EL TRABAJO: ¿MALDICIÓN O VOCACIÓN ?

por Todd Joling

Reforma Siglo XXI, Vol. 5, No. 1

La necesidad de una visión renovada

Una canción se titula: Trabajando para el fin de semana. Un rótulo de restaurante dice: T.G.I. Friday’s (en inglés – “Thank God it’s Friday”, o sea, “Gracias a Dios es viernes”). Un patrón lamenta: ¡Cómo cuesta conseguir buena ayuda hoy! ¿Qué tienen en común todas estas cosas? De manera propia, cada una de estas frases nos dice algo de la forma que nuestro mundo ve el trabajo.

Para muchos, el trabajo es un mal necesario, el único medio para obtener los recursos necesarios para comprar la satisfacción y seguridad. Pero esta manera de vivir es triste, si tan sólo consideramos la cantidad de horas que una persona labora en su vida. Más triste es evaluar la calidad de placeres y protección que el dinero puede comprar. Más triste aún son estas actitudes, cuando reconocemos que la bendita vocación del trabajo que Dios nos dio es despreciada. Lo bueno del trabajo es ocultado por los que no tienen ojos para verlo.

Debe ser motivo de gozo saber que Dios nos ha redimido de la forma en que el mundo ve el trabajo. Mucho más que sólo trabajar para el fin de semana, tenemos la vocación sublime de trabajar para el Señor. Mucho más superior a la gratitud espuria expresada por un día de la semana (viernes), podemos ofrecer alabanzas por cada día (¡aún lunes!)

Sin embargo, a menudo nosotros los cristianos olvidamos estas realidades, ¿no es cierto? ¿Quién de nosotros podemos negarlo? Cuando caemos en la rutina de nuestro trabajo diario, a menudo nos volvemos cortos de vista. Muy pronto las quejas sobre nuestros labios nos traicionan, y evidencian una perspectiva no muy diferente a la de nuestros compañeros de trabajo no-creyentes. Cuando esto sucede, deshonramos a Dios y al Salvador, nos robamos a nosotros mismo de gozo, y perdemos una oportunidad de ganar a nuestro prójimo para Cristo.

De cuando en cuando necesitamos renovar nuestra visión del trabajo. No hablo del tipo de visión que el gerente va a promover, mientras reúne a sus empleados para discutir ganancias y opciones de inversión en la reunión mensual. Estoy hablando de una aquella perspectiva restaurada que sólo obtenemos cuando hacemos una pausa suficientemente larga como para ver nuestro trabajo a la luz de la Palabra de Dios. Seguramente el gerente tiene una visión para el trabajo, pero es una visión muy limitada. La Palabra de Dios, sin embargo, nos da un punto de referencia desde fuera de este mundo. Leer la Palabra es como tener acceso a una camera de satélite, o pararse en la luna para mirar la tierra. Desde este punto de vista podemos absorber el panorama más amplia, o podemos enfocarnos de cerca en nuestra oficina, la cabina del camión, la cocina, la guardería, o nuestra comunidad – contemplando todo nuestro trabajo desde la perspectiva del cielo. Cuando abrimos la biblia para reenfocar nuestra visión, encontramos que tiene mucho más que decir sobre el trabajo de lo que habíamos recordado. Hay tantos textos que podríamos durar semanas, años, ¡una vida entera! aprendiendo. ¿Qué haremos? Más que todo, debemos ver todo el testimonio bíblico junto, y toda la historia que contempla. Debemos considerar el trabajo de acuerdo a la creación, la caída, la redención y la consumación.

En el comienzo

Cuando vemos la creación antes de la caída, una de las cosas más importantes en cuanto al trabajo que observamos es también una de las más obvias: existía el trabajo. En los primeros capítulos de Génesis, antes del pecado, antes de los cardos y espinos, antes de las frustraciones y dolor y las quejas, antes del desánimo – existía el trabajo. En el comienzo, en un mundo que Dios declaró “bueno”, en un mundo en que el hombre y la mujer encontraba plena satisfacción y gozo en todo momento, existía el trabajo.

A pesar de ser obvio, esta realidad debe ser repetida y absorbida. En una cultura que desprecia el trabajo a menudo como un mal, necesitamos recordar que la maldición que vino después no fue el trabajo en sí. El trabajo es bueno, es asignado por Dios. Es una vocación gloriosa del Creador. “Tomó pues, Jehová dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase” (Gen. 2:15). Aún el matrimonio, instituido por Dios, estaba relacionado con la vocación del trabajo. La mujer es creada como ayuda idónea para el hombre (Gen. 2:18). El hombre y la mujer era compañeros no sólo para amarse, sino para trabajar juntos: “Y los bendijo Dios, y les dijo, ‘fructificad y multiplicaos, llenad la tierra, y sojuzgadla…’” (Gen. 1:28). Tenían el mandato de cultivar la creación al ejercer dominio en medio de ella. Dios les había dotado de mentes y músculos, y añadió el fruto de recompensa para sus labores.

La verdad simple que el trabajo formaba parte de la creación original y buena es una verdad importante, pero no la más grande. Otro hecho obvio, pero a menudo ignorado, es descubierto cuando hacemos la siguiente pregunta: “¿Cuál es la primera persona que encontramos trabajando en la biblia?” La respuesta no es Adán. “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo…” (Gen. 2:2). Aprendemos que no sólo es el trabajo ordenado por Dios, sin es divino. Estrechamente relacionado con la intención de Dios de crear al hombre a su imagen (Gen. 1:26a) es el propósito de Dios que el hombre señoree sobre la creación (Gen. 1:26b). En otras palabras, Dios no sólo hace al hombre semejante a Él, sino que le delega también una tarea semejante a la de Él. 

Cuando se nos viene la tentación de despreciar el trabajo, debemos recordar que el trabajo no es sólo un deber, sino un privilegio y una bendición. Cualquiera que ha soportado una camilla en el hospital durante una semana o más podrá confirmar esto. Pero mejor testimonio que las llagas de cama o las ansias de levantarnos a caminar, tenemos la Palabra de Dios en la cuál Dios nos revela que Él es un Dios que ama el trabajo y toma placer en el trabajo. Y para su criatura digna, Dios le da la gloriosa responsabilidad de trabajar en la creación.

En esta tarea deleitosa de cultivar la creación, el hombre seguramente encontraba gran placer. Podemos estar seguros que en el tiempo antes de que entrara el pecado en el mundo, Adán y Eva nunca pensaron que su trabajo fuera vacío, sin propósito ni aburrido. Al contrario, fueron creados como Dios, y estaban felices en su tarea semejante a Dios. Tenían trabajo que Dios había llenado de propósito y sentido. En estos labores, realizados para su Señor, ellos veían la gloria del trabajo.

¿Cómo puede ser posible que una institución de tan sublime valor hoy yazca en las profundidades del desprecio? ¿Por qué tan pocos piensan del trabajo como algo placentero, de dignidad, que satisface, que es glorioso?

La caída que daño el trabajo

La hermosa historia de la creación es interrumpida abruptamente por la caída del hombre en el pecado. Esta rebeldía tendría consecuencias enormes para el hombre y la creación. El Señor respondió a la desobediencia en parte con maldiciones. Dios pronunció juicios sobre las distintas y principales esferas de trabajo del hombre y la mujer. La esfera en que la mujer iba a experimentar gran llenura – tener hijos – ahora sería acompañada por gran dolor (Gen. 3:16). La esfera que iba a dar satisfacción al hombre, es decir, proveer sostenimiento para él y su familia, sería interrumpida por suelos contrarios (Gen. 3:17-19).

Pero la misericordia de Dios es también evidente aquí. Sus castigos no dejarían a la mujer sin hijos, ni al suelo sin cosecha. No, la vida sería preservada. Pero el trabajo ahora sería difícil y tedioso, plagado con dolor, sufrimiento, frustraciones. Aún la relación matrimonial, tan importante para el trabajo, sería afectada (Gen. 3:16). Tomando todo esto en cuenta, podemos ver que “un día duro de trabajo” tiene una larga historia.

El pecado afectó no sólo la esfera del trabajo, sino afectó a los trabajadores mismos. Nuestras dificultades como trabajadores se extienden más allá que suelos difíciles; corazones endurecidos fueron otro producto de la rebeldía del hombre. Cuando chocan estas dos cosas – el hombre obstinado y suelos duros – se da una combinación peligrosa. Los gases venenosos que se levantan toman dos formas diferentes: derrota u orgullo.

Cuando el hombre rebelde se encuentra con el suelo maldito, una de sus respuestas a esta lucha tediosa es rendirse. El hombre pronto se da cuenta que la tierra no va a entregar su fruto sin una lucha. Sacude el árbol de la creación con todas sus fuerzas, pero la cosecha es pequeña. Se pregunta si vale la pena. Cansado de tanto esfuerzo, agravado por la resistencia que encuentra, termina rindiéndose en derrota. Se acuesta debajo del árbol y se rinde. “Pasé junto al campo del hombre perezoso, y junto a la viña del hombre falto de entendimiento; y he aquí que por toda ella habían crecido los espinos, ortigas habían ya cubierto su faz, y su cerca de piedra estaba ya destruida” (Prov. 24:30-31).

La presencia de tal rendimiento hoy es patente. Casi todo patrón puede contar de empleados aburridos, apáticos y perezosos. Desafortunadamente, los cristianos no son inmunes a esta enfermedad. En su libro Principles of Conduct (Principios de conducta), John Murray observa este punto en su capítulo sobre el trabajo, “El principio que muy a menudo nos impulsa no es buscar más trabajo, sino el mínimo necesario para evitar censura pública y para preservar nuestra dignidad.” Murray no para aquí. Lanza la acusación, “Tan lejos se ha desviado nuestros pensamientos de los principios bíblicos del trabajo, y tanto nos posee el deseo por una vida fácil con diversiones, que la pereza y flojera han invadido las vocaciones más sagradas.” (Y para aquellas personas que desean los detalles, Murray los satisface. Habla de pastores flojos que tienen los gustos demasiado refinados, y les llama ‘parásitos’ para la iglesia).

Una actitud derrotista es una forma de responder al trabajo, pero no la única. No todos se echan para atrás. Algunos se lanzan hacia adelante en sus propias fuerzas. Esta segunda reacción, que también ignora al Creador, es una reacción de orgullo. Con esta actitud el hombre pecador ataca la creación resistente con confianza en si mismo. Alza su bandera de guerra y grita, “¡Yo venceré!” Aunque los patrones le dan la bienvenida a tanta ambición, y aunque las revistas de negocios saludan tal empuje, a Dios no le place.

En la providencia perfecta de Dios, los malos a menudo prosperan. Parece como si su fuerza y empuje ganaran: “Por tanto , la soberbia los corona… Los ojos se les saltan de gordura, logran con creces los antojos del corazón. Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería. Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra” (Salmo 73:6-9). Por medio de la experiencia del Salmista, los creyentes aprendemos que este éxito aparente es definitivamente de corto plazo, porque la destrucción es su destino final (Salmo 73:18). Es extraño, entonces, que a veces envidiamos a los ricos y tratamos de seguir las huellas de su éxito. Nosotros también a menudo luchamos en nuestros trabajos poniendo nuestra esperanza en nuestro propio esfuerzo humano. Y aunque esta actitud no tiene la misma estigma que la pereza, esto no la hace menos ofensiva ante Dios.

Sin embargo existe una esperanza. El alivio para el desorden bipolar de pereza o arrogancia se encuentra en la cruz de Jesucristo.

Restaurados a nuestra gloriosa vocación

Dios envió su Hijo a este mundo desordenado para trabajar. Jesucristo vino a cumplir una tarea que el Padre le había asignado. Evitando las trampas de la pereza y del orgullo, soportando dolor y tremenda resistencia más allá de nuestra comprensión, trabajó con sus ojos fijados en su Padre celestial. Al final podía decir, “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4). Para nuestro Salvador, ‘sangre, sudor y lágrimas’ no era un mero decir; fue su modo de vivir. Por medio de su lucha, el Siervo Sufriente nos redimió y nos restauró.

Este segundo punto – restauración – es uno que merece más atención de la que usualmente le damos. La redención no viene a nosotros con otro juego de planos para nuestra vida. La salvación de Dios no quita el trabajo; nos restaura a nosotros al trabajo.

Recreados a la imagen de Dios, ahora estamos preparados para trabajar para Dios de nuevo en formas importantes. Como dice Efesios 2:10: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Salvos por la muerte de Cristo y su resurrección, ya no estamos esclavizados a la pereza que asume que todo trabajo es vanidad, ni estamos encarcelados por nuestro orgullo, jactándonos de poder vencer con nuestras propias fuerzas. Al contrario, trabajamos con gratitud humilde y confianza firme en Dios quien nos llama a “crecer en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Cor. 15:58).

“En el Señor” – estas son las palabras que deben gobernar nuestras labores. El Nuevo Testamento repetidamente insiste en que toda nuestra motivación y la dirección de todos nuestros esfuerzos debe ser hacia Dios. El pasaje que lo dice más claro es el siguiente: 

“Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Colosenses 3:22-24)

No hay nada que libera más, anima más o que sea más glorioso que saber que trabajamos para el Señor. ¿Te sientes paralizado por el temor a los hombres? ¿Te sientes tentado a rendirte porque tu trabajo te parece sin sentido, sin fruto, insoportable o no apreciado? ¡Mira hacia el cielo! Tú laboras coram Deo, es decir, delante del rostro de Dios.

Debemos darle gracias a Dios por el redescubrimiento de estas realidades en la Reforma Protestante del siglo 16. La verdadera ‘ética protestante del trabajo’ se apoyaba en un firme conocimiento de nuestra vocación o llamado. Los reformadores enfatizaban que cada creyente tenía una vocación asignada por el Señor. Este énfasis fue transformador, porque lo que más nos puede hacer sentir dignidad para nuestros trabajos fatigosos es el saber que Dios mismo nos ha asignado nuestro trabajo, él que sea.

En la Institución de la Religión Cristiana, Juan Calvino escribe, “El llamado de Dios es el comienzo y fundamento para toda buena obra.” Calvino luego explica lo que esto significa en medio de las aflicciones:

“Cada uno dentro de su modo de vivir, soportará las incomodidades, las angustias, los pesares, si comprende que nadie lleva más carga que la que Dios pone sobre sus espaldas. De ahí brotará un maravilloso consuelo: que no hay obra alguna tan humilde y tan baja, que no resplandezca ante Dios, y sea muy preciosa en su presencia, con tal que con ella sirvamos a nuestra vocación” (III:X:6).

El fin de nuestro trabajo

Recibimos mayor ánimo para nuestro trabajo cuando lo contemplamos a la luz de nuestra futura gloria. Debemos aprender que el valor que Dios le pone a nuestro trabajo nunca desvanece. 

Recuerdo haber oído de una encuesta que le preguntaba a personas ancianas lo que hubieran deseado haber hecho diferente en sus vidas. Entre las tres cosas más comunes estaba esta confesión: “Quisiera haber hecho más cosas que duraran después de mi muerte.” La mayoría de las personas sienten el carácter pasajero de sus logros en esta vida.

Las buenas noticias para los cristianos ya lo escuchamos en 1 Corintios 15:58, que nuestro trabajo en el Señor no es en vano. Vale la pena repetir esta verdad, especialmente cuando recordamos que su fundamento es la victoria de Jesucristo sobre la muerte. Este contexto de resurrección – “su trabajo en el Señor no es en vano” – significa que nuestras labores hechas en Cristo no pueden ser vaciadas por la muerte. De hecho, Apocalipsis 14:13 pronuncia una bendición sobre los que se mantuvieron firmes en el Señor bajo prueba: “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” Parece que nuestra oración, “La obra de nuestras manos confirma sobre nosotros” (Salmo 90:17) es contestada más ampliamente de lo que hubiéramos podido soñar. El Señor recuerda las obras de su pueblo para siempre.

Una mirada hacia nosotros

Una visión renovada trae gran consuelo y motivación. También debe conducirnos a una auto-examen. Mientras trabajamos delante de nuestro Dios, ante la cruz, y la gloria venidera, debemos hacernos algunas preguntas sinceras. 

– ¿Vivo una vida digna del evangelio en la forma en que trabajo? 

– ¿Estoy consciente de la presencia de Dios aún cuando mi jefe está ausente, o cuando no recibo calificación? 

-¿Puedo decir sinceramente que trabajo de todo corazón como para el Señor?

– ¿Mi actitud de trabajo provoca en los no-creyentes a que me pidan la razón de la esperanza que hay en mi?

– ¿O se asemeja mi actitud de trabajo a la de ellos, son tan iguales mis quejas, que no detectan ninguna diferencia?

– ¿Sólo trabajo para poder recrearme como lo hace el mundo? ¿O disfruto la recreación de manera apropiada para ayudarme a trabajar?

– ¿Hay algo diferente de la forma en que vivo después de pensionarme? ¿O asumo las actitudes del mundo y me hago inútil para Cristo y su iglesia al retirarme de todo? ¿Cómo puede la enseñanza bíblica sobre mi vocación dar propósito y placer a esta etapa de mi vida?

Cuando vivimos, por la gracia de Dios, a la luz de su Palabra, gozamos de las bendiciones de traer honra a nuestro Dios, de tener satisfacción en nuestras labores, y de poder tomar toda oportunidad de ganar a nuestro prójimo para Cristo.

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