre de fe. Sería absurdo pensar que el paralítico no tenía fe, pero que sí fue capaz de recibir el perdón. No es así; sino que el requisito previo del perdón es tener fe en aquel que nos puede perdonar. De otra manera, no podemos recibir el perdón de nuestros pecados. Pero, ¿era esto lo que tanto esperaba oír el paralítico? ¿Era esto por lo que los cuatro hombres se esforzaron tanto? ¿Solamente oír: tus pecados te son perdonados? ¿Qué significa esto? Bueno, al menos podemos decir que Jesús sabe mejor cuáles son nuestras verdaderas necesidades; Él no solamente mira nuestra situación externa, sino nuestra situación interna particularmente. Y preliminar a nuestra renovación externa, Jesús está más interesado en reparar la herida mortal que nos puede condenar eternamente. 

Pero nuevamente, recuerden que este hombre tullido era un hombre de fe, y solamente los que tienen una fe genuina pueden experimentar esta sanidad del pecado. Muchos ha sido sanados, pero eso no garantiza que hayan sido perdonados. Los milagros no son el fundamento de nuestra salvación, sino el fundamento es la declaración salvífica de Jesús: tus pecados te son perdonados. Esta es una maravillosa declaración que solamente el Hijo de Dios puede pronunciar. Nadie más. 

Para nosotros es muy fácil creer esto, pero no lo fue para los escribas, expertos en la ley, que fueron enviados desde Jerusalén para analizar los hechos y palabras de este Jesús Nazareno. Ellos eran doctores expertos en el Antiguo Testamento, y cualquier persona con la pretensión de ser un maestro de la ley, tenía que pasar el examen rígido de los escribas. Ahora bien, en Jesús tenían un gran caso, único, especial. Noten que estos hombres se hallaban sentados enfrente de Jesús, en primera fila, analizando sigilosamente las declaraciones y hechos de Jesús. Y Jesús lanzó lo que fue como un proyectil mortal para ellos. 

Jesús estaba tomándose la prerrogativa de perdonar pecados en la tierra. ¡Qué gran atrevimiento! Inmediatamente sometieron a crítica severa tales palabras, pensando en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? Noten que los pensamientos de los escribas fueron pensamientos despectivos. Ellos no soportaban a Jesús. Pero aunque eran adversos a Jesús, su doctrina era ortodoxa, de acuerdo al Antiguo Testamento. Es verdad: nadie puede perdonar pecados, sino sólo Dios. Pero su error principal fue que acusaron a Jesús de blasfemo, con lo cual lo estaban descalificando como el Mesías de Israel que traía el perdón de pecados y el comienzo de la era de la regeneración y restauración. Los escribas, en otras palabras, creían que Jesús era solamente un palabrero y charlatán que profería blasfemias, pero que de ninguna manera tenía fundamento de verdad. Eran solamente palabras, y las palabras son muy fáciles de decir. Es fácil decir: tus pecados te son perdonados, pero eso no demuestra que en verdad ya estés perdonado. Además el perdón de pecados era una prerrogativa divina. Sólo Dios puede declarar el perdón de pecados. 

Contrario a la percepción de los escribas de las palabras de Jesús, el paralítico debió haber sentido un gran alivio de saber que estaba perdonado. Recuerden: él tenía fe. Sus amigos tenían fe, y la fe verdadera sabe que nuestras enfermedades físicas no son la causa principal de nuestra condenación, sino el pecado. Entonces este hombre debió haberse regocijado al escuchar esas bellas palabras del perdón de sus pecados. Pero, ¿significaba que lo que Jesús declaró era verdadero? ¿Su prerrogativa divina era más que un vocerío? Veamos el desenlace. 

Jesús sana al paralítico (8-12) 

Jesús conocía, porque era Dios mismo, los pensamientos que surcaban la mente de aquellos escribas, y sin dilatarse más exhibió públicamente los pensamientos secretos y oscuros de sus enemigos, diciéndoles: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? Estas palabras de Jesús no solamente leyeron las gesticulaciones de desaprobación por parte de los escribas con respecto a las palabras que dirigió al paralítico, sino que el verbo cavilar sugiere que Jesús sabía exactamente los pensamientos sigilosos y maliciosos que los escribas estaban tramando en su contra. 

Ellos no podían escapar a la omnisciencia de Jesús, y esto es lo que confirma el versículo 9 cuando les dijo: ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Este reto de Jesús se mueve de lo menos difícil a lo más difícil para demostrar su autoridad incontrovertiblemente. Si los escribas creían que era muy fácil declarar el perdón de pecados verbalmente, ahora Jesús procede a demostrarlo con hechos. Por eso es que les dice, si ustedes creen que es más difícil sanar al enfermo mediante mi palabra, pues entonces ahora presenciarán que mis palabras son poderosas y lo que enuncian se hace realidad. 

Jesús siguió la ruta más difícil a ojos de los escribas al dirigirse al paralítico con sus palabras poderosas de sanidad. Hermanos hermanas, los escribas representaban muy bien la mentalidad judía de pedir señales para corroborar la veracidad de alguna enseñanza o doctrina. A ellos les encantaba ver señales, y constantemente demandaban una señal de Jesús. 

Pero debemos recordar nuevamente que las señales o milagros no son el fundamento de nuestra fe, ya que si así fuera entonces la salvación no se fundamentaría en Cristo sino en los milagros. Además muchísimas personas que han presenciado milagros en sus vidas, solamente se emocionan pero no se arrepienten verdaderamente. 

Ahora bien, el hecho de que los milagros no sean el fundamento de nuestra fe no significa que Jesús no pueda realizarlos. Los escribas pensaron que era muy fácil declarar el perdón de pecados ya que no hay manera de probarlo, pero decir al paralítico levántate y anda sí que era una buena prueba. Y es aquí donde Jesús el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, procede a una gran demostración de su autoridad en la tierra para perdonar pecados. 

El versículo 10 nos dice que Jesús demostraría su autoridad cuando Marcos registra: Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad (autoridad) en la tierra para perdonar pecados. Es interesante que estas palabras de Jesús denoten que la autoridad del perdón no es algo que Jesús alcanzaría al sanar al leproso, sino era una realidad ya existente en Él. Por eso es que Él dice en tiempo presente (como confirma el griego original) para que sepan que yo «tengo» autoridad. 

Este entendimiento de la preexistencia de la autoridad de Jesús sugiere que los escribas, nada más y nada menos, estaban tratando con la Divinidad misma, ya que si Jesús asume su autoridad para perdonar, y solamente Dios puede perdonar, entonces Él es Dios. Y noten la prerrogativa abarcante y absoluta de Jesús al decir que tiene autoridad en la tierra, es decir, nadie más sino sólo Él es quien perdona nuestras iniquidades. Y entonces con esta seguridad de su oficio procedió en el versículo 11 a rematar y demoler el argumento silencioso (pero malicioso) de los escribas al decir al paralítico: A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. ¡Impresionante! 

Representen en sus mentes la casa llena de gente, el techo roto por donde bajaron al paralítico, al paralítico mismo acostado en su lecho, a los escribas sentados y escuchando a Jesús, al gentío dentro y fuera de la casa, todos sin excepción atentos completamente a las palabras de Jesús. Repentinamente el paralítico, el tullido, el lisiado de un brinco se levantó. La sanidad no fue al estilo de los modernos y falsos milagreros que al no poder sanar en el momento, apelan al concepto de una sanidad progresiva. No fue así, sino fue algo que sucedió en seguida (expresión favorita de Marcos), de momento, instantáneamente. Y no sólo eso sino que aquel que trajeron cargando, ahora él mismo estaba cargando su propio lecho y salió delante de todos para irse a su casa tal y como Jesús se lo ordenó. ¿Alguna duda? No creo. 

Hermanos y hermanas, con este poderosísimo milagro Jesús demostró que para Él no hay nada imposible (Lc. 1:37). Pero aún más demostró que Él era Dios mismo, el único que puede perdonar pecados. No hay duda. Ya no dudes más como los escribas, sino abre tu corazón y recibe a este Jesús que vino para traer perdón de todos nuestros pecados, y que finalmente fue a la cruz para demostrar perfectamente que Él es el único Salvador. ¡Qué gran consuelo tenemos en Jesús! Él es quien nos perdona, a pesar de nuestras frecuentes caídas. Hermanos y hermanas, los milagros no son el fundamento del perdón, sino tan sólo un aditivo que confirma la realidad del perdón que Jesús obra en tu corazón cuando tenemos fe en Él. 

Jesús demostró incontrovertiblemente, al sanar al paralítico, que en la tierra tiene autoridad indiscutible para perdonar pecados. Después de Pascua, Jesús corroboró nuevamente que lo que demostró ser al inicio de su ministerio en Galilea sería una realidad permanente en Él para beneficio nuestro. Él dijo: Toda potestad (autoridad) me es dada en el cielo y en la tierra (Mt. 28:18). Jesús no es una mera pretensión, sino la encarnación misma de la verdad. Si tú crees en Él de todo corazón y te arrepientes de tu pecado verdaderamente para obedecerle con fidelidad, ya tienes el perdón de tus pecados y la vida eterna porque el Hijo del Hombre tiene la autoridad para perdonar a todos los que tienen en fe genuina en Él. Amén.

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