¿CÓMO REFORMAR LA IGLESIA?

Por Guillermo Green

Reforma Siglo XXI, Vol. 7, No. 1

La reunión de la junta de la iglesia había durado muchas horas ya. Las propuestas habían sido múltiples, pero no se pudo llegar a ningún acuerdo. Los hermanos ancianos de la congregación sentían la necesidad de dar un impulso más dinámico para la iglesia, pero no había unanimidad en cuanto a cómo hacerlo. El hermano Juan opinaba que una guardería para la comunidad atraería a muchas familias, pero los otros preguntaban ¿quién estaría a cargo? El hermano José opinaba que se debía planear ferias y paseos familiares mensuales para unir más a las familias, pero no se pudo llegar a un acuerdo sobre las fechas y horarios. El hermano pastor habló con mucha pasión que el evangelismo debía ser la prioridad. Pero cuando los otros señalaron que ya se había intentado con grupos de evangelismo y fracasaron, el pastor mudó. El hermano Carlos dijo que charlas sobre temas matrimoniales podría ayudar mucho a las familias tambaleantes de la iglesia, y también se podría ofrecer para la comunidad. El problema era quién alistaría las charlas. Por fin eran las once horas de la noche, y se terminó la reunión sin decisión alguna.

Este cuadro ficticio quizás expresa los intentos de algunos líderes para dar ‘vida’ a su congregación. Horas y horas son invertidas en planear y llevar a cabo una u otra actividad. Muchos se cansan, el fruto es variado, y muchas veces la congregación vuelve a su vida rutinaria sin mayor cambio. Predomina la apatía, el poco compromiso, y el desánimo entre el liderazgo.

Sin querer ser simplista, creo que Dios no nos ha dejado en la oscuridad en cuanto a lo que Él quiere para su Iglesia. Y no requiere descubrimientos ni técnicos ni profesionales. Pero para que lleguemos al fondo del asunto, es importante aclarar algunas presuposiciones en cuanto a nuestro concepto de la Iglesia y del ministerio.

#1 ¿Quién está en control?

Esta pregunta muy sencilla tiene implicaciones muy extensas, y todo tiene que ver con nuestro concepto del carácter de Dios. Sólo existen dos opciones. La primera es la perspectiva Reformada que afirma sin titubeos la soberanía de Dios. La segunda es el pelagianismo o semi-pelagianismo que deposita la suerte del hombre en sus propias manos.

La perspectiva no-reformada, es decir, la pelagiana (en sus distintos matices), arroja sobre el cristiano la terrible carga de salvar las almas de los perdidos y de mantener ‘avivada’ la iglesia. Y no sólo esto, sino acompaña este encargo grave con un notable vacío en cuanto a cómo hacerlo. El pelagianismo nos encarga la responsabilidad de la suerte eterna de los seres humanos, pero sólo provee pistas generales (en el mejor de los casos) sobre cómo desenvolver esta tarea. El lector me permitirá una explicación de lo que quiero decir con esto.

El pelagianismo (incluyendo el Arminianismo3) da por sentado que Dios no elige a las personas, ya que Dios no es absolutamente soberano (o cede su soberanía, como los Arminianos suelen decir). La voluntad del hombre en materias de su salvación es soberana – el hombre decide por sí sólo si se salvará o no, sin que Dios altere su voluntad. Por tanto, en la evangelización de un no-creyente, un ser ‘soberano’ (en cuanto a su propia salvación) intenta persuadir a otro ser ‘soberano’ a que acepte las condiciones de la salvación. Surge inmediatamente la pregunta: «¿Cómo hacer esto?» El pelagianismo ha respondido de una manera muy variada. Por supuesto se incluye el anuncio del mensaje bíblico – pero no se limita sólo a ello. Cualquier cosa que no sea pecado es lícito en esta búsqueda de conversiones. Charles Finney, con base en su pelagianismo, fue el que perfeccionó las tácticas emotivas para persuadir a las personas. Finney creía que producir conversiones, o ¡todo un avivamiento!, no era una obra especial de Dios más de lo que era la ley de la gravedad – ambos obedecían leyes naturales que Dios había dejado establecidas en la creación.4 Por tanto, decía Finney, se vale cualquier método emocionalista que provoque tristeza, o alegría, o esperanza con tal de que termine en una ‘decisión’ para Cristo. Fue Finney el pionero de la ‘banca de los ansiosos’ – una banca adelante en la campaña donde en manera directa el predicador intentaba manipular las emociones de las personas para que se rindieran al llamado evangelístico. Hoy se ha modificado en ‘pasar adelante’, pero la búsqueda de crear un impacto psicológico sigue practicándose. Finney creía que cualquier evangelista podía producir conversiones – ¡muchas conversiones! si tan solo aplicaba las técnicas apropiadas. Desde Finney hasta nuestros días hemos visto ola tras ola de esta misma perspectiva. El «Mes de Avivamiento» en las iglesias, cuando se ‘produce’ un avivamiento con la música debida, los predicadores invitados especiales, etc. etc. es heredero de Finney. Las «Campañas de Milagros» son diseñados para no sólo maravillar a los visitantes para que ‘acepten al Señor’, sino intentan manipular al mismo Dios, quien deberá hacer milagros querer o no. Sobreabundan libros, retiros y conferencias sobre cómo producir avivamiento en la iglesia, la comunidad o el país. Parece que la iglesia evangélica tiene un tremendo poder de ‘aguante’ – porque no se cansa de marchas y desfiles, de organizar ‘días de oración y ayuno’, de campañas nacionales, de traer ‘evangelistas’ del exterior, de escuchar incansablemente la letanía de invitaciones en la radio evangélica de ‘campaña de milagros y poder’ en tal lugar o tal iglesia. El semi-pelagianismo nos ha sumergido en un activismo patético que según las estadísticas, el efecto producido es más bien negativo. Hace muchos años está comprobado que la inversión de dinero, tiempo y esfuerzo en estas actividades es totalmente desproporcionada con la cantidad de almas incorporadas en la Iglesia.

La historia nos ha dejado el triste legado de todos estos ‘avivamientos’ pelagianos, y ha llegado a formar parte de nuestro vocabulario el término «región quemada». En el tiempo del mismo Finney, él tuvo que reconocer que el impacto final de todas las campañas era más bien un endurecimiento con respecto al evangelio, y le costaba conseguir invitaciones para predicar porque tantos estaban hastiados de sus ‘métodos’ que ya no funcionaban. América Latina podría llegar a ser la región más grande ‘quemada’ por el evangelio pelagiano. Las cifras muestran índices altísimos de nominalismo y deserción dentro de las iglesias evangélicas – síntomas típicos de una región quemada.5

Desde una perspectiva meramente empírica, podríamos decir que el pelagianismo no entrega lo que promete. Los ciclos tristes de fuego evangelístico pelagiano siempre han terminado en vidas arruinadas. El mensaje falso de un fuego ‘auto-encendido’ sólo ha conducido a un fuego ‘auto-apagado.’ Es obvio que el capricho del corazón humano no puede lograr la perseverancia hasta el fin – tarde que temprano la persona se desanima, se desinfla, y cae en pecado – y como dice Finney, cada vez que pecamos comenzamos el proceso de justificación de nuevo desde cero. Respondiendo a la pregunta «¿quién está en control?» el pelagianismo no puede decir «Dios» porque no lo cree. Tampoco puede decir «el hombre» porque la realidad lo desmiente. ¿Quién entonces? ¿El diablo? ¿Nadie? Realmente el pelagianismo nos deja una gran inquietud con respecto a esta importante pregunta.

En cambio, los reformados no dudan en afirmar con todo entusiasmo: «Dios está totalmente en control». El Dios de la Biblia es absolutamente soberano, totalmente en control de todo lo que sucede. Los reformados afirman las palabras de Isaías: «Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará?» (Isaías 43:13). Los reformados afirman sin pena: 

Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mi. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto. (Isaías 45:5-7).

Los reformados aceptan que hay preguntas a las cuales no tienen todas las respuestas, especialmente en cuanto a la responsabilidad humana y la soberanía de Dios. Pero saben que la Biblia enseña claramente que Dios está en control de todo, y que es una parte vital de la fe bíblica. También afecta profundamente el concepto de ‘avivamiento’ en la iglesia. Si Dios está en control, quiere decir que Dios producirá los cambios en los hombres cuándo y cómo él quiere. No puede haber manipulación ni de los seres humanos, ni de Dios. Los reformados afirman: «Dios está en control».

#2 ¿Cómo obra Dios entonces?

Los pelagianos ya han descartado la intervención soberana de Dios en la voluntad del hombre. Es más, el pelagiano consistente no puede siquiera orar por la conversión de un incrédulo, ya que no cree que Dios pueda intervenir en su albedrío. ¿Se puede imaginar una oración pelagiana? Sería más o menos así:

Dios Padre, oramos por nuestro vecino Ricardo. Sabemos que tú eres un Dios Caballero que no violas la voluntad de nadie. Sabemos que ya hiciste todo lo que pudiste al enviar a Cristo para morir por todos, y que ahora le toca a Ricardo el resto. Sabemos que ni esta oración servirá de nada si Ricardo no quiere aceptar el evangelio pero Dios, ¿no podrías hacer algo? Amén.

Curiosamente a muchos no se les ha ocurrido la inconsistencia que viven entre su teología (pelagiana) y sus oraciones (reformadas). Los pelagianos contestan la pregunta en cuanto a cómo obra Dios: que ya hizo lo que pudo, ahora nos toca a los hombres. Dios no interviene en las libres decisiones de los seres humanos. Dios no viola nuestra libertad. Dios simplemente ofrece la salvación, y los que quieran la aceptan. Por tanto, los pelagianos contestan: «Dios no obra – somos nosotros que debemos obrar». Y ya hemos comentado los resultados de esta posición. Todo el ‘activismo’ moderno sale de una teología pelagiana. La búsqueda frenética de nuevas técnicas para crecer obedece este patrón: NOSOTROS debemos crear las condiciones para las conversiones. Dios no va a hacer nada – nos toca a nosotros salvar a las personas.

Cuando pensamos en esta posición seriamente, vemos algo realmente terrible. Si la responsabilidad de la salvación de otro ser humano descansa sobre mi (pues, ¿no es esto la Gran Comisión?), yo tengo el deber máximo de hacer todo dentro de mi poder para convertirlo. De lo contrario yo estoy contribuyendo a la destrucción eterna de mi prójimo. Si yo no hago todo lo que está dentro de mi poder para convertirlo, soy cómplice en su destrucción, porque tal vez se habría salvado si tan sólo yo hubiera hecho un intento más. El mandato de amar a mi prójimo como a mi mismo me exige con peso infinito ejercer el máximo esfuerzo por la salvación de mi prójimo. Sin embargo, todos debemos admitir que no lo hacemos. ¿Y con cuántas personas se repitió el mismo problema durante toda mi vida? No me esforcé a lo máximo con 10, con 100, con 1000. Ahora bien. ¿Cómo Dios va a recibir en el cielo a una persona que por negligencia contribuyó a la destrucción en el infierno de miles de personas? ¡Ciertamente esto sería el pecado imperdonable! ¡Y todos lo hemos cometido! ¿Quién podría decir con consciencia limpia que hemos hecho todo lo que pudimos para la salvación de los demás? Pero la posición pelagiana, si fuera consistente, tendría que aceptar que si no se salvan todos no se salva nadie. Bajo el esquema pelagiano, la Gran Comisión indica una responsabilidad que todos tienen para hacer lo posible para la salvación de los otros. Y si no hacemos ‘lo posible’, estamos contribuyendo directamente a su perdición – algo inadmisible dentro del marco bíblico, pues Jesús dijo que fuera mejor que le colgase una piedra de molino y lo echaran en el mar al que causaba el tropiezo de tan sólo un niño (Mateo 18:6). Por tanto, el pelagianismo sólo nos deja dentro de una confusión teológica y emocional en cuanto a cómo reformar la iglesia.

En cambio, la fe reformada encuentra una respuesta clara para la pregunta: «¿Cómo obra Dios?» Ya que los reformados creen que el Dios soberano realmente obra, buscan en su Palabra la forma que Dios ha revelado en cuanto a su forma de obrar. Y en la Biblia encontramos que Dios ha expresado claramente la forma en que El va a obrar para producir no sólo conversiones, sino iglesias sanas y fuertes. Esta forma es por medio de su Palabra. Cuando Pablo eleva la pregunta angustiosa: «¿Cómo pues, invocarán a aquel en el cual no han creído?» su respuesta no incluye ninguna ‘técnica’ ni manipulación. Su respuesta es muy sencilla: «La fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios» (Romanos 10:17). Los reformadores del siglo 16 estaban unánimes en una posición clara: Sola Scriptura, o sea, Dios revela su voluntad para el hombre sólo en las Escrituras, y las Escrituras tienen la prioridad absoluta en toda obra de evangelismo y reforma. Los otros medios de gracia que Dios usa para edificar al cristiano (los sacramentos y la oración) no pueden ser desligados de la Palabra, más bien, son expresiones auxiliares de la misma Palabra.

Este principio es tan liberador como lo es revolucionario para los tiempos en que vivimos. Es precisamente la búsqueda de nuevas ‘técnicas’ o actividades para avivar la iglesia que absorben la atención de los predicadores para que NO dediquen el tiempo necesario a la exposición responsable de la Biblia. Con sólo comparar los sermones hoy con los sermones de los reformadores como Lutero, Calvino, Knox y otros, se verá el porqué no tenemos hoy una verdadera reforma como lo hubo en el siglo 16. Mientras los reformadores exponían de manera profunda la palabra de Dios, hoy abunda la psicoterapia, moralismos inocuos, moralejas o peor, sueños alocados de cada atrevido que se sube al púlpito en nombre de Dios. Mientras los reformadores dedicaban su esfuerzos para entender los idiomas originales, el contexto histórico del texto bíblico, la teología bíblica en su totalidad – hoy estamos ante quienes se jactan de tener el don espiritual que está por encima aún de la fe, el amor y la esperanza – es decir, el don de la ignorancia. Cuando el oscurantismo teológico y bíblico plagaba la iglesia Católica en los años medievales, sobreabundaban el ‘activismo’ religioso – procesiones, dramas, marchas, reliquias, y todo cuanto la imaginación alcance. Pues hoy, la muestra del retorno al mismo oscurantismo es el surgimiento de la misma clase de activismo. Como no basta la Palabra de Dios para muchos, se debe inventar cualquier otra cosa. Con su dios no-soberano y su Biblia no-poderosa, el pelagiano tiene que echar mano a cualquier otra cosa que se le ocurra para ‘convertir’ a las almas y ‘avivar’ a la iglesia. En cambio, el reformado sabe que sirve a un Dios soberano, quien habla hoy por medio de su Palabra eficaz – y basta y sobra para toda obra en la iglesia.

Es por esto que el predicador reformado se dedica con mucho esmero a la preparación de sus mensajes. Con mucha oración, con corazón pastoral – indaga acerca de la voluntad de Dios desde la fuente primaria – su propia Palabra. El predicador reformado no piensa en ‘técnicas’ para avivar, ‘técnicas’ para crecer – piensa únicamente en glorificar a Dios al transmitir fielmente SU Palabra a su pueblo. Puede ser que el mensaje no sea popular, puede ser que tenga que hablar del pecado – pero el pecado más grande para tal predicador sería estorbar la palabra pura de Dios. El predicador reformado sabe que lo único que convierte corazones y los hace dispuestos a servir a Dios (el ‘avivamiento’, pues) es la Palabra de Dios predicada y aplicada con fidelidad. El predicador reformado prefiere sacrificar toda otra actividad de la semana con tal de llevar un mensaje fiel y responsable a la congregación el día domingo. El pretexto: «Tuve demasiadas cosas que hacer y no pude preparar bien el sermón» es un pretexto pelagiano y vil, que demuestra no sólo la irresponsabilidad del predicador, sino su falta de fe en un Dios soberano que obra por medio de su Palabra eficaz, y los ancianos de la iglesia tiene el deber de atender urgentemente ese caso. Y lamento decir que aún dentro del campamento de los que se declaran ‘reformados’, hay muchos pelagianos en la práctica. 

La perspectiva reformada es tanto liberador como revolucionario. ‘Libera’ al predicador de la búsqueda incesante de lo novedoso para producir cambios. Libera al predicador de la culpa cuando las cosas no parecen andar como quisiera. Libera al predicador para dedicarse a su tarea principal – predicar. También es revolucionario, porque acepta la soberanía de Dios. Da gracias a Dios cuando por medio de la Palabra predicada las personas son convertidas y llegan a servir en el reino de Dios. Y también acepta la soberanía de Dios cuando a Dios no le place derramar su gracia de manera amplia. Cuando Pedro dijo el día de Pentecostés: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…» (Hechos 2:38) él no sabía lo que iban a ser los resultados. Pedro fue fiel al mensaje de Dios, hizo el llamado a reconocer sus pecados y al arrepentimiento y la fe en Cristo. Ese día a Dios le plació darle 3,000 hombres como fruto sobre su mensaje. Pero cuando Esteban hizo lo mismo unos días después, lo mataron (Hechos 7). Y cuando Pablo predicó fielmente en Listra ¡después de haber sido aclamado como Mercurio! fue apedreado y dejado por muerto. Y ¿qué diríamos de todos los mártires por el evangelio, y los misioneros que sembraron durante muchos años para que otros tuvieran la cosecha? La perspectiva reformada es revolucionario porque libera al predicador a obedecer el mandato de Dios dejando totalmente los resultados a Dios. 

No es casualidad que el impulso de los grandes misioneros fue esta misma fe reformada, una fe en la soberanía de Dios y el poder de su Palabra. William Carey, Hudson Taylor, David Brainerd, John Paton, Henry Martin y muchos más que hoy aclamamos como grandes hombres de Dios y siervos fieles del evangelio, todos compartían esta fe Reformada. Fue precisamente su fe en un Dios soberano y su Palabra eficaz que los mantuvo en medio de grandes pruebas y aparentes atrasos. Pero al no estar dispuestos a ceder el evangelio por ‘técnicas’ humanas – hoy los aclamamos como los siervos fieles que fueron. Que el día de mañana usted y yo, querido predicador, seamos honrados por nuestra fidelidad a la Palabra de Dios – y nada más.

Conclusión

El mensaje reformado es revolucionario pero también liberador. Exige del predicador fe, fe verdadera en un Dios omnipotente y soberano que hará su voluntad de acuerdo a su propio designio. Exige fe para seguir el mandato de Dios de predicar ‘a tiempo y fuera de tiempo.’ Exige fe para caminar como caminaron todos los santos mencionados en Hebreos 11 – por fe, y no por vista. Pero este mensaje reformado es liberador porque al echar mano a los medios que Dios dispone, permite descansar realmente en la soberanía de Dios. Cuando el predicador consciente ha entregado su sermón con fidelidad – puede acostarse en la noche contento, en paz, con consciencia limpia, porque Dios no nos pide la conversión de nadie – sólo pide que transmitamos fielmente sus Palabras. Dios se encargará de las conversiones, los avivamientos, las reformas. ¡Que grande! ¡Cuántos pastores necesitan este ánimo! Ojalá podamos compartir en todo nuestro continente este enfoque liberador. Faltan obreros constantes, fieles, no soplados con cada viento de doctrina. Faltan predicadores no manipulados por cada moda que pasa. Faltan predicadores que marquen la pauta según la Palabra de Dios, y que no sean monos imitando cada nueva idea que otros inventan para enriquecerse. 

La falta de poder transmitir un mensaje claro, convincente, y consistente nos ha ganado el desprecio de muchos en nuestras sociedades, e iglesias que están experimentando la deserción. Si no hay un retorno a la Palabra de Dios, la necesidad no será ‘avivamiento’, sino limpieza profunda. ¡Y Dios mismo se encargará de eso!

Carrito de compras
Scroll to Top