EL VERDADERO CRISTIANISMO

Por Stevan Henning

Reforma Siglo XXI, Vol. 13, No. 2

Cuando Pablo estuvo a punto de morir, sabiendo que su martirio estaba cercano, le escribió a su hijo en la fe, Timoteo, advirtiéndole del peligro de los postreros tiempos. En los últimos dos capítulos de la segunda epístola a Timoteo, Pablo describe una situación amenazadora a la iglesia en general. El dice:

También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumnia- dores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán la apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita (2 Timoteo 3:1–5).

Lo sorprendente de este pasaje no es que esto caracterice el mundo porque ésta siempre ha sido la descripción del mundo, sino que Pablo está describiendo la condición de la iglesia visible en los postreros días. El mundo nunca ha tenido una apariencia de piedad, pero la iglesia visible sí la tiene.

Ser evangélico es popular hoy en día. Tenemos voz y poder en la sociedad; somos aceptados. Tenemos nuestros partidos políticos, nuestros colegios y escuelas, nuestras universidades y librerías, y hasta nuestros canales de televisión. Para muchos, es una señal de victoria espiritual, de avivamiento, y del avance del reino de Cristo. Sin embargo, Pablo le recuerda a Timoteo que la piedad verdadera no será aceptada. El le escribe, “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución”.

Entendamos bien lo que Pablo está diciendo aquí. Habrá una fachada de piedad que será aceptable y popular. Pero no es nada más que una fachada. Por otro lado, habrá un remanente que verdaderamente será piadoso. Ellos serán odiados y padecerán persecución. La característica de estas personas es que viven en Cristo Jesús. ¿Qué significa vivir en Cristo Jesús?

¿Es este vivir algo subjetivo según las inclinaciones espirituales de ellos o es algo objetivo, basado en algo firme, algo fuera de sus experiencias? El pasaje exige que este vivir sea algo firme porque Pablo termina el capítulo diciendo:

Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:14–17).

¿A dónde nos lleva Pablo? A las Escrituras, a la fe que es en Cristo Jesús.

Podemos resumir este capítulo de esta manera: en los postreros días, la mayoría de los que profesan el cristianismo tendrán una fachada de piedad, pero por dentro serán iguales que los impíos. “Siempre estarán aprendiendo pero nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” porque han rechazado la autoridad de esta verdad sobre ellos. Sin embargo, al lado de ellos vivirán los que son verdaderamente piadosos. Estos siguen la doctrina apostólica, conocen las Escrituras, y viven conforme a ellas. Ellos serán odiados, aun por los que forman parte de la iglesia visible.

Tal es nuestro día. Un gran porcentaje de los que forman parte de la iglesia visible se preocupa más por su experiencia, su opinión, su salud, su éxito y sus bienes que por una obediencia a la totalidad de las Escrituras.

No hay espacio para hablar de los falsos profetas de nuestros días que andan promoviendo un evangelio de sanidad corporal, éxito profesional y riqueza material como la voluntad de Dios para su iglesia. Pero, sí nos queda una pregunta para dirigir el resto de este ensayo: ¿dónde está la iglesia que se aferra a las Escrituras y qué sucedió en la historia para que  la iglesia sacrificara la autoridad de las Escrituras en su práctica y en su predicación? Hay por los menos tres factores en la historia que contribuyeron al analfabetismo moderno de la Palabra de Dios: el menosprecio de un estudio sólido de la Biblia, una confianza espiritual en uno mismo (experiencia) y un sacrificio de las grandes doctrinas bíblicas.

Estos tres factores tuvieron su origen en los Estados Unidos y fueron transportados al mundo entero por medio de movimientos misioneros, las publicaciones y otros medios de comunicación, además de la práctica.

En los días de George Whitfield, Jonathan Edwards, y los hermanos Wesley, los colonias norteamericanas estuvieron bajo la monarquía inglesa. Estos y otros hombres fueron instrumentos de Dios para el avivamiento. Dos de estos hombres, Whitfield y John Wesley vieron al clero mismo como parte del problema de la falta de vitalidad espiritual en las iglesias. En parte, su diagnóstico fue correcto. Pero al denunciar al clero profesional, muchos laicos perdieron su respeto y confianza en ellos. Al oír que posiblemente no eran regenerados sus pastores, fue una gran tentación para los laicos considerarse igual o más capacitados para la obra de Dios que el clero preparado en las universidades. Este movimiento democrático coincidió con la Revolución de las colonias norteamericanas y las ideas de la democracia política echaron raíces aun en las iglesias. Las denominaciones tradicionales como la presbiteriana, la congregacionalista, y la reformada perdieron muchos miembros, mientras que la metodista y la bautista ganaron y llegaron a ser consideradas como las denominaciones del hombre común.

No hubo ningún abandono inmediato de las doctrinas cardenales de la Reforma, pero poco a poco con el avance del liberalismo y la ignorancia pastoral de las doctrinas bíblicas, la iglesia se halló sin vitalidad y lastimosamente las iglesias con un credo histórico y bíblico no proveyeron ningún ejemplo de una espiritualidad bíblica.

Cansados con una ortodoxia muerta que afirmaba el poder de Dios pero que negaba la eficacia de ello en la vida, muchos en las denominaciones democráticas se convencieron de que había de ser algo más vital, más vibrante en la vida cristiana. Correctamente fueron a las Escrituras, pero lo que nos interesa es: ¿cómo se acercaron a las Escrituras? Y aquí es importante destacar dos cosas: su actitud y su método ante las Escrituras. No hay duda de que la iglesia en general careció de la vitalidad que debía tener. Incluso, podemos decir que 2 Timoteo 3 se aplicaba hace cien años tanto como para hoy. Pero, la actitud de estas personas fue, por lo general, menospreciadora de la ortodoxia. En otras palabras, consideraron un estudio serio de las doctrinas centrales de la iglesia como algo sin mucha importancia. Después de todo, la ortodoxia no había evitado el liberalismo y la frialdad espiritual. No estaban satisfechos con la mera declaración de que eran sin condenación (Rom. 8:1). Deseaban algo más, deseaban sentirse espirituales y llenos. Fueron convencidos que la vida cristiana debía ser sobre todo una vida de experiencias de éxtasis. Este sacrificio de la ortodoxia dejó este movimiento de santidad sin ningún fundamento firme, y como tantos otros movimientos que eventualmente abandonaron las doctrinas más importantes, sus inicios carecían de la firmeza de una teología bien formada. Más bien, al estudiar la historia de los inicios del movimiento pentecostal, podemos decir que pocos de verdad se preocuparon por un estudio serio de, por ejemplo, la inspiración, la justificación por la fe, la expiación, y la Trinidad.

Empero, este movimiento sediento de la vitalidad espiritual se preocupó por el estudio de la Palabra de Dios. Pero estos creyentes se sentaban y “estudiaron” la Biblia en una manera inusual. En aquellos tiempos, las biblias de estudio estaban ganando en popularidad. Estas biblias de estudio contenía una cadena de referencias por varios temas. Sus estudios bíblicos consistían en un grupo de personas que se sentaban para leer una lista de versículos sobre cierto tema, y después ofrecían opiniones sobre lo que habían aprendido (Charismatic Chaos p. 37) Por ejemplo, si una iglesia quería aprender de la creación, podía buscar la palabra crear en todos sus textos bíblicos y ofrecer comentarios sobre el significado de este tema en su vida. Fue popular, democrático, y bien intencionado. Es cierto que uno puede aprender mucho, pero lastimosamente estos estudiantes de la Palabra de Dios ignoraron el contexto de los pasajes, no se esforzaron a utilizar los idiomas originales, y violaron muchas leyes de la hermenéutica. Ni se preocuparon por estas cosas porque, como hemos visto, no respetaban a los eruditos de los seminarios, ni tampoco a los líderes de la iglesia del pasado. Así que, utilizaron los textos fuera de sus contextos y, a veces llegaron a conclusiones nuevas y erróneas. Pero sobre todo, ellos querían experimentar algo más que habían experimentado en el pasado. Y esto abrió la puerta para sujetar las Escrituras a la autoridad de la experiencia.

El segundo factor que ha producido esta crisis en muchas iglesias evangélicas es el énfasis en la experiencia como una autoridad para interpretar las cosas. Antes de criticar, cada creyente debe preguntarse qué haría si él de repente hablara en lenguas en un culto, junto con otras veinte personas. ¿Sería la experiencia suficiente para convencerlo de que su experiencia está de acuerdo con la Palabra de Dios? Tristemente, la mayoría de las personas afirmarían que sí. John Deere, un líder en el movimiento pentecostal, dice, “Hay una razón básica por la que los cristianos creyentes, que creen en la Biblia, no creen en los dones milagrosos del Espíritu para hoy. Es sencillamente ésta: no los han visto” (Edgar. 19). Podemos deducir, entonces, que para muchos y probablemente la mayoría, la experiencia es una autoridad irrefutable.

Esta ilustración nos sirve para demostrar la amenaza de la experiencia a la autoridad de las Escrituras dentro del cristianismo. ¿Cómo sabremos la verdad? ¿Hay dos respuestas: la experiencia y las Escrituras? La Reforma luchó fuertemente para establecer las Escrituras como la única autoridad para juzgar nuestra conducta. Pero, alguien responde, ¿quién puede discutir con los hechos de mi experiencia? Pues, en primer lugar, ¡Dios puede! En el juicio final, los hombres, convencidos de que tienen derecho al reino de Dios, exponen lo que han hecho y visto. Es interesante que Dios no negará su experiencia. Sencillamente, él no la reconoce como prueba de una relación con él (Léase Mateo 7:21–23).

Pero, hay algo más profundo, más sutil aquí. Para ilustrar, permítame hacerle una serie de preguntas. ¿Cuántos hemos sido engañados por alguien? Todos. ¿Estábamos conscientes del engaño en el momento? Por supuesto que no. Un engaño no funciona si se reconoce como tal. Ahora, ¿cuál es la cosa más engañosa que hay? Jeremías nos cuenta que es nuestro propio corazón:

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” ( Jeremías 17:9–10).

La exaltación de la experiencia personal sencillamente es el fruto del orgullo espiritual. La Biblia nos reta a no poner confianza en ningún hombre ni tampoco en nosotros mismos. Proverbios 14:12 nos dice claramente:

“Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte.”

Y Proverbios 3:5–7

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él ende- rezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal.”

Así que no podemos confiar en nosotros mismos. Si mi experiencia está en contra de la Palabra de Dios, desecho mi experiencia, le pido a Dios el perdón y vuelvo a la Biblia como mi única fuente de autoridad para esta vida. Dios tiene palabras fuertes para el hombre que confía en su propio corazón:

“El que confía en su propio corazón es necio; mas el que camina en sabiduría será librado” (Proverbios 28:26).

Pero este énfasis sobre la experiencia es aun más dañino porque menosprecia la obra del Salvador. Nos hace preguntar si la Biblia y la obra consumada de Cristo son suficientes para producir vidas verdaderamente vitales y espirituales. Para el movimiento pentecostal y experimental, la respuesta fue no. Además de la doctrina de la Biblia y la obra objetiva de Cristo, ellos insistían en que había de ser un llenar subjetivo para ser experimentado en las emociones y los sentimientos de uno. La satisfacción recibida por esta experiencia es superior a la declaración forense de que estamos ante los ojos de Dios sin pecado (Romanos 8:1).

Sin embargo, este énfasis sobre la experiencia pretende reemplazar el gozo del creyente basado en la obra expiatoria de Cristo para nuestra justificación y la base de toda nuestra santificación progresiva con un gozo que se halla en la experiencia por medio de la supuesta obra del Espíritu Santo, experimentada en los hechos y las señales. Así que, el mayor gozo del creyente pentecostal no se basa en lo que Cristo hizo para él en la cruz, sino en lo que el Espíritu hará por medio de él en esta vida.

Esto inmediatamente produce una división entre la segunda y tercera personas de la Trinidad, dado que Cristo dijo que el Espíritu no viene para hablar de si mismo, sino para recordar a todo creyente lo que Cristo enseñó ( Juan 16:13). Tenemos que hacernos la pregunta: ¿Realizó Cristo la obra propiciatoria para satisfacernos con el obrar del Espíritu en nuestra experiencia, sentimientos, y emociones? O, ¿realizó el Espíritu Santo su obra regeneradora y selladora para hacernos satisfechos con la obra de Cristo, imputada a nuestra cuenta?

Ahora, ¿cómo afecta un enfoque subjetivista a la eficacia de la Palabra de Dios en uno? Para muchos, establece y exalta la autoridad de la experiencia. En ningún lugar en la Biblia somos llamados a creer las cosas porque las experimentamos. Somos bíblicos consistentemente. Esto quiere decir que “creemos todo lo que se revela y se declara en las Escrituras. Lo creemos porque se revela, no por ninguna razón externa… Esto se debe a la evidencia sobre la cual se basa es de Dios y por ende es infalible” ( John Owen). Lo que John Owen quiere decirnos es que la Biblia no requiere ninguna prueba para ser nuestra autoridad. Es nuestra autoridad porque es la revelación de Dios. Su autoridad se deriva de sí misma.

Hoy en día, sin embargo, la Biblia enfrenta oposición dentro de la misma iglesia por medio de una nueva autoridad: la experiencia. Pero, somos llamados a establecer y promulgar la verdad, no actuar conforme a la razón de nuestra experiencia. Un buen ejemplo de esto sucedió en los días de Jeremías. En medio de hambre y pobreza, Judá tomó la decisión de volver a sacrificar a la reina de los cielos porque los tiempos fueron mejores cuando adoraron a ella que cuando ellos, obedientes al profeta, abandonaron esa práctica ( Jeremías 44:16–23). Es cierto que su experiencia les enseñó que había bendición para el pueblo al desobedecer a Dios, pero la experiencia no fue de acuerdo con la Palabra de Dios y su decisión de actuar  así resultó en castigo posterior para el pueblo. Así que, no podemos apoyarnos ni en nuestras experiencias ni tampoco en nuestros sentimientos cuando chocan con las verdades bíblicas. Afirmamos con nuestros padres en la fe que la única regla para nuestra fe y práctica es las Sagradas Escrituras.

Finalmente, nos corresponde ver las influencias que apoyaron el movimiento Pentecostal en sus principios y como estas influencias afectaron su entendimiento de la Biblia. El siglo 19 fue un siglo de trastornos filosóficos. Hombres como Marx, Freud, y Darwin escribieron durante este siglo y el mundo fue sacudido hasta sus raíces por estas influencias.

También, la iglesia experimentó grandes cambios. Ya hemos tocado el abandono de las doctrinas como la inspiración de las Escrituras y la justificación por la fe. No es que estas doctrinas fueron negadas. Fueron aceptadas, pero no con la prioridad que habían recibido en los tres siglos inmediatamente después de la Reforma. Novedades doctrinales que nunca se habían visto fueron introducidas. Estas nuevas enseñanzas —el rapto pretribulacional, un nuevo Pentecostés, y el perfeccionismo— dejaron sus huellas sobre el joven movimiento Pentecostal. Estas innovaciones afectaron todas las doctrinas centrales de la Biblia. (Indirectamente, las solas de la Reforma fueron afectadas por negligencia y las doctrinas de la escatología y la santificación fueron afectadas directamente.) Un estudio histórico de la salud espiritual de la iglesia revelará que cuando la justificación por la fe, la expiación vicaria de Cristo en la cruz, la inspiración y eficacia de las Escrituras, y la encarnación de Cristo son estudiados y entendidos, la iglesia ha prosperado. Pero cuando estas doctrinas han sido ignoradas la iglesia ha perdido su vitalidad. Hoy toda la iglesia visible, pero en particular, la iglesia pentecostal, está en un caos doctrinal. Cuando un líder pentecostal puede compartir su visión y describir el peinado, la estatura, y los chistes de Cristo, (ver Charismatic Chaos 362) y ser recibido y loado por los oyentes, la iglesia se halla en momentos de gran oscuridad. Y cuando un líder como Benny Hinn se muestra como un fraude, y, sin embargo, la gente sigue asistiendo a sus cruzadas, la iglesia está enferma.

Entre todas las doctrinas, la escatología es una de las doctrinas más discutidas entre buenos hermanos. Hace doscientos años, hubo un acuerdo que a pesar de discrepancias de escatología los diferentes bandos iban a seguir como amigos. Pero dentro de unos años, la ortodoxia iba a ser redefinida para incluir una novedad. En vez de enfatizar la justificación por la fe, el enfoque escatológico iba a ocupar el estudio y formar gran parte de los nuevos credos. Alrededor de 1830 John Nelson Darby empezó a enseñar la teoría de un rapto pretribulacional. Pronto, esta posición en la historia de la iglesia fue diseminada y aceptada. A la vez, el resurgimiento del milenialismo acompañó esta enseñanza. Uno puede decir que el pretribulacionalismo dio un nuevo sabor al milenialismo. Esta posición fue adoptada aun por varias sectas como los Testigos de Jehová, los Mormones, y los Adventistas. Hasta hoy, este énfasis sobre esta escatología ocupa una influencia fuerte en la definición de la ortodoxia entre ciertos evangélicos. Entre ellos se encuentran los fundamentalistas modernos que consideran que la creencia en un rapto pretribulacional es señal de que uno interpreta la Biblia en una forma sana (literal).

Todo esto demuestra el cambio de dirección doctrinal en las iglesias de esa época. El convencimiento de que el Señor iba a venir en cualquier momento, hizo que las iglesias pentecostales buscaran pasajes que hablaba de los postreros días y los aplicaran a ellos mismos. Ideas como la “lluvia tardía” fueron adoptadas. De Joel, sacaron las ideas de un nuevo cumplimiento de Pentecostés que vendría poco antes de la segunda venida de Cristo. Pero, lo que nos interesa aquí es como esta fascinación con la escatología afectó una sana interpretación bíblica. Junto con las sectas, muchos empezaron a poner fechas para el rapto de la iglesia. Además, el interés en los acontecimientos hizo que la Biblia fuera interpretada por medio de los periódicos y las revistas. Esto sigue hasta hoy. Podemos decir que esta fascinación con 666 y el anticristo, y las guerras, ha distraído a muchos del estudio de la soteriología. Otro efecto de este énfasis escatológico era un egoísmo denominacional y una reinterpretación de la eclesiología, que enseñaba que Dios tenía un plan para Israel y otro para la iglesia. Esta adopción de las enseñanzas del dispensacionalismo socavó la unidad de la Biblia, y como resultado toda doctrina ha sido afectada. Un autor dijo sobre el peligro de esta escatología, “La popularidad del premilenialismo en  las  iglesias evangélicas coincidió históricamente con  la popularidad de pietismo no bíblico, el arminianismo, el dispensacionalismo, y escapismo.”

Permítame hacer una pausa aquí para decir que estoy hablando en generalidades. Hay muchas excepciones, y no toda persona que cree las enseñanzas del rapto pretribulacional ha caído en dichas trampas. Pero, recalco que sobre todo, esta novedad del rapto pretribulacional ha creado una generación nada preparada para el tipo de persecución que la iglesia enfrentará en los postreros días. Nuestra supuesta “edad de oro” puede concluir en cualquier momento y los días de gran persecución pueden comenzar. ¿Cuántos estarán preparados? ¿Cuántos vivirán en santidad y perseverarán en la fe?

La santificación también fue otra doctrina afectada por los eventos del siglo antepasado. Con el abandono de la expiación vicaria y la justificación por la fe, el evangelio fue desnudado de su poder. Un ejemplo de esto se ve en el personaje famoso de Charles Finney. Finney fue un hereje que negó la imputación de la obra expiatoria de Cristo. Sabemos que cuando Cristo murió, El no proveyó un ejemplo del amor o la ira de Dios, sino que El murió como nuestro sustituto. Sin embargo, Finney negó la doctrina de la expiación vicaria de Cristo. Nuestros pecados fueron imputados a su cuenta mientras que su justicia es imputada a nuestra cuenta por medio de la fe. Esta es la esencia del evangelio, pero Finney predicó otro evangelio, un evangelio de escogencia. Muchas innovaciones fueron implementadas, pero cuando Finney volvió a predicar en los lugares de sus previas campañas evangelísticas, él mismo se dio cuenta de que sus métodos habían producido “tierra estéril.”

El halló la solución en el perfeccionismo, una distorsión de la doctrina de la santificación. El enseñó que cada creyente tiene la capacidad y habilidad de no cometer más el pecado. Esta fue la idea aceptada de la santificación cuando el movimiento de santidad comenzó a buscar su nuevo Pentecostés. Las consecuencias de este tipo de santificación es que se vuelve en un legalismo que dice que complacemos, servimos, y honramos a Dios al no usar maquillaje, cortarse el cabello, y al evitar los vicios. Uno de los comentarios más frecuentes del rebaño que pastoreo es que sus familiares pentecostales los critican por usar pantalón corto, o cortarse el cabello. Esta actitud es jactanciosa, sectaria, y viola el espíritu del evangelio. Pero más triste aún es que esta perspectiva de la santificación le roba al creyente toda vitalidad y progreso en la santificación. La vida cristiana se vive a la luz de lo que Cristo ha hecho por el cristiano, no en alcanzar un alto porcentaje de obediencia a los diversos mandamientos humanos. No niego la necesidad de andar en obediencia a los mandamientos de Cristo, pero la Biblia nos cuenta que este andar es una plena dependencia del poder que Dios suple. Además, somos transformados diariamente al contemplar al Señor y Su obra. Sencillamente, no importa cuán conformistas somos a las normas bíblicas, si no vivimos a la luz de lo que Cristo hizo por nosotros, no hay santificación, sino el legalismo de los Gálatas y el ascetismo de los Colosenses. Y Pablo vio este legalismo y ascetismo como negar el evangelio. Escribiendo a los Gálatas, él dijo:

Mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? Guardáis los días, los meses, los tiempos, y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros (Gal. 4:9–11).

La historia de la iglesia nos enseña del peligro de una noción falsa de la santificación. No es meramente que haya recompensas perdidas, sino almas. Los Puritanos creían que sin la perseverancia en la obediencia de la fe, el resultado sería destrucción eterna, no un nivel inferior de santificación. (Piper, Brothers, We are not Professionals, 106). Aunque la santificación no es opcional, tampoco es una obra que nos encomiende a Dios. La salvación es una continua confianza en la obra de Cristo como nuestra salvación y mérito delante de Dios.

Por ende, la iglesia en general debe entregarse nuevamente a una devoción absoluta a las Escrituras. Son nuestra autoridad. Son nuestra guía para crecimiento espiritual. Las Escrituras son suficientes. Además, debemos comprometernos a enseñar las doctrinas básicas y centrales de nuestra fe. Si no recuperamos este respeto para las Escrituras, no quedará ningún evangelio para nuestros hijos.

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