ESTUDIOS TEOLÓGICOS E HISTÓRICOS: EL LIBRO QUE TRANSFORMÓ AL MUNDO

Por Mario Cely Q.

Reforma Siglo XXI, Vol. 15, No. 1

Quienes se consideran  librepensadores están  llegando a un consenso común de opinión: se ufanan al decir que la Biblia y el cristianismo han pasado de moda. En el siglo XX la modernidad, y ahora en el siglo XXI la posmodernidad, creen tener razones suficientes para introducir en el idioma de cada pueblo el sonado término de “postcristiano”. Nuestro actual siglo cree que toda la fuerza del pensamiento debe ahora descansar más que nunca en los postulados de la ciencia materialista o las ideas neopaganas especulativas de la Nueva Era de Acuario o gnosticismo reavivado.

Como se puede prever, al considerarse que la Biblia y el cristianismo han sido superados por el pensamiento científico moderno, este argumento ha dado vía libre al antiteísmo y al ateísmo. Estos, tratando de pensarse a sí mismos, y en medio de su desesperado esfuerzo nos ofrecen la siguiente idea: el Dios de la Biblia ya no es necesario; porque la vida, el universo y la historia pueden explicarse “científicamente”. Por su lado, el racionalismo igualmente propuso al hombre moderno la siguiente sutileza: “los últimos tiempos confirman que la idea bíblica y cristiana de un Dios Creador trascendente y personal, bueno e infinito ha quedado atrás”.

Y desde su propio ángulo, los tecnócratas, absortos ante las maravillas de la “diosa ciencia” creen también haber despachado al cristianismo y a la Biblia por viejos y anticuados. El siglo xx, siglo de la física, también hizo creer, en general al hombre, que puede bastarse a sí mismo de manera perfecta y completa. Cree en su propia autosuficiencia y en la “omnipotencia” de su razón.

De otro lado, la mente marxista todavía continúa postulando la necesidad de que nos desprendamos de las “viejas ideas del cristianismo”. Y como si fuera poco, la moderna biología molecular (Monod, Skinner) que ha llegado al descubrimiento del genoma humano se ha sumado al incrédulo coro para decirnos que la ética cristiana debe ser remplazada por la “ética de la responsabilidad científica”. Sin embargo, esto no lo creen ya algunos prestigiosos científicos. Un ejemplo categórico es Francis Collins, eminente científico contemporáneo y que dirigió por 9 años el proyecto Genoma Humano, es un ejemplo de transformación por el influjo de la divina verdad de la Biblia y el cristianismo. Su libro El Lenguaje de Dios (2006) es un gran testimonio de su conversión a ideas netamente bíblicas.

Pese a lo anterior, todavía continúan surgiendo nuevas teologías y falsas posturas religiosas para decirle al mundo que Dios ha quedado “diluido” en la creación y en la conciencia de los hombres. Este es (o fue) el caso de la Teología de la Liberación siguiendo aquí de cerca a F. G. Hegel.

No obstante, a buen seguro que el pensamiento moderno se ha olvidado —mediante una amnesia autoinducida— de lo que ha hecho la Biblia y el auténtico cristianismo por la humanidad. Me refiero a aquel que se funda en la autoridad de la Biblia como única norma infalible de nuestra fe. No aquella cristiandad que tiene por base al humanismo religioso y a un pretendido “magisterio” por encima de la revelación divina (Iglesia Católica Romana). Cuando se analiza sin prejuicios al cristianismo evangélico histórico, sobresale una importante realidad: que el cristianismo es ante todo la persona misma de su fundador. Además, cuando la enseñanza y obra del Jesús histórico recogida en la Biblia se toma en serio, demuestra ser la solución al doloroso drama de la humanidad.

Es necesario pues que probemos lo anterior mediante las siguientes evidencias:

  1. Primero, la autosuficiencia y orgullo humanos desembocan siempre en el fracaso cuando pierde de vista a Dios y su Palabra.

Si por un lado elogiamos al hombre por sus logros y avances científicos, por otro, debemos condenar sin rodeos su intención de prescindir de Dios. Todo científico engreído debiera saber que si ha logrado mover los resortes o leyes naturales del mundo físico es porque Dios se lo ha permitido y le ha dado la capacidad para ello. Sigue siendo verdad lo que en el siglo XVI afirmaba Juan Calvino: “Hay dos libros de los cuales Dios es el mismo autor: la creación y la Biblia” (Institución de la Religión Cristiana). Luego, los descubrimientos modernos no hacen sino estar a tono con lo que Dios ha querido para estos tiempos modernos de inusitados avances tecnológicos (Romanos 1:20).

Sin embargo, hoy asistimos a presenciar el temor y la expectativa de los mismos científicos. Con gran preocupación nos hablan de los riesgos de la destrucción del planeta. Para nadie es un secreto la “ruina ecológica” a la cual está sometido el hogar del hombre. El problema, si lo examinamos a fondo, consiste en las implicaciones filosóficas e ideológicas por las cuales se ha venido guiando la ciencia materialista y la actual tecnología. Al considerar que el fin de la creación es la felicidad del hombre y no la gloria de Dios ha traído consigo los tristes efectos que hoy estamos presenciando.

Cuando Dios dijo al hombre “llenad la tierra y sojuzgadla” (Génesis 1:28), estaba entregando al hombre la administración del planeta tierra. Se debe reconocer que por derecho propio el mundo no le pertenece al hombre; lo que tan solo se le había dicho de parte de Dios, es que, lo guardara y dominara no para sí mismo. En el relato del Génesis sobre- sale la idea divina de que el hombre debía “administrar” la naturaleza con responsabilidad y teniendo como fin más elevado, la gloria de Dios.

No obstante, vemos que por la entrada del pecado y por la rebelión humana en contra de su Creador, esto condujo a la separación, no solo de Dios sino de la misma naturaleza y del hombre con el hombre. Desde aquel momento, el hombre, considerándose autónomo y dueño de su propio destino se ha dado a la tarea de explotar irresponsablemente los recursos naturales. El objetivo ha sido el enriquecimiento ilícito inflamado por la codicia y el afán de dominación del hombre por el hombre. Como una de las consecuencias del pecado, esto lo ha conducido a una peor desorientación radical de su personalidad trayendo en gran medida una vez más la sensación de fracaso. Es necesario dejar la deificación de las ciencias para que colocándola en su lugar nos volvamos al Creador mismo que se revela en las páginas de la Biblia.

2. La segunda evidencia nos habla de la capacidad de la Biblia y por ende del cristianismo para transformar a cualquier paganismo en una civilización próspera

Quienes creen que la Biblia y el cristianismo no han servido para nada, erróneamente se desentienden de la historia. Retrocedamos en el tiempo 2013 años y vamos a los días  del Imperio Romano. Era costumbre observar en las plazas públicas de las ciudades y en cualquier día de la semana un espectáculo sorprendente: un jardín de niños uno encima de otro a la vista de cualquier transeúnte. Los recién nacidos eran abandonados por sus progenitores porque estos sencillamente no los apreciaban, no los amaban. La vida humana, desde esta perspectiva, era lo menos estimado. El afecto natural no existía. De esto dio cuenta el apóstol Pablo cuando expresó a su discípulo Timoteo lo que ocurriría con el carácter de los hombres en los postreros días (véase 2 de Timoteo 3:1–5). Cualquier viajero si quería, podía llevarse a una de estas indefensas personitas a su casa. Pero tristemente, los bebés eran criados no para lo mejor sino para la peor; para que más tarde sirvieran como esclavos, o como gladiadores, o como prostitutas en el caso de las niñas. Y todo esto, en opinión de los más ilustrados en Roma, constituía “una hermosa costumbre”. Una hermosa costumbre donde se combinaba la crueldad, el infanticidio y la perversión sexual.

Pero todo esto no sucedía solamente en Roma. En la culta Grecia considerada como la cuna de la cultura antigua y la patria de la filosofía ocurría algo semejante. Ni aun los hijos más célebres de la culta Atenas se vieron libres del influjo del más grosero de los paganismos. Por curiosidad obsérvese los Diálogos de Platón, el lector descubrirá la opinión del filósofo griego sobre el amor. El diálogo llamado Fedro o del Amor no es más que una composición que alaba el amancebamiento y el homosexualidad. Todas estas cosas eran alabadas por la gente que creía estar en el más alto grado de civilización. Así vivía el mundo civilizado de la Lux y la Pax romana cuando apareció el Mesías, nuestro Señor Jesucristo. Igual cuando comenzó la penetración de la levadura cristiana en la masa putrefacta del paganismo romano.

Es sobre estos escenarios que se inicia la predicación del Evangelio de Cristo por parte de sus discípulos comenzando por los apóstoles. Se comienza a proclamar que todos los niños —los que están en el vientre de sus madres— y los recién nacidos, los esclavos, las prostitutas, los ancianos y los más pobres, eran personas forjadas a imagen de Dios el Creador. Para los hombres paganos de aquel entonces, las enseñanzas del Maestro de Galilea eran locura. Amarse unos a otros, era interpretado por los paganos como “una extraña manía que Cristo había metido en la cabeza de sus discípulos”. Nadie podía o debía amar a nadie. Pues, por lo general, en aquellos tiempos, la sociedad creía que sólo la unión sexual era considerada “amor”. No conocían otro amor que elevara a los hombres a la dignidad y el respeto mutuo. Pero si nos damos cuenta, esto no ha cambiado significativamente, pues hoy, al igual que antaño, también se produce la deificación del sexo, un hedoné sin límites hasta caer en la demonización.

  • El circo romano

Un cristiano llamado Telémaco salta a la arena para separar a dos luchadores. Es tomado por loco y muere apedreado por la multitud ávida de sangre. ¡Muere, pero su muerte pronto sería la causa del final de las luchas gladiatorias!

  • La esclavitud

Otro día es Perpetua, la noble Patricia romana convertida al cristianismo que besa a su esclava delante de sus verdugos quienes se preparan a darle muerte por no negar su fe en Cristo. Con escenas así, comienza la ruina de las sociedades esclavistas en todo el mundo hasta la proclamación de los derechos de los afroamericanos en los días de Abraham Lincoln en los Estados Unidos de América y luego con el pastor bautista Martin Luther King en la década de los 60’s.

  • Obra social

Las Iglesias cristianas compuestas por verdaderos discípulos de Cristo recogen a los niños abandonados, a las prostitutas, a las ancianas, a las viudas, etc., para protegerlas. Las gentes del imperio romano comienzan a ver algo jamás imaginado. Se instauran los conceptos de Derechos Humanos, Familia, Moralidad, Beneficencia y Virtudes Cristianas, con más eficacia que lo que había sido enseñado en la filosofía antigua ya hubiera sido en el Lejano Oriente o en Grecia. Téngase en cuenta que estos fueron los conceptos más sublimes que le devolvieron al hombre su, razón de ser prácticamente en todas las naciones de la tierra. Irónicamente, todo esto, a los romanos les parecía “bajo, inculto e incivilizado”. Quien reniegue de la Biblia judeocristiana debería tener en cuenta que fueron las ideas bíblicas y cristianas del Nuevo Testamento las que dieron origen a lo que hoy conocemos como “Civilización Cristiana Occidental”.

No hay historiador que niegue que nuestra civilización occidental hunde sus raíces en los primeros días de la era cristiana. Colombia y demás naciones latinoamericanas podrían encontrar el anhelado cambio que busca con desespero si torna sus ojos al Evangelio de Cristo. Reconocerle como el Salvador y el Señor de cada esfera de la vida traería un cambio interno y externo que muy pronto podría verse reflejado en las estructuras sociales, políticas, económicas, científicas, morales y espirituales de cualquier nación.

4. La tercera evidencia fluye de los cauces científicos

Una vez más es útil que escuchemos a los historiadores. Especialmente quienes siguen rechazando prejuiciadamente al cristianismo bíblico. Razón tienen en rechazar a toda falsa cristiandad, pero no al cristianismo bíblico. Son muchos los pensadores que reconocen que las ciencias naturales, en su articulación moderna, fueron acuñadas en la Reforma religiosoteológica y cultural del siglo XVI. La ciencia moderna no nació bajo auspicios paganos y mucho menos católicorromanos. Fue durante el oscurantismo medieval cuando los reforma- dores empezaron a enseñar que la naturaleza es una revelación de Dios aunque de carácter general. Y esto implicaba dos razones fundamentales: (1) Que la naturaleza puede ser cono- cida. Y (2) que la naturaleza debe ser conocida. Fueron las enseñanzas de la Reforma las que llevaron a los hombres al estudio de la naturaleza. Lutero, Calvino, Zuinglio, Bullinger, Beza, Farel, etc., basados en Génesis 1:28; Romanos 1:20 y otros muchos textos bíblicos más, afirmaron que “la naturaleza es también el otro libro de Dios el cual debían abrir y estudiar”. No se puede dudar que fue Dios quien utilizó el pensamiento de los reformadores del siglo XVI para preparar el fundamento de la ciencia y tecnología actual. En este periodo, una vez más Dios invitó a los hombres a construir sobre la verdad bíblica la nueva y vasta estructura científica. Los principios bíblicos que impulsaron a la acción científica estaban dormidos en la Edad Media. La Iglesia Católica Romana los tenía encadenados. Esto es cierto si recordamos el triste episodio del suplicio en la hoguera del gran científico Galileo Galilei.

La Reforma, al desatar estos principios, impulsó a estudios más profundos en las diferentes ciencias a hombres como Copérnico, Francis Bacon, Galileo, René Descartes, etc., pese a que eran hijos de la Iglesia romana. Ellos tomaron los postulados de esta etapa histórica y los condujeron hasta las consabidas consecuencias. Y científicos directamente Evangélicos estimulados por estas mismas ideas reformadas sobre la naturaleza, salieron a la misma para estudiarla. Así fue como se determinó el avance que hoy conocemos hasta llegar a los viajes espaciales, el invento de la energía atómica, las ciencias médicas, la Internet, el iPhone, el iPad y la maravilla de las comunicaciones satelitales hasta tenerlas en un pequeño teléfono.

Entre los científicos cristianos de auténtica piedad bíblica de gran brillo figuran Johannes Kepler, Isaac Newton, Robert Boyle, William Harvey y John Ray. Es por todo lo anterior que con sobrada razón el cristiano ortodoxo de Rusia Nicolás Berdiaev pudo escribir: “Estoy convencido de que solamente el cristianismo hizo posible tanto la ciencia positiva como la técnica” (El significado de la Historia, p. 117).

De la misma opinión lo fue el gran científico Julius Robert Oppenheimer. Y de igual parecer era el filósofo y matemático inglés Alfredo North Whitehead. Este último enfatizaba los comienzos de la ciencia moderna porque como decía, “el cristianismo cree que Dios ha creado un mundo externo con existencia real y, por cuanto es un Dios racional, podemos esperar ser capaces de descifrar el orden del universo mediante la razón”.

4. La cuarta evidencia fluye de los cauces políticos, educativos y artísticos

Por el lado de la economía política los frutos de la Biblia y del cristianismo tampoco han sido ajenos. Esta evidencia es sustancialmente irrefutable. El cristianismo Evangélico y bíblico jamás ha sido un sistema infructífero como algunos sostienen. Históricamente es comprobable lo siguiente: nuestro moderno concepto de “democracia” es asimismo un fruto directo del cristianismo que rompió con la Iglesia medieval del papado romano. Me refiero al cristianismo reformado de los siglos XVI y XVII. Esto lo testifica un personaje políticamente bien conocido en Colombia como lo es el ex presidente Alfonso López Michelsen. López escribe: “Por lo que hace a la soberanía, vale la pena destacar cómo el concepto (el de democracia) hizo su aparición en el escenario político cuando en el mundo moderno la democracia estaba apenas en embrión. Nuestra democracia es hija del protestantismo, como que el gobierno representativo es la versión laica de las Instituciones de Calvino para el gobierno de la Iglesia”. Y agrega más adelante: “Sólo cuando las congregaciones presbiterianas comenzaron a escoger por votación a sus autoridades, los superintendentes, se abrió camino en los tiempos modernos la idea de elegir a los gobernantes por medio del voto” (Lecturas Dominicales, El Tiempo, Sept. /1988).

No es aun menos ajeno el cristianismo histórico y evangélico en su decisiva influencia en la educación como proceso culturizador de Europa y América. El historiador francés Jules Michelet (1798–1874) escribe: “La escuela fue el primer lema de  la reforma del siglo XVI y el más grande. Ella escribió  al frente de su ejecutoria el deber esencial de la enseñanza pública: enseñanza universal, escuela libre y gratuita donde todos entren, ricos y pobres”.

En cuanto al arte, bastará con dos sencillos ejemplos: La música y la pintura para ilustrar el alcance estético de la Reforma que, igualmente, afectó a las demás actividades artís- ticas. Inmediatamente nos viene a la memoria la indiscutible figura de Juan Sebastián Bach (1685–1750) como producto típico de la Reforma. Mozart (1756– 1791) y Beethoven (1770 – 1827) reconocían la herencia histórica que había dejado el genio de Juan Sebastián Bach. Estos mismos principios obraron en el terreno de las artes pictóricas, las cuales trajeron una nueva medida de libertad.

La tendencia de acercar a Cristo a los hombres mediante el arte pictórico hizo de Matthias Grünewald (1460–1528) un verdadero genio de la pintura. Pudiéramos decir mucho de Alberto Durero (1471–1528) el más representativo de los pintores alemanes. Y para nadie es desconocido el famoso pintor holandés Rembrandt (1606–1669), considerado por muchos críticos de arte como el más grande pintor de la Edad Media. Se sabe que Rembrandt era un estudioso de las Sagradas Escrituras y como tal, un auténtico expositor de la influencia de la teología reformada del siglo de Lutero y Calvino.

Finalmente, por lo que hace al objetivo de este artículo, quiero proponer al amable lector a que estudie y verifique   la influencia civilizadora del libro que transformó al mundo y a la humanidad. Una correcta praxis que nos conlleve a la búsqueda de una real revolución cultural y social debe de partir de la proclamación del Evangelio de Cristo que podemos leer en el Nuevo Testamento. Si queremos ver cambiadas a las naciones latinoamericanas, es imprescindible reconocer la necesidad de la transformación del corazón del hombre. Y esto nos aboca a mirar nuestro propio corazón todavía como creyentes, que aunque conociendo la gracia de Dios, muchas veces nos escandalizamos antes nuestras propias injusticias. El anhelado cambio no llegará a menos que el interior del hombre sea cambiado, regenerado por la soberana obra del Espíritu de Dios. Es urgente comprender que si no se toma en cuenta el concepto bíblico del pecado, ningún sistema ideo- lógico, sociológico, político o económico podría servir como debiese; está condenado al fracaso. Pues, aún, si de repente todos tuviéramos una misma cantidad de dinero y mismas oportunidades de desarrollo humano, con seguridad que por causa del pecado, pronto habría de nuevo opresión, injusta dominación y más guerras.

En los evangelios, el anuncio del ángel no fue: “Os ha nacido un gran economista, o un gran científico, o un gran político, o un superhombre que traerá una sociedad perfecta”.

No, lo que el ángel dijo fue esto: “Os ha nacido un salvador que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11). Dios toma el veneno del pecado que corroe nuestras almas y lo destruye en la cruz de Cristo. Toma nuestro orgullo y resentimiento y lo sumerge en la inmensidad de su amor.

Jesucristo no fue un revolucionario como superficialmente piensan algunos. Fue mucho más que eso. Fue, antes que Marx o Engels, el primero en denunciar que “la religión es el opio para el pueblo”. Pues fustigó duro y con vehemencia profética la hipocresía religiosa de los partidos religioso- políticos de su nación que en verdad narcotizaban al pueblo con falsos mandamientos y aplicaciones morales y espirituales erráticas. Cristo el Señor vino a arrancar el pecado de nuestros corazones y a hacernos nuevas criaturas para la implantación de la verdadera justicia. Esta es la buena nueva que proclamamos: “Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).

Sin embargo, con lo anterior no se niega que en materia de transformación moral y espiritual del hombre a manos de este maravilloso libro que es la Biblia, también somos instruidos por la misma Palabra de Dios a procurar el cambio de los exteriores en la cultura humana, pues tales cambios estructurales contribuyen a establecer una mejor plataforma para que la evangelización pueda operar sin contratiempos. De ahí que el apóstol nos aconseje: Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones, y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador” (1 Timoteo 2:1–3).

En consecuencia, corremos un gran peligro al creer que podemos disfrutar de todas las aportaciones que la Biblia y el cristianismo evangélico han hecho al mundo, rechazando el Espíritu de Cristo que las creó. Esto se convierte en una ¡vana ilusión!

De ahí que entonces, la transformación del ser humano, —su propia transformación, querido amigo— la cual consiste en la recuperación moral y espiritual de la imagen de Dios en Cristo, también es segura esta increíble obra por el poder del Espíritu de Dios al emplear la Palabra escrita de la Biblia que puede derrotar el pecado y su increíble poder corruptor dentro del corazón de cada hombre. Ruegue a Dios que la palabra de Dios registrada en las páginas de la Biblia que transformó a toda la cultura occidental y por ende al mundo entero, también cambie radicalmente su propia vida. En palabras del apóstol Pablo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 de Timoteo 3:16,17).

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