¿CUÁNTO CUESTA EL ‘SHOW’?

Por Guillermo Green

Reforma Siglo XXI, Vol. 7, No. 2

¡Cámaras! ¡Luces! ¡Comience! Cada domingo en todo el continente miles desfilan a algún circo evangélico para ser entretenidos, recibir masajes emocionales, para reírse de chistes que no recuerdan al salir de la puerta, y – ¡por supuesto! – para dejar su pago de entrada. Parece ser buen negocio, ya que las ‘iglesias’ más grandes suelen promover el mismo show. 

Para todos – o para casi todos – es obvio que se trata de un show, y no de religión. Ya en mi país de Costa Rica la misma sociedad secular está hastiada de la dobla parla – la venta de un producto en nombre del ‘evangelio’. En primera plana de La Nación (nuestro periódico de más cobertura) salió una fuerte crítica de Jonás González y su ‘ministerio’ de Enlaces por prometer bendiciones de Dios a cambio de ofrendas y dinero. Con más de 500 hectáreas en terrenos comprados en los últimos años, parece que el negocio le va bien. Pero, ¿quién está engañando a quién? ¿Se trata de religión, de bendición de Dios, o de un show?

Durante muchos años me daba lástima ver las personas acercarse al Show Dominical más cercano, ser exprimidas de bastante dinero, llegar a la desilusión, y luego apartarse de toda iglesia con actitud cínica y amargada. Me daba lástima porque creía que realmente buscaban a Dios, buscaban la Iglesia para servir a Dios. Yo le echaba la culpa a los líderes, maestros falsos del engaño, que fueron predichos hace 2,000 años en el Nuevo Testamento. Y de hecho, sigo creyendo que el día de juicio será un día horrible para los tales, que han tomado en sus labios el santo evangelio para servir sus deseos viles, egoístas y malos.

Pero estoy cambiando de parecer, entre más reflexiono sobre el fenómeno. Cuando usted va al circo, los promotores del circo lo han montado para lucro – obviamente. Pero ofrecen al participante un tiempo agradable de entretenimiento, por el cual estamos dispuestos a pagar la cuota de entrada. Después de participar en las actividades durante la noche, todos se van a casa contentos – los que ganaron dinero, y los que pagaron dinero. Cada uno recibió lo que quiso recibir. Unos recibieron dinero, y otros recibieron diversión, un tiempo de relajación, un cambio de rutina.

En el fondo, esto es lo que pasa en las ‘iglesias-circo’. Unos proveen el tiempo agradable, y otros pagan por el servicio. Así de sencillo. El grupo de música, los motivadores, los ‘predicadores’ invitados, y por sobre todos, el ‘pastor’ principal – todos enfocan en proveer una experiencia agradable por la cual muchos están dispuestos a pagar, y a pagar bien. Hace poco me contaron de un líder de show que complació tanto a la congregación que estaban dispuestos a cubrirlo en dinero – literalmente. Lo cubrieron con billetes.

Nuestra conclusión podría parecerle un poco crasa a aquellos que aún no quieren aceptar la realidad. Pero acepto el reto. Vamos a comparar lo que pasa en los modernos circos ‘evangélicos’ y lo que Dios manda hacer en la iglesia.

Comencemos por lo más obvio, la Predicación de la Palabra. Cualquier análisis superficial nos lleva forzosamente a la conclusión que los circos evangélicos están muy lejos de cumplir con el ejemplo apostólico: predicar todo el consejo de Dios (Hechos 20:27). La agenda usualmente incluye textos sacados fuera de su contexto original, o peor aún, textos retorcidos para decir totalmente otra cosa. Pero si rehuyen a la erudición, los anfitriones se esmeran en la creatividad. No dejo de maravillarme de todos los pasajes en la biblia que ¡realmente enseñan la prosperidad a cambio de sembrar mi semilla de fe! El disco rayado nunca se sale de su mismo mensaje. Lejos de ‘todo el consejo de Dios’, lo que tenemos es ‘un sólo consejo de Dios – ¡ofrende!’

Si la Palabra de Dios no se predica como se debiera, tampoco hay oraciones como Dios manda. En el día de Pentecostés el fruto de la conversión era el deseo de oír la doctrina de los apóstoles, el deseo de la comunión y por los sacramentos, y el deseo de orar juntos por sus necesidades (Hechos 2:42). Pero las oraciones no caben en las iglesias-circo, porque el actor principal no es Dios, sino el payaso al frente. Si Dios es invocado, es para que haya muchas ofrendas. Pero las necesidades reales de la congregación no tienen lugar, es más, están fuera de lugar. Esto es un show. A nadie le interesan los problemas del otro. He oído muchas quejas de individuos que salen de su iglesita local para pasarse a la gran mega-iglesia, donde realmente ‘se alaba a Dios’ (léase, ‘realmente me entretienen’). Pero al llegar una necesidad personal, y cuando intentan buscar al pastor, nunca pueden reunirse con él. Son enviados a otros líderes que ni siquiera los conocen, y quienes padecen de la misma enfermedad que el pastor principal – la avaricia. Pero ¿por qué esta decepción? ¿No entienden que el ‘pastor’ no es un pastor? Es un show-man, nada más. Claro, los sencillos se confunden cuando le llaman ‘pastor’, pero ¿por qué a nadie le cuesta discernir entre un futbolista de verdad y un charlatán, pero nos cuesta tanto discernir entre un pastor y un charlatán? En todo caso, los circos evangélicos se diferencian de las iglesias verdaderas al no tener un espacio verdadero para la oración congregacional.

Hay otro aspecto importante en que se diferencia el circo evangélico del culto bíblico. Cuando Jesús predicaba, en muchas ocasiones el resultado de su mensaje no era ‘¡aleluya!’ Los fariseos juntaban piedras para matarlo (Juan 10:31). Las multitudes lo abandonaron (Juan 6:66). El mismo Pedro lo reprendía (Marcos 8:32). Zaqueo se humilló, confesó sus pecados y prometió restaurar lo que había quitado injustamente (Lucas 19:8). El joven rico se fue triste (Lucas 18:23). Vemos lo mismo en el ministerio de los apóstoles. Dondequiera que fuera Pablo algunos creían, pero muchos se rebelaban contra la exposición directa de la Palabra de Dios. Pablo dijo que no llegó con palabras elocuentes, de sabiduría o de poder, sino que el sencillo mensaje de Cristo crucificado (1 Corintios 2:1,2). La Palabra predicada siempre es una espada de dos filos, ante la cual el corazón incrédulo se rebela violentamente, y el corazón contrito se humilla y confiesa sus pecados. Es por esto que el autor de Hebreos hace un llamado: “Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado” (Hebreos 4:1). La confesión de pecado es un resultado natural de oír la Palabra de Dios. “Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Pero ¿dónde está la confesión de los pecados en los circos modernos? Si se confiesa algún pecado, el único pecado que hay que confesar es no haber sembrado para recibir – pero aquí volvemos al disco rayado…

Hace algún tiempo estaba discutiendo este punto con una joven, miembro de una de las mega-iglesias locales. Siendo una persona inteligente, había asimilado totalmente su mensaje. Cuando le pregunté, “¿Cómo se sentía la gente cuando Jesús predicaba?” ella respondió inmediatamente “Se sentían muy bien.” Todo su concepto de culto, de la predicación, de todo el evento dominical giraba en torno de una ‘experiencia emocional bonita’. No cabía en su cabeza que el resultado de un sermón no debiera ser: ‘sentirse bien’. La confesión, elemento tan principal en el culto de la Iglesia histórica durante todos los siglos, hoy no encuentra ningún lugar en los circos evangélicos modernos. La misa catolicorromana tiene más evangelio que los circos. 

Y un elemento – las ofrendas para Dios – ha tomado el lugar principal sobre todos. En algunas ‘iglesias’ la motivación para la ofrenda es mucho más dinámica y apasionada que el mismo sermón. En la mayoría se relaciona el sermón con la ofrenda todos los domingos. En una conversación con una señora que asiste a una iglesia grande conocida por su énfasis en las ofrendas, mencioné que yo nunca predico sermones sobre las ofrendas, y casi no mencionamos las ofrendas nunca. Y tampoco nos hace falta dinero para la iglesia. Ella se me quedó viendo con incredulidad. Su concepto de la religión está tan moldeado por la idea del trueque, que no puede conceptualizar un culto que no prometa remuneración financiera por cumplimientos cúlticos (léase, ‘siembra de fe’). En la historia de la Iglesia, de acuerdo a la sana doctrina bíblica, las ofrendas eran recogidas como nuestra gratitud para con Dios, muestra de nuestro reconocimiento de su bondad. Las ofrendas eran un fin en sí – una sencilla muestra de agradecimiento. Pero el circo evangélico moderno ha convertido la ofrenda en un medio – una cuota cobrada para recibir los servicios ‘religiosos’. Esta diferencia enorme no debe escaparnos. Al convertir la ofrenda en medio, el culto evangélico moderno ha introducido el principio de obras como parte del ‘evangelio’. Los padres Reformadores nos ayudaron a ver que la Biblia enseña que la fe sola en Jesucristo sólo es el único medio que Dios ha dado para recibir su salvación y sus bendiciones. Al introducir cualquier otra cosa fuera de la fe en Cristo sólo, se vuelve a la esclavitud de los rudimentos de este mundo, al paganismo que da para recibir, a los legalismos de los fariseos. Claro, los promotores modernos del circo evangélico nunca han oído de los Reformadores, ni han estudiado el libro de Gálatas. Por tanto no debe sorprender que cobren a voz en cuello la debida cuota por sus servicios – después de todo, esto no tiene nada que ver con buena teología. ¡Es un show!

Pero no todo está bien bajo la gran carpa. No todos están felices y contentos. Cantidades grandes de personas se aburren, se decepcionan y se van. Por más trucos que inventen los payasos, por más novedades que sueñen – siguen perdiendo a muchos. Confieso que no entiendo el por qué los clientes se les van. Cuando están asistiendo todos defienden su circo con vehemencia, afirmando que es el mejor de la ciudad. Pero de pronto dejan de asistir, manifestando actitudes de cinismo y amargura. ¿Qué está pasando? Clientes inconformes, eso es todo. Cuando uno va a un restaurante, todo es nuevo, la comida es diferente, y sigue yendo durante un tiempo. Después de algún tiempo ya usted ha probado todo en el menú, tal vez le sirvieron algún plato que no le gustó mucho, una noche el servicio era malo, y bueno, ya no volvió más. Así pasa con los circos evangélicos. Al principio todo es nuevo, diferente. Chistes nuevos. Te tocan las emociones de una forma nueva. Pero después de algún tiempo todo se vuelve viejo. Y seguir pagando por el mismo show mes tras mes y año tras año – pues, pierde sentido, ¿no es cierto? 

Lo curioso es la actitud de muchos al retirarse – una actitud de haber sido traicionado. Cuando nos retiramos de frecuentar algún restaurante, no manifestamos ninguna emoción en particular. Simplemente no volvemos. Pero al dejar de asistir a los circos evangélicos, muchos manifiestan actitudes fuertes, negativas, pesimistas. Algunos con quienes he hablado me aseguran que su actitud es debido a sentirse manipulado y defraudado. Se dice que llegaron a entender que las promesas de prosperidad y riquezas no iban a realizarse, y que por fin se dieron cuenta que el ‘pastor’ era un charlatán. Pero tengo otra teoría.

Yo creo que la gente se enoja sencillamente porque se dan cuenta que perdieron mucho dinero. Al pagar la cuota del circo domingo tras domingo por algo tan pasajero les da cólera después de algún tiempo. Están enojados consigo mismos por ser tan tontos – pero eso no lo pueden decir. Por tanto inventan excusas, echando la culpa a otros. Pero cualquiera se enoja si bota cantidades grandes de dinero creyendo comprar algo que realmente no trae ningún beneficio. El que gasta mucho dinero en apuestas sin ganar nada, al día siguiente está muy arrepentido, y probablemente enojado consigo mismo. Lo mismo pasa con los que dieron tanto dinero al payaso sin percibir nada duradero. Se enojan y se van.  Tengo la solución. En el tiquete de entrada los circos evangélicos deben imprimir: “La cuota de entrada cubre únicamente los servicios entregados. No se acepta reclamos”. De esta manera todos estarán claros. El show-man entrega los servicios – un buen show, un tiempo de relajamiento, chistes – todo por una cuota. Ud. paga lo que vale el show. De antemano las condiciones están claras. Y no se acepta reclamos.

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