BREVE INTRODUCCIÓN A UNA ECOTEOLOGÍA

Por Oscar Jó

Reforma Siglo XXI, Vol. 8, No. 1

Génesis 3:8. resume el encuentro de Dios con la humanidad después de la caída; pero retrata también las relaciones entre el Creador y su creación: Dios, Adán y Eva se pasean por el huerto; el Creador, cara a cara con la humanidad y la naturaleza. En términos generales, se trata de una ilustración de las relaciones previas al pecado: Dios, la humanidad y la naturaleza (los tres), conviviendo en relaciones armónicas y equilibradas.

Pero algo venía ocurriendo con la creación. El primer versículo del Génesis da cuenta que la tierra «estaba desordenada y vacía». La ilustración de una simultánea intervención divina, de carácter posiblemente restaurador pero con una deliberada intención creacional, es que «el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». El agua es el elemento final de un proceso por lo menos físico, pero a la vez, el medio imprescindible para el surgimiento de la vida. Este hecho es coincidente con la ciencia: la presencia de agua puede señalar el fin de un proceso físico, pero también indicar que la vida está floreciendo.

Génesis 1:28 («Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla», etc.), ha sido la base para el uso impensado de los recursos naturales. Son varios los autores que acusan a la fe cristiana del deterioro del planeta, y algo de razón histórica no les falta. Del mismo modo que pasajes como Nm. 33:50-56. ó Jos.6:20,21. fueron a su tiempo mal empleados por algunos para validar el exterminio indígena en los Estados Unidos, Génesis 1:28. (la llamada “Comisión Cultural”), fue malentendido como un permiso incondicional para el mal uso de las especies y el agotamiento de los recursos naturales. 

Pero resulta que no es posible leer Gn.1:28 sin hacerlo a la luz del resto del libro. Previo a la desobediencia humana, Dios coloca al hombre en el huerto de Edén para que lo “labre” y lo “cuide”. En el hebreo ello equivale a los verbos ‘abad’ y ‘samar’. El primero de ellos puede traducirse como ‘labrar’ o ‘cultivar’, pero el segundo no sólo equivale a ‘cuidar’ o ‘guardar’ sino también a ‘servir’; es más, es el verbo empleado para la bendición sacerdotal de Nm. 6:24. («Jehová te bendiga y te guarde»), y su actitud de servicio se extrema cuando es utilizado en referencia al servicio que los esclavos deben procurar respecto a sus amos. Así, el llamado mandato o “Comisión Cultural” de ejercer señorío y poblar la tierra y someterla ejerciendo «autoridad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y todas las bestias que se mueven sobre la tierra», lejos de promover un uso irracional de los recursos naturales insta al ejercicio de una potestad cuya finalidad es “cultivar” y “ser siervos” de la creación. La paradoja entre “someter” pero a la vez “servir” a lo creado por Dios, se explica sólo en la intención divina por procurar el sustento y beneficio del ser humano, pero con un simultáneo servicio dirigido a la preservación y sostenimiento de aquello creado para sí. Las bases para el desarrollo sustentable estaban ya escritas en la Biblia desde hacía varios miles años. 

Es necesario añadir que Dios no sólo ordena al hombre a valerse de los recursos naturales solicitando simultáneamente que los cultive, cuide y dé servicio, sino que también lo insta a que reconozca y conozca lo creado. Cuando Dios ordena a Adán poner nombre a cada animal no le está solicitando rotular una etiqueta con un nombre identificable a cada uno, sino que lo llama a conocer lo esencial y distinguible en cada especie. La necesidad por entrar en relación íntima con la creación no es una opción sino también una exigencia divina.

Existe un caos no definible pero previo a la creación. Observando esta situación es posible entender la oposición divina respecto a comer de los dos árboles prohibidos (primero el de “de la ciencia del bien y del mal” y luego el “de la vida”), como forma preventiva de retorno al caos que suponen el conocimiento de lo impropio y la muerte. El otro sentido evidente del pasaje apunta a lo imprescindible de la obediencia a Dios. 

A pesar de lo perfecta de la creación, existe alguna clase de realidad amenazante; y Dios, lejos de ser alguien represivo, ama al ser humano al punto de querer preservarlo de relaciones dañinas. Él sabe que existe un peligro para éste y el resto de su creación, e intenta proteger a ambos. Cuando, lamentablemente, el ser humano entra en desobediencia y degusta del árbol de la ciencia del bien y del mal, se origina también una peligrosa alteración en el balance del ecosistema. Dios se entera de todo y se ve en la penosa necesidad de comunicarle a la humanidad las consecuencias de semejante desastre: la tierra es maldecida y habrá que comer con dolor de sus frutos todos los días; ésta producirá malezas (cardos y espinas) así se haya sembrado otra cosa; y a pesar de la bendición que supone el trabajo éste será ahora más arduo, al punto que ahora habrá que sudar mucho para conseguir un poco de pan; además, el hecho de una tierra que, una vez muertos, aguarda por nuestros cuerpos será una expectación aterradora. Pero lo inmediatamente notorio es que el ser humano siente vergüenza de su cuerpo y cose para sí delantales con hojas de higuera.

No es posible coser hojas secas por lo quebradizas que son. Dichas hojas tuvieron que estar verdes. Los frutales caducifolios, como éste, pasan por etapas de vida en las que cuentan con follaje o están completamente desnudos. Cuando tienen hojas se hallan en etapa de crecimiento, de recuperación posterior a la cosecha o en floración y fructificación. Si uno despoja a la planta de sus hojas en cualquiera de estas dos primeras opciones (crecimiento o recuperación de la cosecha) puede promover un ingreso prematuro en un agoste siempre fuera de época. Hacer esto en climas con estaciones poco variables puede acarrear problemas para la vida y producción de la planta; pero hacerlo en regiones muy diferentes a las de su origen botánico podría condenarla a una muerte prematura, pudiendo obligarla a intentar brotar en invierno y sin las reservas nutritivas necesarias. Por otra parte, si las hojas son despojadas en la tercera de las posibilidades (en época de floración y fructificación), la muerte de las flores o frutos está asegurada. Sea cual fuere el caso, al hacerse delantales con hojas turgentes de higuera, Adán y Eva empezaron a afectar la vida y producción de esas plantas. La alteración de la creación había comenzado.

Asimismo, se ve a Dios remplazando estos delantales hechos de hojas por abrigos elaborados con pieles de animales. Si bien esto es otra muestra del amor divino (Dios tuvo que matar animales para Adán y Eva), refleja también que las alteraciones iban sucediéndose. La indicación inicial respecto a la alimentación humana se refería a poder comer de todos los vegetales que se quisiera, con excepción, claro está, del fruto de los árboles prohibidos. En cambio ahora las necesidades proteicas del ser humano parecen ser mayores y se requiere comer carne. Por razón del pecado no se podía mostrar la desnudez y había que esconderse uno del otro, trabajar más duro y vivir un exilio que obligaría a caminar largas distancias. Adán y Eva necesitan vestido. El clima ligeramente cálido de un huerto en el que se podía vivir y dormir desnudo iba a ser cambiado por el frío del exilio. Ahora no sólo se necesita de pieles de animales para tolerar el frío de allá afuera, sino que se requiere de carne porque el esfuerzo físico demandará una mayor necesidad de proteínas que aquella que las leguminosas proporciona. El pecado altera no solamente las relaciones entre el ser humano y su Dios, sino también las de éste con todo lo creado. 

La Biblia no sólo es la historia del rescate divino de la humanidad sino la del proyecto salvífico de la creación entera y de sus relaciones con Dios. 

Casi al final del Apocalipsis, Juan de Patmos contempla la visión de un cielo nuevo y una tierra nueva. La primera característica notoria de esta nueva realidad es que «la primera tierra había pasado», que «el mar ya no existía más», pero que sin embargo ahora hay una fuente de agua, la llamada «fuente del agua de vida». Casi acogiéndonos a una estructura similar a la de literatura hebrea veterotestamentaria, la historia de la creación concluye por resolver los nudos que previamente había ido dejando: el posible caos inicial previo a la creación de Gn. 1 y 2 (con el Espíritu de Dios desplazándose sobre las aguas) – la desobediencia humana y el desequilibrio ecológico, ambos aspectos, versus la nueva tierra y la restitución del pleno equilibrio ecológico – y la nueva agua (ya no “las aguas” por donde en un principio Dios se desplazaba, sino la “fuente del agua de vida”).

El clímax de la restitución se explica en términos esponsales: La restitución total de todas las relaciones (Dios, ser humano y creación) se observa en el encuentro de la ciudad santa (la nueva Jerusalén, es decir, la novia) con el esposo. De esa vieja humanidad Dios rescata una nueva sociedad. A partir de la ‘polis’ greco-latina a cuyo sistema en el contexto redaccional corresponde el Apocalipsis, o sea la “vieja Jerusalén”, se genera una “nueva Jerusalén”. Si la vieja humanidad no logra relacionarse bien ni con su creador ni con la creación en razón del pecado, la nueva humanidad no sólo restituye los vínculos con Dios sino que le otorga relaciones esponsales y de dimensiones cósmicas. Añadido a ello, el fracaso de la primera humanidad en cuanto a una búsqueda del culto divino perfecto expresado en el pecado de Caín y la envidia dirigida a su hermano respecto a quién adora mejor a Dios, así como en todo lo imperfecto del quehacer religioso del pueblo de Israel y aun de la iglesia novotestamentaria. En cambio ahora, el encuentro es entre una nueva creación con relaciones ecológicas perfectas, una humanidad rescatada por Dios, y por supuesto Dios mismo; todo, en medio de un culto perfeccionado: «El tabernáculo de Dios está ahora con los hombres. Él morará con ellos, ellos serán un pueblo y Dios mismo estará con ellos como su Dios». Incluso, la horrenda expectativa respecto a la muerte es ahora parte de una historia para el olvido.

La historia de la salvación se desarrolla entre la creación y el Apocalipsis. El plan salvífico de Dios empieza en el Antiguo Testamento e inicia su manifestación en lo prometido a Adán, pasando luego por pactos aun más explícito, como aquellos establecidos con Abraham, Moisés o David. 

Pero dichas promesas de salvación alcanzan su clímax desencadenante en la obra redentora de Cristo. La contraposición entre los actuales ‘cielo y tierra’ de la creación y los ‘cielo nuevo y tierra nueva’ del Apocalipsis, son el resultado del hecho de Cristo. La prometida re-creación apocalíptica sólo se explica en la re-creación de Cristo: el paso del Cristo crucificado al Cristo del cuerpo glorificado.

Si el problema suscitado en el Edén alteró las relaciones entre Dios, el hombre y la creación, el plan salvífico divino no sólo se dirige a resolver los problemas entre Dios y los hombres. El esfuerzo evangelístico de más de dos milenios intentó resolver la enemistad de la humanidad con Dios; y si bien ello ya revolucionó la historia, dejó lamentablemente, también de lado todo lo redimida que es la creación en el Calvario.

Si el anuncio de las buenas nuevas del Reino de Dios no está dirigido tan sólo al ser humano, también la naturaleza ha recibido la noticia de un Dios que la restaura. Los cristianos olvidamos que los principios del Reino no son de exclusividad aplicativa a otros seres humanos, sino que incluyen al cosmos. 

Así, quienes seguimos a Cristo estamos llamados a preocuparnos por el medio ambiente y la conservación de la naturaleza no sólo por razones de testimonio o mayordomía o porque anhelando vivir los principios del Reino pretendamos con ello que no se nos escape aspecto alguno del vivir, sino porque también hay redención para todo lo tangible. Recordemos que la promesa divina no se limita a comunión y vida eterna para todo aquel que cree, sino que los desarreglos ambientales cuentan con la promesa de «cielo nuevo y tierra nueva», lo cual Jesús corrobora cuando dice «He aquí yo hago nuevas todas las cosas». Si «el Reino de los cielos se ha acercado» no sólo debemos evangelizar o anunciar los principios del evangelio porque seamos mensajeros y promotores del mensaje divino, sino porque nuestra tarea es vivenciar desde ya la futura redención cósmica de todo lo creado. 

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