EL SEGUNDO Y GRAN MANDAMIENTO

Por Natalie Carley

Reforma Siglo XXI, Vol. 6, No. 1

Sabemos que el primer y gran mandamiento es «Amarás a Jehová, tu Dios, con todo tu corazón, de todo tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6:5). Y que el segundo y gran mandamiento es «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39). Pero me sorprende, entonces, que cuatro veces en el NT dice que toda la ley y los profetas se resumen en el segundo y gran mandamiento:

No tengan deudas pendientes con nadie, a no ser la de amarse unos a otros. De hecho, quien ama al prójimo ha cumplido la ley. Porque los mandamientos que dicen: «No cometas adulterio», «No mates», «No robes», «No codicies», y todos los demás mandamientos se resumen en este precepto: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» El amor no perjudica al prójimo. Así que el amor es el cumplimiento de la ley (Romanos 13:8-10).

…sírvanse unos a otros con amor. En efecto, toda la ley se resume en solo un mandamiento: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Gálatas 5:13-14).

Hacen muy bien si de veras cumplen la ley suprema de la Escritura: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Santiago 2:8).

Así que en todo traten ustedes a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas (Mateo 7:12).

 Toda la ley y los profetas» es una frase que en la Biblia se usaba para referirse a todo el Antiguo Testamento. ¿Cómo puede ser que toda la revelación de Dios antes de la venida de Cristo se resuma en el segundo y gran mandamiento, en lugar del primero, como hubiera sido «más lógico»? También Jesús, en el último discurso a sus discípulos en el evangelio de Juan, dice, «Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros.

¿Cómo puede ser que el énfasis cae en el segundo y grande mandamiento, en el amor hacia los demás? La respuesta está en entender de dónde viene y en qué consiste este amor para el prójimo.

El amor humano se origina con Dios

Copié del internet:1

He comprendido que para amar a otro,

antes tenía que amarme a mí misma. 

No obstante, persiste la idea de que amarse a uno mismo

es un sentimiento egocéntrico, infantil, destructivo…

pero la lógica nos dice que sólo podemos ofrecer lo que poseemos

y que lo máximo que poseemos es nuestra capacidad de dar…

Es verdad que sólo podemos ofrecer lo que tenemos, pero siendo pecadores, no tenemos la capacidad de amar con amor puro. Nuestro amor es debilitado por nuestro deseo de sentirnos bien, y en relaciones, buscamos sentirnos bien por medio de otra persona. (¿Qué clase de “regalo” sería ofrecerle a alguien el mero amor humano, el que se pone a sí mismo en primer lugar, no al amado? ¡Qué pobre cosa tenemos para ofrecer a otros!) No podemos ofrecer lo que no tenemos; tenemos que recibir una capacitación en amor para poder darlo. Para amar al otro como Dios ama, Él mismo tiene que darnos el amor. «Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios…» (1 Juan 4:7).

El amor humano genuino se origina con Dios. «Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19). El orden es este:

1) Dios nos ama y este amor nos vivifica (o regenera)

2) Ya tenemos una nueva naturaleza que puede amar, reconocemos a Dios como nuestro Padre y lo amamos

3) Por amor a Dios, amamos a otros

Vi un retrato emocionante de este proceso en la adaptación cinematográfica de Kenneth Branaugh de Mucho Ruido y Pocas Nueces, una obra de Shakespeare la cual el teólogo John Frame dice que presenta el reino de Dios como una «fiesta». La joven Beatriz siente nada menos que desdén por Benedicto. Pero al escuchar de otros que Benedicto la ama, su corazón se rinde y experimenta una especie de «conversión». 2 Llena de gozo, da un giro de 180 grados y devuelve el amor de Benedicto, amándole a él. 

Vemos cada uno de estos puntos en un poco más de detalle:

1) Dios nos ama. El amor de Dios nos vivifica, nos hace vivos de entre los muertos. Quita el poder de la vieja naturaleza. 

2) Amamos a Dios. «Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero» (1 Juan 4: 19) Tenemos una nueva naturaleza. El proceso de santificación empieza a transformarnos a la imagen de Dios. El amor es uno de los frutos del Espíritu Santo que se ve.

3) Amamos a los demás. Sigue Juan, «Queridos hermanos, ya que Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto jamás a Dios, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece entre nosotros, y entre nosotros su amor se ha manifestado plenamente» (1 Juan 4:11-12). El amor de Dios es el amor puro y original; nuestro amor es la respuesta a la iniciativa divina.3 Aun más específicamente Juan nos reta, diciendo «Si alguien afirma: ‘Yo amo a Dios’, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto. Él nos ha dado este mandamiento: él que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Juan 4:20-21). Nuestro amor humano es diseñado para ser un reflejo del perfecto amor de Dios.4 Si no reflejamos su amor, no tenemos base para declarar que ‘amamos’ a Dios.

Regresamos a la pregunta original, ¿Cómo puede ser que el NT dice que toda la ley y los profetas se resumen en el segundo y gran mandamiento? Porque es fácil decir las palabras «Amo a Dios;» pero ¿cómo puedes tú saber si yo amo a Dios? Si el amor fuera sólo sentimental, no podrías discernir si amo a Dios verdaderamente o no, porque no sabes cómo me siento, es completamente subjetivo. La prueba o evidencia visible del amor para con Dios es el amor—manifiesto en los hechos que Dios manda—para con los demás. «En esto consiste el amor de Dios: en que obedezcamos sus mandamientos» (1 Juan 5:3), los cuales incluyen «ama a tu enemigo.» El profesor y autor Ed Welch nota:

Dios dice que tratemos a los enemigos de la misma manera como tratamos a los amigos y a la familia. ¿Imposible? Por supuesto. Pero no cuando tenemos el temor del Señor. Cuando sabemos que el poder de Dios es más grande que el de nuestros enemigos, cuando sabemos que él es justo, y cuando sabemos que él nos amó aun cuando éramos enemigos, entonces somos libres para ser siervos sencillos que imitan y obedecen al Padre.5

La nota de pie para Romanos 12:10 en The NIV Study Bible dice acerca de la admonición a honrar al otro antes que a ti mismo, «únicamente una mente renovada por el Espíritu Santo podría hacer esto» (p. 1725).6 ¿Conoces a personas que jamás intentarías a amar si no fuera por amor a Dios y el deseo de obedecerle? Es cuando amamos a tales personas que el amor se ve más, y destacamos más del mundo. «El amor a los enemigos es el pináculo de la obediencia cristiana hacia Dios. Como indica el Sermón del Monte, es fácil amar a la gente que nos ama. Pero se requiere de la obra poderosa del Espíritu de Dios para amar a aquellos que están dedicados a dañarnos.»7

Juan el evangelista relata cuatro ocasiones cuando Cristo mandó a sus discípulos que se amen los unos a los otros. Cristo les dijo, «De este modo sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros» (Juan 13:35). Claramente, el amor a los demás es la manifestación visible del amor a Dios. La persona que se esmera visiblemente por cumplir el segundo y grande mandamiento es alguien que ya está cumpliendo el primer y gran mandamiento, es una persona que verdaderamente ama a Dios.

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