EL COLAPSO CONTEMPORÁNEO DE LA MORALIDAD SEXUAL

Por Peter Jones

Reforma Siglo XXI, Vol. 10, No. 2

¿De Quién Es El Futuro?

Recientemente una escuela secundaria en Ithaca, N.Y., canceló las clases y se dedicó todo el día a impartir charlas y grupos de discusión sobre la homosexualidad. Uno de los momentos culminantes en el programa presentaba a una muchacha del octavo grado describiendo sus experiencias con el lesbianismo y declarando cuán bien se sentía por su recién descubierta bi–sexualidad.

En lugares bastante apartados muchos distritos escolares ahora incluyen a la homosexualidad y la bi–sexualidad como estilos de vida oficialmente reconocidos y protegidos. Aunque todos los estilos de vida se hallan ahora “protegidos”, debemos notar esto: en el aula de clases de las escuelas públicas ya no es posible afirmar la normativa de la moralidad heterosexual. La escuela se ha convertido en una herramienta de poder social para una nueva definición de moralidad y de “justicia” social.

Pero, ¿es esta nueva tolerancia el producto inevitable de la democracia y de la teoría social, o es algo más, mucho más siniestro, que ahora opera en los Estados Unidos una vez “cristianos?” De cualquier forma que sea, al apuntar directamente a los niños, el futuro está asegurado—pero, ¿el futuro de quién?

“Los Derechos Civiles”

La normalización de la perversión en el sistema federal de educación es simplemente la ola de réplicas posteriores a un terremoto social masivo que ya ocurrió, con muy poco pánico público, en los años sesenta. Buscando la realización humana, la elite intelectual rechazó las estructuras de autoridad, tiró abajo las restricciones sexuales y capturó la cultura popular. Se declaró el patriarcado como el gran mal. “Soy fuerte, soy invencible, soy mujer”, se convirtió en el desafiante grito de guerra de la mujer “liberada”. En sólo una generación de ingeniería social, financiada por billones provenientes de los impuestos, hemos producido hombres feminizados, mujeres masculinizadas, un idioma inglés sin género y el mito de la androginia, todo hecho en nombre del progreso y de la búsqueda noble y no religiosa de los “derechos civiles”.

Pero el costo no se puede medir según los parámetros de Master Card, pues algunas cosas son invaluables. Se miden por la tasa de divorcio del cincuenta por ciento, la destrucción de la unidad familiar, la eliminación de cuarenta millones de niños no nacidos, y la proliferación de la pornografía y de su horrible prima, las enfermedades de transmisión sexual.

Las Iglesias Protestantes “Históricas”

Cambiar estos profundos aspectos de nuestra humanidad, como bien saben los radicales, es algo que no se puede limitar a la arena pública. En las así llamadas “iglesias históricas” hay cantidades significativas de personas que ahora quieren honrar la perversión sexual con la ordenación Cristiana, y sus teólogos más manifiestos declaran que el feminismo y la homosexualidad forman parte del corazón mismo del evangelio. Aún en círculos evangélicos (aunque el corazón del evangelio, según Juan 3:16, es Dios el Padre, el Patriarca último, quien dio a Su Hijo por amor al mundo) algunos hermanos y hermanas igualitarios se niegan a usar el nombre “Padre” para Dios, y declaran que la única manera de reformar el patriarcado es poniéndole fin. ¿Acaso la Iglesia ha perdido la razón? ¿Perderá también su alma?

Al entrometernos con la sexualidad, inevitablemente tocamos la persona de Dios, porque la creación del Hombre como hombre y mujer se encuentra misteriosamente vinculada con la imagen de Dios. Un ejemplo reciente prueba el punto de forma contundente. En el mismísimo momento en los sesenta, cuando la sexualidad fue “liberada”, los teólogos radicales declararon que la forma verdadera y última de la liberación humana había de encontrarse en la “muerte de Dios”. El dios que murió era el Dios de la Biblia.

¿La prueba? En aquel mismo momento estos mismos “teólogos” anunciaron el renacimiento de los dioses y diosas de la antigua Grecia y la antigua Roma. Estas deidades paganas regresaron al Occidente en la alfombra mágica de la espiritualidad oriental, desatando sobre los Estados Unidos, la fortaleza misma del Cristianismo en el mundo moderno, un vasto programa de religión y sexualidad pagano, del cual solamente hemos visto el comienzo. El feminismo radical aseguró que este Dios (el Dios del teísmo bíblico), no Buda, ni Sofía, ni Krishna, fue el que moriría. Con una claridad escalofriante una feminista bien conocida declaró en 1979: “El movimiento feminista en la cultura occidental está dedicado a la ejecución gradual de Yahvé”.

Un mundo nuevo y desafiante

Un mundo sin el Creador y sin las marcas distintivas que nos lo recuerdan, constituye el nuevo mundo desafiante del paganismo religioso. Para que esta utopía pueda aparecer en la tierra, se deben eliminar todos los rastros del teísmo bíblico. Dios, como el ser distinto a lo que Él ha hecho, debe ser absorbido en la unidad mística de todas las religiones y en la divinidad de todas las cosas. A la interminable gama de distinciones entretejidas en el tapiz mismo de la obra creativa de Dios (y donde la distinción hombre–mujer no es la menor de ellas) no se le debe permitir que narre su muy antigua historia.

Un importante pensador feminista anunció con una claridad desenmascadora el método esencial para producir la ruina del Dios bíblico: “…usar los títulos Diosa y Dios– Madre probablemente será la única manera de destrozar el agarro fuerte del idolátrico Dios varón sobre la psiquis”.

La agenda sexual–teológica queda captada de manera gloriosa en el título de un reciente libro sobre teología escrito por un erudito Católico Romano: Cuando Dios Se Convierte en la Diosa: La Transformación de la Religión Norteamericana. Para que el Dios “Cristiano” pueda sobrevivir en algún sentido en el tercer milenio, el mensaje está claro: Debe experimentar un cambio de sexo, ¡y asumir Su morada en el panteón pagano! En otras palabras, tiene que perder su identidad teísta y bíblica. Aunque esto es sumamente chocante, se puede aprender una importante lección: los paganos han entendido las profundas implicaciones de la teología y la sexualidad. Nosotros también debemos entenderlas para que la Iglesia y el evangelio sobrevivan.

Conclusión

Hay un enorme vacío de conocimiento en la nación con respecto a la masculinidad y la feminidad bíblicas, y detrás de él, del conocimiento del Dios amoroso y redentor quien nos creó como varón y hembra. La Iglesia debe entender que los mandamientos bíblicos con respecto a las distinciones heterosexuales no son mandamientos arbitrarios o adiciones opcionales, sino que tienen que ver con la misma naturaleza de Dios en Sus obras de creación y redención.

Por lo tanto, en esta época de paganismo triunfante, nuestro mandato no es solamente el de preservar la sanidad de la identidad sexual personal y la necesidad cultural para la familia tradicional, sino también (y esto de manera fundamental) de testificar , por medio de estas estructuras fundamentadas en la creación, a la persona de Dios el Salvador y al evangelio. No podemos evadir esta responsabilidad. Lo que está en juego no solamente tiene que ver con esta vida sino también con la eternidad.

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