CUANDO LA BELLEZA ES PELIGROSA: AVATAR Y LA SEDUCCIÓN DEL NEOPAGANISMO GLOBAL: REFLEXIONES SOBRE AVATAR DE JAMES CAMERON

Por Steve Baarendse

Reforma Siglo XXI, Vol. 13, No. 1

Muchos de nosotros vamos a ver las mejores películas de ciencia ficción sólo para entretenernos, por los efectos especiales y la emoción de la experiencia. No vamos a fin de pensar. Si las emociones y los efectos son el patrón de oro, entonces Avatar es el Fuerte Knox. Es la última experiencia Imax: magníficamente filmada en 3-D, cargada de emocionante acción, entusiasmando la imaginación. Los cristianos que vean la película podrán sentirse intranquilos con los rituales paganos, pero entonces una voz conocida les dice que se relajen: “¡Tranquilo, es sólo una película! ¡No tengo que creer nada de esto! ¡Ese viaje en el lomo del pterodáctilo estuvo genial!” Entiendo que algunos tacharán lo que estoy a punto de escribir aquí como una reacción exagerada y gruñona. Déjenme decir empezando, pues, que soy humano. Disfruté la película completamente en cuánto a sus efectos visuales. ¡Y sí fue emocionante volar en el lomo de ese pterodáctilo y escalar esas sublimes montañas flotantes! No estoy muerto a la belleza y el deleite de los ojos y la imaginación. Cuando veo películas lo hago con todos mis sentidos activos, no solo con el “gorrito de pensar” puesto.

Pero la realidad es que si somos cristianos, seguidores de Cristo el Logos (Juan 1:1), nuestro “gorrito de pensar” no nos lo debemos quitar al entrar al cine. En un sentido nunca deberíamos “suspender nuestra incredulidad” en afán de un entretenimiento sin discernimiento. La Biblia en repetidas ocasiones enfatiza que en toda área de la vida los cristianos son renovados en sus mentes (Rom. 12:2), que deben llevar todo pensamiento cautivo (II Cor. 10:5), que no deben vivir como animales incapaces de razonar (Judas 10) en pos de sensualidades (Ef. 4:19), que deberían interpretar las señales de los tiempos (Mat. 16:3) y ser sobrios en todo (II Tim. 4:5). “Mas nosotros,” dice Pablo (y él no habría hecho excepción con el Circo Max romano ni el Imax estadounidense), “tenemos la mente de Cristo” (I Cor. 2:16). Es esta mente la que como cristianos traemos, o debemos traer, al cine.

Hay buenas razones culturales por las que deberíamos pensar especialmente cuando estamos en el cine. En 1932, Aldous Huxley predijo una sociedad futurista gobernada no por el puño de hierro de la dictadura política, sino por los suaves placeres de los medios masivos de entretenimiento. Vio que en una edad post-literaria, los medios visuales obtendrían un poder casi primordial para forjar el pensamiento colectivo. Y las masas ni siquiera sabrían que están siendo manipuladas. Estarían esclavizadas por sus placeres, muy voluntariamente. Huxley imaginó un teatro llamado un Feely1, una experiencia multisensorial en 3-D. Ochenta años después, Avatar se acerca mucho a hacer la visión de Huxley una realidad. Pero para Huxley, esto no era bueno. El Feely, junto con la hipnopedia, el soma, el consumismo y el sexo, actuaban como una droga que entumecía la mente como chupetas para las masas de gente infantil. La gente del “Mundo feliz” de pesadilla de Huxley se contentaba con sentarse encadenados, fascinados por las titilantes imágenes virtuales en las paredes de la cueva.

Si las películas forjan el pensamiento (y aún más insidiosamente cuando el público es seducido fácilmente a nublar sus mentes durante la experiencia) el cristiano o permitirá que su pensamiento se conforme o pensará en contra. Es especialmente importante con una película como Avatar que pensemos en contra. Primero, porque es visualmente atractiva como ninguna película antes que ella; segundo, porque demuestra ser una atracción mundial como ninguna película antes que ella (ahora acercándose a los $2 billones en ventas, 60 por ciento fuera de los Estados Unidos); y tercero, porque no es sólo épica, sino mítica: presenta nada menos que una explicación completa de la vida, una religión. La religión es un compuesto de elementos que se han venido acomodando por algún tiempo ya. Partes de la religión han sido un dogma Hollywoodense postmoderno por décadas, pero en Avatar las piezas se juntan —otra vez, quizá, como en ninguna película antes que ella. Y hay algo más descarado aquí que hace que las emociones visuales perturbadoramente parezcan costosas decoraciones de escaparates para la gran mentira seductora que incluso hoy es desatada para el mundo por múltiples medios, este siendo sólo uno de los más pintorescos hasta la fecha. No es placentero pensar en qué horror global será engendrado por esta “hermosa” mentira. Pero no podemos permitirnos no hacerlo.

  1. La historia

Avatar cuenta de una expedición futurista de terrícolas a un hermoso planeta extraño, Pandora, que resulta ser rico en un precioso mineral llamado Unobtanium. La expedición incluye científicos, ejecutivos, y soldados marinos. Los científicos quieren estudiar el ecosistema del planeta, los de traje corporativo codician el mineral, y los soldados marinos llevan armas para respaldar estas iniciativas. Jake Sully, un marino veterano paralizado, es escogido para remplazar a su difunto hermano gemelo en un experimento “Avatar” de vanguardia bajo la dirección  de la científica principal, la Dra. Grace Augustine. Este experimento consiste en proyectar la mente a un cuerpo de realidad virtual modelado en base a los felinos antropoides de 10 pies, los na’vi de Pandora. Encarnados en estos esbeltos cuerpos alienígenas diseñados biológicamente, los científicos esperan ganarse la confianza de los na’vi para estudiar su sociedad desde adentro. Sully es el primero en hacer contacto. Al principio los na’vi lo rechazan como a un colonizador peligroso, luego se gana su confianza, y finalmente se convierte en uno de ellos, ganándose los corazones de la princesa Neytiri y eventualmente del clan. Pero aún mientras lleva a cabo el rito de iniciación como un guerrero na’vi, Sully trabaja como agente doble, dándole al Coronel Miles Quaritch información estratégica de reconocimiento. Los na’vi viven en un enorme árbol ancestral que se encuentra sobre una pila de Unobtanium. Cuando se niegan a la propuesta diplomática de dejar su hogar, el malvado Coronel de la Marina desata una invasión de “impacto e intimidación” para forzarlos a evacuar. Bajo una cortina de misiles el árbol es arrollado y derribado. Los na’vi desplazados se sienten traicionados.

Sully, desanimado por su duplicidad, se arriesga con los na’vi para luchar como un insurgente contra los humanos. Se vuelve a ganar su confianza y une a los clanes, cumpliendo su destino como el tipo de mesías profetizado hacía mucho tiempo. El espíritu madre actúa en defensa de los na’vi para devolver el equilibrio a la quebrantada armonía de la naturaleza. Todos los malvados humanos colonizadores son expulsados del planeta. Finalmente, para librarse de su cuerpo paralizado y de la humanidad que ha llegado a aborrecer, Sully se somete a un místico ritual de redes neuronales que descarga su mente en el cuerpo de su avatar na’vi permanentemente —que deja de ser su avatar, y se convierte en el hogar de su totalidad mental-corporal resucitada.

Para cualquiera que no haya visto la película, un resumen tan llano del argumento bien puede evocar una buena carca- jada carrasposa y un “¡no puede ser en serio!” (como hizo con mi esposa). John Podhoretz escribió una crítica comiquísima en The Weekly Standard (28 de diciembre, 2009), ridiculizando a Avatar como “incoherentemente estúpida,” “entre las películas más tontas que he visto,” y “una empachosa masa de clichés de casi tres horas.” Su queja constante fue que la película fuera incesantemente seria —que en tres horas no había ni una sola broma para suavizar su pomposo aire de superioridad. Podhoretz puede que tenga razón. Si la película es un frente dramático de la gran mentira, quizá la mejor manera de desenmascararla es riéndose con ganas, como lo hizo G.K. Chesterton con las frases ateas trilladas de H.G. Wells y Bernard Shaw. Chesterton notó que el paganismo es mortalmente triste, mientras que el gozo es “el gigantesco secreto del cristiano.” Martín Lutero dijo que la mejor manera de librarse del Diablo, después de citar las Escrituras, es riéndose de él. Esto es un golpe a su orgullo. Y aún así, sabiendo que un sinnúmero de aficionados al cine parecen haber tomado Avatar lo suficientemente en serio como para haber considerado el suicidio después de haberla visto, haríamos bien en recordar que “aún en la risa tendrá dolor el corazón” (Prov. 14:13).

2. El Paganismo

La gran mentira comienza con blasfemia contra la Paternidad de Dios y Su Santa separación de la creación. Todas las demás mentiras proceden de esta necia negación de la autoridad patriarcal del Dios Creador. Pablo escribe: “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Rom. 1:25). El paganismo espera escapar de la terrible trascendencia de Dios el Padre moldeando un ídolo del mundo creado y adorándolo como a una madre. Así que no es de sorprenderse que en Pandora (un planeta femenino, como la tierra), lo divino no se distinga de lo natural. Este espíritu estilo madre-tierra es Eywa, un morfismo blasfemo nada sutil del nombre Yahweh y un tributo a Eva. Todas las formas de vida en Pandora se encuentran integradas biológicamente en una vasta red —plantas, árboles, animales, antropoides animales, espíritus ancestrales— con Eywa como el CPU que los nutre. ¡Todo parece tan sensible y maravilloso! Pero es un sistema cerrado, donde la única norma inviolable parece ser el mantenimiento del equilibrio ecológico. El desequilibrio es malo. Pero como las plantas, los árboles, los animales, y los humanoides comparten un mismo espíritu, ninguno es intrínsecamente más valioso que otro cuando el ecosistema demanda un sacrificio para corregirse. Al final, aunque Cameron pasa por la “verdad incómoda” del sacrificio humano en las culturas paganas, sigue siendo una lucha terrible por la supervivencia. La sanguinaria naturaleza; incluso los na’vi cazan y son cazados. Sí parece haber una jerarquía en cuanto al valor, pero es el orden de la creación invertido: los árboles son más valiosos que las personas. Y cuando tu dios es un árbol, terminas haciendo lo que Eva en El Paraíso Perdido de Milton: Tú que desdeñaste adorar al Creador ahora te inclinas y adoras una planta.

Chesterton sabiamente captó que el camino de la pagana madre-naturaleza sólo lleva a una trágica visión de la vida. Escribió en Ortodoxia que si uno insiste en mirar a la naturaleza como a una madre, verá que no es sino una imperiosa madrastra. La verdad liberadora del Cristianismo es que la naturaleza no es nuestra madre, sino nuestra hermana: “Podemos enorgullecernos de su belleza, ya que tenemos el mismo padre, pero no tiene ninguna autoridad sobre nosotros; hemos de admirar, mas no imitar. Esto da al placer típicamente cristiano en esta tierra un extraño toque de ligereza que raya en frivolidad.” Y verdaderamente, la ligereza inocente del “hermano sol, hermana luna” de San Francisco de Asís se encuentra completamente ausente de la triste adoración a la naturaleza en Pandora. Aunque se ve maravillosamente hermosa, Pandora abre una caja de males. El planeta le queda muy bien su nombre.

3. El Feminismo

El animismo pagano niega la primera línea del credo cristiano, “Creo en Dios el Padre, creador del cielo y de la tierra,” elevando en su lugar a la inminente fémina. En seguida la mujer se convierte en el líder del hombre, en su superior moral y espiritual en todo sentido. Por casi medio siglo Hollywood no ha escatimado en gastos para propagar la idea feminista de que las mujeres son fuertes, brillantes, sensibles, articuladas, y emocional  y espiritualmente en contacto con la naturaleza; mientras que los hombres son retrasados, cabezas huecas monosilábicas que se encuentran irremediablemente aislados. ¿Hemos de sorprendernos de que esta película se conforme a los estándares de la industria? El bruto macho alfa del Coronel Quaritch es peleonero y busca tirar gatillos. Interpretado de manera excesivamente ridícula por Stephen Lang, quien gruñe todo un diccionario de dichos militares, él es el súper macho destructor de la naturaleza que todos debemos odiar. La única soldado de la marina con suficiente moral y valor para desobedecer sus órdenes es, por supuesto, una mujer. Ella es un modelo de soldado sensible: más ruda que un hombre; demasiado inteligente emocional- mente para lanzarle cohetes a un árbol. Subtexto: ¡Ojalá todos los soldados fueran mujeres como ella! La contraparte malvada del estúpidamente violento jefe militar es el estúpidamente ambicioso ejecutivo corporativo sacado de un club de golf que se ve  y habla como si viniera saliendo de una fraternidad universitaria. En contraste con estos machos zoquetes irremediablemente malvados se encuentra la brillante y capaz jefa de científicos, la Dra. Grace Augustine. Su ciencia no es mecanicista sino “ciencia suave” intuitiva y eco-amigable. Aunque el semental ex marino Sully, renuente héroe de la película, termina maravillosamente en contacto con su lado femenino, la Dra. Augustine y la princesa na’vi Neytiri, en repetidas ocasiones lo llaman “bruto” y “bebé”. Neytiri, la Pocahontas de Disney del Capitán John Smith, protege a Sully de sus estupideces infantiles y luego lo entrena en el arte de ser un guerrero sensible en contacto con los espíritus animales (de nuevo, ¡ojalá todos los guerreros fueran mujeres como ella! Su hermano, por supuesto, es un bruto na’vi agresivo.) Está de más decir que una pastora es la cabeza espiritual de los na’vi, guiando a su esposo y a la congregación tribal durante la extática canalización ritual de Eywa. A lo largo de la película, las mujeres son más inteligentes, líderes más efectivas, y espiritualmente más acordes con el equilibrio en la naturaleza que los hombres. No dejan ni una huella de carbón. Es feminismo cortante que intenta poner la Paternidad de Dios y el buen orden patriarcal de Su creación al revés. Ya ni siquiera intenta ser sutil. De hecho, la película entera suena como un disco rayado que reproduce durante tres horas una pista en pro del ecofeminismo, hoy una de las modas intelectuales más proliferantes en la academia estadounidense. Los ecofeministas no esconden su odio por la el patriarcado cristiano. Su meta no es más que el matriarcado en todo aspecto de la sociedad. El hecho de que  ni siquiera nos demos cuenta de la magnitud de la descarada rebelión sexual de Avatar muestra cuán eficiente ha sido esta moldeable mentira en voltear hasta a los mismos evangélicos de cabeza.

4. Trans-Especies

El paganismo y el feminismo son pan de cada día en Hollywood. Lo nuevo, al menos en una película de alcance global como Avatar, es el postmoderno romance suicida con  el anti-humanismo. Las antiguas películas de ciencia ficción (con las que Sigourney Weaver se hizo famosa) generalmente mostraban a los humanos defendiéndose heroicamente de criaturas salvajes. Claramente se suponía que debíamos hacerle barra a nuestros hermanos humanos, y no a los alienígenas con tentáculos de pulpo que salían de sus estómagos. Esas criaturas espeluznantes han crecido en inteligencia emocional y espiritual, sin mencionar su belleza física, hasta ahora (probablemente en gran parte gracias al anhelo de Carl Sagan por hacer “contacto” con inteligencias superiores más allá de la muerte) los no humanos son preferibles que los humanos moral, espiritual y hasta estéticamente. Esta puede que sea la extraña culminación del condescendiente mito romántico del “noble salvaje”, pero tomando una perturbadora nueva dirección: mientras que en Danza con Lobos de Costner los nobles eran indígenas estadounidenses humanos, en Avatar nos encontramos en la alarmante posición de aclamar a los antropoides no humanos contra los humanos. Excepto por unas cuantas excepciones (la sensible ecologista), los humanos son tóxicos. Al final deben ser expulsados para que el ecosistema vuelva a la vida.

El bioético de Princeton, Peter Singer, ha acusado a la humanidad de especiecismo. Partiendo de la premisa de que no hay un Dios Creador, declara que es un trillado prejuicio humanista pretender que hay una línea separando a los humanos   de los animales. Dice que el dominio de los hombres sobre los animales es similar al nazismo que esclavizó a los judíos. Los humanos están al mismo nivel que los animales, así que debe- ríamos extenderles los mismos derechos que gozamos, tales como la autonomía y la individualidad. Singer debe estar contento de ver sus ideas permearse en la película más popular del mundo. En Avatar, los na’vi son gatos antropomórficos. Sully y Neytiri se unen de por vida en una escena de apareo primitivo. Se conectan con sus colas animales a otros animales, sintiendo la necesidad de ser uno. Y al final, Sully le da la espalda a su despreciable humanidad y logra felizmente dar un salto trans-especies permanente, ya que esta película lleva incluso a Singer al siguiente nivel: el animal es superior al hombre. Podemos vernos tan atrapados por las emociones 3-D que no notamos la línea divisoria del imago dei que se vuelve borrosa y luego desaparece frente a nuestros ojos, y al final terminamos anhelando con ojos llorosos la destrucción y expulsión de la hostil humanidad. No es difícil ver cómo este romance anti-humano haría que el suicidio se viera apetecible para algunos.

5.La Realidad Virtual

Hay otra explicación para el efecto suicida de esta hermosa droga. Recordaremos que el Hamlet de Shakespeare anhelaba escapar de su cuerpo humano: “¡Ojalá que esta carne tan firme, tan sólida, se fundiera y derritiera hecha rocío!” Lástima que el melancólico danés no podía derretir su sólida carne en el viaje escapista que ofrecen hoy las tecnologías de realidad virtual. Lo que logra Jake Sully al final de la película cuando su mente se descarga permanentemente en el gran avatar na’vi azul es el santo grial de los juegos de realidad virtual: el escape total de la consciencia de la prisión que es el cuerpo humano. Cuando los ojos de Sully se abren por completo en la última toma de la película, hemos de pensar que es como un ave que sale volando libre   de su jaula. La película nos hace aclamar a favor del la última liberación enfatizando el contraste total entre la vida de Sully en su cuerpo y en su avatar. En su cuerpo paralizado y atado   a una silla de ruedas él se encuentra lisiado, solo, y progresiva- mente deprimido; en su avatar corre como el viento, se aparea con una princesa, y surca el cielo en su pterodáctilo. ¿Quién  en su sano juicio no escogería al avatar en lugar de su sufrido cuerpo humano?

Esta sugerencia “avatar” de que puedes de alguna manera conectar tu mente con un cuerpo diferente puede trazarse en la historia del mundo occidental hasta el dualismo mente-sobre- cuerpo de Descartes, pero sus raíces llegan aún más allá hasta la primer herejía que amenazó a la iglesia primitiva, el gnosticismo. Los gnósticos enseñaron que ciertas personas muy inteligentes podían hallar salvación en la búsqueda del filósofo por escapar de sus cuerpos y llegar a estados de consciencia más elevados. Esta perspectiva baja del cuerpo humano material ha desembocado en muchas travesuras históricas. Es especial- mente prominente en muchas religiones no occidentales. De hecho, la palabra avatar viene del hindú “descendiente y encar- nación de una deidad en forma humana.” Pero es una endiablada parodia de la Encarnación de Cristo en carne y hueso, ya que un avatar es realmente solo una ilusión. Avatar es la palabra clave en el léxico de videojuegos de realidad virtual. Tu avatar es tu proyección fantástica, la imagen que escoges habitar, el ídolo ideal que te haces para ti mismo. Lo que tu avatar te ofrece es libertad para escapar de las dificultades y los dolores de la vida, pero es un escape suicida de la realidad. Pablo escribió que los paganos “cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos  y de reptiles.” (Rom 1:23). La realidad virtual ofrece imágenes mentirosas tan hermosas que uno preferiría vivir en esa imagen que en el mundo real. La pornografía funciona de la misma manera. Satanás se presenta más efectivamente a las personas no como el príncipe de las tinieblas, sino como el ángel de luz. Cuando Sully se va a vivir en su avatar permanentemente al final, ¿cuántos no se encuentran tan metidos en la gran ilusión que con todo gusto se le unirían? Y si necesitamos la magia virtual 3-D de la película para sentir tal arrebato de placer, ¿Qué nos dice esto de nuestra creciente insensibilización para con la belleza de una flor o un atardecer reales, o un amigo de carne y hueso en el mundo de nuestro Padre?

Irónicamente, el producto de exportación cultural que demuestra ser un estímulo tan bienvenido en nuestro PIB es abiertamente antiestadounidense y anticorporativo. También se esfuerza por hacer ver a la milicia estadounidense como un grupo de villanos. El árbol ancestral que colapsa nos recuerda la caída del World Trade Center en el 9/11, pero ahora los marinos estadounidenses toman el lugar de los terroristas. Alternativamente, los estadounidenses son invasores intolerantes, aplastando ecosistemas sensibles con el “impacto e intimidación” de Stormin Norman, mientras les aplaudimos a los insurgentes. Con razón esta película es tan exitosa a nivel mundial: todos afuera de Estados Unidos confirmarán y alimentarán sus peores odios estadounidenses de la era de Bush.

6.Conclusión

¿Qué aprendemos de todo esto? Avatar parece nutrir una multitud de anhelos dados por Dios en los corazones humanos —por la belleza, la adoración, la comunidad, el amor, la fidelidad, el coraje, la justicia, la libertad del sufrimiento del cuerpo, la vida eterna. Enfatiza la naturaleza espiritual de hombre y hasta parece tomar elementos prestados directo de las páginas de la historia de la redención: la soberana providencia de parte de un poder supremo, una figura mesiánica para guiar a la nación en medio de la crisis, una batalla apocalíptica entre el bien y el mal, una esperanza escatológica. Está permeada por extrañas referencias judío-cristianas que aluden confusamente al simbolismo: Grace (gracia) Augustine; Na’vi (“profeta” en hebreo). Pero estos son ingeniosos y ultimadamente insignificantes señuelos en una película profundamente investida con la seductora mentira de Satanás. El diablo toma nuestros buenos anhelos dados por Dios y los tuerce, dirigiéndolos a fines errados. Todo aquí está de cabeza: la creación por encima de Dios, la mujer por encima del hombre, el animal por encima del humano, lo virtual por encima de lo real. El final parece prometer resurrección en vida eterna, pero no es más que una ilusión de avatar.

Lo que no es una ilusión es que este mundo se siente cada vez más frío. Si las películas reflejan e influencian en la cultura, la rápida conquista global de Avatar puede ser un barómetro preciso para medir la presión espiritual de nuestro tiempo. Y lo que se ve aquí, detrás de la “belleza” en 3-D, no es cosa de risa.

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